Entre sobras de café de fin de semana aún respiro el polvo
descifrado por los rayos del sol en la
terraza y ciertas frases de Lacan –a quien tengo que
leer. Al salir del lavadero en la esquina de Carranza y
Paraguay una niña me llamó desde las
ramas de un arbolito desprovisto para sonreír, confirmar mi
existencia o la suya.
Los vi a todos, los ánimos famélicos
con pancartas. Bien a bien no sé por qué miles atestaban la 9 de
Julio, miles en contra --rugidos de cacerolas,
tambores, banderas. Una amiga peronista decía en fb que no
estaba de acuerdo, y yo, ni cuerdo ni nada, la
encuentro fascinada por la nada, por política –y
no creo en la política fascinada como cualquiera como yo que lo ignoro todo
de una geografía extraña como los que aquí están
vociferando “K hija de puta”. Tullidos, borrachos,
"infiltrados" ancianos, ciclistas, hombres y mujeres de todos
los signos zodiacales, ancianitas con la bandera
enredada como en Chapultepec un héroe
inventado de la patria. Heme aquí que tan sólo salí
porque las cazuelas en Palermo no me permitían ver mi serie
policiaca, tomé el subte de la línea D hasta
la última estación, y en el último vagón un mago
con tatuajes en los brazos sin mangas merolico agrandaba la sonrisa y hacía
olvidar por un truco que no logré descifrar,
dónde se había colado una moneda, y me encontré después, tras
un lento caminar, en el Congreso, en medio de policías, pancartas, cámaras, un helicóptero y
gente enmascarada de Anonymus, gente
enmascarada de no sé qué partido, porque
ser de un partido es ya enmascararse. Estuve allí
hasta que el connato de gas pimienta, hasta que el casi
linchamiento, hasta que desapareció la
gente en un acto de magia.