viernes, septiembre 15

A punto de partir


A León Plascencia Ñol

Desenfunda el arma en su cerebro melancólico y luego se atraganta con el aneurisma que a esa hora le hacía falta. De un cabo a otro, un continente de palabras olvidadas en las rocas –embelesado, absorto bebe. En un rincón de su desvarío, desagua uno que otro soliloquio con su nombre travestido. Minúsculos sorbos al vaso, casi infundados, enarcamiento de cejas. Baja los escalones, ligero como la ceniza que deja caer al piso.

viernes, septiembre 8

Tribulaciones



Un chino en China corre por su suerte, ignora
la pistola en cierta esquina del día,
en el té de la tarde, en los ojos de un dragón
limándose las uñas. Va por Jinan, Xi’an, Suzhou,
como si nada faltara al terror de ser comido
por sus propias palabras,
entre huellas habidas de otro viajero más antiguo,
esquivando el sable certero
del aburrimiento.

jueves, agosto 31

Viajar

Viajar es respirar con un ritmo diferente al habitual y, por tanto, pensar en otra frecuencia. Sentir también, si tomamos en cuenta la muy oriental actitud de sentir lo que se piensa y pensar lo que se siente. Yo creo que pensar y sentir, en sus mejores momentos, son una misma cosa. Viajar, pensar: ver, conocer, desplazarse hacia un espacio por habitar, ajeno por principio, al menos hasta que tanto nos reconocemos en él que urge otro desplazamiento. Hay quien viaja al detenerse en los arabescos y oleajes de una alfombra, improvisados sucedáneos o atajos herbarios aparte. Hay quien, aunque se dirija a un lugar ignoto, nunca se ha apartado de sus propios pensamientos (¿sentires?). Cuando se viaja no se sabe nada. Al menos yo no sé nada. Uno olvida todo aquello que antes leyó o le dijeron debía visitar o tener en cuenta una vez que ya está ahí o en lugares de los que nadie le habría sabido decir nada. Se deja llevar, que el paisaje lo descubra. Viajar, pienso, es contemplar, es templar un tiempo no nuevo (¿pues qué tiempo no lo es?), sino más bien consciente y, así, concebir ese ritmo al que antes aludimos, escuchándolo con el cuerpo entero, poco importa qué tan lejos vayamos o cuántas veces. Nunca vamos a donde mismo. O sea, lo que ningún viajero ignora: viaje es destino. Lo más elemental quizá sea incomunicable. Viajar es, también, convocar: un niño frenético y descuidado choca contra mis piernas en una calle subterránea de Shangai, cinco adolescentes en camiseta juegan basquetbol de noche, rebotando su balón contra los muros de una antigua fortaleza china en Jinan... Una mujer joven, de cabello largo y rubio, vestida de gabán, camina bajo un cielo nublado para atravesar la calle del Norte hacia Corrientes en Buenos Aires, sonriendo para sí, como tantas más en esa ciudad… Otra muchacha indígena, de piel broncínea y pies descalzos, recorre, a media mañana, con la cabeza erguida y la cabellera lacia, bruna, junto con su madre, pequeñísima y apurada, una carretera que desemboca en la ciudad de Guatemala… No hay significados más allá de los hechos, de sus detalles, inventados o no. Pienso, siento: todo es real, aun lo irrealizable. Viajar o inventar, da lo mismo, dan algo más que lo mismo: imaginar, vivir o hacer como que se vive, viviendo. El gerundio es importante. La experiencia se estira, se apropia o retiene (dejándola ir luego con suavidad) al igual que la pronunciación de la ene y la de contra el paladar… nos desembaraza de todo lo que ella no sea, trayendo consigo, si de verdad ha habido desplazamiento, lo inesperado.

M 31 08 06

*

De un sabio samurai



Evita a regañadientes el sable
del honor que paulatinamente toma
lo suyo en el pecho ajeno, alevoso.
No es de risa forjar un trecho de alma
con turbio lodo, ni que corte pétalos
esta juventud de ensueño,
rodeada
de muerte
en floración. El amor y la misericordia
van de la mano de la sangre. Nosotros
únicamente sabemos
lo que nos conviene a esta edad.

Brindis por dos ciudades


No es por dudar, bien lo sabe cada átomo de este valle que asume el rencor en sus belfos como una gripe de mosca. Y no, no es por fantasear que se lo digo. A trasnoche se aglutinan soberbios disfraces llameantes, altavoces, diuréticos para los enredados en pasos largos y ajenos. Será bueno ponerse a descansar la brizna de piojos que traspasa la médula de los huesos mal paridos. Brindemos: gangrena, atajos, megalómanos que toman la pistola a fin de parecer valientes sin nunca jalar del gatillo sino cuando se propicie la ventaja. A eso hemos llegado.

miércoles, agosto 30

Retrato (de Araki)



Véanla ahí, modosa, la muy puta,
con esa fiebre contenida de mal
signo. El color encendido en sus pezones
llama a la intoxicación, a la alegre
descomposición de la bisutería
que la aguarda en un cuarto sin número.
Breve instante el que alumbra
aquel posible gesto ante el control
en peligro de convertirse en relente, humo
después de la histeria. Qué ingenuidad
la exaltada tela de subidos tonos
sobre su piel blanca, digamos mórbida, si no
amorosa en un tacto deshabitado.

lunes, febrero 6

Noche de Circo

Una estopa
con sangre es un oso, y joyas
de utilería,
movimientos espesos
o suaves pasos
de máscara. Lo grandioso
de sobrevivir, amigos
piojos, excelentes pistolas
que nos acompañan, atareados payasos
en escaleras
de viento,
nobles damas de fantasía,
pétreos nudos
los ojos
prolijos en postigos –oigan
las ínfulas del látigo indefenso–, puños
de arena todavía humeantes,
no lo olviden,
es esta noche intensa
de disfraces, gran público
sin actores, figurines
a su carrusel,
_____________tomen
__lugar.

domingo, octubre 23

Perseguidas...



