En ese ronroneo al girar la perilla con
ínfulas de carnicero se te conoce o desconoce, se descosen tus intrigas labradas
en tierra yerma, bajo el tufo de incontables espantapájaros hechos nudo por ver
quién primero te rescata del miedo. Finalmente, aunque los finales sólo existan
en thrillers escandalosos y en remakes de cuentos de hadas, por hoy un final te
acecha arrobado entre sábanas blancas cual cadáver todavía envuelto en vendas, una
herida que no alcanzó a cerrar la boca. Cierto, estos almidones te desconciertan, te hacen
dudar de tu propia sombra alargada hasta donde no valen la pena las palabras ni
tampoco los silencios forzados, siquiera el aliento de la duda. He ahí tus
posibilidades, te has dejado controlar por los elementos, eres uno de ellos
eclosionado en laboratorio. Sea, Cadmio, Etrusco, esta doble o triple o
diezmada realidad cuando menos un pretexto para mantenerte ocupado.
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