Me encuentro sin encontrarme en la casa de campo
de mis padres. Los sobrinos esperan a romper
la piñata de Superman repleta de Pelón Pelo Rico,
paletas De la Rosa o chocolates M&M.
Los músculos me duelen por la resaca, pero no tanto
como a Superman en cuanto desayunemos.
Pobre Superman: su tragedia nos traerá dulces a todos,
reiremos de su desgracia, nos empujaremos unos a otros
por el generoso regalo que nos ha dado al caer vencido
como un dios destazado entre muecas de felicidad
para formar parte del mundo en el bote de basura.
domingo, agosto 5
lunes, julio 30
Del ninguneo
Tengo la sospecha de que quien ningunea ha sido ninguneado en otras ocasiones, por lo que ha decidido ser Alguien a costa de que otros sean nadie. Ese nadie debe saber que no es un interlocutor pero sí el objeto del ataque: una sombra accidental. Ser indiferente al otro es carecer de sensibilidad hacia los demás, quizá ser distraído o carecer de interés, pero ningunear al otro no es ser indiferente a su presencia, sino que su presencia, su ser, le estorbe de tal manera al ninguneador que decida poner en blanco todo rastro de aquella personalidad para arrojarle sin más al grupo de los incapaces que molestan con su continua ansia de estar ahí.
No es que la otra persona no exista, sino que, existiendo, el ninguneador le resta la suficiente importancia como para hacerle ver que nada significa. Y no basta con que se le ignore, se le difumine o menosprecie, merece que los otros también le resten valor, le volteen la cara, sean ajenos a su molesto respirar. El ninguneador ensalza a otras personas con las que congenia, les hace saber ante quien aborrece que ellos sí son alguien, que ellos sí pertenecen a un selecto grupo social, que ellos sí tienen las cualidades necesarias para ocupar un puesto, un lugar entre sus amigos, admirados o elegidos. El ataque es oblicuo para que el ninguneado se dé por entendido, para que no responda a quien no le habla.
El ninguneo es, después de todo, una herramienta de manipulación. Su propósito: reafirmarse a costa del otro. Este acto conlleva una tragedia para el ninguneador, ya que tanto necesita ningunear al otro que termina por —paradójicamente— visibilizarlo (no hay mayor afirmación de la existencia del otro que el ninguneo que se le practica).
Es posible que los ninguneados sean piedras en el camino que el ninguneador use a modo; lo importante es el camino que hace con ellas. Deben saberse piedras, meras piedras que no merecen ser consideradas sino como tales. Por ello les da la espalda; no están invitadas a la fiesta. Quizá el ninguneador ha hecho un descubrimiento: el ninguneado pone en riesgo la imagen que tiene de sí mismo. Ante esta desagradable evidencia, practica con cierto regusto una y otra vez la humillación para que los mismos ninguneados, los borroneados, se retiren sin que en adelante haya que enfatizarlo, que aprendan a difuminarse, desconcertados: fuera del concierto armonioso de los hechos en que sobran, son desechos. ¿Qué necesidad tienen de que se les dé la espalda una y otra vez, de que se los haga a un lado con el codo para marginarlos en la foto? ¿Es que no han aprendido a desaparecer? Piensa el ninguneador: “Vomito el significado de aquellos a quienes ninguneo, un significado que me agrede por solo existir, porque me caen mal, porque alguna vez recibí de ellos algún desprecio o indiferencia —real o ficticia—, porque son buenos en algo o porque se me da la gana y ya, porque yo solo me trato con gente a mi modo, con quienes saben vivir la vida como yo, no con esos que son mero estorbo”.
Ritual social, es el ninguneo una afrenta al otro, a ese otro del que se abomina. El truco está en que sea consciente de qué tanto es nada. El ninguneo tiene que ver con que esos nadie sepan que no deben apartar un sitio en la mesa, no deben ocupar un puesto en la familia, entre los amigos o los colegas: es imposible que alguien les dé un lugar a menos de que sea otro nadie, otro más que se les una para ningunearlos en conjunto, hacerles ver la nada que son, que deben sentirse, los nadie cuya existencia inexplicable el ninguneador aborrece porque en ellos proyecta su propia nada, la nada que cada uno terminamos por ser en este mundo que sigue su trayectoria indiferente.
domingo, julio 29
Nadie, ninguno
Soy nadie, ninguno.
