lunes, septiembre 7

Elisa Naranjo

Dicen que mis ojos son idénticos
a los de mi abuelita Elisa.
Sé muy poco de ella: se fue
a mis ocho años
y la noche que la velaron
en su casa porfiriana
llena de trinos
de canarios y cardenales
me divertí bastante con los niños
que llegaron de visita.
A mi abuelita le vi el rostro
por última vez en el féretro,
tan sereno y dulce
igual a cuando todos se habían ido
y me quedaba en la cocina
bajo la advertencia
de que debía dejar limpio el plato
y yo, por contentarla,
lo abrillantaba
pasándole por encima
una servilleta.
Ella fingía que la engañaba
y me sonreía
con un amor que ojalá
reflejaran mis ojos.


El Cuyo

A mi abuelito Fortunato
le parece un charlatán
porque lo conoció de niño.
Mi abuelita le vende yerbas de su jardín
–romero, albahaca, aceitilla, tomillo–
y le parece un buen hombre,
un iluminado al que literalmente
la Virgen le habla.
Decenas llegan al día a Cocula
desde los pueblos vecinos y mucho,
mucho más allá.
Yo suelo ir a curarme de enfermedades
que solo él sabe: toma el pulso en el brazo
y la cura le es revelada.
Enfriamientos, disfunciones
del riñón, del hígado, mal de ojo
se van como llegaron:
hay que tenerle fe a este viejito
para que los tés hagan efecto.


El tío Neo hilaba todo el tiempo

Al girar la rueca del telar para hacer cobijas de lana
que pesaban una tonelada,
al injertar los aguacates que se erguían
como tótems de sombra en el huerto,
al entretener las horas atrapando aves de colores
o al soltarlas,
al resolver ilimitados crucigramas
o mirar programas de concursos en la tele
y responder antes que nadie los enigmas.

domingo, septiembre 6

A con el tío abuelo

Pequeños como éramos, Rafa mi hermano y yo
salíamos de casa de la abuelita María a la del tío Neo
en un burro que andaba lento por el empedrado.
Ese fue nuestro camino algunas veces, al huerto
donde los aguacates, los naranjos, los mandarinos
se alzaban como edificios de una ciudad imaginaria
que nos hubiera estado esperando desde siempre.

Un altero de cosas

Mi abuelita María me dice,
sentada en el pradito de su patio,
entre las flores de azahar
y hojas secas
dispersas en la tierra,
que si ella escribiera juntaría
un altero así de papeles
con todo lo vivido.
Acto seguido, le corta la garganta
a la gallina que sostiene su mano
y la sumerge con fuerza
en el agua caliente
de un balde blanco.

Huéspedes

Cuido a mi abuelito Fortunato
en el hospital, en una habitación
compartida con otros enfermos.
Mi abuelita María, que solía acompañarlo
cuando le sobrevenía otra recaída,
llorar desconsolada por temor
a ser abandonada, ya murió
de un tumor en la cabeza que una vez
le impidió reconocer su propia casa.

viernes, septiembre 4

Las vueltas

A veces siento como si siguiera dando vueltas
por el patio del colegio, mirando a los demás
a través de una vitrina desteñida
mientras saboreo mi Coca y Canelitas.

martes, septiembre 1

Bomba de tiempo

Niños imbéciles corean el sonsonete de tu apodo, te cucan,
ríen, corren, alcanzas a uno, se detiene, sin previo aviso
te da un golpe seco en la garganta, te mutila la respiración,
caes al piso, es la asfixia: estarías feliz de reventarlo a él
y al resto contra el muro de ladrillo, de hocicarlos, desgajarlos
bajo este cielo encapotado por donde se cuela un hilito de luz.

sábado, agosto 29

Fulanito

Es un hombre común y a la vez fuera
de lo que uno ve todos los días.
Nadie sabe realmente qué piensa,
hacia dónde, qué está construyendo
sin tener que mencionarlo.
Está allí cuando es necesario,
lo que es ya un decir.
Una presencia sin la cual
muchas de las cosas que han sucedido
no habrían tomado su lugar en el mundo.