sábado, mayo 26

Aire

Me ahoga, me aprieta con su puño rabioso
debajo de las costillas hasta que casi exploto,
pero no lo hago porque al final surge la esperanza,
ese sentimiento que no deja a las cosas ser,
abandonarse a su suerte.
No sé ya qué espero, si espero,
ni por qué esta caminata a ciegas
no termina.

domingo, mayo 20

Los elogios

Un soberano estorbo cuando quien te los regala ni siquiera conoce el producto, el objeto, la cosa por la cual te elogia. Suelen ser vacuos, meros instrumentos de halago que te vuelven débil, discordante, empalagado. Vomito los elogios falsos, aquellos faltos de realidad. Te cubren de una ficción con fines prácticos: usar tu debilidad para que les permitas hacer lo que desean, para que tengas hacia ellos la actitud adecuada, para qué soy bueno, en qué puedo ayudarte. El elogio es perverso cuando viene de una voluntad de control. Quizá sepas que lo que dicen es equívoco, pero de todas maneras decides corresponder con una sonrisa húmeda de satisfacción, sentirte halagado por un hecho que no puedes comprobar, que no descubre tu naturaleza. Bastardo, infeliz, si el elogio es algo benéfico que ahora manchas con tu incrédula lengua: un ungüento de savia emocional en el alma ávida, herida.

Considerado

Una raqueta para matar mosquitos
reposa inerte sobre la cama.
Ya me han picado dos
y no quiero electrocutarlos,
ni a los que vienen.
No, porque su vida es corta,
porque mi sangre
está en ellos
y ahora viaja.

Aburrido

Aburrido como una colmena sin zumbidos,
un cocodrilo de zoológico,
una mosca en un laboratorio aséptico.

Aburrido como un té de bolsita,
un ventilador de aspas inmóviles,
como el foquito rojo
de la televisión.

Aburrido como un gato privado de su cucaracha,
una Coca al tiempo sobre
la mesa de la cocina.

Aburrido como quien ha vuelto de un viaje largo
y todavía no lo sabe.

domingo, abril 29

Mira desde la ventana del departamento donde alguna vez vivió

Cuenta los racimos de polvo que aquí lo han traído, las sombras de faroles rotos, paredes descascaradas, canceles moribundos. Un euro que encontró sin gastar para que fuera su moneda de la suerte, un pájaro amarillo al que debe visitar para abrir su jaula sin dejarlo escapar, un gato negro que se le repega al pantalón mientras él mira por la ventana el vencido reflejo del sol en el edificio de enfrente, los hoteles que no supo habitar ni a la distancia, los autos tranquilos.

N 29 04 18

*

jueves, abril 5

La felicidad

es caprichosa como fruta fuera de temporada,
aparece sin aviso, cae, la levantas y te das cuenta
de que los gusanos la descubrieron antes que tú,
la tiras y toda una población de insectos
acaba con ella. Es una fórmula gratuita,
algo así como una camisa que te viene
luego de mucho tiempo abandonada.

domingo, marzo 11

Showboss

El jefe baja desde las alturas envuelto en un aire
benévolo, la lustrosa sonrisa pegada a su cara
dirige las miradas hacia su silueta deslumbrante.
La escalera parece estar hecha de mullidos cojines
donde se asientan sus delicados pies, determinados
a cumplir la misión en esta sala de juntas donde
le acercan una silla, le dan galletas bajas en calorías,
le sirven refresco de cola, callan si alguien más llamó
su atención en este barullo de palabras que no dicen
lo que pretenden decir. Cada quien cree llevar agua
a su molino, cada quien tiene una orden por firmar,
un resultado por presumir mostrando los dientes
aquiescentes. Lo que él promete se cumple, es algo
como la voz cantante en un concierto de ópera bufa
hasta que irrumpe un tiple agudo que a todos cuadra:
es de su jefe, pues todo jefe tiene otro jefe
y el que no piensa nunca se equivoca.

