domingo, octubre 10

Una calle como cualquier otra

Hace 34 años mis papás construyeron su casa en una calle como cualquier otra de la Guadalajara que empezaba a invadir los famosos maizales de la Villa de Zapopan. La colonia Prados de Guadalupe integraba lo mejor de las opciones clasemedieras: familias incipientes comenzaron a poblarla muy poco a poco, sin pretensiones y con un cálido sentido de comunidad.
La casa de mis padres fue la segunda en ser habitada en Arcángelo Corelli, después de la de Doña Mago, una señora mayor que haría de nana para varias generaciones de niños, dándonos siempre a probar sus deliciosos platillos de cocinera profesional.
Era el tiempo en que jugábamos a las escondidas en las casas en obra negra, encantados, policías y ladrones, nos deslizábamos en patines o prendíamos fogatas en los baldíos, antes de enfrascarnos en un futbol que acabaría con muchas ventanas y paciencias.
Los jóvenes que llegaron por primera vez a esa calle con el nombre de este excelente violinista italiano que tanto influyera a Bach y a Händel ahora son abuelos, aunque otros tantos se han mudado o de domicilio o de mundo.
Y es en mi Arcángelo Corelli donde he experimentado un desgaste que entreveo en muchas de las colonias tapatías. Los vecinos ya no procuran saludarse como antes: encerrados en cajas de ladrillo y metal, miran de reojo y evitan establecer algún contacto que les impida su ansiado aislamiento.
La gran mayoría de los enormes pinos que dieron sombra a nuestra infancia han sido talados y los jardines sustituidos por cemento, dejando en su lugar un paisaje desolado. Los autos sobre las banquetas se multiplicaron como por generación espontánea y ni siquiera es posible saber si algún flautista de Hamelín se robó a los niños o permanecen embebidos en la virtualidad de sus X-Box al fondo de sus cuartos.
Ya hasta un horrible casino se apoltronó en la colonia y la Guía Roji ha omitido el nombre de Prados de Guadalupe, como si se tratara de un pueblo fantasma.
En la actualidad sería imposible andar en bicicleta o armar porterías con ladrillos. Ni balones, ni señoras enfadadas, ni postes con pintas de niños que adoraban a ciertas niñas.
Con todo, todavía hay un dejo de esa calidez que permanece en el aire como un recuerdo que la memoria no termina por desechar, como cuando nos reuníamos a media calle para representar nuestras obras de teatro con títeres, cuando algunos vecinos gustaban de ver la vida en ebullición bajo los grandes pinos y de la saludable gritería de los más pequeños.

miércoles, septiembre 29

Escuchar la musiquita

Un argentino librito, El spleen de Boedo, está dedicado por Fabián Casas a los lectores de poesía que no escriben poesía. Él mismo había pasado por un periodo en que fue incapaz de “escuchar la musiquita”.
Cuántos de nosotros no hemos escrito una y otra vez poemas (por ejemplo) que no irán más allá de una servilleta, de un archivo de Word en la papelera, un cuaderno de apuntes. Y está bien que ahí se queden, pero también cuántos no han experimentado cómo esa grave, intermitente, sutil o hasta bonachona vocecita interrumpe su transmisión.
Son los largos o cortos o nunca vividos (por algunos) momentos de espera, de incertidumbre y también de fe. No todos los viven igual. Lo cierto es que nadie puede planificar la renovada puesta en marcha de esa maquinita de sonido haciendo de las suyas en los recovecos del cerebro de Broca.
Hay quien descarta de plano volver a ensuciarse las manos de tinta o ensayar su ritmo con el pulso del teclado. De otros se apodera la angustia. Mantras, yoga, limpias, psicoanálisis, lecturas de cartas, sesiones espiritistas, talleres literarios, cursos de cocina se dan de topes con el irreversible paso del tiempo no vivido que describía Ramón Xirau. Tiempo fracasado.
Aunque: lectores somos. La musiquita de otros llena las más veces esa necesidad personal de sintonizar con algo de uno mismo. Aquella asombrada melodía, esa entonación o puesta en escena o atenta consciencia nos la comparte un desconocido a quien de pronto reconocemos, nosotros de múltiples caras y ninguna verdadera, no entonces.
Como si uno hubiera perdido la capacidad de ver a través de las paredes, viajar en el tiempo o correr a la velocidad de la luz. Hasta que los superpoderes regresan. Y con ellos (¿no, Capote?) también el látigo.

N 29 09 10

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domingo, agosto 8

Sordera

Nunca me había sentido tan alarmado. Desde hace más de un año desconocidos hablan a mi casa preguntando por un tal Carlos Sordo. Yo me llamo Carlos, Carlos Vicente, pero ¿sordo? Soy sumamente distraído, según atestiguan fieles amigos. Y con todo, ¿qué torpeza habré cometido para que me confundan con Carlos Sordo? Cada día levanto el auricular de tres a cuatro veces para aclarar que no soy Carlos Sordo: a las siete de la mañana, a las doce, a las cuatro pe eme y a infortunadas horas de la noche. Me ha dado por contestar con voces distintas en cada ocasión, representar el personaje de la abuelita enferma, el primo pocho, la secretaria congestionada, la señora del aseo, el aguador... Eso, una vez que me resigné y dejé de perder la compostura y de recordar que incluso los desventurados telefonistas tienen madre. Telefonistas. Me han dado sus nombres y me es imposible retenerlos. Los primeros cuatro meses me fueron especialmente alergénicos: hablaban de Banamex y querían que yo fuera Carlos Sordo a como diera lugar. Cuando el hartazgo venció mi paciencia y mi retahíla de voces maltrechas me comenzó a sonar repetitiva, me dirigí a la sucursal del banco más cercana a mi domicilio, allá por Arboledas. Me atendió un gerente de pequeña estatura e inteligencia que se identificó con una tarjeta tachada con pluma y que exhibía el nombre de Sergio Lamas. Mi solicitud de aclaración se enlamó en su escritorio. La segunda vez que fui a su oficina sacó de un cajón mis papeles, los papeles que comprobaban –hasta a mí mismo a esas alturas– que yo no era Carlos Sordo. El hombrecillo marcó un teléfono, saludó con gran efusión a su compadre, se pusieron al corriente de sus flácidas vidas por más de diez minutos mientras yo esperaba sentado en un incómodo banquillo, y luego, por fin, me prometió que borrarían mi teléfono de su sistema. Respiré aliviado. Dos semanas después hablaban de nuevo y ferozmente a mi casa de parte de ese banco que ya ni es nacional ni mexicano. Desesperado, me comuniqué a su programa Queremos Escucharte, aunque de nada sirvió nuestro nutrido envío de mails e identificaciones. Mi línea telefónica fue tomada por asalto, congestionada por el bufete de abogados Milla y Asociados durante un prolongado y accidentado intercambio de pareceres que no nos llevaba a ningún lado. Ellos alegaban que yo era Carlos Sordo. Yo, hacía como que no escuchaba. Pasó medio año más y entonces Temores y Asociados prosiguió con el caso. Hasta hoy parecen estar convencidos de que soy Carlos Sordo. Tantas personas no pueden estar equivocadas.


Publicado en La Zona núm. 14, septiembre de 2010.

miércoles, agosto 4

Una constante en el paisaje


Cuando era chico me gustaba ver cómo los faros encendidos de los autos se reflejaban en los cables eléctricos. Avanzaban por los hilos como pequeñas arañas luminosas y se desvanecían con el tráfico. Parecía como si la electricidad cobrara forma visible. Un efecto óptico absurdo si se piensa, pero a un niño eso no le importa.
Los cables son una constante en el paisaje. Son como redes tendidas de un lado a otro en un mar de ruidos, un compás de pulso arrítmico a lo largo de callejones, barrios, comunidades al margen de la aglomeración metropolitana. Y más allá, se extienden como un complejo entramado de líneas intentando sustituir el horizonte.
En una ciudad azarosa como Guadalajara, con los autos revoloteando como abejas entre avenidas y calles estrechas, casas derruidas, la linealidad de los cables nos da una pauta, un bosquejo de geometría donde reposar los ojos como los zanates que de ahí se cuelgan a observar nuestro revuelto trajín.
Sus tejidos penetran lo más íntimo entre las paredes de nuestras casas y hacen girar el plato del microondas para que los ingredientes de la pizza tomen la última forma que gustará el paladar, acondicionan el aire agobiado de mosquitos renuentes, emiten historias fabulosas por la pantalla del televisor, nos empujan a deshoras con su artificiosa luz a esa otra dimensión donde las letras de los libros se transforman antes de desvanecernos en el sueño… en fin, son un tendido neurálgico más que un puñado de cables.
No sólo esquematizan nuestra vista del cielo, cortan las nubes o enmarcan estrellas. Unen puntos dispersos de la ciudad, la dotan de nervios, de sentidos, de riesgos. Son algo así como la otra cara de los túneles que por debajo de nuestros pies bullen de vida y desperdicios.

domingo, junio 20

Elogio de las calles


Una de las sensaciones que me han salido al paso al caminar la ciudad es de extrañeza al ver cómo los nombres de las calles componen una auténtica y en ocasiones no muy memorable red social. Es irónico, por ejemplo, que Hernán Cortés no haya bautizado ninguna calle y que Nuño de Guzmán, su epígono, el conquistador de la Nueva Galicia (de mala recordación por las hordas de indios que masacró con ejemplar crueldad), sí. Lo cierto es que Nuño de Guzmán está fuera de lugar, en la colonia Americana, tan quitado de la pena mientras cruza como si nada con Libertad y La Paz… Ya por el rumbo, cada que deambulo por la Severo Díaz Galindo pienso en este sacerdote que gustaba de las cosas del cielo con un sentido científico y pragmático. No hace mucho se publicó una biografía suya que ha de caer pronto en mis manos. Severo Díaz fue un gran astrónomo de la primera mitad del siglo XX, cuando en efecto las orillas de la ciudad lindaban con esa altiva Minerva que dejó de custodiar la entrada a la “sabia” Guadalajara para mirar las grandes distancias sociales entre los tapatíos, mientras da la espalda a una obra que arquitectos de la Escuela Tapatía como Luis Barragán, Pedro Castellanos o Rafael Urzúa dispersaran por la metrópoli con un estilo que crearía época... ¿Estos arquitectos tendrán calle? No, y en su mayoría son anónimos pero su filosofía del habitar se contagia… Al menos uno de ellos, si no nombra una calle, en cambio –para bien o para mal– marcó la urbe con su cruz de plazas: Ignacio Díaz Morales, el fundador de las carreras de arquitectura de dos universidades y constructor del extemporáneo Expiatorio, etc., etc. Ah, y para alejarnos un poco en el espacio y en el tiempo, no es menos misterioso que en la primaria celebremos con bombos y platillos el desfile triunfal del Ejército Trigarante en tanto la azarosa urbanística relegue a su general Iturbide a calles periféricas de la zona metropolitana, o bien, trasladándonos con velocidad hacia el centro histórico de Guadalajara, a una calle que cuida de no ponerse en el camino ni de Morelos ni de Hidalgo (lo que no resulta con la calle de idéntico nombre en Zapopan, que finalmente se topa de boca con Aldama, una de las cabezas insurgentes que su bando combatió y que, bien sabemos, finalmente compartiera esquina con Hidalgo en la Alhóndiga de Granaditas). El hecho es que, como en un poema de Cavafis, o para mencionar uno más cercano, otro entrañable de Javier Acosta, parece que de vez en vez caminamos la misma calle Hidalgo (por mencionar una omnipresente en México) en ésta o en otra ciudad, en uno o en otro pueblito o en nuestra mente apenas… Es curioso caminar y toparse con calles que nombran a personas de carne y hueso, que respiraron e hicieron otras cosas atribuibles a la especie en los mismos espacios que recorremos ahora con más o menos pericia. Es extraño, es en cierto modo asombroso, que ideologías amigas y enemigas, épocas distantes entre sí, inexplicables ausencias y sintomáticas presencias, se entretejan en una paradójica red social que describe en sus vericuetos nuestras filias y fobias, nuestras visiones antagónicas.


Artículo publicado en La Zona núm. 12, julio de 2010.

domingo, mayo 2

Domingo en blanco


¿Cuál es la gracia del domingo? Lo esperamos ansiosos en tanto transcurre el espectro de tonalidades durante el resto de los días de la semana. Trabajamos sin casi descanso con tal de respirar su atmósfera liviana, nos imaginamos cubiertos de cobijas hasta el mediodía, acojinados, enervados entre osos de peluche, desayunando chilaquiles en la cama, rebobinando la cinta de viejas películas con el control remoto, mirando la revista que nos llegó por correo, un telegrama u hojeando un libro ligero de ciencia ficción.
Esperamos el domingo como los niños a su postre luego de haber sido obligados a comerse las verduras. Queremos recuperar la energía gastada en las oficinas, insuflar el cuerpo deteriorado por la cruda y la desvelada del sábado, hacer una pausa entre una vida que no termina por realizarse, por sernos real, por idealizarnos, y en la que es difícil siquiera cavar un túnel como otra alternativa de escapatoria en una isla inhabitable.
¿Y todo para qué? Después hay que volver a empezar, hacerse a la idea de que pasada la advenediza gloria del domingo volveremos a ser engendros acelerando, deslizándonos en zigzag entre la bárbara invasión de autos que encorcha las avenidas de la ciudad, primates con traje y corbata enarbolando sus laptops en medio del zoo.
El domingo es la suma de todos los colores del espectro (un espectro, un fantasma de verdad): blanco, un inmenso estar en blanco, un monólogo interminable, infinito, consecutivo, un repetido y lineal blanco que nos rodea y nos oprime, nos enferma mientras nos adherimos a él como camaleones.


Artículo publicado en La Zona núm. 11, junio de 2010.

sábado, mayo 1

Caminar: palabra por palabra


Confieso que a mí mismo me hartan aquellos que no escriben sino del mismo acto de escribir. Después de todo uno siempre regresa los pasos para ver cómo llegó a adoptar ese oficio no pocas veces grato pero también agujereado de ingratitudes. Bueno, es un decir, también las desavenencias aportan un sano ingrediente malsano a ese cohabitar con la página de papel o electrónica que refleja una blancura difícil de soportar. No siempre se está listo para enfrentar el silencio -verlo reflejado, enmarcado, limitado, concentrado en una pantalla.
Hace muchos meses que no escribo, así que por lo pronto a mí me parece por completo natural empezar a juntar líneas preguntándome por qué no he tasajeado con palabras la insoportablemente blanca página electrónica. Resulta que uno no quiere repetirse pero cuando toma el teclado finalmente pareciera también retomar el hilo que dejó pendiente cuando decidió no continuar caminando en círculos.
Caminar es la clave: el ritmo empuja a darse cuenta de que el vacío es sólo una catapulta para continuar caminando, generando otros vacíos, avanzando hacia quién sabe qué caminos ya conocidos, reconociéndolos. Si avanzamos por un camino ya transitado no lo hacemos con la misma conciencia, no percibimos las mismas cosas (puede que sí las cosas mismas) ni aquello que nos sorprendió a primera vista nos gobierna con la misma intensidad: la intensidad está en los detalles no apercibidos antes, los que hallamos al evitar mirar donde ya la mirada atendió a su asombro -incluso ante la ya tan recorrida palabra "asombro", rolléndola como a un hueso.
Dante Alleghieri -lo aprendí de Franc Ducros- creó en su Divina Comedia un ritmo métrico basándose en el caminar, y así, caminando, recorrió la totalidad del universo.
Letra a letra, palabra por palabra, aunque el universo se ha extendido al infinito, sin echar un pie por delante del otro, sin dirigir un dedo y otro al teclado, no hay manera de vivenciar la selva de estrellas que van apareciendo conforme nos adentramos a observar la pequeña e intransigente Vía Láctea al fondo de la página. Si el vacío nos impele.

jueves, marzo 11

La música de la palabra como un acto de fe

Me considero un hombre de fe en el sentido más antirreligioso, y lo refrendo en el cotidiano ir y venir de los días: hay algo en nuestro interior que se expresa mejor de lo que nosotros podemos hacerlo, pese a nosotros, a las capas de ideas que se hayan fosilizado en las neuronas. No poca angustia me ha sobrevenido al pensar en este presente en que cohabito –otra palabra singular– con las cosas que me rodean, cosas que dejan de serlo para convertirse en sombras, formas, en esta laptop en la que escribo y por la que escucho el traqueteo de mis dedos… las cosas adquieren una forma independiente de mí aun cuando existen finalmente como pensamiento. Saberse nada a comparación de aquello que se expresa desde el interior, digamos, más íntimo, es lo que predispone al fluir de la consciencia, del ritmo, la música de la palabra.

M 11 03 10

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domingo, enero 10

Dos horas de tren (Abdellatif Laâbi)


Deux heures de train

En deux heures de train
je repasse le film de ma vie
Deux minutes par année en moyenne
Une demi-heure pour l'enfance
une autre pour la prison
L'amour, les livres, l'errance
se partagent le reste
La main de ma compagne
fond peu à peu dans la mienne
et sa tête sur mon épaule
est aussi légère qu'une colombe
A notre arrivée
j'aurai la cinquantaine
et il me restera à vivre
une heure environ.



Dos horas de tren

En dos horas de tren
repaso la película de mi vida
dos minutos por año en promedio
media hora para la infancia
y otra para la prisión
El amor, los libros, la errancia
se reparten el resto,
La mano de mi compañera
se funde poco a poco en la mía
y su cabeza sobre mi hombro
es ligera como una paloma
A nuestra llegada
tendré la cincuentena
y me quedará por vivir
alrededor de una hora.


[Traducción mía]

lunes, diciembre 21

Collage desde las 5

Tarde de ánimes. Una película con Megan Fox, palomitas, pan con leche. En los bolsillos de su abrigo de lana negra, unas galletas dietéticas ya blandas, un encendedor casi nuevo y pañuelos con los que se limpió la nariz. En los rincones de la sala, morusas de pan, tortillas quemadas, fotos de un extraño. Dibujos de pintores que publicaron en la revista de los amigos. Un cuento de Arthur Machen para antes de intentar dormir. Los grillos raspan el aire.

N 21 12 09

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jueves, julio 30

Metrópolis gana una beca nacional




La hoja de poesía Metrópolis se hizo acreedora a la beca nacional “Edmundo Valadés” para revistas independientes otorgada por el Fonca Conaculta en su emisión 2009-2010, cuyo monto asciende a los 100 mil pesos.

Actualmente Metrópolis es subsidiada por la Universidad de Guadalajara y el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes.
De periodicidad mensual, Metrópolis consta de un tiraje de 2 mil ejemplares distribuidos gratuitamente en centros universitarios y culturales tanto de Guadalajara como de Querétaro.
En sus páginas ha publicado poesía contemporánea latinoamericana, estadounidense y europea, principalmente. Ha incluido traducciones del rumano, polaco, alemán, italiano, portugués, francés e inglés.
Su propósito es conectar a los lectores de Guadalajara y Querétaro con la poesía contemporánea de su ciudad, de México y cualquier lugar del mundo.
Al mismo tiempo, Metrópolis conjuga con la poesía una propuesta visual distintiva, ya que en cada número colaboran como invitados tanto un diseñador como un artista plástico diferentes.
Metrópolis se publicó por primera vez en abril de 2008. Carlos Vicente Castro es su editor y el consejo editorial está conformado por Timo Berger, Ángel Ortuño, Eduardo Padilla, Sergio Ernesto Ríos y Alejandro Tarrab.
El encargado de la plástica es Carlos Maldonado, mientras que Liliana Castro, Uriel Martínez y Hugo Rocha están al frente del consejo de diseño.

