viernes, febrero 17

Aunque no esté de moda



Una flor crece enraizada en el corazón de un hombre, en una mañana.
Quizá el tiempo no sea protagonista de las historias que crecen como flores de las manos, quizá no sea el amanecer. Tal vez no tenga sentido ver la hierba junto al estanque, los peces al fondo de la pintura, los cantos de los gallos, detenidos en un trazo. Los días son fugaces o eternos, una mirada sucede a otra, los pasos por el mundo visitan a la mujer, vientre de ciudad, manos de desierto, ojos de horizonte, lengua de obsidiana, lagartija, serpiente, águila, cocodrilo, cueva, mono, manantial, conejo, itzcuintli, hierba, pedernal, las estaciones enteras del fuego engendran el movimiento de los pies por la tierra; un fruto cae, se pudre, nace el polvo; una mano tiene sus raíces en el maíz de los conquistadores; una mariposa reverbera cuando dos miradas se reconocen. La lluvia del hombre asombrado, su pintura, se dirige hacia el cielo, o sus ojos descubren un río subterráneo, al hundir su mirada en la tierra: hurgan en lo seco, encuentran en un sitio árido, rodean con sus pestañas a los ángeles, beben a todos los muertos que respiramos a diario, y los muestran en el seno mismo del óleo, la media luna que recibe al hombre cansado de ser divino. Los colores, al amanecer, retoñan de las ramas y de las bocas, son musitados por las paredes, cabalgan a campo traviesa por la tempestad del destino, por las líneas de la mano que engendra sus propios días, su propio cuerpo de serpiente y de pez; de la tintura emerge un pasado sobreviviente del arca de todos los nombres y la alianza antigua entre el cielo y la tierra; perros, ratas, ocelotes, mujeres, rinocerontes y sirenas navegan por un infinito que de pronto ignora que en este momento es necesario beber de la fuente, y se oculta en un cuadro. O despiertan, los habitantes de cada continente desean beber del corazón, desean evidenciar sus propios ríos desconocidos, compartir el cáliz, la sangre que circula por sus venas, en un sorbo. Algo desconoce el tiempo, algo niega la voz ronca del tiempo, algo desaparece cuando las frases de sepia y negro se rompen en un haz de palabras, un solo silencio que todo deja unido. Una pupila, un hálito, un grito desgarrado e hiriente en medio del océano. La cabellera de una mujer como espuma a las orillas de La Habana, las semillas de la vida guardadas mientras tanto en una sandía, el santuario de los milagros; dos palmeras que inmigran para renovar su aire. Un mundo que brota como mujer de un cuarto lleno de estrellas y de ríos, de otras vidas calcadas sobre la paz de los muros; notas que resguardan las paredes. Allí brotará una naranja, allá el cerebro de un hombre será el nido de un colibrí. La sangre de las heridas impulsa otro tiempo, con nuevas hojas y pétalos frescos. Mariposas, mariposas pide el corazón que palpita, así el aire se respira ancho. Cuando una puerta se abra, la luz del amanecer invadirá el espacio enmarcado. Así, cuando el tiempo es una batería constante, cuando el tiempo llueve, cuando arrecia el recuerdo, se escucha un saxofón lejano, horas violentas, esquinas para bailar y dejar atrás, el mar hace visible la nostalgia, ese tiempo que mide el vuelo de un colibrí o el paso de una nube, son de los Beatles o percusión insistente de jazz, gotas de agua, rumor de huesos, pasos de pies descalzos sobre el polvo, llanuras, aire de clarinete, una pupila honda que canta con voz de fuego: el sol rompe el día anterior para que el visitante como grano de arena viaje hacia su tierra, su mano lo transporta, navega por el silencio y vemos las orillas de su isla.

Nota: Este texto fue leído durante la presentación de la obra de Waldo Saavedra en el Museo Regional, con algunas variantes.

Texto publicado en el ya desaparecido periódico Siglo 21, 27 de febrero de 1998, suplemento Tentaciones núm. 200

lunes, febrero 13

Naturaleza del escribir

Escribo desde el aletargamiento que la enfermedad convoca en los ojos y en la columna, en cada entronque de este sistema que se organiza para expresar sus potencias. Es la vida la que sobresale como barco ebrio, lo que exalta la tormenta. Mi organismo busca ordenar directivas para aumentar la efectividad en la producción de células, sustancias, naturaleza en ebullición. Soporto el replanteamiento de jerarquías, el despido masivo de personal, esta drenada de elementos tóxicos y enervantes con tal de amanecer como un sol recién decapitado.

