lunes, mayo 6

Despegue

Atrás dejo un paisaje de cemento
rodeado de montañas, restos
de antiguos terremotos,
a una velocidad deslumbrante,
como si uno pudiera
de verdad
abandonar así su ciudad,
mirándola por arriba,
alejándose de sus azoteas,
del aire y las voces que retumban
en la cabeza como parvadas
que se alistan a migrar.

miércoles, mayo 1

No he salvado al mundo

He pasado por entre calles vacías
como si caminara sobre algodones,
fuera de mí, dentro de pensamientos
que no llevan a ninguna parte,
ni siquiera a mis propias manos,
a mis dientes, a mis piernas.
Es tal esta debilidad que me encierro
en un cubo con la puerta entreabierta
para que no pase demasiado sol,
ni demasiado aire o cielo.
La cortina deja mirar una línea azul
detrás de los barrotes de la ventana,
como si quisiera abrir una grieta.

lunes, febrero 4

Mente criminal

Me gustaría
desgranarlos
pedazo
a
pedazo,
mutilar
sus salidas
emergentes
con planeación
estratégica,
aplastarlos
como a arañas
satisfechas
y confiadas.
Solo motivos
infranqueables
que excavo
de mi débil
corazón
—tiene un soplo—
me impiden
tomar una pistola,
una guadaña,
hilo metálico,
instrumentos
de ortodoncia,
desbaratarles
el rostro,
la risita
sarcástica,
el embotellamiento
de malos
sentimientos.

Domingos

Recorríamos en bici calles empedradas,
pasábamos el río Chiquito, la unidad deportiva,
el Callejón del Diablo,
las ventanas ansiosas de tardes milagrosas,
la cuesta hacia el Templo de la Cruz.
Subíamos al vetusto molino de viento
para mirar las azoteas de los caseríos,
las hormigas con rebozo en la plaza,
la cascada de El Salto —un hilo dental en el cerro,
platicábamos del incierto futuro
antes de volver a internarnos
por desniveles y callejones que a pleno sol no parecían
contener las leyendas contadas por otros niños
en entretenidos velorios con chocolate caliente
y algunas piezas de pan.

domingo, enero 27

Job

Cuánta fe tenía que aunque un rayo asesino y divino
fulminó a su familia, le fue otorgada otra.
Es como si Dios se formulara desde arriba
su propia versión del mundo.
No siente como nosotros, mira todo desde lejos
—el diablo es apenas una pequeña hormiga roja
con la que a veces habla.
Somos su creación más querida y apreciada,
su abominación y la prueba irrefutable
de que no solo existe,
también ha ido aprendiendo a hacer
una que otra broma.

Tiempo

Cómo sobreponerse
a tanto desperdicio.

sábado, enero 26

domingo, enero 13

Invasión

La lámpara del cuarto es una inmensa nave espacial
con múltiples tentáculos, a punto de arribar
o de soltar, además de polvo, extraterrestres
—armados hasta los dientes o lo que sea que tengan
en aquello que bien podría ser una boca—
y un espectáculo de luces y letales acrobacias.
Dejaré los pensamientos pasar, hacer un hoyo
en el cerebro y esconderse allí, los cobardes,
a esperar un mejor momento para disponerse
a salvar la tarde de esta invasión de figuras magenta.

sábado, enero 12

Todavía recuerdo la estatua

de Francisco Zarco a la salida de la escuela,
casi siempre con una lata de refresco colgada
de la pluma que sostenía con extraña solemnidad,
como si jugara con un balero, como si de pronto
despertara de un sueño del siglo XIX
y comenzara a mirar la tarde.

miércoles, enero 9

Disertación

El durazno está allí, en la banqueta,
y me pregunto si eso será importante,
teniendo en cuenta las resoluciones
que a cada microsegundo toma la naturaleza.
Y en la naturaleza del durazno está
no ser consciente ni de su suavidad ni de su
resquebrajadura ni de su tintura rosácea ni de su brillo
contra el sol que todo lo vence y transfigura.
Pero en la razón de ser del durazno no es lo mismo
—seguramente— estar atravesado por la llanta
de una bicicleta que en mi mano, siendo observado.
Aunque vaya a tirarlo en la primera oportunidad
porque está pasado y no me gustan las frutas así.
De manera que la banqueta vuelve a ser relevante
—hipotéticamente para el durazno—
y no importa si alguna vez le di existencia o
me la dio a mí en tanto lo pensaba.

