“Me has salvado de la disgregación
de partículas”, ha calculado el Hacedor de Buenas Conversaciones, aun cuando se
ha roto la clavícula tratando de comunicarse con las abejas asesinas que hacen
la revolución entre las aspas de sus neuronas. “El gato me ha dado un aliciente
para la invisibilidad o la imbecilidad, no logro descifrarlo”: me mira
detenidamente, como si deseara que resolviera con un gesto su conflicto. Era de
esperarse que no hubiera nada por esperar, ni un simulacro, siquiera espolear
la paciencia veloz como una babosa. Como si hiciera falta pretexto para vomitar
en el saco de un desconocido. Casi, por poco, llega a toparse con un final
medianamente feliz. En esta nación altruista el que no pierde algo de improviso,
a alguien al menos, no gana ni una conversación perentoria en el avión con una
interrogante ventana, un rostro sobrepuesto al paisaje nocturno de la ciudad en
llamas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario