Masculla sus maldiciones
en la otra habitación, ha apagado la tele
pensando que está sola
y mientras esculca los cajones
dispersa murmullos al viento en
resistencia.
Oigo cómo le vienen a la memoria
asuntos pestíferos, cómo sale de su boca
el bestiario de un libro de horror.
No estoy en condición de negarle este placer
de revivir lo olvidado
como si saqueara una tumba,
de tachar la noche con más noche.
Mi madre ahoga sus palabras
como balines en un blanco de feria,
es su momento de golpear lo que la ha
golpeado,
de estropear el día como si lo apaleara con una escoba
para respirar polvo.
Sus palabras rondan como aguijones
mientras abre y cierra las puertas del
clóset
donde le aguarda un monstruo de cien ojos
al que intenta forzar por el desagüe
del lavabo.