sábado, marzo 10

Esta habitación fue mía

Mi mente está en otro lado, un puente
y de pronto me hallo en este cuarto
con imágenes que no me pertenecen.
El espejo deforme, la ventana abierta:
un mirlo desciende y da pasitos en el patio
hacia el bote de basura.
Música de corrido, agua
cae a los tinacos.
Aunque esta habitación haya sido mía
no encuentro al niño que aquí deambulaba,
atento
al fuego.


martes, marzo 6

Cubo

Este cuarto sin salida, armado para atrapar
como se atrapa a los puercos salvajes, cerrando
poco a poco sus alternativas con bardas que los aprisionan
en tanto siguen tragando como puercos y pensando como
puercos insaciables con el hocico hozando en el fango
y otra barda más es puesta lentamente, el aire
sarcástico no omite burlas y les ponen otra pared
hasta que deambulan habituados al encierro, así husmeo
pequeñas ideas rotas, basura, ropa tirada, una bandera
detrás de la puerta, un blanco con dardos de dos países
que no son el mío y la noche cerca hoy, mañana también,
hasta que me acostumbro a no ver ni el patio.

domingo, marzo 4

Noventa, diez

Allá van los pensamientos lúcidos, las esquinas
vividas, las miradas llenas de autos y de sol.
Allá van, sobre puentes de metal
donde muchos han soñado con arrojarse al flujo
del tránsito, al embotellamiento
(a punto de ser atropellada, una ciclista se salva
por un meñique, sonríe a la niña que le mira
desde el asiento trasero del auto
que su padre acelera).
La boca reseca es un símbolo de nada.
El otro día mis sobrinas contaban los noventa vagones
de un tren con diez locomotoras, pero en esta ciudad
nadie cuenta con nadie.




sábado, marzo 3

Carné de identidad

He olvidado casi cualquier cosa, quizá
todos sepan mi nombre verdadero,
perdido en mi propio ruido, en los
de la ciudad, un silencio vergonzoso
en este cubo donde transcurre el sueño
y los pensamientos hallan apenas hilación.
Los labios resecos y desencantados, la espina dorsal
encajada en el mundo como una flecha puntiaguda
con el blanco errado.