Su página web es: www.revista-metropolis.com

Una liga: http://www.informador.com.mx/cultura/2009/125198/6/la-revista-metropolis-gana-la-beca-nacional-edmundo-valades.htm

viernes, julio 24

Nota en La Jornada sobre "Luces intermitentes"

http://www.lajornadajalisco.com.mx/2009/06/25/index.php?section=cultura&article=010n1cul

Dos poemas míos traducidos al alemán: Latinlog.de


Mein Königreich ist von den Geiern gefressen worden
an einem sonnigen, von Zahlen vergifteten Tag. Ich
floh im Unterhemd durch Wüsten, die mir unendlich
schienen, heimgesucht
von Beduinen voller Groll, die mich aufnehmen
und mir ein armseliges Dromedar geben würden, um mich ihnen anzuschließen
am Ende ihrer Karawane.
Zusammen haben wir schon bessere Reiche überfallen
als meins es war
doch, der Ehre halber, verblieben wir bei keinem.

–––

Die Sanduhr, die er als Geschenk bekommen hatte
von dem phlegmatischen und furchtlosen Kapitän, überwachte das Abflauen
der grauen Windbö, in die sich
das immer abstrakter werdende Ufer
seiner Insel gerade verwandelte. Er hatte Freitag dabei und verabschiedete sich
von einer tiefen Einsamkeit, bis dahin unerschütterlich, ein unbekanntes
Meisterwerk, das in seiner Erinnerung in Brand gesetzt werden
müsste, jener Frenhofer* in seinen letzten Tagen, der Maler
auf dem obersten Gipfel der Kunst, wenn es sein Wunsch war
wie ein Späher zu lauern, hoch oben auf einem Mast hinter ihm,
auf ein Etwas, kaum weniger als wahr
für den Rest seines Lebens
bereits ohne das, was er selbst sein sollte, und das verloren ging
in der Grenzenlosigkeit einer Nacht ohne Sterne und Worte
oder Dämonen.
(übertragen von Sarah Otter und Timo Berger)



Mi reino fue comido por los buitres
un día de sol envenenado de números. Yo
huí en camisa por desiertos que parecían
infinitos, infestados
de beduinos rencorosos que me
aceptarían dándome un penoso dromedario para seguirlos
al final de su caravana.
Hemos asaltado juntos reinos mejores
de lo que fue el mío
y, por honor, no nos hemos quedado con ninguno.


–––


El reloj de arena que había recibido como regalo
del flemático e impertérrito capitán, monitoreaba en la disminución
la racha gris en que se iba convirtiendo
la orilla cada vez más abstracta
de su isla. Llevaba a Viernes consigo y se despedía
de una soledad profunda, hasta entonces inquebrantable, una obra
maestra desconocida, a la que habría que prender fuego
en su memoria, tal Frenhofer en el último instante, el pintor
del mayor límite en el arte, si su deseo era
atisbar como el gaviero encumbrado en un mástil a sus espaldas,
un algo poco menos que verdadero
en el resto de su vida
ya sin eso que debía ser él mismo y que se perdía
en la inmensidad de una noche sin estrellas ni palabras
o demonios.

* Frenhofer ist die Hauptfigur in Honoré de Balzacs Erzählung »Das unbekannte Meisterwerk«. Dem Maler Frenhofer gelingt es, ein vollkommene Bild einer Frau anzufertigen – das er jedoch niemand zeigen will.


Carlos Vicente Castro wurde 1975 in Guadalajara, Mexiko, geboren. Er ist Autor der Gedichtbände »Raíces temporales« (Paraíso Perdido, 2000) und »Carcoma« (Paraíso Perdido-Écrit des Forges, 2006). Seine Gedichte erschienen außerdem in den Anthologien »Anuario de poesía mexicana« 2004 (FCE, 2005) und »Un orbe más ancho. 40 poetas jóvenes (1971-1983)« (UNAM, 2005). Außerdem wurde seine Arbeit mit dem Stipendium des Fondo Nacional para la Cultura y las Artes in der Kategorie »Junge Dichter« augezeichnet. Er betreibt das Weblog dootri. 


http://www.satt.org/latin-log/79.html

domingo, junio 28

Ya circula Luces intermitentes. Nueve poetas recientes de Alemania


Monika Rinck, Tom Schulz, René Hamann,
Ron Winkler, Björn Kuhligk, Nikola Richter,
Uljana Wolf, Nora Bossong, Ann Cotten

Luces Intermitentes
Nueve poetas recientes de Alemania

Traducciones
Timo Berger, Silvana Franzetti, Nicolás Gelormini,
Ariel Magnus, Rery Maldonado, Cecilia Pavón y Susana Romano