Bebo mi café de nadie,
le echo azúcar o nada,
escribo palabras fantasma.
Este aire es nada.
Los autos pasan,
risas, reflejos.
Ninguno
escucha.
No hablo siquiera
porque no hablo para nadie.
Soy nada en este desfile de locos,
gente de verdad.miércoles, junio 6
Escondite
El ratón sale, toma por asalto la silla giratoria. Las lámparas
de neón escupen su resplandor verde sobre las computadoras y los celulares de queso blanco. Algunos
silban el himno a la alegría, hay quien ríe a carcajadas. Con todo y
sus bigotes y cola erguida, termina arrugando el semblante oficinesco como si
acabara de recibir una soberana paliza con una escoba de paja. Se refriega la
nariz en la mesa del escritorio lleno de pequeños hoyos, cala las finas uñas
en el teclado, empieza por partir un pay de queso con los dientes quebrados para celebrar el aniversario
de la máquina expendedora. Un letrero en la recepción
advierte: “Salida de emergencia”. Él recorre los blancos entre las líneas
del contrato como a un laberinto fácil de descifrar si tan siquiera le
interesara.
sábado, mayo 26
Aire
Me ahoga, me aprieta con su puño rabioso
debajo de las costillas hasta que casi exploto,
pero no lo hago porque al final surge la esperanza,
ese sentimiento que no deja a las cosas ser,
abandonarse a su suerte.
No sé ya qué espero, si espero,
ni por qué esta caminata a ciegas
no termina.
debajo de las costillas hasta que casi exploto,
pero no lo hago porque al final surge la esperanza,
ese sentimiento que no deja a las cosas ser,
abandonarse a su suerte.
No sé ya qué espero, si espero,
ni por qué esta caminata a ciegas
no termina.
domingo, mayo 20
Los elogios
Un soberano estorbo cuando quien te los regala ni siquiera conoce el producto, el objeto, la cosa por la cual te elogia. Suelen ser vacuos, meros instrumentos de halago que te vuelven débil, discordante, empalagado. Vomito los elogios falsos, aquellos faltos de realidad. Te cubren de una ficción con fines prácticos: usar tu debilidad para que les permitas hacer lo que desean, para que tengas hacia ellos la actitud adecuada, para qué soy bueno, en qué puedo ayudarte. El elogio es perverso cuando viene de una voluntad de control. Quizá sepas que lo que dicen es equívoco, pero de todas maneras decides corresponder con una sonrisa húmeda de satisfacción, sentirte halagado por un hecho que no puedes comprobar, que no descubre tu naturaleza. Bastardo, infeliz, si el elogio es algo benéfico que ahora manchas con tu incrédula lengua: un ungüento de savia emocional en el alma ávida, herida.
Considerado
Una raqueta para matar mosquitos
reposa inerte sobre la cama.
Ya me han picado dos
y no quiero electrocutarlos,
ni a los que vienen.
No, porque su vida es corta,
porque mi sangre
está en ellos
y ahora viaja.
reposa inerte sobre la cama.
Ya me han picado dos
y no quiero electrocutarlos,
ni a los que vienen.
No, porque su vida es corta,
porque mi sangre
está en ellos
y ahora viaja.
Aburrido
Aburrido como una colmena sin zumbidos,
un cocodrilo de zoológico,
una mosca en un laboratorio aséptico.
Aburrido como un té de bolsita,
un ventilador de aspas inmóviles,
como el foquito rojo
de la televisión.
Aburrido como un gato privado de su cucaracha,
una Coca al tiempo sobre
la mesa de la cocina.
Aburrido como quien ha vuelto de un viaje largo
y todavía no lo sabe.
un cocodrilo de zoológico,
una mosca en un laboratorio aséptico.
Aburrido como un té de bolsita,
un ventilador de aspas inmóviles,
como el foquito rojo
de la televisión.
Aburrido como un gato privado de su cucaracha,
una Coca al tiempo sobre
la mesa de la cocina.