sábado, febrero 24

Vivencias

No he podido detenerme a pensar realmente dónde estoy parado, a qué demonios les debo estar aquí, ahuyentando los buenos deseos y los no tan buenos, los drásticamente malos no en un sentido moral, sino lógico. Pensamientos que no terminan por concretarse, asirse a la memoria, como si la memoria, esa colección de recuerdos falseados, significara algo. Como si el significado de verdad tuviera importancia en este transcurrir los segundos que llamamos desperdicio. Estoy recostado en la cama, escribo en mi iPad mientras miro mis pies uno recostado en el otro. Son grandes, las venas los circulan de extremo a extremo. No sé qué haría sin ellos. Vi el video de un niño pequeño que comía con los pies, quizá sorprendido de ser filmado en un acto tan natural. Tomaba la cuchara entre los dedos gordo y anular para echarse el bocado. Me pregunto si se chuparía los pies luego de darse gusto. Ese acto por sí mismo nos puede parecer repulsivo, pero a él, que solo tiene pies y no manos, seguro le resulta natural. Los pies le son útiles doblemente, exponencialmente. También recuerdo a una chica que apareció en las páginas del Reader’s Digest: un tiburón le dejó sin brazos mientras surfeaba en una playa de California, una chica heroica -como todos de quienes hablan en esta publicación- que fue capaz de levantarse tras esa desgraciada ola de acontecimientos que sucedieron a la pérdida de sus brazos para situarse al volante de su camioneta van en la que iba por los niños a la escuela. Pero yo tengo pies y brazos y nada de heroicidad. Estos pies sienten placer ante el clima cálido y también con el frío, descansan cuando les doy un pequeño masaje y son agradecidos al momento en que los desalojo de zapatos. Así, estáticos, encuentran su lugar en el pequeño mundo circundado por estas seis paredes cúbicas. Son incapaces de tomar una cuchara o un tenedor entre sus dedos. Y si tuvieran que hacerlo en caso de que mis brazos fueran abducidos por extraterrestres ávidos de experimentar con piezas humanas, mirarían con envidia al niño y a la chica sin brazos que han seguido con ilusión el transcurso de sus vidas, si hacemos caso al Reader’s Digest y a los videos más vistos de Youtube en marzo del 2018. Tanto tiempo ha pasado y no soy el mismo de hace diez, catorce, veintiún años. Pero qué son esos recuerdos sino alfileres, punzadas que desatan cierta nostalgia por sucesos quie quizá no fueron como los recuerdo. ¿Por qué en muchos de mis recuerdos aparezco de cuerpo entero, me miro el rostro, si en la realidad apenas si veo mis brazos, m torso y mis pies a cierta distancia? Alrededor de mí, los libros apilados, desordenados, una multitud imposible de asir en lo individual ahora que el tiempo se ha vuelto objeto de primera necesidad. Todos estos libros cabrían sin dificultad en mi Kindle. Ahí quisiera meter también los recuerdos que lastiman, aquellos que en su momento fueron materia de presente, atención, experiencia sensorial. El hecho es que estoy rodeado de pensamientos de otros, pero primordialmente de palabras vivas de personas en su mayoría muertas. Y los muertos son buena compañía, uno a uno. También sería útil tirar libros pésimos a la basura. No comprendo por qué me he armado con ellos de mudanza en mudanza. No solo despojaron a un árbol, además invaden espacios de mis libreros, y me dan vergüenza. Muchos regalados, presentes sin presente ni futuro. Tiliches, desperdicios. Como las películas que compramos y jamás volvemos a ver. Es todo una acumulación de objetos que nos desprenden de la situación biológica de ser cuerpos sangrientos y pulsantes. Como si importara la cantidad de libros leídos o su simple presencia nos hiciera vivir de nuevo a través no solo de la memoria, también de su distorsión, su evocar imaginarios. Un poco de eso hay: vivencias recreadas, rearmadas a conveniencia.

N 24 02 18

*

sábado, febrero 17

Sexto día

Nada relevante este sábado a punto de caer.
El polvo en la lámpara, el clóset abierto,
el librero atascado de páginas sin leer,
signos extraviados.
La bandera tras la puerta, la puerta
ni cerrada ni abierta.

miércoles, febrero 14

Pretexto

Quizá mi lugar en el mundo sea escuchar

hendirse las teclas lentas o rápidas

con esta tipografía Calibri Regular 11.
Los autos en la calle, las vibraciones del piso,

un claxon agudo, la serie de detectives

en la habitación de al lado.


sábado, febrero 10

Práctica del tango

El profesor me hizo bailar con una escoba, luego con dos que simulaban la posición correcta de este baile donde el torso ha de permanecer fijo, inalterable. Los brazos me dolieron el primer día. Mi compañera de baile improvisada, la de carne y hueso, suele adelantarse en los pasos, es mucho más principiante que yo. Lo hace porque no soporta la idea de que un hombre la dirija, ella debe estar en control. Pero nadie está en control de nada en la vida. Ni yo con dos escobas en las manos que saben seguir indicaciones.