Selección y prefacio
Timo Berger

Edición
Timo Berger
Carlos Vicente Castro



Señales de emergencia
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Los tiempos que corren –extraños, es verdad– suscitan nuevas maneras de entender la poesía, de releerla, nos plantean como lectores la capacidad de atender a otras formas inusitadas de las imágenes, del ritmo y en suma a una experiencia de las palabras que proviene de una nueva visión de mundo o, para decirlo con un término alemán, Weltanschauung.
Como cada nueva época, la actual ha irrumpido en la historia armada con un lenguaje emergente –o variados lenguajes originales, lo hemos aprendido asistiendo de manera siempre reiterada a los funerales de la modernidad.
El idioma alemán ha sido un eje importante en el transcurrir de la poesía occidental, y como al final de todo trayecto, si es que hay un final, la generación de poetas más reciente de Alemania se ha convertido en una punzante referencia para los receptores de poesía más allá de la página escrita.
Ya en el lecho de su agonía, Johann Wolfgang von Goethe, el gran pontífice de la poesía alemana, pedía a su nuera que abriera las cortinas para que entrara más luz a su habitación. Si trasladamos la anécdota al terreno de las alegorías, nos asombraría percibir cómo los poetas alemanes del siglo XXI han respondido –o correspondido– a la petición del romántico genial.
La presente antología tiene su origen en una muestra de cinco poetas de Alemania editada por Timo Berger en Argentina en 2006, sólo que, a diferencia de Devolver el fuego, abarca un espectro de visión más amplio tanto en la cantidad de los autores incluidos como en la de los poemas.
Nueve poetas coinciden al emitir desde la orilla del devenir cotidiano sus señales de emergencia: Monika Rinck, Tom Schulz, René Hamann, Ron Winkler, Björn Kuhligk, Nikola Richter, Uljana Wolf, Nora Bossong y Ann Cotten, en una edición preparada en primer lugar para lectores mexicanos.
Algunos de los seleccionados ya eran conocidos en su país en 2006 por su constante actividad cultural: hoy, en palabras de Timo Berger, la mayoría son actores fundamentales de la escena artística alemana.
Luces intermitentes pretende que el lector se atreva a conocer las nuevas voces de la poesía alemana con el celo de cualquier curioso que baja la velocidad para observar de cerca el accidente.
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Carlos Vicente Castro
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Acerca de la poesía alemana reciente
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La presente selección de poemas no pretende ofrecer una mirada abarcadora del panorama de la lírica alemana actual. Es una instantánea: el intento de abrir una ventanilla y trazar algunas líneas en un campo simbólico particular que, a su vez, evidencia ciertas grietas que atraviesan la cultura alemana de hoy. Debido a limitaciones de espacio, opté por presentar –ante la alternativa de incluir uno o dos poemas de una veintena de poetas– una muestra extensa de nueve vates destacados de los últimos años. Los seleccionados –que participan frecuentemente en recitales, figuran como colaboradores de revistas literarias o actúan como gestores culturales– aglutinan de algún modo las tendencias literarias actuales en Alemania.
Más allá de estas aclaraciones, se trata de una selección personal. No puedo ni quiero disimular gustos (o disgustos) a la hora de elegir los textos. En las elecciones está presente mi condición de partícipe menor de la escena de la poesía reciente berlinesa e inclusive mi mirada formada en el intercambio con la poesía latinoamericana. Así, leí los textos pensando en un posible lector latinoamericano y traté de evitar la inclusión de poemas demasiado localistas que respondieran específicamente al contexto alemán. Por otro lado, creo que los nueve poetas elegidos realmente merecen ser leídos en México y en el mundo hispanohablante en su totalidad.
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Timo Berger

viernes, junio 12

Publicidad cero

La crisis económica puso a la "industria" a caminar con un pie, y el del H1N1 ha terminado por hacer resbaladizo el piso. Los copys --como les llaman en Guanatos a esta mezcla de redactor publicitario y corrector--, que no generan riqueza (nunca me compré un auto nuevo), son los primeros en atorarse en la puerta abierta de par en par al huir con la estampida.
Recorte de personal, le llaman como si fuera una tarea escolar, o escolástica: las empresas más fuertes redujeron su presupuesto más del 50 por ciento y tomaron otras medidas preventivas o extremas, una especie de Popeye sin espinacas haciendo ejercicio de brazos entre las mandíbulas de un cocodrilo -la lengua como caminadora fija a alta velocidad. Como era de esperarse, editar la revista interna de la agencia era un lujo imposible de sostener, así que fui uno de los candidatos más fuertes para echar a volar.
Extraño ese estira y afloja que me significaba idear nuevas frases fáciles. Pero qué hacer, el microbús de la cotidianidad sigue en marcha pese a todo y más vale no quedarse atorados en un alto inesperado.
Al frilanceo, a escribir libros que otros firmarán (otra vez), a corregir libros de la tonta academia, a hacerla de espectro volátil para pagar la renta.
Punto final al dilema publicitario.

N 12 06 09

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jueves, abril 23

Mi vida se ha convertido en una historieta

No es que uno no crea en lo que hace. La publicidad ha ido gustándome poco a poquito, ha logrado que me interese en algunos efectos lingüísticos que más adelante podría aplicar a la escritura de poemas. Aquí se les llama creativos a los que no necesariamente aportan las ideas, más bien las modifican o de plano las calcan. Tiene su mérito estar informado... de lo que hizo otro. O sea que no siempre son tan creativos. Reactivo es un adjetivo que aunque no me entusiasma me gustaría más para el efecto. En realidad uno que otro u otra es más bien, según las variables, creadivo o creadiva, dependiendo de su autocomplacencia.
Hay en publicidad varios fenómenos dignos de estudio. Uno de ellos, por ejemplo, es que siempre se busca un efecto concreto en el espectador, un "beneficio único a comunicar".
Ser publicista es saber hacer negocios, hacerle creer al destinatario que elevará su status quo al volante de tal o tal coche, convencerlo de que debe tirar aquella lámpara vieja y sustituirla por una más moderna e insensible ... La publicidad es, ¿manipulación? No, no precisamente. Eso depende de los receptores, que ni son tontos ni tendrían por qué seguir las migajas que les prometen librarse del laberinto, lo que se les dice que hagan.
Ya ni se les sugiere qué deben comprar, se les muestra cómo el producto forma parte de sus historias de vida. En ese contar historias está el arte, o bien, contar historias da resultados hoy como antes, porque las historias nos recuerdan nuestra propia sucesión de hechos cotidianos y triviales y por eso irrepetibles, por lo que el mejor publicista ha de ser también un excelente narrador y por tanto un buen observador de la vida, del arte, de todo. Ser, en el caso mejor, como algunos dirían, un sibarita. Un viajero a la dimensión desconocida del otro. Todo mientras su propia vida no se convierta en historieta. (Aunque, pensándolo bien, no suena mal la idea.)

N 23 04 09

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viernes, marzo 13

Metrópolis, hoja de poesía (reseña)

Leer poemas no en libros ni en revistas, no en suplementos culturales ni en páginas de internet, sino en hojas, en meras hojas impresas, casi siempre gratuitas, muchas veces ni siquiera dobladas y en todo caso volantes, o sea libérrimas y ligeras, es tanto como exponerse al estado más profundo y auténtico de la poesía escrita, que no es antigua ni moderna, que no está de moda ni podría no estarlo. Me refiero a la pobreza, que va más allá de la simple austeridad y el rigor y que no es, desde luego, sinónimo de miseria. Y es que, si la poesía es “inmortal y pobre”, como ya dejó escrito Borges, las hojas de poemas vienen a confirmarlo de modo natural, burlando sin altanería los códigos del mercado y entregándose a su lector más allá de la caducidad y la obsolescencia de la prensa periódica y de prácticamente todos los libros de la historia, que viven para el presente y con él se desvanecen.
Metrópolis, hoja de poemas dirigida en Guadalajara por el poeta Carlos Vicente Castro, llegó a su número 8 este mes de febrero. Cuatro poetas mexicanos (de Tepic, Guadalajara, Querétaro y la capital del país) comparten los pliegues de la publicación con otros tantos poetas de Argentina, Panamá, Rumania y España, respectivamente. Pero el interés de Metrópolis radica en la variedad estilística y emocional de los poemas que agrupa, no en la nacionalidad o procedencia de sus colaboradores.
Podría temerse que, por ser la poesía un género tan minoritario y el espacio de una hoja tan restringido, Metrópolis diera cuenta nada más de los intereses de un grupo, con sus pasiones y aversiones, renunciando con ello a la diversidad literaria. No es así: de la uniformidad aparente del yo poético a la dislocación e interpenetración de los numerosos discursos del orbe, de la exploración a tientas de la memoria y la identidad a la reproducción del habla cotidiana, los pocos y breves poemas de cada número de Metrópolis acaban resultando incontables y extensos. Camaleónica en el diseño, que varía entrega por entrega, esta hoja es poca, muy poquita cosa, y en esa brevedad y escasez cultiva los grandes y abiertos espacios de la poesía original y de la traducción, de la poesía llamada “joven” y de la que ya no lo es tanto, de la gravedad y el juego.


