Dos semanas antes de que el poeta muriera,
lo visité en Cocula junto con mi primo Javier.
A él le regaló una nueva edición de Prismas de sangre
y a mí Erotismo
al rojo blanco.
Conversó, con ayuda de su hermano,
sobre el tema que nos congregaba.
Tendría yo unos 18 años y mi primo 15.
Él se fue contento con su libro
y yo con mi dedicatoria: el anciano
empezó a escribir tembloroso sobre la página,
de pronto se le venció la mano izquierda
con la que sostenía el ejemplar
y siguió escribiendo sin detenerse en el aire.
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