M 10 02 18

*

sábado, febrero 3

Soy adicto a los diccionarios

Me da pena decirlo en público desde que en una ocasión –ah, los tiempos de la preparatoria– la novia de un amigo se escandalizó ante mi entusiasmo por abrir el libro y buscar palabras con gesto de satisfacción mientras descansábamos sobre el pasto húmedo en el Parque de las Estrellas. Nunca más volví a mostrarle a nadie mi mal hábito, y cada vez que tenía la necesidad vehemente de sacar de su escondite mi Larousse ilustrado de pastas azules, volteaba en todas direcciones para cerciorarme de que nadie era testigo de cómo recorría la yema del índice por entre la traslúcida página de arroz para hallar, por ejemplo, la palabra bifurcado. Esta palabra fue una herencia directa de El jardín de los senderos… de Borges. Es más, acuso a Borges de ser el culpable, el verdadero, de esa manía que no he podido erradicar ni aunque haya conseguido ser aceptado en este grupo de Adictos al Diccionario. Sé que algunos de ustedes suelen indagar vocablos de corte científico como corolario, segmentación o fisionomía. Otros se embelesan con tocino, almendra, alcachofa. A mí me apasionan aquellos que nunca antes he escuchado ni leído y considero un reto menor, si bien no por ello menos valioso, pronunciarlos frente a los niños esperando que no lo perciban sino como juego, que mi charla sea producto de la naturalidad y el desparpajo. Desparpajo es una de mis palabras predilectas. También predilectas. Y a rajatabla. Otras que no me dejan dormir desde hace años de solo repetírmelas y saborear su efecto evanescente han sido devenir y cohabitar. No habitar, sino cohabitar. Incluso escribí un poema en el MS-DOS de mi computadora 286 con esa palabreja: “al amanecer ellos cohabitan sus recuerdos”. Entonces todavía admiraba la rancia belleza de la poesía y hasta me obsesionaba con la musiquita interna que despierta la psique cuando proliferan los ritmos y las vibraciones de las cuerdas vocales al decir, pronunciar, poner en entredicho ciertas sonoridades. Eso ya carece de interés para mí. La poesía va y viene, pero las palabras… el Larousse azul de más de mil seiscientas páginas y términos en múltiples e insuficientes géneros y modalidades ocupa un lugar de mayor categoría en mi librero que la Biblia, el objeto de culto que en la familia recibe a diario las cálidas caricias de una veladora y la devota custodia de imágenes cándidas. Si lo supieran los maristas con los que estudié, alzarían el grito al cielo. Cielos... recuerdo otro de mis desaciertos vitales, consecuencia de los malhadados concursos de la secundaria: la ortografía. Qué angustia esperar año con año el veredicto de una academia colonialista y monárquica, aun y cuando me declaro ferviente demócrata, seguidor del revolucionario Sarmiento en cuanto a libertades del lenguaje, mientras abomino del pesado Bello que tanta desavenencia ha causado con su ortodoxia (una palabra en serio que ortopédica) a nuestra sintaxis. Pero he tomado fuerzas de la debilidad y la vergüenza para hablarles a ustedes por primera vez en décadas de la perniciosa costumbre que aqueja a cuantos nos hemos reunido después de tantas horas y días de ansiedad. Lo repito sin ambajes: soy adicto a leer palabras en el diccionario, al olor de su tinta impregnada en el papel e incluso a las serifas o palos secos de su tipografía, y se me llena de sangre el corazón cuando recorro los fonemas silabeando al derecho y al revés con lentitud de ánfora o de babosa o de nube o de burócrata sus texturas microscópicas. Por cierto, ya que algunos de entre nosotros han compartido generosos sus propios y perversos giros de la lengua, no veo por qué ocultarles que de vez en cuando, de adolescente, hojeaba furtivo la Biblia para detenerme ante el hallazgo: sustantivos excéntricos, presas fáciles para el diccionario. Nefilim, jeremiadas, fariseos. Nada como paladear, conjeturar con sus imposibles desinencias (otra palabra sugestiva, tanto como la palabra sugestiva). Lo digo en confianza. Imagino que en este momento quisieran consultar su María Moliner, su Clave o incluso su Wordreference en el celular. Quizá no se atrevan porque estamos aquí para sanar nuestra enfermedad. Pero créanme cuando les advierto de esas finas modulaciones de significado que distinguen a ciertas palabras subversivas, como acechar y asechar. Se sonríen, lo sé, porque comprenden de qué les hablo.