Luis Vicente de Aguinaga

jueves, febrero 26

Los malos bailarines

Bailar es comprender en otro el ritmo del propio cuerpo. Eso se intuye. Lo malo del baile es que es contagioso, que nadie se salva de su insidia melódica, de su asedio. Y es que algunos todavía pensamos que el baile hace felices incluso a los seres arrítmicos, cacofónicos. Eso sí, no tendría chiste bailar sin gozo. Tal vez se baile mal porque se proscribe el ejercicio pleno de ese derecho, conjeturaría no sin dudas, pero mejor sería, en un sentido inverso, arriesgar una paradoja: que bailar mal, si bien gozosamente, no es tan malo. Es el gozo de la danza el que invoca la armonía.
Hay algo de misticismo en esto del baile, así lo hagamos con dos pies izquierdos. Considerarlo con humor quizá conlleve la salvación. Quizá aquella compañera que nos sacó a bailar con la esperanza de que nuestras tercas excusas eran solamente un recurso de la modestia, termine también tomándolo con humor. “Fulanito baila peor que tú” o “Solo te falta práctica” son dos expresiones que con optimismo podemos dilucidar como elogiosas hasta el instante en que nuestra alegre compañera se va a bailar con otro.
Y no aprendemos, no tenemos por qué, solo somos mosquitos admirados por el resplandor de ese otro cuerpo con el que deseamos zarandear el aire, con el que procuramos establecer un vínculo de ligereza. Pero los matices con los que nuestro cuerpo se desenvuelve terminan por traicionarnos, a los pésimos bailarines: hasta oímos rechinar cada una de nuestras pesadas articulaciones. Y ahí vamos, optimistas recalcitrantes, a intentar de nuevo vencer al dragón del ridículo. Desafinados alquimistas, embrollados en el ritornelo de un cíclico fracaso, buscamos una y otra vez convertir en baile nuestro escamoteado deslizar por la pista, para algunos símbolo de la vida.
Qué difícil es aceptar que está de más la teoría en la que nos desplazamos tan libre y fácilmente, con una agilidad que al cuerpo le parece estar vedada. Pienso, de cualquier manera, que para los necios cabe una pequeña esperanza. Para los desfasados de cualquier cosa que huela a ritmo, bailar es más difícil que ganarse la lotería. El cuerpo que vemos allá, aunque cerca, a la distancia, ocupando el espacio con soltura, con fruición gozosa y en sintonía con otro cuerpo, se nos presenta tal una mera utopía. ¿Dónde está nuestro cuerpo cuando se le necesita? Lo que en ese momento imita la danza es apenas un amasijo de huesos y nervios con voluntad autónoma, un sistema de órganos desfasados. King Kong y Godzilla en cruenta batalla semejan dos gráciles pajaritos al lado nuestro.
Hay quienes abominan del baile, echan sobre él la carga entera de sus maldiciones, resistiéndose a cualquier intento esperanzado: nunca son suficientes los certeros dardos de su ironía… hasta que caen en su propia trampa. ¿Saber bailar es saber sintonizarse? Con todo, los que sin conocer los vericuetos del baile nos atrevemos a dislocar el cuerpo, impelidos por un algo que nos llama con irresistible fuerza de atracción, solemos chocar contra el muro de otro cuerpo que, más temprano, más tarde, pretexta ir al baño o retirarse a la soledad de la barra a esperar otro cuerpo con el cual sintonizar.
Las pruebas empíricas parecen comprobar que, obcecados en apropiarnos del ritmo, lo exageramos, nos dejamos llevar sin delicadeza. Tan preocupados por poseerlo, ganarlo a fuerza de voluntad, terminamos contra él enfrentados, nos convertimos en acérrimos enemigos de esa armonía que tan maravillosamente discurre en los cuerpos armónicos y dúctiles.
La verdadera catástrofe en estos casos estriba en desear la armonía sin llegar a concretarla. Sea cual fuere nuestro stock de pasos en reserva, si el cuerpo no nos pertenece estamos perdidos, si no nos apropiamos de él, o, mejor, si el ritmo no lo posee. Qué va. Cuántas veces simplemente nos sonreímos y ahí vamos, oh reincidentes, a invitar a una nueva pareja al baile, a la aventura, haciendo caso omiso a las advertencias de naufragio. Quién sabe si, aunque nuestros movimientos carezcan de gracia, ganen al menos un poco de simpatía.

miércoles, febrero 18

Sísifo mira la TV

La luna es una piedra en el desierto: un escorpión aguarda debajo
mientras vemos a lo lejos el cometa.
Un cometa es una culebra coralillo. Una coralillo es un coral
en movimiento, le pregunto a Sísifo, que cargó una y otra vez su prisión
por un campo minado.
Pero Sísifo mira la TV y no contesta. Ve miles de piedras
arrastradas por miles de Sísifos: átomos
sin iniciativa propia, electricidad al vacío.
Estamos en los albores de una época de sayayines, dice por fin. El mundo
se arrisca las mangas para alistarse a pelear
contra sus propios demonios. ¿Qué demonio salta por su cuenta
de un cuarto piso?
A los demonios también les da vértigo. El tiovivo les causa mareos,
les retrasa la regla. Aunque no tienen reglas: su primera
regla. Defina demonio: un basurero que sufre de vértigos y se pierde
como un punto en la solidaria oscuridad, un ovni, un carrusel en la
mente. No, no hay nada alrededor, hay un vacío como el que existe
de estrella a estrella.

viernes, diciembre 19

Tanto rebota entre las paredes del cráneo

Me gustaría a veces adivinar no qué piensan las personas detrás del cráneo, no qué razón les motiva a hacer lo que hacen, sino por qué sienten la obligación de hacer esto o aquello, comportarse de tal o cual manera, por qué pensar como piensan.
Tal vez el sentimiento menos complicado sea el amor, si bien las complicaciones que contrae devienen de que, como estamos hechos de una materia que a sí misma con el tiempo se nulifica, nada puede ser tan perfecto como quisiéramos.Un instinto, un impulso extraordinario -fuera de orden- nos lleva a volver hacia nuestros más primarios sentimientos y en consecuencia no sólo a escucharlos, a dejar que nos dominen.
No siempre puede hablarse de la ira, el más impulsivo de los instintos. Ese fuego reactivo y reparador que únicamente permite rehacerse al fénix de nuestro amor propio sobre las cenizas de lo segado. Me refiero a la ira ligada con nuestro ser, no a aquella que nos aleja de él.
De ahí que recuerde el verso de una canción brasileira que escuché hace unos días, ante la que mi brodi Serg Ríos reaccionara con agrado: "mi mejor amigo es mi amor". Lo demás viene sobrando.