jueves, diciembre 27

Partogénesis

Permanecen libros que me han regalado
y no me he atrevido a expulsar de mis repisas,
con versos entusiastas y desafortunados.
El día empieza a sumergirse en la oscuridad
y ya estoy cansado de reordenar por temas,
títulos, por familias semánticas o enemistades
(divierte contraponer a un autor con su antítesis).
He experimentado una transformación:
la de quien —ingenuo— piensa que su salud vendrá
si encuentra las ideas en su lugar.

lunes, noviembre 19

Fábula del alacrán

Se había escondido en la habitación, justo en uno de los zapatos del hombre con patas de araña: al principio no sintió el pinchazo, hasta que lo vio huir por debajo de la puerta hacia el patio. Y entonces el veneno ascendió recorriendo su pata delgada como un alfiler. Trepó hasta sus ocho ojos, encendió su cerebro y le hizo rechinar la mandíbula. Un momento más tarde, se sentaron a desayunar y el alacrán, que era uno de esos pequeños y güeros, de los que dicen son los más peligrosos, le pasó la sal de mar —bien comedido— al hombre con patas de araña, quien educadamente, con una reverencia sincera, le dio las gracias y subió por la pared para mecerse en su telaraña mientras dejaba seca a una mosca verde.

miércoles, noviembre 14

Limonero

Llego al trabajo y miro las hojas verdes
del limonero en la maceta, que da frutos
jugosos pese a ser tan pequeño
en la terraza donde los empleados
comen de lunes a miércoles a las 2 pm.
Ya casi nadie se da cuenta de su existencia,
nadie presta atención a las líneas amarillas
que los gusanos han marcado en sus hojas.
Yo solo atino a robarle los limones.

lunes, noviembre 12

Quisiera ser un superhéroe

Armado con arco y flechas y encapuchado,
no errar un solo tiro al apuntar a mis enemigos,
a esos que además están dentro de mí, aguardando.
Quisiera ser un superhéroe que olvidara
algunas secuelas de equivocadas decisiones
como aquello que en la mudanza se pierde,
como si detrás de la máscara estuviera a salvo
de este sonriente rostro al que desconocidos
saludan en la calle.

domingo, septiembre 2

Realidad alterna

No puedes tomar en serio a un hombre
que escucha un zumbido todo el tiempo.
Quienes padecen tinnitus han sido acusados
de asesinar al médico que les da la noticia:
no hay quién pueda curarlos.
Nadie está a salvo de su insidia, ni siquiera
ellos mismos: una plaga serrucha sus neuronas.
Es como si tuvieran un corto circuito ad infinitum
o experimentaran un bucle de tiempo
en que explotara su cabeza sin salida.
Torpes, se tambalean en esta realidad que no puede
entrar de golpe en sus oídos.

No me invitaron a la Gran Fiesta de los Poetas

Siendo sincero, apenas soy un minúsculo poeta,
no tengo un estilo que me diferencie de la mayoría,
mis técnicas son pobres y pasadas de moda.
No incluyo efectos tecnológicos y además
suelo hablar de mí mismo, con lo que
me acusan de poeta de la experiencia, del silencio
—aunque ya no sepa qué es el silencio.
Soy un imitador de anécdotas, un usurpador
de esas pequeñas realidades que dejaría de lado
si no las describiera. No me invitaron a la fiesta,
y tienen razón: quién soy yo para aparecer
en los periódicos, si no he ganado un premio
y ni siquiera una beca. No soy de la élite
que invitan a las grandes lecturas de poesía
donde presentan a las personalidades locales
en medio de aplausos y luces y gritos de admiración.
No estoy invitado a la fiesta, así que me quedaré
a escribir poemas.

domingo, agosto 5

Metamorfosis

Me encuentro sin encontrarme en la casa de campo
de mis padres. Los sobrinos esperan a romper
la piñata de Superman repleta de Pelón Pelo Rico,
paletas De la Rosa o chocolates M&M.
Los músculos me duelen por la resaca, pero no tanto
como a Superman en cuanto desayunemos.
Pobre Superman: su tragedia nos traerá dulces a todos,
reiremos de su desgracia, nos empujaremos unos a otros
por el generoso regalo que nos ha dado al caer vencido
como un dios destazado entre muecas de felicidad
para formar parte del mundo en el bote de basura.

