martes, marzo 13
Una taza con el borde
roto, el café frío. Móviles insertados en el cerebro de Broca, crucifijos
fijados en los labios, el control más remoto que nunca. El olvido despedaza, la
distancia aumenta cuando no se escucha ni la propia voz: la refriega tormentosa
sobre los álamos plateados en el canal 21, un siglo. Alcurnia estar a medias de
la pirámide congestionada, no la vanguardia ni el ensamblaje retro: en el medio
hay que cuidarse o resignarse. Creo en esta vida que me crea.
lunes, marzo 12
Descenso
A Araceli Llamas
Extiendo mis raíces a tus ojos,
a una tierra clara, fértil de espejos,
indago en ellos la sombra del agua,
me sumerjo en las húmedas paredes
de tus iris, dos pozos paralelos:
venero abajo, en ríos suberráneos
me aferro a mi centro entre la marea
cada vez más hacia tu propio centro,
poco a poco me abraza la corriente,
abro una brecha, rodeo las piedras,
me entrego al fluir entre las especies:
caracoles, serpientes, salamandras
latentes en tu oscuridad profunda,
me abandono al revuelto devenir
de nuestros dos silencios compartidos:
un relámpago descubre su noche.
viernes, febrero 17
Aunque no esté de moda
Una flor
crece enraizada en el corazón de un hombre, en una mañana.
Quizá el
tiempo no sea protagonista de las historias que crecen como flores de las
manos, quizá no sea el amanecer. Tal vez no tenga sentido ver la hierba junto
al estanque, los peces al fondo de la pintura, los cantos de los gallos,
detenidos en un trazo. Los días son fugaces o eternos, una mirada sucede a
otra, los pasos por el mundo visitan a la mujer, vientre de ciudad, manos de
desierto, ojos de horizonte, lengua de obsidiana, lagartija, serpiente, águila,
cocodrilo, cueva, mono, manantial, conejo, itzcuintli,
hierba, pedernal, las estaciones enteras del fuego engendran el movimiento de
los pies por la tierra; un futo cae, se pudre, nace el polvo; una mano tiene
sus raíces en el maíz de los conquistadores; una mariposa reverbera cuando dos
miradas se reconocen. La lluvia del hombre asombrado, su pintura, se dirige
hacia el cielo, o sus ojos descubren un río subterráneo, al hundir su mirada en
la tierra: hurgan en lo seco, encuentran en un sitio árido, rodean con sus
pestañas a los ángeles, beben a todos los muertos que respiramos a diario, y
los muestran en el seno mismo del óleo, la media luna que recibe al hombre
cansado de ser divino. Los colores, al amanecer, retoñan de las ramas y de las
bocas, son musitados por las paredes, cabalgan a campo traviesa por la
tempestad del destino, por las líneas de la mano que engendra sus propios días,
su propio cuerpo de serpiente y de pez; de la tintura emerge un pasado
sobreviviente del arca de todos los nombres y la alianza antigua entre el
cielo y la tierra; perros, ratas, ocelotes, mujeres, rinocerontes y sirenas
navegan por un infinito que de pronto ignora que en este momento es necesario
beber de la fuente, y se oculta en un cuadro. O despiertan, los habitantes de
cada continente desean beber del corazón, desean evidenciar sus propios ríos
desconocidos, compartir el cáliz, la sangre que circula por sus venas, en un
sorbo. Algo desconoce el tiempo, algo niega la voz ronca del tiempo, algo
desaparece cuando las frases de sepia y negro se rompen en un haz de palabras,
un solo silencio que todo deja unido. Una pupila, un hálito, un grito
desgarrado e hiriente en medio del océano. La cabellera de una mujer como
espuma a las orillas de La Habana, las semillas de la vida guardadas mientras
tanto en una sandía, el santuario de los milagros; dos palmeras que inmigran
para renovar su aire. Un mundo que brota como mujer de un cuarto lleno de
estrellas y de ríos, de otras vidas calcadas sobre la paz de los muros; notas
que resguardan las paredes. Allí brotará una naranja, allá el cerebro de un
hombre será el nido de un colibrí. La sangre de las heridas impulsa otro
tiempo, con nuevas hojas y pétalos frescos. Mariposas, mariposas pide el
corazón que palpita, así el aire se respira ancho. Cuando una puerta se abra,
la luz del amanecer invadirá el espacio enmarcado. Así, cuando el tiempo es una
batería constante, cuando el tiempo llueve, cuando arrecia el recuerdo, se
escucha un saxofón lejano, horas violentas, esquinas para bailar y dejar atrás,
el mar hace visible la nostalgia, ese tiempo que mide el vuelo de un colibrí o
el paso de una nube, son de los Beatles o percusión insistente de jazz, gotas de agua, rumor de huesos,
pasos de pies descalzos sobre el polvo, llanuras, aire de clarinete, una pupila
honda que canta con voz de fuego: el sol rompe el día anterior para que el
visitante como grano de arena viaje hacia su tierra, su mano lo
transporta, navega por el silencio y vemos las orillas de su isla.
