Como
un misterio de almejas que se te escapa
una
torcedura del tobillo,
gangrenas
tu estupor, estúpido autodidacta,
Vitrubio,
aguamiel, miel con agua
lo
que dices arrebatado por un derecho poco claro a encajar
las
uñas donde la picardía te lo permite y unos cuantos dólares
a
las autoridades sanitarias.
Mira
que cuesta trabajo creer, pero sobre nada creerte a ti, crearte
de
los remolidos remolinos de respiraciones yóguicas
que
hace la musa, ahora que ha abandonado a las otras
en
el gimnasio de pilates como pilas mortuorias, pilotes
o zopilotes engarzados
a un olor que los atrae con su gravedad.
Eso
te acarrea enemistarte con tus congéneres,
la
que lleva la égida para celebrar el imaginario colectivo.
Fantasmas,
sólo eso, Vitrubio, sábanas colgadas
como
espantapájaros que todavía te conmueven
sin
moverse sino por un viento desnatado, sin cara
ni
arrepentimiento. Y no hay por qué, allí estaban colgadas
de
los lazos por pericos que apretaban la mandíbula. ¿Estás
cuerdo,
Vitrubio?
Holgazán,
en la mira te tienen.
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