domingo, septiembre 2

Realidad alterna

No puedes tomar en serio a un hombre
que escucha un zumbido todo el tiempo.
Quienes padecen tinnitus han sido acusados
de asesinar al doctor que les da la noticia:
no hay quién pueda curarlos.
Nadie está a salvo de su insidia, ni siquiera
ellos mismos: una plaga serrucha sus neuronas.
Es como si tuvieran un corto circuito ad infinitum
o experimentaran un bucle de tiempo
en que explotara su cabeza sin salida.
Torpes, se tambalean en esta realidad que no puede
entrar de golpe en sus oídos.

No me invitaron a la Gran Fiesta de los Poetas

Siendo sincero, apenas soy un minúsculo poeta,
no tengo un estilo que me diferencie de la mayoría,
mis técnicas son pobres y pasadas de moda.
No incluyo efectos tecnológicos y además
suelo hablar de mí mismo, con lo que
me acusan de poeta de la experiencia, del silencio
—aunque ya no sepa qué es el silencio.
Soy un imitador de anécdotas, un usurpador
de esas pequeñas realidades que dejaría de lado
si no las describiera. No me invitaron a la fiesta,
y tienen razón: quién soy yo para aparecer
en los periódicos, si no he ganado un premio
y hace mucho ni una beca. No soy de la élite
que invitan a las grandes lecturas de poesía
donde presentan a las personalidades locales
en medio de aplausos y luces y gritos de admiración.
No estoy invitado a la fiesta, así que me quedaré
a escribir poemas.

martes, agosto 28

Operación

La vesícula de mi padre estaba podrida,
era ella quien había hecho su revolución
sediciosa entre las tripas, allí estaba
esa anarquista a punto de estallar
cerca del corazón, haciéndole esquina
al hígado y a la diabetes, elogio
de vertedero. El doctor la muestra
como un trofeo de pus en su escritorio
junto a un par de autos a escala.

Pecera

He sido forzado a escribir
frente a mí hay una pecera
el motor de la cascada
no funciona, ni del todo
mi corazón que acelera
el paso para teclear
porque he sido forzado
a escribir y no me siento
ya sano ni avanzo como
si nada me suprimiera,
he sido forzado a seguir
en línea hacia el margen,
a detenerme por si el vidrio
magnifica las cosas.