Aburrido como quien ha vuelto de un viaje largo
y todavía no lo sabe.
domingo, abril 29
Mira desde la ventana del departamento donde alguna vez vivió
Cuenta los racimos de polvo que aquí lo han traído, las sombras de faroles rotos, paredes descascaradas, canceles moribundos. Un euro que encontró sin gastar para que fuera su moneda de la suerte, un pájaro amarillo al que debe visitar para abrir su jaula sin dejarlo escapar, un gato negro que se le repega al pantalón mientras él mira por la ventana el vencido reflejo del sol en el edificio de enfrente, los hoteles que no supo habitar ni a la distancia, los autos tranquilos.
N 29 04 18
*
N 29 04 18
*
jueves, abril 5
La felicidad
es caprichosa como fruta fuera de temporada,
aparece sin aviso, cae, la levantas y te das cuenta
de que los gusanos la descubrieron antes que tú,
la tiras y toda una población de insectos
acaba con ella. Es una fórmula gratuita,
algo así como una camisa que te viene
luego de mucho tiempo abandonada.
aparece sin aviso, cae, la levantas y te das cuenta
de que los gusanos la descubrieron antes que tú,
la tiras y toda una población de insectos
acaba con ella. Es una fórmula gratuita,
algo así como una camisa que te viene
luego de mucho tiempo abandonada.
domingo, marzo 11
Showboss
El jefe baja desde las alturas envuelto en un aire
benévolo, la lustrosa sonrisa pegada a su cara
dirige las miradas hacia su silueta deslumbrante.
La escalera parece estar hecha de mullidos cojines
donde se asientan sus delicados pies, determinados
benévolo, la lustrosa sonrisa pegada a su cara
dirige las miradas hacia su silueta deslumbrante.
La escalera parece estar hecha de mullidos cojines
donde se asientan sus delicados pies, determinados
a cumplir la misión en esta sala de juntas donde
le acercan una silla, le dan galletas bajas en calorías,
le sirven refresco de cola, callan si alguien más llamó
su atención en este barullo de palabras que no dicen
lo que pretenden decir. Cada quien cree llevar agua
a su molino, cada quien tiene una orden por firmar,
un resultado por presumir mostrando los dientes
aquiescentes. Lo que él promete se cumple, es algo
como la voz cantante en un concierto de ópera bufa
hasta que irrumpe un tiple agudo que a todos cuadra:
es de su jefe, pues todo jefe tiene otro jefe
le acercan una silla, le dan galletas bajas en calorías,
le sirven refresco de cola, callan si alguien más llamó
su atención en este barullo de palabras que no dicen
lo que pretenden decir. Cada quien cree llevar agua
a su molino, cada quien tiene una orden por firmar,
un resultado por presumir mostrando los dientes
aquiescentes. Lo que él promete se cumple, es algo
como la voz cantante en un concierto de ópera bufa
hasta que irrumpe un tiple agudo que a todos cuadra:
es de su jefe, pues todo jefe tiene otro jefe
y el que no piensa nunca se equivoca.
sábado, marzo 10
Esta habitación fue mía
Mi mente está en
otro lado, un puente
y de pronto me
hallo en este cuarto
con imágenes que
no me pertenecen.
El espejo
deforme, la ventana abierta:
un mirlo
desciende y da pasitos en el patio
hacia el bote de
basura.
Música de
corrido, agua
cae a los
tinacos.
Aunque esta
habitación haya sido mía
no encuentro al
niño que aquí deambulaba,
atento
al fuego.
martes, marzo 6
Cubo
Este cuarto sin salida, armado para atrapar
como se atrapa a los puercos salvajes, cerrando
poco a poco sus alternativas con bardas que los aprisionan
en tanto siguen tragando como puercos y pensando como
puercos insaciables con el hocico hozando en el fango
y otra barda más es puesta lentamente, el aire
sarcástico no omite burlas y les ponen otra pared
hasta que deambulan habituados al encierro, así husmeo
pequeñas ideas rotas, basura, ropa tirada, una bandera
detrás de la puerta, un blanco con dardos de dos países
que no son el mío y la noche cerca hoy, mañana también,
hasta que me acostumbro a no ver ni el patio.
