Un chino en China corre por su suerte, ignora
la pistola en cierta esquina del
día,
en el té de la tarde, en los ojos de
un dragón
limándose las uñas. Va por Jinan,
Xi’an, Suzhou,
como si nada faltara al terror de
ser comido
por sus propias palabras,
entre huellas habidas de otro
viajero más antiguo,
esquivando el sable certero
del aburrimiento.
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