jueves, agosto 23

Tinnitus


Un día como hoy, hace dos años, empecé a escuchar un ruido inagotable en mis oídos. Desde entonces no he tenido descanso ni tregua. Este rumor seco me ha acompañado por igual en días lluviosos, climas extremos o templados, bajo o sobre el nivel del mar, dentro de las olas o cubierto de sábanas y alegría. También en la tristeza, la nostalgia o la melancolía —esa emoción que, dicen, lleva al arte. En un principio este padecimiento o compañía carecía de nombre. Ahora se encuentra bien identificado: tinnitus. Suena a Tánatos este rumor de olas en las buenas, las malas y en la incertidumbre: cuando el otorrinolaringólogo me dijo que no había remedio posible luego de dos o tres estudios, estaba parapetado detrás de su ingente escritorio, a distancia. Una vez que se aseguró de que no habría mayor drama de mi parte, me explicó que muchos de quienes habían adquirido esta enfermedad solían asesinar al doctor que les daba el mensaje. Me quedé pensando... al fin, encogí los hombros y ensayé una sonrisa con desencanto. La suerte, la poca suerte, estaba echada. Ese año las desgracias se habían acumulado como si quisieran ajustar la balanza ante los increíbles años anteriores en que viajé por algunos países y me hice acreedor a experiencias memorables en el mejor de los sentidos. De pronto, sentí la necesidad de sentar cabeza en un empleo y, para colmo, a tiempo completo. Me emplearon como corrector en una revista de arquitectura. Todavía no firmaba mi contrato cuando en la misma calle de la oficina me asaltaron dos motociclistas a mano armada, me golpearon y apenas si se llevaron mi celular. Poco después, equivocarme en la edad (me pasé, la verdad, como por más de diez años, y esto se lo debo a mi soberana distracción) de una de las chicas provocó que en la oficina empezara un tímido bullying que a la larga se transformó en una pesadilla incomprensible de la que solo me salvaba mi ansia de ganar dinero para pagar la renta. Fue en esa época que se inundó mi biblioteca y perdí más de mis trecientos libros favoritos; otros permanecen dañados por un moho de lento avance. Tres meses después me robaron el auto (con todo y pintura y estéreo y alarma nuevos). Lo vi como una oportunidad para trasladarme más en bicicleta y caminar por entre los baches de la ciudad y el intransigente tráfico. Es indudable, por ejemplo, el odio de los taxistas a los peatones —quizá mayor que a los conductores de Uber. Fue un año de no creerse: exnovias que me adoraban o que se habían ido con otro terminaron bloqueándome —como mínimo— en Facebook, me robaron el celular por segunda vez a la semana de haberlo comprado y luego desapareció el tercero en mi clase de yoga, extravié mi reloj de pulsera recién comprado, entré a estudiar tango en una escuela donde las mujeres poco a poco escaseaban, ninguna editorial aceptaba publicar mis libros, o me decían que sí pero no cuándo. La tinnitus, mientras tanto, ganó terreno. Si corría por el parque, iba a terapia de acupuntura, meditaba, bebía alcohol o simplemente leía un libro electrónico en la pantalla de la oficina para que me creyeran trabajando, ese chillido estaba allí, a sus anchas, e incluso a veces aumentaba, insoportable, su grito agudo.  Es a medianoche cuando me pregunto si alguna vez podré escribir sobre él como antes lo hice sobre el silencio. Trato de comprender a este crujir de hojas, a este serrucho insidioso. Por más que me esfuerzo, este grillo no termina por abandonar la escena del crimen. Lo lamento porque necesito distancia para reflexionar sobre su aparición, su porqué. Quizá está ahí porque sí, como los tumores o el asma. Con el tiempo he aprendido a ignorarlo. Me pregunto si, después de todo, tiene cura. Al escuchar el Lohengrin de Wagner, sobre todo las altas notas heroicas del coro, pude sentir cómo en mis oídos el zumbido no solo desaparecía sino que los tímpanos parecían doblegarse e incluso tensarse según los decibeles. Sentía, físicamente, cómo la tela de los oídos se tensaba modificando el zumbido, el aleteo de hormiga. De pronto, no eran ya sino hilos sensibles a la música. Fue una experiencia única, ignoro si la volveré a experimentar. Entonces, ¿es el ruido en mi cabeza una nota no doblegada? ¿Puede manipularse a tal grado que esto que no halla lugar sino en la mente llegue a tocar el nervio? Debe ser que mis órganos auditivos están desafinados y de pronto un maestro como Wagner en la versión de Listz los alza a niveles insospechados y sublimes durante segundos. Por un momento pensé que sería esta la solución a la lija. A veces su volumen baja de manera considerable. A veces no lo noto. Las personas que me hacían bullying desaparecieron de la oficina y recurrentemente bailo con noruegas, japonesas, francesas o italianas —la edad y el volumen, las curvas o su ausencia son lo de menos. El destino me dio otro automóvil, aunque lleve más de una semana en el taller (no hallan la causa de un extraño ruido). Algunas exnovias me han dicho que me quieren. He vuelto a viajar, aunque sea dentro del país. Un par de editores quieren publicar uno o dos de mis nueve libros inéditos de poesía, dentro de dos años o más, si la economía lo permite, si acaso. Y el futuro, con todo y esta negación del silencio —al que tanto añoro—, promete ser un rumor encajado en los oídos, pero transitable.





domingo, agosto 5

Metamorfosis

Me encuentro sin encontrarme en la casa de campo
de mis padres en Cocula. Los sobrinos esperan a romper
la piñata de Superman repleta de Pelón Pelo Rico,
paletas De la Rosa o chocolates M&M.
Los músculos me duelen por la resaca, pero no tanto
como a Superman en cuanto desayunemos.
Pobre Superman: su tragedia nos traerá dulces a todos,
reiremos de su desgracia, nos empujaremos unos a otros
por el generoso regalo que nos ha dado al caer vencido como un dios
destazado entre muecas de felicidad para formar parte del mundo
en el bote de basura.