viernes, diciembre 8

Las mujeres que me han abandonado

ahora son directoras de teatro, madres
de gemelos rubios, estudian becadas
en el extranjero, van a Chapala con su familia
una vez al mes, viajan por Europa y
hasta son voluntarias en Nigeria, odian
a los hombres como yo, coleccionan gatos,
corren cada mañana entre edificios derruidos,
escriben cuentos de ciencia ficción ambientados
en Guadalajara, hacen memes, van a cursos
de cocina vegana, leen novelas de rumanos
mientras andan en bicicleta, se besan
con otras mujeres, se emborrachan
por otros hombres, se casan con chilenos en yates
de Valparaíso, huyen con argentinos de provincia
y hasta con ecuatorianos locos, son grandes amigas
de mis amigos, aprenden inglés para subir de puesto,
hacen dieta, aprenden francés, se hacen las que no
me conocen, me abrazan en los largos pasillos
de la nostalgia, dan lecturas en mi contra, me dedican
poemas de terror, poemas macilentos, eso dicen.


domingo, noviembre 26

Sin orden aparente

Estos hombros en diagonal, como una balanza mal calibrada. No he escrito en mucho tiempo, las palabras están amontonadas dentro de mi cuerpo e impiden la circulación de sustancias entre los tejidos. La respiración bloqueada; los músculos, de por sí poco elásticos y renuentes al movimiento, no hallan espacio para echarse a dormir, infestados de fragmentos de pesadillas, pensamientos al borde de la crisis, rabietas, raptos de esquizofrenia, larvas en aquellas palabras que no lograron gestarse y permanecieron en un punto muerto. Pus. No sé, tal vez este zumbido ronco, esta agudeza, este chirrido exasperante al interior de mi cráneo se deba al montón de palabras echadas una sobre otra sin orden siquiera aparente. Ha de ser el ruido de todo lo que estuvo a punto de... ideas fallidas o nunca expresadas, referencias enquistadas en las cuerdas vocales, aire coagulado en las arterias sin poder proferirse, tomar voz, hacerse cargo de un trozo de ficción. Estoy enfrascado: palabras fracturadas, semas, morfemas, lexemas, sinalefas, puntos y coma embodegados, saturando las venas y los nervios, nublando la vista, echando sus pestes y sus nada deplorables maldiciones...

M 26 11 17

*

miércoles, septiembre 27

Vacío y dedo anular

Este nervio de mi dedo, esta punta de mi dedo ya no existe, o a medias, o está en coma porque no la siento, no cohabita con los otros dedos, ni se suma al equipo. Necesito un dedo para completar y jugar el partido, que a nada asciende entre mesas blancas como lápidas de cementerio en un campo militar, una película de domingo. Estoy mutilado sin mi dedo, su pequeño borde que no sabía importaba tanto y tanto en el día de hoy que fue el de ayer y será el de mañana. Romperé mi cráneo contra el humo de la conversación anterior donde el aire me anulaba, pero el humo llena de sentido lo que no alcanzo a sentir con la punta de mi dedo. El humo es otra noción del ruido que cimbra mis tímpanos, música para desplazar estos pensamientos que son vacío y vacían el cerebro y la piel sin altibajos ni sombreros. Estoy al borde de otro vacío y no importa.

M 27 09 17

*

domingo, septiembre 3

Ritmo

No es un silencio habitual, sino una corriente
de ruido blando, una mancha de ruido que todo
lo va conquistando: la puerta abierta, las ventanas
embarradas de sol, los cables al descubierto en la
recámara de las elucidaciones empalmadas.
No hay camino en una cama desatendida, no hay
soliloquios ni soledad ni apariencias, solo un cuerpo
emparedado, enfrascado en una serie de naderías,
sucesiones de la conciencia, mientras los objetos
desean su ritmo propio.