lunes, julio 30

Del ninguneo

Tengo la sospecha de que quien ningunea ha sido ninguneado en otras ocasiones, por lo que ha decidido ser Alguien a costa de que otros sean nadie. Ese nadie debe saber que no es un interlocutor pero sí el objeto del ataque: una sombra accidental. Ser indiferente al otro es carecer de sensibilidad hacia los demás, quizá ser distraído o carecer de interés, pero ningunear al otro no es ser indiferente a su presencia, sino que su presencia, su ser, le estorbe de tal manera al ninguneador que decida poner en blanco todo rastro de aquella personalidad para arrojarle sin más al grupo de los incapaces que molestan con su continua ansia de estar ahí.
No es que la otra persona no exista, sino que, existiendo, el ninguneador le resta la suficiente importancia como para hacerle ver que nada significa. Y no basta con que se le ignore, se le difumine o menosprecie, merece que los otros también le resten valor, le volteen la cara, sean ajenos a su molesto respirar. El ninguneador ensalza a otras personas con las que congenia, les hace saber ante quien aborrece que ellos sí son alguien, que ellos sí pertenecen a un selecto grupo social, que ellos sí tienen las cualidades necesarias para ocupar un puesto, un lugar entre sus amigos, admirados o elegidos. El ataque es oblicuo para que el ninguneado se dé por entendido, para que no responda a quien no le habla.
El ninguneo es, después de todo, una herramienta de manipulación. Su propósito: reafirmarse a costa del otro. Este acto conlleva una tragedia para el ninguneador, ya que tanto necesita ningunear al otro que termina por —paradójicamente— visibilizarlo (no hay mayor afirmación de la existencia del otro que el ninguneo que se le practica).
Es posible que los ninguneados sean piedras en el camino que el ninguneador use a modo; lo importante es el camino que hace con ellas. Deben saberse piedras, meras piedras que no merecen ser consideradas sino como tales. Por ello les da la espalda; no están invitadas a la fiesta. Quizá el ninguneador ha hecho un descubrimiento: el ninguneado pone en riesgo la imagen que tiene de sí mismo. Ante esta desagradable evidencia, practica con cierto regusto una y otra vez la humillación para que los mismos ninguneados, los borroneados, se retiren sin que en adelante haya que enfatizarlo, que aprendan a difuminarse, desconcertados: fuera del concierto armonioso de los hechos en que sobran, son desechos. ¿Qué necesidad tienen de que se les dé la espalda una y otra vez, de que se los haga a un lado con el codo para marginarlos en la foto? ¿Es que no han aprendido a desaparecer? Piensa el ninguneador: “Vomito el significado de aquellos a quienes ninguneo, un significado que me agrede por solo existir, porque me caen mal, porque alguna vez recibí de ellos algún desprecio o indiferencia —real o ficticia—, porque son buenos en algo o porque se me da la gana y ya, porque yo solo me trato con gente a mi modo, con quienes saben vivir la vida como yo, no con esos que son mero estorbo”.
Ritual social, es el ninguneo una afrenta al otro, a ese otro del que se abomina. El truco está en que sea consciente de qué tanto es nada. El ninguneo tiene que ver con que esos nadie sepan que no deben apartar un sitio en la mesa, no deben ocupar un puesto en la familia, entre los amigos o los colegas: es imposible que alguien les dé un lugar a menos de que sea otro nadie, otro más que se les una para ningunearlos en conjunto, hacerles ver la nada que son, que deben sentirse, los nadie cuya existencia inexplicable el ninguneador aborrece porque en ellos proyecta su propia nada, la nada que cada uno terminamos por ser en este mundo que sigue su trayectoria indiferente.

domingo, julio 29

Nadie, ninguno

Soy nadie, ninguno.
Bebo mi café de nadie,
le echo azúcar o nada,
escribo palabras fantasma.
Este aire es nada.
Los autos pasan,
risas, reflejos.
Ninguno
escucha.
No hablo siquiera
porque no hablo para nadie.
Soy nada en este desfile de locos,
gente de verdad.

miércoles, junio 6

Escondite

El ratón sale, toma por asalto la silla giratoria. Las lámparas de neón escupen su resplandor verde sobre las computadoras y los celulares de queso blanco. Algunos silban el himno a la alegría, hay quien ríe a carcajadas. Con todo y sus bigotes y cola erguida, termina arrugando el semblante oficinesco como si acabara de recibir una soberana paliza con una escoba de paja. Se refriega la nariz en la mesa del escritorio lleno de pequeños hoyos, cala las finas uñas en el teclado, empieza por partir un pay de queso con los dientes quebrados para celebrar el aniversario de la máquina expendedora. Un letrero en la recepción advierte: “Salida de emergencia”. Él recorre los blancos entre las líneas del contrato como a un laberinto fácil de descifrar si tan siquiera le interesara.