lunes, julio 30

Del ninguneo


El ninguneo es una herramienta de manipulación. Viene acompañado de un propósito: reafirmarnos a costa del otro. No es que la otra persona no exista, sino que existiendo le restamos la suficiente importancia como para que sepa que para nosotros no significa nada. Cierto es que tanto significa que necesitamos borronearla, necesitamos que sea testigo de cómo otros son alguien mientras a él o a ella le negamos el derecho a la diferencia, su derecho a ser considerada en su individualidad, su persona. No es nadie para nosotros y así se lo hacemos saber. Este ritual social conlleva una tragedia para el ninguneador: tanto necesitamos ningunear al otro que terminamos por reafirmarlo.

*

Ese nadie debe saber que no es nuestro interlocutor pero sí el objeto del ataque: una sombra accidental.

*

Ser indiferente al otro es carecer de sensibilidad hacia los demás, quizá ser distraído o carecer de interés, pero ningunear al otro no es ser indiferente a su presencia, sino que su presencia, su ser, nos estorba de tal manera que decidimos poner en blanco todo rastro de su personalidad para arrojarle sin más al grupo de los incapaces que nos molestan con su continua ansia de estar ahí. Su presencia merece algo distinto de nuestra atención: su difuminación, su desenfoque. Y no basta con que los ignoremos, merecen que los otros también les resten valor, les volteen la mirada, sean ajenos a su respiración, la nieguen.

*

Nos apalancamos en el ninguneado para ir adelante, a nuestro destino en el mundo. Cierto que de paso nuestro menosprecio ha de restarle la autovalidez que se da a sí mismo, pero hay fines definitivamente más trascendentales: conservar un puesto de trabajo, cobrar un cheque bajo coerción, ganar un lugar de estacionamiento, salvaguardar el grupo de personas al que deseamos pertenecer, quitar del camino los obstáculos hacia el éxito. La influencia que ejercemos sobre los demás gana mientras que la del otro disminuye o se hace añicos.

*

Los ninguneados son piedras en el camino que usamos a modo: lo importante es el camino que hacemos con ellas. Deben saberse piedras, meras piedras que no merecen ser consideradas sino como tales. Por eso les damos la espalda mientras platicamos con nuestros amigos, no les presentamos un socio clave en el negocio aunque casi se les embarre en las narices, destacamos la labor del directivo anterior sin darle crédito al actual, escribimos post que dañarán la imagen del otro y enaltecerán la nuestra o la de nuestros allegados. Es decir, no están invitados a la fiesta. Lo más seguro es que les guardemos rencor por alguna razón más o menos definida: ya nos ignoraron antes, no se rieron de algún chiste o representan una amenaza social o laboral —incluso, y quizá sobretodo, a la imagen que tenemos de nosotros mismos.

*

Ensalzamos a otras personas con las que congeniamos, les hacemos saber ante quien aborrecemos que ellos sí son alguien para nosotros, que ellos sí pertenecen a nuestro selecto grupo social, que ellos sí tienen las cualidades necesarias para ocupar un puesto, un lugar entre nuestros amigos, admirados o elegidos. Practicamos con cierto regusto esta humillación para que ellos mismos, los ninguneados, los borroneados, se retiren sin que en adelante tengamos que enfatizarlo. Será necesario que los ninguneemos una y otra vez, hasta que aprendan a retirarse bajando la mirada o desconcertados: fuera del concierto armonioso de los hechos en que sobran, son desechos. ¿Qué necesidad tienen de que les demos la espalda una y otra vez, de que los hagamos a un lado con el codo para marginarlos en la foto? ¿Es que no han aprendido a desaparecer de nuestros planes?

*

El ninguneador elige quién debe existir, de lo que debe ser testigo el ninguneado.

*

El ninguneado ha de desear la aceptación del ninguneador.

*

Lo curioso de este ritual social del ninguneo es que en realidad no importa el interlocutor elegido para ningunear al otro, no importan los halagos que el ninguneador le dispensa. Esos halagos, esa reafirmación a costa del ninguneado van dirigidos en negativo al ninguneado, quien así pasa a ser su verdadera finalidad: tanto eres para mí, así sea un estorbo, una proyección o un descalabro, que necesito que fijes en tu mente la nada que eres.

