sábado, noviembre 9

Sin ton ni son



Los muertos no tienen nada, ni dónde caerse muertos. Nada, nada tienen los muertos que dejamos atrás, en el tiempo de los cascabeles en la cola de la serpiente, en el tiempo a tientas entre el polvo que opaca las narices. Ni silencio, ni escorzo, ni tiempo libre: ni sentido, ni orientación psicológica, ni lógica imposible. Nada. Ni nadar en su estúpida red de recuerdos porque ni el recuerdo se acuerda de su polvo. Nada tienen, ni un mármol duradero, ni el fondo del mar plagado de tiburones ni las últimas reservas mundiales de alimento para los sobrevivientes del próximo holocausto. No tienen dinero para pasar al otro lado, olvido. No tienen cómo blandir una perorata sino es con la voz prestada del viento, los arrecifes mal o bien intencionados, los pulmones de las fábricas que los reciclan. Están habituados a la euforia de los niños que los pisotean, al furibundo trotamundear de viajeros que huyen del más esquivo ruido en el mármol, soterrados en el olfato de los perros.

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