lunes, septiembre 19

Clínica 86

"Mi abuelo –me dice mi propio abuelo–
fue asesinado por un soldado
amante de mi abuela,
a quien nunca, ni mi mamá ni nadie
le volvió a hablar".
Ni mi padre lo sabía.
De ahí que desde niña
mi bisabuela viviera una vida huérfana
y se casara luego con un pobre portero
de hacienda.


domingo, septiembre 18

Diagnóstico

Los ojos y los hombros aturdidos,
la cabeza a punto de desinflarse
como un corazón que ha perdido consistencia.
Vuélvete hacia ti, rumia las horas
con paciencia de vaca,
aumenta tus réditos en aquello que todavía
está por darse por vencido.
Libros apilados, música de las cosas
impregna el aire con su humedad.

sábado, septiembre 17

Anatomía del patio


La palma rasga milimétricamente el aire. La tentación fue una metáfora: pero no construiré a partir de ella. Si las espinas hirieran el viento, ¿qué con la sombra de las macetas en el muro de ladrillos? ¿Y la mariposa amarilla que de pronto aparece, como si quisiera quedar enredada entre palabras?


domingo, septiembre 11

Juego desastroso



Divirtámonos, al fin que para eso hemos caído
en esta cloaca, entre neuronas envejecidas
y gelatinosas. Es este el gran teatro del que hablé
hace unos días, cuando no te habían enchuecado
la nariz en el baloncesto. Allí, de pie en el lugar
oportuno, esperabas la noticia que te pegó
con fuerza. Así es la realidad, pero en realidad
así es la mala suerte. La tuya se ha prolongado por años
y quizá naciste con ella embarrada en la piel, una mucosa
que te dejó la impronta. Te preguntas si haber nacido
fue una solución: tu mala suerte fue la buena
de tantos que conociste. Tu mala suerte fue el equilibrio
para aquellos que merecían lo que perdiste,
que poco no ha sido, que al parecer nunca es suficiente,
Etrusco. En esto, no hay salvavidas reconocible
en el aire que te rodea, en los metros en que se supone
puedes intervenir: la nube del desastre te sigue
a donde corras, como en una caricatura de Acme.
Aunque frunzas el ceño, te has convertido en un señuelo
dentro de la jaula de tu habitación, de la que no sales
siquiera a pesar de ti mismo, los zancudos te hallan
atractivo y pierdes gotitas de sangre entre la picazón,
los desvelos pensando en el no futuro, el no lugar
y el no ser más que la almohada sobre tu cama,
el reflejo en la ventana que da al patio, la televisión
apagada y sin reflejos. Es tu espacio el que limita
las fronteras de tu cerebelo, tu lenguaje hecho
de pedacitos de palabras que has juntado
en la calle, palabras que alguien perdió
o ya no necesita. El cansancio es una plaga
que duerme en tu cuello, en tus ojos que rebotan
como pelotitas de hule de un lado al otro
del corredor. Una vela apagada, los libros
en desorden, la tiranía del ruido que serrucha
tus tímpanos a una hora cualquiera. El día
apenas comienza, entre las espinas de la palma
amarrada en el patio, junto al bonsái
que milagrosamente no se ha secado,
en la maceta con tierra y sin una planta, el muro
de ladrillos con la sombra a cuestas. Y tú te recuestas
esperando vencer al cansancio que te regresa
a la cama como a un cerillo apagado, un carbón
fuera de lugar, bajo el cielo intenso.