martes, enero 23

Trueno

En las cuchillas del bambú
el rojo abre camino, va
hacia el sistema de símbolos,
la oscuridad del jardín origami.
Aunque nadie lo sepa
agita la jaula de los gatos
en ventanas de sigilo.
Observa lo que haces: cuida
las huellas amarillas
hacia el infarto del trueno.
Su lengua artificial
sabe del saber y el sopor, contempla
ruido de líneas en la mano.
Por algo se ha desprendido
tu ojo como de un limonero
cuando lo sacuden.

martes, enero 9

Colores

Si en la vasija los elementos faltan,
la sangre de las sombras móviles
ajusta cuentas con su contrario:
altercado de tenedores.
Vuelves a intrigar espasmos
de alumbre,
te vacías de grillos
que se saben perdidos,
interrogaciones se oscurecen
en la taza del café frío,
los sustantivos pierden bordes,
los dados deciden no decidir sin hambre.
Ya lo dijo Empédocles: el amor
une a los disímiles.
Se mastica oro como la mierda,
aquel dios de máscaras,
fantasma de lo múltiple.
Ese agravio no facilita el retrato a las termitas.
¿De dónde la migración
en espiral?


jueves, noviembre 9

Poema sin pájaros

No escuché pájaros en los párpados de la mañana,
no aletearon rumbo al pino que rasga con sus piñas
la silueta en la ventana, ni tampoco voló ninguno
a punto de arrollarlo con la llanta del auto, tampoco
pisé alguno sin querer en la universidad confundiéndolo
con el cemento que apenas si recuerda su origen de aire,
nada de alas se estrellaron contra la puerta de vidrio ni miré
ninguna película con pájaros asesinos ni pacifistas,
no tomé un pájaro asustado en mis manos ni me pregunté
por su instinto de libertad o por qué no ha sido
atrapado entre las cortinas beige de la sala,
no hubo pájaros clavados en mi sueño ni nadie
tiró imanes para pájaros en la banqueta,
tampoco topé con el más sabio de su especie
ni hojeé libros con ilustraciones de pájaros exitosos,
con fotografías aéreas o símbolos del vuelo, no busqué ni hallé
restos de pájaros ni plumas enfermas o cantos quebrados o
silbidos azules, en este poema no hay
pájaros.


domingo, noviembre 5

Última naturaleza

Como el colchón abandonado en la calle
luego de una inundación,
en mí las ratas han hallado nido
a la medida de sus necesidades.
Oigo sus chillidos resplandecientes de vida,
vida que saltará por las ramas
y se cubrirá de las indiscreciones
de la gente en el café.
Son las cosas que suceden costillas adentro.
Ah, y además debo confesar que alucino,
estoy casi seguro de que las cucarachas no recorren
mis brazos o me hacen caricias en el cuello:
son falsas como un político
en busca de su candidatura en el partido.
Yo no sé hacia dónde voy ni por qué estoy aquí,
se lo he preguntado a los paisajes
abandonados en la carretera.
Lo cierto es que no quiero irme,
prefiero la esquizofrenia

de un caleidoscopio
cansado de estar bocabajo en el librero.

martes, octubre 24

Y qué si hablan

Si me perdí en una isla de juguete
ustedes perdonarán, me ausento del mundo
cada vez que un trencito aparece
con su silbido frente a mí.

El recuerdo es frío:
una paleta de vainilla cubierta
de chocolate
en la placita del pueblo.


Monstruo

He sido un monstruo:
lo digo sin tapujos.
He estado ansioso por separarme
de mi sombra de metal.
Soy un monstruo famélico,
un ogro metido a pepenador
de huracanes que eché a perder.
He sido un monstruo desde que recuerdo
haber ido a la biblioteca y hojear el Principito.
He sido un monstruo para quienes han fijado
sus colmillos en mí.
He sido un monstruo con palabras de fétido aliento
pero palabras al fin.
He sido un monstruo colosalmente pequeño.
Me miro frente al espejo manchado
y pienso que lo haré mejor esta vez
aunque ningún sobreviviente
se la tome en serio.

domingo, octubre 15

Reflexiones en el patio junto al pasillo

Cuando los padres de los amigos mueren
uno piensa más lento.
Mi madre barre el pasillo luego
de lavar los platos y trapear la cocina;
mi padre se recuesta y enciende
el televisor en su habitación.
Cuando esto ya no ocurra,
¿quién mirará la vida escurrir
como el agua sucia del trapeador?
¿A dónde iré cuando sus presencias
sean sólo la referencia de un videoálbum
proyectado en la pantalla?
Escribo esto porque sí, solo
porque me encuentro enfermo.