Nota: Este
texto fue leído durante la presentación de la obra de Waldo Saavedra en el
Museo Regional, con algunas variantes.
Texto publicado en el ya desaparecido periódico Siglo 21, 27 de febrero de 1998,
suplemento Tentaciones núm. 200
lunes, febrero 13
Recorte
Escribo desde el
aletargamiento que la enfermedad convoca en los ojos y en la columna, en cada
entronque de este sistema que se organiza para expresar sus potencias. Es la
vida que triunfa la que sobresale como barco ebrio, lo que exalta la tormenta.
Mi organismo busca ordenar directivas para aumentar la efectividad en la
producción de células, sustancias, naturaleza en ebullición. Soporto el
replanteamiento de jerarquías, el despido masivo de personal, esta drenada de
elementos tóxicos y enervantes con tal de amanecer como un sol recién
decapitado.
jueves, febrero 9
A una muchacha que ignora la hermosura de su ombligo
Para Araceli
Es el centro esquivo de tu piel morena, el lugar donde el silencio
parece tener principio y fin, el vacío que provoca avanzar hacia él con pasos
de ciervo o de labios. Es una boca clausurada, petrificada en un beso. Es el
centro, el ojo de un universo habitable: entre tus cordilleras y hondonadas, el
punto hueco en tu piel de tierra de donde nacen seres imaginarios, donde se
adivinan estrellas, el pulso de una vía láctea. En él se traducen lenguajes de
abismo, la imagen de ciudades fantasma, el grado cero de un no sé qué que queda
balbuciendo y desgarra.
miércoles, febrero 8
Alguna vez nada de esto fue verdad
Constantinopla es una ciudad conquistada en los labios, entre brazos
rotos Pero tú, ciudadano
venido del rencor, huelgas la noche gris, aturdes como una carta de tarot la
orientación de las teclas que galopan bajo tus narices
Mereces caer al bote de las hojas muertas, la carpeta de Spam, los
álamos sin fruto para sanar el aire
Tu ansiedad tuberculosa boga por hincar sus raíces en la garganta de la
noche
jueves, enero 26
Obsesivo día en espiral
Malgastamos el carbón de la saliva en entretener horas gordas y
cordiales
Hombres y mujeres de hojalata se embadurnan de grasa las articulaciones,
sus lentes microscópicos les abren a una realidad que ritma con la agenda escribanos, sacan punta a un
pensamiento amarillo como el sedimento de una cloaca / cloquean
De noche todo respira un aroma a cloro que entra a la sangre como
el agua por los pulmones
de un ahogado
Y tú, obsesivo día en espiral, vuelves a colocar los botones al chaleco
de los fracasos
martes, enero 24
Sísifo mira la TV
La luna es una piedra
en el desierto: un escorpión aguarda debajo
mientras vemos a lo lejos el cometa.
Un cometa es una culebra coralillo. La coralillo, un coral
en movimiento, le pregunto a Sísifo,
que cargó una y otra vez su prisión
por un campo minado.
Pero Sísifo mira la TV y no contesta. Ve miles de piedras
arrastradas por miles de Sísifos: átomos
con la iniciativa colgada al hombro, electricidad al vacío.
Estamos en los albores de una época de sayayines, dice por
fin. El mundo
se arrisca las mangas para alistarse a pelear
contra sus propios demonios. ¿Qué demonio salta sin un empujoncito
de un cuarto piso?
