Dos semanas antes de morir
mi primo Javier y yo lo visitamos.
A él le regaló Prismas de sangre
y a mí Erotismo al rojo blanco.
Al comenzar la dedicatoria
el anciano temblaba sobre la página,
de pronto se le venció la mano
con la que sostenía el ejemplar
y siguió escribiendo sin detenerse en el aire.
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