N 19 12 08

*

miércoles, noviembre 12

Metrópolis busca patrocinios


A continuación transcribo la carta que envié a mis contactos en días pasados. A partir de entonces Metrópolis ha recibido donaciones y seguimos en pláticas con empresas e instituciones para lograr susbsidios o patrocinios. Por supuesto, toda propuesta es bienvenida.



Hola a todos.

Escribo este correo para compartirles una noticia sobre Metrópolis, supongo que mala, aunque con la esperanza de que cambie de signo. Sucede que la Universidad de Guadalajara nos apoyó durante seis números, según se tenía contemplado, algo que agradecemos muchísimo, pero ese subsidio finalizó en octubre y a partir de noviembre no tendremos presupuesto.

De seguirse imprimiendo, Cultura UdeG continuará, por lo pronto, distribuyéndola este año (una atención sin duda también agradecible).

Metrópolis
concursó en la beca estatal del CECA en el rubro de revista impresa y, lamentablemente, no fue elegida. Ganó una publicación que no conozco y a la que le deseo mucha suerte. Supongo que los jurados tendrán sus razones al haber ignorado a Metrópolis. Yo sólo conocía dos criterios, los expuestos por el CECA en su página de internet: el impacto social y la calidad.

En cuanto a impacto social, Metrópolis, que es una revista independiente, ha sido distribuida por la Universidad de Guadalajara en librerías y centros culturales tapatíos, y hasta ha tenido que volver a surtirse varias veces en lugares como el Fondo de Cultura Económica o el Museo de las Artes porque, literalmente, vuela. Después de todo, Metrópolis es gratuita y... llamativa.

Han sido meses muy intensos y llenos de satisfacciones para quienes en ella colaboramos, pues nos propusimos una periodicidad mensual (y un diseño diferente cada vez) que muy pocos son capaces de cumplir, sin dejar de lado que al menos hemos dado a conocer poesía que ojalá los lectores lleguen a considerar entrañable.

No sólo hemos publicado a poetas de varios estados de México, sin dejar de lado a la producida en Jalisco, sino que también hemos incluido a poetas de las más disímiles latitudes: Estados Unidos, Brasil, Chile, Argentina, Perú, Francia, Alemania, España, Marruecos... todo, en seis meses.

De hecho, ya está diseñada y -de contar con los recursos- lista para imprimirse la de noviembre.

La hemos presentado en el festival internacional de Santiago de Chile y como invitados en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, y el mes entrante se presentará también en Latinale, un importante festival de poesía latinoamericana celebrado en Alemania.

Hacemos envíos regulares de Metrópolis a la librería Metales Pesados en Santiago de Chile y en Buenos Aires la distribuyen amigos de mano en mano.

Metrópolis
no sólo tiene presencia física. Tan sólo ayer nuestra página en internet recibió 210 visitas. Tratándose de una revista de poesía y por lo tanto marginal, me parece una cantidad considerable.

Pienso que para tener seis meses de existencia nuestro impacto social no es deleznable. En cuanto al otro criterio, el de la calidad, dejo que los lectores opinen.

Como nunca pensamos en que el subsidio institucional pudiera ser la única opción hemos dado ya pasos para lograr otro tipo de apoyos y medidas, aunque no contamos con nada concreto todavía. Pero agradecemos toda alternativa que se tenga a bien proponernos.

Tengo plena confianza en que si Metrópolis merece continuar publicándose, lo hará.

Gracias a todos los que tuvieron la paciencia de leer estas líneas un tanto viscerales y precipitadas que a fin de cuentas tienen por objeto hallar opciones de supervivencia.


Atte.



Carlos Vicente Castro
Editor de Metrópolis

lunes, septiembre 15

Los invitados (Abdellatif Laâbi)

Mi mesa está servida pero los invitados se han retrasado.
¿Olvidaron mi invitación, perdieron la dirección mientras venían? ¿Qué mal pudo ocurrirles?
Espero desde hace horas, “con la oreja pegada a la puerta”. Tampoco sé cuántos serán, si usarán ropa de invierno o de verano, en qué lengua me saludarán al entrar.
Mi mesa está servida. Esperaré el tiempo que haga y el que no haga falta. Y si fuera víctima de una ilusión, insistiría. Inventaría amistades extrañas, de caras francas y fáciles de leer como libros para niños, con voces de acentos deliciosos y bocas pequeñas que compartirían hasta un grano de cuscús.
Mi mesa está servida. La preparé con todos mis conocimientos, con amor. La música me ayuda a soportar la espera. Conmueve mis guisados, hace brillar mis aceitunas, libera los perfumes de mis especias.
Por fin, oigo ruido de pisadas. Me levanto para abrir. Pero la puerta vuela en pedazos. ¿Están allí mis invitados? Irrumpen unos hombres sin rostro, arma en mano. No me tienen consideraciones.
Le disparan a la mesa hasta reducirla a polvo y se retiran sin decir palabra. La música termina.
Después de todo, no me queda más que recoger y preparar una nueva comida.



Publicado en Crítica:
http://revistacritica.com/contenidos-impresos/poemas/cuatro-poemas-de-abdellatif-laabi

(traducción mía)

¿Para qué las antologías?