A los demonios también les da vértigo. El tiovivo les causa
mareos,
les retrasa la regla. Aunque no tienen reglas: su primera
regla. Defina demonio:
un basurero que sufre de vértigos y se pierde
como un punto en la solidaria oscuridad, un ovni, un
carrusel en la
mente. No, no hay nada alrededor, hay un vacío como el que
existe
de estrella a estrella.
domingo, enero 22
Vitrubio practica un rito de purificación
Arroja sus aparejos a
la máquina trituradora, los despoja de su voltaje, sus esquinas educadas en la
lengua roma de una puta de a 50 pesos en un baño público; tira todo: lo
recaudado en las pupilas de la ansiedad, la mierda de los días hipócritas –caídos
por su propio peso, las escaleras no usadas, las entrevistas con sus quistes, el
manual de usuario del puerco entre el lodo, las azoteas de fuego predecible. Es
un hazmerreír, un iluso portafolio acobardado por sus negocios ocultos.
viernes, enero 20
Las tribulaciones de un tapatío en China
Hace algunos años me perdí en Beijing. Es
verdad que no es el primer lugar en que me pierdo, que de hecho si no me pierdo
en la vida o en cualquier ciudad o esquina, si no demuestro un poco de mínima
desorientación, es como si no hubiera salido nunca de casa. Tampoco está de más
decir que también en casa me pierdo.
Seguramente mi madre extravió su brújula
biológica cuando me gestaba en su panza, o tal vez no sabía lo que hacía, o
cruzaba por un momento crítico en su existencia o miraba distraídamente una
lúdica película de Mr. Bean. Pero volvamos, si no al punto de partida sí al del
vacío donde comenzó la confusión en esa lejana tierra de Confucio.
Era el primer día de mi estancia en China.
Llevaba bajo el brazo un librito de Julio Verne, Las tribulaciones de un
chino en China que finalmente leí durante el mes que deambulé por tierras
orientales, al igual que Kin-Fo, su protagonista. Con sorpresa no sólo mi tren
de viaje me llevó por lugares en los que el desfalcado chino puso el pie, sino
que los dos estábamos por cumplir 33 años y por una u otra razón, huíamos.
Hacía calor ese verano, a finales de mayo.
Y quien sepa un poco del argumento de la novela recordará que Kin-Fo se
trasladaba de ciudad en ciudad para evitar que se cumpliera su autoimpuesta
sentencia de muerte, que tenía por fecha límite el día de su cumpleaños. El
mismo día que cumplo yo, por cierto, el 25 de junio.
Sólo que en mi caso yo no tenía a un
asesino profesional tras de mí. Conociéndome, no era necesario. Simplemente
seguí mis instintos, platiqué con una joven y linda china en la plaza
Tiananmen, que me dio su teléfono y varios consejos en inglés. Cuando menos
imaginé, había pasado la hora en que quedé de reunirme con mis compañeros de
viaje.
En vano los busqué. Entonces decidí hacer
mi propia incursión. Después de todo tenía en el bolsillo la tarjeta del hotel.
Con estupor me di cuenta de que dominar
las cinco frases de mi guía del inglés era completamente inútil en China.
Experimenté, en carne viva y no sin amargura, el significado del famoso dicho:
me hablaban en chino.
Intenté comunicarme con unos guardias que
me ignoraron. Fuera de una madre y su hija que hicieron lo imposible por
interpretar mis gestos y de unos estudiantes que se apiadaron de mí y marcaron
desde su celular infructuosamente, me vi rodeado de la más absoluta
incomprensión.
Pero estaba decidido a no dejar pasar mi
primer día en ese país fabuloso. El conductor de un gastado taxi-triciclo se
acercó a mí y me ofreció –a señas– sus servicios. Como me di cuenta después,
recorrimos el hutong, el barrio antiguo, pletórico de callejones
irregulares y casas con idolillos de la buena fortuna en sus tejas
desvencijadas.
El hombre pedaleaba y sudaba por el
esfuerzo pero no dejaba de sonreír con unos enormes dientes amarillos y de
platicarme sabrá dios de qué.
Me mostró una casa por dentro, llena de
ropa tendida y niños en pelotas que corrían de un lado a otro, y un pequeño
museo. Luego se detuvo ante una construcción de piedra más grande que el resto.
En la puerta esperaba una mujer de mediana edad, vestida con hanfu, algo
así como un kimono, y sandalias.
El conductor se apeó y le habló con
reverencia, en voz muy baja. Me hicieron señas de que los siguiera, y lo hice,
no sin cierta reserva, listo para echar a correr en cualquier momento. Por
dentro había mesas y sillas, aunque ni un alma.
La duela de madera crujía bajo nuestros
pasos. Al llegar a una habitación, la mujer le ordenó al conductor que no
entrara, al tiempo que me señalaba un banquito al interior.
Por el pasillo apareció un anciano sin un
diente, armado con un instrumento de cuerdas. La mujer le sonrió con ojos
cómplices y sacó de entre los pliegues de su vestido un pandero con el que
acompañó los acordes del viejo. Cantaban con voces destempladas y antiguas.