viernes, septiembre 29

El otro

A punto de morir a palos
caí en un hondo pulsar de pupilas
borrosas. A punto, casi.
Y la verdad no metí las manos
para defenderme. No soy. No soy
un héroe. Y ya no tengo a quién
salvar, más que objetos.
Son mi codicia, los segundos
asegurados en la caja fuerte
que podría volverse caja negra.
El aire golpea con insidia las ventanas
temblorosas de la avenida infame.
Mi enemigo está en unas células
y en otras todavía no. Poco a poco
me va sustituyendo.


 

miércoles, septiembre 27

Principio de contradicción

Cuerpo: este dispendio
de cicatrices, mal aliento, arrugas en la frente
es un dispositivo terrible, difícil de predecir
sin una guía adecuada, por ejemplo
el signo, el estado del clima,
hacia qué dirección apuntarán los tréboles.
Pisar estos mosaicos es engañoso, rascarse
las sienes, penetrar con el pensamiento
un objeto como si dibujara
a los demás. Ah, este vaciarse
no lleva a ningún lado: a la serie televisiva,
al estacionamiento fácil del auto fuera de casa,
a un alimento bien balanceado, como la justicia
que los objetos se deben entre sí: el jonio
intuía. Pero quién se cree para cambiar al canal
de las mal avenidas circunstancias.
La vida es quizá paréntesis: círculo quebrado,
pausa entre el movimiento
de los dedos al abandonar las uñas
que no servirán más, no pertenecerán
ni serán extrañadas como se extraña
la velocidad del automóvil, el olor del café
por la mañana con figuras de dinosaurios,
copiar un pensamiento en el cuaderno
para rumiar hasta secarlo.
Lo que busco está entre las venas, los ligamentos
que pertenecen al sistema:
no es el alma ni sus sinónimos
o extremidades. No es la circulación
ni el corazón revolucionario.
Parte de aquí, de esta estructura
donde cada elemento se corresponde con otros
de manera que no puedo respirar
sin saber que el aire en un momento es yo
y en otro mi enemigo.

viernes, septiembre 15

Seguramente despido un olor nauseabundo

Huyen de mí objetos cercanos
y les digo objetos porque son más que personas:
la hoja de papel electrizada contra mi saco,
la guillotina de lápices, el robot
que por una pila logró pasar la aduana.
Ando en calzones por entre vidrios rotos
como un faquir que ha olvidado apagar el fuego
de la estufa y pierde porque se acuerda.
Entonces la distancia que me separa de los objetos,
mis congéneres, mis iguales por su estructura
es poca cosa comparada con las alergias
de las que me he librado cada vez que la máscara
de polipropileno halla en mí un buen sitio para descansar
como si en casa hubiera una fiesta
donde ya no se vale ensayar ser lámpara o conejo
o un tornamesa que no encuentra su aguja
de diamante.

miércoles, septiembre 13

Concepto

De aquí no quiero moverme.

A mis anchas, brazos y piernas
invisibles se alargan o estrechan
según considera la sutileza.

Traigo a cuento que no cuento.

Nada soy: una línea punteada
se va difuminando
en la mente de las cosas.

viernes, septiembre 1

Nadie me ha arruinado

Desde que tiró
del hilo de este su títere fabricado
con favor de las estrellas 
la gente pensó que de verdad hablaba,
que ando sobre mis pies
y ahora sé que no, que alguien más
movía mi boca y me empujaba a recorrer las calles
de la ciudad humeante donde se reflejaban
las suelas de mis mocasines que nunca
tocaban el piso. No es que fuera liviano
sino que él me sostenía como lo hace con el vapor
y ahora que he perdido su soplo vital, esa farsa salivosa
ando desperdigado, con los miembros en el suelo
y todo porque tropecé con los hilos y me di cuenta
de que alguien más me alzaba como el viento
a la pluma de una paloma enferma, contando
mis historias antiheroicas y soltando la ceniza de su cigarro
para ver si fuego salía de mis fibras
o al menos me daba cuenta de que algo
invisible se reía a mis espaldas, o allá arriba.
 