En México corremos el riesgo de que las antologías poéticas sean, aun de rebote, otros tantos instrumentos de terrorismo cultural. Saltan a primera vista las exclusiones y los excesos, el egocentrismo y el autorreconocimiento. Hay una gran tradición que asimilar y es natural que surjan preferencias en tal o cual sentido cuando integramos esas bibliotecas personales que compartimos a un público esperemos amplio. Es esta noción de la poesía y de su publicación y reunión para el goce la que interesa, la razón de que, en el intento de esquivar pretensiones, algunas antologías asuman su rol con desenfado y se reconozcan a sí mismas reflejadas en un espejo quebrado o incompleto. De ahí que, aun cuando sean dispositivos de lectura gregarios y de exclusión, pongan en la perspectiva de quienes se aventuran a leerlas su esencia temporal, limitada, tal vez instantánea, mediante la autocrítica y la honestidad intelectual. Se agradece contar con poemas cuya lectura de otro modo estaría fuera de nuestro alcance. Poemas que de sí ya desbordan cualquier sentido de elección: aquellos que más bien seleccionan a su lector, su escucha o espectador. Después de todo, la poesía es por mucho una actitud reactiva del lenguaje. Y claramente ignora dictaduras.

sábado, septiembre 13

Saint-Pol-Roux

letanías del verbo


que la luz sea


Palabras surgidas de la boca del Verbo / la primera
Palabras que datan del principio del mundo
Palabras que van detrás, luego del grito divino
Palabras transformadas en el curso del ser humano
Palabras de los campos, bosques, de fenómenos y elementos… Palabras del niño a la leche de su madre
Palabras del gallo erguido al corazón de la Aurora (de Levante),
Palabras de los campanarios que nos dan la hora,
Palabras de los picos sobre las ramas
Palabras de los castillos y de las chozas
Palabras de la virgen a su amor
Palabras de la Abuela a su rueca
Palabras de los cadáveres entre las tablas
Palabras de las ovejas tendidas sobre la hierba
Palabras de los granos de oro en la mano del sembrador
Palabras de la vid a los émbolos de la prensa
Palabras del remo en el casco
Palabras de la brisa y de la lluvia
Palabras de la sonrisa, palabras de las lágrimas
Palabras de sufrimiento, palabras de esperanza
Palabras del minero a su carbón / filón
Palabras del marinero al alma de su vela
Palabras del campesino a su arado
Palabras del sol y de la noche
Palabras del poeta a su estrella
Palabras suspendidas del racimo de estrofas,
Palabras espigadas sobre los surcos
Palabras de escritos que son libros
Palabras de viejos pergaminos que fueron borregos
Palabras que jamás se querría haber dicho,
Palabras que querría decir siempre,
Palabras que no han nacido todavía,
Palabras que todavía no han fallecido,
Palabras pecados, palabras virtudes,
Palabras que son venenos, perfumes, colores, estribillos, estatuas
Palabras-cárceles, capillas, catedrales
Palabras que gritan, palabras que matan,
Palabras de odas, himnos, tragedias,
Palabras de los profetas a la muchedumbre,
Palabras de evangelio y de anatema,
Palabras del Sepulcro y de la obra maestra,
Palabras de los esclavos a su piedra de afilar,
Palabras del hacha sobre / en los árboles,
Palabras sobre la cruz, palabras bajo la rueda,
Palabras que fuerzan los barrotes en un grito de libertad,
Palabras de los pueblos a ambos lados de la frontera,
Palabras de los héroes en la batalla,
Palabras de los que claman (gritando en el desierto las glorias y las catástrofes)
Palabras de oro clavadas en los frontispicios de la Historia
Palabras aparecidas sobre la muralla,
Palabras de las zarzas ardientes en las montañas húmedas
Palabras de las Ideas que mecen los nubarrones,
Palabras del trueno sombrío a la lengua del relámpago
Palabras estridentes y fauces en la selva,
Palabras de los ejércitos de metal que se rompen entre sí como objetos,
Palabras en pedazos sobre las columnas milenarias,
Palabras de las fuerzas del Tiempo a caballo sobre el Viento,
Palabras de los volcanes que escupen al Azur,
Palabras de los Antepasados, de lejos resucitadas en las entrañas de la Tierra;
Palabras de los Dioses desconocidos amaestrados por el Dios conocido,
Palabras de las estaciones, los diluvios, los apocalipsis, los supremos Juicios.


(traducción mía)

Liga


Una liga me contrae la garganta, no alcanzo a verla,
la cierra como a una bolsa de plástico.
De a poco deja pasar estas palabras-pensamientos,
es un círculo
del que no llego a ser eje: excéntrico despojo de letrinas,
comida muerta, paraíso de larvas.
Afuera, en los jardines que el tiempo no oprime con el puño,
mueren árboles de zinc partidos por el rayo: ¿es el dios,
el que conocemos como dios en cada átomo,
una luz que aparece cuando nadie espera
un Sísifo que nos levanta de la tronera para dejarnos caer después
por la cuesta de la noche?
Mi garganta es un nudo que no logro romper, lo separo con las manos,
no hay conquista detrás y sólo me detiene 
el reflejo de la asfixia: vacío más vacío: un cuerpo

jueves, septiembre 11

El maquinista



Mi madre está amordazada
en la habitación vacía de su mente.
Si alza la voz para detener al tren
que viene a embestirme,
amarrado como estoy con palabras de hierro,
mi padre, el maquinista, no sólo me aplastará, cercenará
hasta la lengua mis huesos, triturará mis dedos de algodón
en un molino como el que mi abuela usaba.
Yo he tirado torpemente un vaso sobre la mesa de las visitas
y antes de que la máquina se estrelle contra mi boca
que no puede hablar leche ni agua, azúcar
sobre el mantel, ni ser una boa,
alzo mi brazo con el instinto de las golondrinas
que abandonan a sus crías cuando se acerca un extraño.
Ojalá una palanca detuviera el alud
que veloz viene a segarme,
el toro que con cuernos de metal atraviesa la puerta
tras la que me escondo –el rincón de los libros–
y no sentir que me aplasta
ese tótem de arena, escupitajo de mierda,
 
hasta que salen chispas de mis costillas.

jueves, junio 19

La lengua de mi madre (Abdellatif Laâbi)

No he visto a mi madre en veinte años
Se dejó morir de hambre
Cuentan que se quitaba cada mañana
el pañuelo de la cabeza
y golpeaba siete veces el suelo
maldiciendo al cielo y al Tirano
Yo estaba en la caverna
donde el preso lee en las sombras
y pinta sobre las paredes el bestiario del porvenir
No he visto a mi madre en veinte años
Ella me dejó un juego de café chino
cuyas tazas se rompen una por una
sin que lo lamente demasiado, son tan feas
Por ello más me gusta el café
Hoy, cuando estoy solo
tomo prestada la voz de mi madre
o más bien es ella quien habla por mi boca
con sus blasfemias, sus groserías y sus imprecaciones
el rosario perdido de sus diminutivos
la variedad amenazada de sus palabras
No he visto a mi madre en veinte años
pero soy el último hombre
que habla todavía su lengua



Publicado en Metrópolis 5.

(traducción mía)