como se atrapa a los puercos salvajes, cerrando
poco a poco sus alternativas con bardas que los aprisionan
en tanto siguen tragando como puercos y pensando como
puercos insaciables con el hocico hozando en el fango
y otra barda más es puesta lentamente, el aire
sarcástico no omite burlas y les ponen otra pared
hasta que deambulan habituados al encierro, así husmeo
pequeñas ideas rotas, basura, ropa tirada, una bandera
detrás de la puerta, un blanco con dardos de dos países
que no son el mío y la noche cerca hoy, mañana también,
hasta que me acostumbro a no ver ni el patio.
domingo, marzo 4
Noventa, diez
Allá van los pensamientos lúcidos, las esquinas
vividas, las miradas llenas de autos y de sol.
Allá van, sobre puentes de metal
donde muchos han soñado con arrojarse al flujo
del tránsito, al embotellamiento
(a punto de ser atropellada, una ciclista se salva
por un meñique, sonríe a la niña que le mira
desde el asiento trasero del auto
que su padre acelera).
La boca reseca es un símbolo de nada.
El otro día mis sobrinas contaban los noventa vagones
de un tren con diez locomotoras, pero en esta ciudad
nadie cuenta con nadie.
vividas, las miradas llenas de autos y de sol.
Allá van, sobre puentes de metal
donde muchos han soñado con arrojarse al flujo
del tránsito, al embotellamiento
(a punto de ser atropellada, una ciclista se salva
por un meñique, sonríe a la niña que le mira
desde el asiento trasero del auto
que su padre acelera).
La boca reseca es un símbolo de nada.
El otro día mis sobrinas contaban los noventa vagones
de un tren con diez locomotoras, pero en esta ciudad
nadie cuenta con nadie.
sábado, marzo 3
Carné de identidad
He olvidado casi cualquier cosa, quizá
todos sepan mi nombre verdadero,
perdido en mi propio ruido, en los
de la ciudad, un silencio vergonzoso
en este cubo donde transcurre el sueño
y los pensamientos hallan apenas hilación.
Los labios resecos y desencantados, la espina dorsal
encajada en el mundo como una flecha puntiaguda
con el blanco errado.
todos sepan mi nombre verdadero,
perdido en mi propio ruido, en los
de la ciudad, un silencio vergonzoso
en este cubo donde transcurre el sueño
y los pensamientos hallan apenas hilación.
Los labios resecos y desencantados, la espina dorsal
encajada en el mundo como una flecha puntiaguda
con el blanco errado.
sábado, febrero 24
Vivencias
No he podido detenerme a pensar realmente dónde estoy parado, a qué demonios les debo estar aquí, ahuyentando los buenos deseos y los no tan buenos, los drásticamente malos no en un sentido moral, sino lógico. Pensamientos que no terminan por concretarse, asirse a la memoria, como si la memoria, esa colección de recuerdos falseados, significara algo. Como si el significado de verdad tuviera importancia en este transcurrir los segundos que llamamos desperdicio. Estoy recostado en la cama, escribo en mi iPad mientras miro mis pies uno recostado en el otro. Son grandes, las venas los circulan de extremo a extremo. No sé qué haría sin ellos. Vi el video de un niño pequeño que comía con los pies, quizá sorprendido de ser filmado en un acto tan natural. Tomaba la cuchara entre los dedos gordo y anular para echarse el bocado. Me pregunto si se chuparía los pies luego de darse gusto. Ese acto por sí mismo nos puede parecer repulsivo, pero a él, que solo tiene pies y no manos, seguro le resulta natural. Los pies le son útiles doblemente, exponencialmente. También recuerdo a una chica que apareció en las páginas del Reader’s Digest: un tiburón le dejó sin brazos mientras surfeaba en una playa de California, una chica heroica -como todos de quienes hablan en esta publicación- que fue capaz de levantarse tras esa desgraciada ola de acontecimientos que