N 13 02 12

*

miércoles, febrero 8

Alguna vez nada de esto fue verdad

Constantinopla es una ciudad conquistada en los labios, entre brazos rotos. Pero tú, ciudadano venido del rencor, huelgas la noche gris, aturdes como una carta de tarot la orientación de las teclas que galopan bajo tus narices. Mereces caer al bote de las hojas muertas, la carpeta de Spam, los álamos sin fruto para sanar el aire. Estás armado con la voz de los cedros, desquitas las horas podridas.

jueves, enero 26

Obsesivo día en espiral

Malgastamos el carbón de la saliva en entretener horas gordas y cordiales. Hombres y mujeres de hojalata se embadurnan de grasa las articulaciones, sus lentes microscópicos les abren a una realidad que ritma con la agenda. Escribanos, sacan punta a un pensamiento amarillo como el sedimento de una cloaca, cloquean. De noche se respira un aroma a cloro que entra a la sangre como el agua por los pulmones de un ahogado. Y tú, obsesivo día en espiral, vuelves a colocar los botones al chaleco de los fracasos.

martes, enero 24

Sísifo mira la TV


La luna es una piedra
en el desierto: un escorpión aguarda debajo
mientras vemos a lo lejos el cometa.
Un cometa es una culebra coralillo. La coralillo, un coral
en movimiento, le pregunto a Sísifo,
que cargó una y otra vez su prisión
por un campo minado.
Pero Sísifo mira la TV y no contesta. Ve miles de piedras
arrastradas por miles de Sísifos: átomos
con la iniciativa colgada al hombro, electricidad al vacío.
Estamos en los albores de una época de sayayines, dice por fin. El mundo
se arrisca las mangas para alistarse a pelear
contra sus propios demonios. ¿Qué demonio salta sin un empujoncito
de un cuarto piso?
A los demonios también les da vértigo. El tiovivo les causa mareos,
les retrasa la regla. Aunque no tienen reglas: su primera
regla. Defina demonio: un basurero que sufre de vértigos y se pierde
como un punto en la solidaria oscuridad, un ovni, un carrusel en la
mente. No, no hay nada alrededor, hay un vacío como el que existe

domingo, enero 22

Vitrubio practica un rito de purificación

Arroja sus aparejos a la máquina trituradora, los despoja de su voltaje, sus esquinas educadas en la lengua roma de una puta de a 50 pesos en un baño público; tira todo: lo recaudado en las pupilas de la ansiedad, la mierda de los días hipócritas –caídos por su propio peso, las escaleras no usadas, las entrevistas con sus quistes, el manual de usuario del puerco entre el lodo, las azoteas de fuego predecible. Es un hazmerreír, un iluso portafolio acobardado por sus negocios ocultos.

viernes, enero 20

Las tribulaciones de un tapatío en China




Hace algunos años me perdí en Beijing. Es verdad que no es el primer lugar en que me pierdo, que de hecho si no me pierdo en la vida o en cualquier ciudad o esquina, si no demuestro un poco de mínima desorientación, es como si no hubiera salido nunca de casa. Tampoco está de más decir que también en casa me pierdo.
Seguramente mi madre extravió su brújula biológica cuando me gestaba en su panza, o tal vez no sabía lo que hacía, o cruzaba por un momento crítico en su existencia o miraba distraídamente una lúdica película de Mr. Bean. Pero volvamos, si no al punto de partida sí al del vacío donde comenzó la confusión en esa lejana tierra de Confucio.
Era el primer día de mi estancia en China. Llevaba bajo el brazo un librito de Julio Verne, Las tribulaciones de un chino en China que finalmente leí durante el mes que deambulé por tierras orientales, al igual que Kin-Fo, su protagonista. Con sorpresa no sólo mi tren de viaje me llevó por lugares en los que el desfalcado chino puso el pie, sino que los dos estábamos por cumplir 33 años y por una u otra razón, huíamos.
Hacía calor ese verano, a finales de mayo. Y quien sepa un poco del argumento de la novela recordará que Kin-Fo se trasladaba de ciudad en ciudad para evitar que se cumpliera su autoimpuesta sentencia de muerte, que tenía por fecha límite el día de su cumpleaños. El mismo día que cumplo yo, por cierto, el 25 de junio.
Sólo que en mi caso yo no tenía a un asesino profesional tras de mí. Conociéndome, no era necesario. Simplemente seguí mis instintos, platiqué con una joven y linda china en la plaza Tiananmen, que me dio su teléfono y varios consejos en inglés. Cuando menos imaginé, había pasado la hora en que quedé de reunirme con mis compañeros de viaje.
En vano los busqué. Entonces decidí hacer mi propia incursión. Después de todo tenía en el bolsillo la tarjeta del hotel.
Con estupor me di cuenta de que dominar las cinco frases de mi guía del inglés era completamente inútil en China. Experimenté, en carne viva y no sin amargura, el significado del famoso dicho: me hablaban en chino.
Intenté comunicarme con unos guardias que me ignoraron. Fuera de una madre y su hija que hicieron lo imposible por interpretar mis gestos y de unos estudiantes que se apiadaron de mí y marcaron desde su celular infructuosamente, me vi rodeado de la más absoluta incomprensión.
Pero estaba decidido a no dejar pasar mi primer día en ese país fabuloso. El conductor de un gastado taxi-triciclo se acercó a mí y me ofreció –a señas– sus servicios. Como me di cuenta después, recorrimos el hutong, el barrio antiguo, pletórico de callejones irregulares y casas con idolillos de la buena fortuna en sus tejas desvencijadas.
El hombre pedaleaba y sudaba por el esfuerzo pero no dejaba de sonreír con unos enormes dientes amarillos y de platicarme sabrá dios de qué.
Me mostró una casa por dentro, llena de ropa tendida y niños en pelotas que corrían de un lado a otro, y un pequeño museo. Luego se detuvo ante una construcción de piedra más grande que el resto. En la puerta esperaba una mujer de mediana edad, vestida con hanfu, algo así como un kimono, y sandalias.
El conductor se apeó y le habló con reverencia, en voz muy baja. Me hicieron señas de que los siguiera, y lo hice, no sin cierta reserva, listo para echar a correr en cualquier momento. Por dentro había mesas y sillas, aunque ni un alma.
La duela de madera crujía bajo nuestros pasos. Al llegar a una habitación, la mujer le ordenó al conductor que no entrara, al tiempo que me señalaba un banquito al interior.
Por el pasillo apareció un anciano sin un diente, armado con un instrumento de cuerdas. La mujer le sonrió con ojos cómplices y sacó de entre los pliegues de su vestido un pandero con el que acompañó los acordes del viejo. Cantaban con voces destempladas y antiguas.