*

No hay mayor reafirmación de la existencia del otro que el ninguneo que le practicamos.

*

Es el ninguneo una afrenta al otro, a ese otro del que abominamos. El truco está en que sea consciente de qué tanto es nada para nosotros.

*

Parte de mi logro es que ni siquiera me reclames ser ninguneado y simplemente desaparezcas, te apartes cuando yo haga acto de presencia.

*

Mi ataque es oblicuo para que te des por entendido, para que no respondas a quien no te habla.

*

No es que me moleste ser nadie, sino que alguien más decida por mí que yo soy nadie. Ulises decidió por sí mismo ser Nadie, es decir Alguien para sí mismo y nadie para quienes le podían perjudicar quitándole nada menos que la vida. He sido nadie con minúsculas, como decir fulanito o sutanito. Solo que hablar de sutanito no cumple una función de ninguneo sino de anonimato.

*

Tengo la sospecha de que quien ningunea ha sido ninguneado en otras ocasiones, por lo que ha decidido ser Alguien a costa de que otros sean nadie. El ninguneador siente haber sido ninguneado, de ahí que decida utilizar distintas plataformas para ser visto, imantar solidaridad, a quien le ponga saliva en la herida. El ninguneado ningunea no sin revancha: se justifica en que ha sido sujeto del ninguneo, aunque lo niega porque no le conviene rectificar: si lo hace, si da cabida a este discurso, al ser del otro, demuestra que también ha llegado a sentirse nadie por deseo de otros o por circunstancias que le han pasado por encima o de lado, convirtiéndole en un fantasma que intenta hacer sentir su presencia ante los vivos que deprecian su corporeidad.

*

Para que el ninguneo sea eficaz es necesario atribuir personalidad, importancia, halagar a otras personas en un mismo acto comunicativo. Me dirijo a ti que eres Alguien, así denuesto o difumino al que para mí es nadie, al que para otros no debiera existir como no existe para mí, como no quiero que exista. Sin embargo la existencia del otro nos impele, su respuesta nos agrede puesto que se atreve a ser alguien, un interlocutor indeseable. ¿Si yo he decidido que este fulano sea nadie, por qué se dirige a mí como si debiera importarme? Este nadie se atreve a interpelarme, pero en mi respuesta le haré saber mi indiferencia, verá, comprobará que en efecto no es nadie —una expresión ambigua, contradictoria—, que para mí es nada y que, en cambio, otros sí son ALGUIEN para mí. SON. Y yo soy ALGUIEN con ellos. Pero en realidad, en el fondo, aquellos a quienes halaga en su ninguneo son meros pretextos para hacerle saber al otro su insignificancia significante.

*

Él o ella no, no quiero que existan, no quiero que se interpongan en mi camino, en el camino de aquellos que para mí significan (aquellos que me hacen significar).

*

Vomito el significado de aquellos a quienes ninguneo, un significado que me agrede por solo existir, porque me caen mal, porque alguna vez recibí de ellos algún desprecio o indiferencia, porque son buenos en algo o porque se me da la gana y ya, porque yo solo me trato con gente a mi modo, con quienes saben vivir la vida como yo, no con esos que son un mero estorbo. Entonces, mi ninguneo tiene que ver con que esos nadie deben saber que no deben meterse en mi camino, no deben apartar un lugar en la mesa, no deben ocupar un puesto en el trabajo, es imposible que alguien sea capaz de darles un lugar a menos de que sea otro nadie, otro más que se le una para poderlos ningunear en conjunto, hacerles ver la nada que son, que deben sentirse, los nadie cuya existencia inexplicable aborrezco porque en ellos proyecto mi propia nada, la nada que cada uno terminamos por ser en este mundo que sigue su propia trayectoria indiferente.

domingo, julio 29

Nadie, ninguno

Soy nadie, ninguno.
Bebo mi café de nadie,
le echo azúcar o nada,
escribo palabras fantasma.
Este aire es nada.
Los autos pasan,
risas, reflejos.
Ninguno
escucha.
No hablo siquiera
porque no hablo para nadie.
Soy nada en este desfile de locos,
gente de verdad.