Perseguidas, denostadas, hechas jirones en medio de afilados rayos catódicos, las moscas aprenden, sin convicción, a alumbrar paredes.

viernes, octubre 21

(Phileas Fogg)


Esa tarde, Phileas Fogg tuvo la sensación
de detener el tiempo acariciando
distraídamente
el lomo de un gato. Le parecía que esta muestra
de estima iba bien a su estilo inglés. Podría hacer lo mismo
hasta el anochecer, pensó, entreteniendo sus dedos
en una empresa no del todo trivial. Y es que
este gentleman de talante –dirían algunos– taciturno e ideas fijas
comprendía que el acto deliberado de tener paciencia
atiborraba su memoria de más aventuras
de las que un hombre que las buscara fuera capaz.

El principio de la locura

Descontextualización quizá sea la palabra necesaria para señalar el principio de la locura (la locura como principio universal), una locura que como todo defecto remarcado y llevado a niveles suficientes de necedad e insistencia, a fuerza de tesón lograría adjudicarse, con razón, por paradójico que suene, el título de virtud. Y es que esa posición al margen hace de la autoexclusión un mensaje, sin pretensión de serlo, y mejor dicho un fenómeno constituido en mensaje (visto así desde fuera, desde la supuesta cordura) contra la misma línea que le define como tal, un mensaje o balbuceo que entroniza la lógica de la ilógica, opuesto a toda gramática fija del comportamiento. La locura, razonablemente, no carece de nada, ni siquiera de razón, puesto que no aspira a ella (ni a algo en particular), de allí que siempre logre sus objetivos, que tal vez debiéramos llamar subjetivos, para precisar. Pero la locura del lenguaje –limitándonos a un campo particular–, como el juego (esa locura bien legitimada en ciertos contextos, no en todos, y atacada como tal en otros), obedece a una disciplina de la reglamentación, unos principios básicos convenidos con la propia conciencia. Cada loco con su tema, solemos decir, y los poetas lo oyen sobre sí sin inmutarse, con cierto orgullo del incomprendido por firme decisión personal, y apenas medianamente entendido, no sin esfuerzo. Si nos atenemos a las funciones del lenguaje sugeridas por Jakobson, de verdad que a la poesía bien le valdría nombrarse así, como la locura del lenguaje. Y los lectores, buenos o malos intérpretes de la conciencia, receptores de una sensación placentera para todo iniciado en las artes de la simbolización, cómplices a la escucha desde su diván de lectura. La poesía impone el reto de ser comprendida sin ser entendida, o al menos, de comprenderse a pesar de haberse entendido. Porque el loco es emocionalmente comprensible y tedioso de entender a menos de que se llegue a partir de la desviación, del laberinto en el lenguaje que raya en el aparente atajo, a una mejor complicidad. Descontextualización, se dijo, y se quiso decir más bien transcontextualización. Juego, divertimento. Una rebeldía contra la irrealidad de la realidad, contra la objetividad, o sea, la legitimación de una nueva realidad que hace vibrar los cimientos de la seguridad, que aborda el riesgo de desplazarse en el vértigo de la incertidumbre. La locura del lenguaje, y en su corporeización indispensable, el poema, es una máscara que, al proveer a su portador de un régimen de conciencia que le sobrepasa, le dota además de cualidades universales, de la probabilidad de ser otro, todos y ninguno, nadie. Cuestionamiento más plenamente que afirmación, o afirmación no de la duda sino del misterio que encarna al fin el deambular por eso que llaman realidad y termina siendo otra cosa inabarcable, nunca sólo aquello, esto. Sobre todo, enfermedad que sana al lenguaje, con esa su capacidad histriónica que a veces llaman ficción o mentira, de la verdad, y le descubre muchas de sus verdades, o como dirían algunos, le saca sus trapitos al sol, sin apenas percatarse de ello.

(Publicado en Parque Nandino núm. 4)

jueves, octubre 13

(En este lado del mundo)


En este lado del mundo nada se sabía
del joven poeta encanecido que
fue a morir a Puerto Trakl. Una mujer
le adivinó el destino apenas observando
su rostro: –Serás una sombra
recorriendo los instantes muertos de tu
condescendiente vida en bares de marineros
borrachos, entre historias tanto o más
trágicas que la tuya. Él había ido a morir,
según supe, pero ignoraba
que en este mar embravecido
la muerte nos esperaba pacientemente
a cada uno de nosotros.


(Sobre un tema de Jaime Luis Huenún)

sábado, octubre 8

Dogville


El cielo aherrojado, emputecido hasta las heces. Las casas mugrientas –subterfugios– resoban la lengua del incipiente literato que nunca ha escrito (el fuego podrá borrar más tarde). No un pueblo pequeño, no un topo escabulléndose, el dolor es juez bajo la luna mordisqueada. Un perro ladra. Es lo que sabe decir.

jueves, septiembre 22

(Mi reino fue comido por los buitres...)


Mi reino fue comido por los buitres
un día de sol envenenado de números. Yo
huí en camisa por desiertos que parecían
infinitos, infestados
de beduinos que me aceptarían

dándome un penoso dromedario para seguirlos
al final de su caravana.
Hemos asaltado reinos mejores
de lo que fue el mío
y, por honor, no nos hemos quedado con ninguno.