miércoles, enero 18

Ya que la patria viene a cuento

Ese trapo que ondea en un parque público
ha servido para limpiarse las morusas
después de un gran bocado.

Un patriota hoy
canta mal las rancheras. Y a mí no se me da entonar.
Dime, ¿cuál es tu patria
cuando navegas con bandera ajena?

martes, enero 17

Incursión al Mohave


A Amaranta Caballero

Vagamos por las ruinas de un parque rojo. Con estribillos en los dedos enredados, en los zapatos, decidimos entrar al desierto: un águila y varias mujeres desnudas que flotaban sobre sus motos hacían ver en los muros una plenitud pegajosa. Lo irreal asaltaba, nos cubría la memoria, la engatusaba. El olvido fue el estallido de un diamante que recuperé tras el vidrio sucio del tiempo, bajo la mirada de un anciano que torcía la boca con desprecio. Bebimos el ámbar amargo de la cerveza, la incógnita repetida, la soledad muda de nuestros padres con el corazón despostillado. Todo ocurrió al menos dos veces, como en un sueño oprimido por un sol opaco y aplastante: luego el anciano era otro, un hombre que extendió su mano de boxeador para pedirme unas monedas.

lunes, enero 16

Insomnio


Las pastillas se disuelven en tu saliva, impregnan tu sangre con una tintura comprada a hora pico en una tienda de sanguijuelas, el cambio de piel es imposible en esta oficina repleta de gángsters: putillas del rubor rosado, vírgenes como Adela, fusilados y contrabandistas con falda de corte inglés o corbatas de terciopelo azul. Finges no saber nada de los alacranes en el elevador. Las ratas que carcomieron la base de los escritorios fueron una mala inversión en la bolsa. Ese que firma un cheque rubrica su epitafio.

domingo, enero 15

Zapping



Sugar atiende al teléfono una estrella ciclada. 3014. Cerebralmente, quiero decir. Querer: verbo ¿intransitivo? Intransigente. Es su madre al otro lado de las ondas verbales, expansivas. Pobre Sugar, tan en su trono; especifica: cada quien su psicosis, o apoteosis. Terrible, temible jump. Desierto. Móvil: una rata mira la escoba dirigirse a su cabeza, sin huir. Hay cosas que no cambian, los siglos están sucios. La soledad es sólida.

jueves, enero 12

La oficina es un caballo blanco como el día



¿Estamos solos en medio del blanco desierto? Paredes, escritorios,
clips, camisas de fuerza, así
un vómito mono-tono.
La oficina
cabalga a trote como un teclado, un caballo blanco de redoblado paso interminable. ¿Estamos
ensillados en el día que come piedras
y pienso?

Hasta el aire está acondicionado.

Si dejas de creer, una abeja extravía el soporífero sabor de su celda…

¿Importa morir como un bicho aplastado por un cuaderno a rayas? ¿Y si la blancura llama con esa intensidad que sólo conocemos los coleópteros?

No, no. El suicidio no es para pronoicos atareados en la astrología,
rogando por que la muerte pase a segundo plano, a última instancia, en las penúltimas páginas
del balance,
la estrategia.

El plano que sigo ahora es el que me deslumbra.

lunes, agosto 1

Polvo, ahora



Estoy al borde del cuarto piso, gárgola que medita pólvora: polvo, ahora. Automatizado, mis razones orbitan como moscas alrededor de mi cuerpo (simpáticos gusanos anidarán dispuestos a guiñar un ojo a la gorda forense que partirá mi corazón). Miro a la eternidad como una momia estática en su gesto trágico detrás del aparador. Como el fantasma que piensa atravesar su primera pared, trato de reconstruir los cielos rojos que tuve en mis manos, vendándolos en el hospital de la memoria.


Publicado en el núm. 166 de Punto de Partida, julio de 2011.