No tengo cuidado de mí,
me importa nada si me rasuro,
si mi barba tiene un crecimiento volcánico
o se vuelca en breves retoños
que apenas asoman curiosos
son decapitados.
Soy el amo de la idea.
No tengo cuidado de mí,
me importa nada si me rasuro,
si mi barba tiene un crecimiento volcánico
o se vuelca en breves retoños
que apenas asoman curiosos
son decapitados.
Soy el amo de la idea.
Una mula de hoja de maíz
me mira como si quisiera
saber qué estoy pensando.
Un venado aúlla sin cuernos,
un venado de flores y de peyote y
de vacíos
pequeñitos
que ya se fueron en mi mente a un
sitio
al que posiblemente no regresaré
a menos
de que sea necesario.
El camino del venado no es mi
camino.
Tampoco el silencio del robot
que desde el lugar donde debiera haber un corazón
lanza
luces amarillas.
Ni el del tren que ya no avanza
porque se caería del librero.
Quizá esté más cerca de ese gordo de tinta
que agoniza mientras lo miran los
perros,
babean.
Estoy atrapado entre libros
y sillas.
Estaría dispuesto a socavar mis relojes
tirando de una cuerda
hasta que caigan árboles secos,
pasionarias, el animal destripado
en la carretera
donde mi voz tartamudea
al paso de rayas
intermitentes.
Si me enseñaras a no ensañarme
con el verde,
a liberar el
acelerador
y olvidar que un auto contra el
abismo
es un héroe incompleto.
Si me enseñaras a sacudirme el
peltre
de la ropa, la pólvora de los
dedos,
las ranas que saltan por las
nubes
a punto de llover biznagas.
Si me enseñaras a transformar
el pan en la misa de las gallinas
que corren alrededor de una serpiente.
Si me enseñaras a descubrir
lo que sobra debajo de la lengua
cuando se está callado tanto
tiempo
por hablar sólo con los árboles
mientras amarillean limones
y es tan fácil tocarlos para que
caigan
con un pequeño ruido como de
pasos
que no van a ninguna parte.
Si me enseñaras a convertir el
agua de Jamaica
en el olor del vino con sus violetas
al centro de mi
frente.
Si me enseñaras a volver atrás, al tiempo
de las raíces abrazadas con fervor a una
piedra,
a un ave lenta, a los restos de una
vaca
que alguna vez miró el lienzo de piedra
como si no pensara
más que en automóviles.
No sólo no tengo
corazón de superhéroe,
tampoco quiero serlo.
Quizá más bien descubrí
que es imposible
traspasar los límites de una idea
sin sufrir pérdidas, grandes sacrificios
en lo profundo de la mente,
en ese revoltijo de trapos viejos
y joyas de utilería.
Otro piensa en mi lugar
detrás de la máscara, yo soy sólo
este cascarón de mueca feliz
con dos hoyitos
a través de los cuales mira
el mundo arder
como una hoja de papel
con un mensaje de amor
que ya no le sirve a nadie.
Estoy en busca de sangre fresca
─quizá la de una mosca─
que me indique el camino a seguir
en esta mierda de mundo.
Y debía volver al lugar de donde partí
para hacerme la misma pregunta:
esa que me cruza la cabeza
como una varilla
al jugador del futbolito.
Me hace girar, sí, pegarle
en suerte
a una pelota que intenta
entrar en la portería
de una certeza,
pero soy pésimo en esas cosas,
en las certezas,
y entonces me dedico a girar,
a girar.
Arrojó la piedra tan lejos como pudo:
Es cierto
que yo los abandoné primero:
pero no
pensé que se irían alejando
como el
equipo de futbol de la cuadra
al ser goleados.
He
perdido quizá más de lo que he ganado,
pero es
terrible ver que el partido
agoniza allá al
frente,
entre la portería de ladrillos del
adversario
mientras me consumo en la defensa de nadie,
entre
autos que deben detenerse
para no
interferir el juego nulo.
Estuve aquí de pie
esperando una visión
que no era para mí.
Ya se habían repartido
y sólo me quedaba
arrebatar la tuya.
Mira dentro
del pozo, un pozo
cerrado
hace mucho.
Un pozo abierto, un pozo
cerrado.
Mira hacia dentro
del pozo
la muñeca
rota
en el fondo,
la muñeca
de párpados
descompuestos.
Mira el pozo
con los ojos
cerrados.
Mira dentro
del pozo
las sombras
móviles
y
húmedas
(un ojo
de azul decolorado
ensaya su guiño
sin querer).
La muñeca
de rasgos
desvanecidos,
la muñeca no sabe
qué hace
dentro del pozo,
el pozo
abierto,
el pozo
cerrado.
Dios convierte en cenizas
al que lo mira, habla con palabras
glaciares, mueve montañas inexplicablemente
e inunda ciudades
que lo han perdido todo, que perderán aún más.
Dios todo lo puede, como Superman.
Una paloma y un hippie le hablan al oído, una anomalía
que sus fans han llamado dogma de fe.
En su delirio, se disfraza del pordiosero que arrastra
tesoros dentro de un carrito de supermercado, de la niña
que nos ofrece fruta en la terraza del café,
del hombre que trabajaba de cocinero en un restaurante
y ahora cuida a su anciana mamá, pero al que últimamente
no se le ha visto por el rumbo.
Nos llaman bárbaros.
Mordisqueamos el tiempo
como cangrejos
los huecos de las
piedras.
Nos llaman bárbaros en
la ciudad sitiada,
aunque otros a ellos
también les llaman
bárbaros. Vamos
por los márgenes
de calles como
nudos a paso de hormiga.
Somos los bárbaros y
hemos llegado.
Hemos conocido estas
selvas y sus huesos
antes de que nos
llamaran bárbaros.
Hemos presenciado cómo
se asentaban
aquellos que señalaron
nuestras trampas a lo
lejos.
Hemos llegado, pero
decidimos
no echar abajo las
columnas
donde se asienta su
monstruosa ciudad.
¿Qué sería de nosotros
los bárbaros
sin nuestra barbarie?
Un pájaro caga el hombro del militar
que está a punto de jalar del gatillo
y no lo hace porque es algo duro.
¿Difícil ser de bronce?, le pregunto
y parece que va a contestarme
con un eslogan propagandístico.
Como el pájaro que se aleja,
dejaré una advertencia.
Mi Batman de lego perdió un trozo de capa.
Ignoro si se le cayó a la señora del aseo
o si la perdió algunx de mis sobrinxs.
Al menos todavía mira con ojos fosforescentes.
No imagino qué sentirá Batman.
Una capa rota indica que se ha librado
de un peligro inminente. Ha sobrevivido.
Alguien quiso corregir el error y colocó mal sus piezas,
se las puso en la cabeza.
Qué bien que encontré el instructivo,
qué bien que regresé las piezas a su lugar,
aunque la capa haya quedado incompleta.
Como todo héroe, tendrá que aceptar
las pérdidas.