Los muertos no tienen nada, ni dónde caerse muertos. Nada,
nada tienen los muertos que dejamos atrás, en el
tiempo de los cascabeles en la cola de la
serpiente, en el tiempo a tientas entre el polvo que opaca
las narices. Ni silencio, ni escorzo, ni tiempo
libre: ni sentido, ni orientación psicológica, ni lógica imposible.
Nada. Ni nadar en su estúpida red de recuerdos porque ni el
recuerdo se acuerda de su polvo. Nada tienen, ni un
mármol duradero, ni el fondo del mar plagado de
tiburones ni las últimas reservas mundiales de alimento para los
sobrevivientes del próximo holocausto. No tienen
dinero para pasar al otro lado, olvido. No tienen cómo
blandir una perorata sino es con la voz
prestada del viento, los arrecifes mal o bien intencionados, los
pulmones de las fábricas que los reciclan. Están habituados a
la euforia de los niños que los pisotean, al
furibundo trotamundear de viajeros que huyen del más
esquivo ruido en el mármol, soterrados en el olfato de los
perros.
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