sucedieron a la pérdida de sus brazos para situarse al volante de su camioneta van en la que iba por los niños a la escuela. Pero yo tengo pies y brazos y nada de heroicidad. Estos pies sienten placer ante el clima cálido y también con el frío, descansan cuando les doy un pequeño masaje y son agradecidos al momento en que los desalojo de zapatos. Así, estáticos, encuentran su lugar en el pequeño mundo circundado por estas seis paredes cúbicas. Son incapaces de tomar una cuchara o un tenedor entre sus dedos. Y si tuvieran que hacerlo en caso de que mis brazos fueran abducidos por extraterrestres ávidos de experimentar con piezas humanas, mirarían con envidia al niño y a la chica sin brazos que han seguido con ilusión el transcurso de sus vidas, si hacemos caso al Reader’s Digest y a los videos más vistos de Youtube en marzo del 2018. Tanto tiempo ha pasado y no soy el mismo de hace diez, catorce, veintiún años. Pero qué son esos recuerdos sino alfileres, punzadas que desatan cierta nostalgia por sucesos quie quizá no fueron como los recuerdo. ¿Por qué en muchos de mis recuerdos aparezco de cuerpo entero, me miro el rostro, si en la realidad apenas si veo mis brazos, m torso y mis pies a cierta distancia? Alrededor de mí, los libros apilados, desordenados, una multitud imposible de asir en lo individual ahora que el tiempo se ha vuelto objeto de primera necesidad. Todos estos libros cabrían sin dificultad en mi Kindle. Ahí quisiera meter también los recuerdos que lastiman, aquellos que en su momento fueron materia de presente, atención, experiencia sensorial. El hecho es que estoy rodeado de pensamientos de otros, pero primordialmente de palabras vivas de personas en su mayoría muertas. Y los muertos son buena compañía, uno a uno. También sería útil tirar libros pésimos a la basura. No comprendo por qué me he armado con ellos de mudanza en mudanza. No solo despojaron a un árbol, además invaden espacios de mis libreros, y me dan vergüenza. Muchos regalados, presentes sin presente ni futuro. Tiliches, desperdicios. Como las películas que compramos y jamás volvemos a ver. Es todo una acumulación de objetos que nos desprenden de la situación biológica de ser cuerpos sangrientos y pulsantes. Como si importara la cantidad de libros leídos o su simple presencia nos hiciera vivir de nuevo a través no solo de la memoria, también de su distorsión, su evocar imaginarios. Un poco de eso hay: vivencias recreadas, rearmadas a conveniencia.
N 24 02 18
*
N 24 02 18
*
sábado, febrero 17
Sexto día
Nada relevante este sábado a punto de caer.
El polvo en la lámpara, el clóset abierto,
el librero atascado de páginas sin leer,
signos extraviados.
La bandera tras la puerta, la puerta
ni cerrada ni abierta.
El polvo en la lámpara, el clóset abierto,
el librero atascado de páginas sin leer,
signos extraviados.
La bandera tras la puerta, la puerta
ni cerrada ni abierta.
miércoles, febrero 14
Pretexto
Quizá mi lugar en el mundo sea escuchar
hendirse las teclas lentas o rápidas
con esta tipografía Calibri Regular 11.
Los autos en la calle, las vibraciones del piso,
un claxon agudo, la serie de detectives
en la habitación de al lado.
sábado, febrero 10
Práctica del tango
El profesor me hizo bailar con una escoba, luego con dos que simulaban la posición correcta de este baile donde el torso ha de permanecer fijo, inalterable. Los brazos me dolieron el primer día. Mi compañera de baile improvisada, la de carne y hueso, suele adelantarse en los pasos, es mucho más principiante que yo. Lo hace porque no soporta la idea de que un hombre la dirija, ella debe estar en control. Pero nadie está en control de nada en la vida. Ni yo con dos escobas en las manos que saben seguir indicaciones.
M 10 02 18
*
M 10 02 18
*
sábado, febrero 3
Soy adicto a los diccionarios
Me da pena decirlo en público desde que en una
ocasión –ah, los tiempos de la preparatoria– la novia de un amigo se
escandalizó ante mi entusiasmo por abrir el libro y buscar palabras con gesto
de satisfacción mientras descansábamos sobre el pasto húmedo en el Parque de
las Estrellas. Nunca más volví a mostrarle a nadie mi mal hábito, y cada vez
que tenía la necesidad vehemente de sacar de su escondite mi Larousse ilustrado
de pastas azules, volteaba en todas direcciones para cerciorarme de que nadie
era testigo de cómo recorría la yema del índice por entre la traslúcida página
de arroz para hallar, por ejemplo, la palabra bifurcado. Esta palabra fue una
herencia directa de El jardín de los
senderos… de Borges. Es más, acuso a Borges de ser el culpable, el
verdadero, de esa manía que no he podido erradicar ni aunque haya conseguido ser
aceptado en este grupo de Adictos al Diccionario. Sé que algunos de ustedes suelen
indagar vocablos de corte científico como corolario, segmentación o fisionomía.
Otros se embelesan con tocino, almendra, alcachofa. A mí me apasionan aquellos
que nunca antes he escuchado ni leído y considero un reto menor, si bien no por
ello menos valioso, pronunciarlos frente a los niños esperando que no lo
perciban sino como juego, que mi charla sea producto de la naturalidad y el
desparpajo. Desparpajo es una de mis palabras predilectas. También predilectas.
Y a rajatabla. Otras que no me dejan dormir desde hace años de solo
repetírmelas y saborear su efecto evanescente han sido devenir y cohabitar. No
habitar, sino cohabitar. Incluso escribí un poema en el MS-DOS de mi
computadora 286 con esa palabreja: “al amanecer ellos cohabitan sus recuerdos”.
Entonces todavía admiraba la rancia belleza de la poesía y hasta me obsesionaba
con la musiquita interna que despierta la psique cuando proliferan los ritmos y
las vibraciones de las cuerdas vocales al decir, pronunciar, poner en entredicho
ciertas sonoridades. Eso ya carece de interés para mí. La poesía va y viene,
pero las palabras… el Larousse azul de más de mil seiscientas páginas y términos
en múltiples e insuficientes géneros y modalidades ocupa un lugar de mayor
categoría en mi librero que la Biblia, el objeto de culto que en la familia
recibe a diario las cálidas caricias de una veladora y la devota custodia de
imágenes cándidas. Si lo supieran los maristas con los que estudié, alzarían el
grito al cielo. Cielos... recuerdo otro de mis desaciertos vitales,
consecuencia de los malhadados concursos de la secundaria: la ortografía. Qué
angustia esperar año con año el veredicto de una academia colonialista y monárquica,
aun y cuando me declaro ferviente demócrata, seguidor del revolucionario Sarmiento
en cuanto a libertades del lenguaje, mientras abomino del pesado Bello que
tanta desavenencia ha causado con su ortodoxia (una palabra en serio que
ortopédica) a nuestra sintaxis. Pero he tomado fuerzas de la debilidad y la
vergüenza para hablarles a ustedes por primera vez en décadas de la perniciosa costumbre que aqueja a cuantos nos hemos reunido después de tantas horas y días de
ansiedad. Lo repito sin ambajes: soy adicto a leer palabras en el diccionario, al
olor de su tinta impregnada en el papel e incluso a las serifas o palos secos
de su tipografía, y se me llena de sangre el corazón cuando recorro los fonemas
silabeando al derecho y al revés con lentitud de ánfora o de babosa o de nube o
de burócrata sus texturas microscópicas. Por cierto, ya que algunos de entre
nosotros han compartido generosos sus propios y perversos giros de la lengua,
no veo por qué ocultarles que de vez en cuando, de adolescente, hojeaba furtivo
la Biblia para detenerme ante el hallazgo: sustantivos excéntricos, presas
fáciles para el diccionario. Nefilim, jeremiadas, fariseos. Nada como paladear,
conjeturar con sus imposibles desinencias (otra palabra sugestiva, tanto como
la palabra sugestiva). Lo digo en confianza. Imagino que en este momento quisieran
consultar su María Moliner, su Clave o incluso su Wordreference en el celular. Quizá
no se atrevan porque estamos aquí para sanar nuestra enfermedad. Pero créanme
cuando les advierto de esas finas modulaciones de significado que distinguen a
ciertas palabras subversivas, como acechar y asechar. Se sonríen, lo sé, porque
comprenden de qué les hablo.