Un hombre aislado

El vidrio de la mesa circular de hierro con florituras, el vidrio de la mesa blanca refleja mi rostro que se ha ajado, que es mejor reflejado a visto con nitidez. Me he declarado en bancarrota. Mis arrugas, mi piel vaciada de la vivacidad que no hace mucho dibujaba en mi rostro una sonrisa de sol, de llamarada solar, en este momento se centra en la arruga dubitativa del entrecejo y se convierte en piedra fría. Te contemplo como entonces, con tus cabellos negros y brillantes transcurriendo hacia tus hombros y tu espalda morena clara. Claridad es lo que había en las pupilas de tus ojos que parecían temblar como charcos tocados por las notas de una leve llovizna de mercurio. Te extraño, quisiera salirme del cuerpo aprovechando los orificios de mis poros, como un vapor que se alzara por entre las azoteas y recorriera la ciudad polvosa y llena de odio y de rencores y de gritos de desesperación ahogados en los autos y las gargantas. Te extraño. Si esa cuestión del multiverso fuera factible, me tocó ser esa versión de mí en la fragmentación, en el fracaso de lo uno que se deshace con un simple manotazo. Me ha tocado en la habitación de este enfermo de segundos con prisa insistir en las llagas del techo, en sus nervaduras que forman sombras chinescas. Insistir en ver, sólo ver como a través de un caleidoscopio de cristales transparentes. He vuelto al principio, pero no como era en ese tiempo, sino como un hombre que ha perdido cabello, ideas, destellos. Estoy atrapado en este cuerpo que venera el paso de los días en lugar de atraparlos y hacerlos boquear hasta asfixiarlos y tragárselos como una ballena adormilada, con tan sólo abrir la boca. Estoy como tirado en la orilla de la cama, embarrada la cara de melancolías que se me pegaron mientras venía conduciendo a casa con los dedos artríticos, robóticos, sobre el volante como si sostuviera un timón de mentiras. Esto es llegar al sitio donde mis mayores estuvieron, donde rieron y hablaban de enfermedades aparatosas y ruines, donde contaban chistes y fumaban o bebían sin percatarse de que las estrellas brillaban igual que siempre tras el resplandor de la ciudad y que sus cuerpos ocuparían ya no espacio compacto sino dispersado en las raíces de los pinos en el cementerio o en el aire que los demás dejan entrar por sus pulmones, sin saber que ese polvo es palabras y quizá hasta astillas de tinta y de música que vibraron en labios insurgentes. Quisiera que este vidrio circular reflejara un retrato falso, algo así como el comprado en un supermercado o aquel que se escondió bajo la piel y ya no pudo salir.


miércoles, agosto 9

Los perros 09 08 23

Estoy acostada en el suelo, con los pies descalzos sobre la cama. La sangre me circula mejor así, o al menos eso dice mi maestra de yoga. Mis pies blancos y rosados en las plantas, suaves y chiquitos. Estoy pensando en salir corriendo de lo aburrida que me miro en el espejo que deforma mi cabeza, la crece hasta que alcanza la figura de una sandía. Sandía. San Día. Eso demuestra lo aburrida que me encuentro, enferma crónica de mis propios pensamientos, que como electrones se disparan hacia todas direcciones. Este es un juego de palabras, este no. Eso es lo que me aterra: ser tan sólo palabras, un montón de sonidos articulados en un idioma con once siglos de vida. Un idioma redundante. No es el idioma del Dante, pero circula por mis células, atraviesa sus paredes. Estoy recostada, con la nuca echada hacia atrás en el piso frío. Hacia atrás, como el ademán de alguien amenazado por los dientes de un perro, de un tejón. Si tuviera rabia esta pose sería natural, tensa como un vecino entrometido que no puede dormir si no me ve recostarme entre los reflejos de mi ventana abierta. El vecino es un buen hombre, nos vigila a todos con la dedicación de quien realiza su oficio al extremo del detalle. Un vecino puede ser una hoja escrita con tinta invisible, que aparece sólo porque siente la tensión del fuego, la posibilidad de las cenizas. Un vecino es una corbata mal anudada, un trozo de tela que robó el alambrado al pasar. Estoy recostada con los ojos abiertos como dos latas de sardina vacías. Y el olor que desprende mi cuerpo me recuerda que no guardé el caldo de pollo y que las moscas se debaten entre su irresistible aura pútrida y mis orines y mi mierda y mi sangre revueltos en el mármol blanco que compré en la avenida de los Niños Héroes cuando construían a mi gusto el departamento, según prometía el anuncio en internet. La que termina o comienza en la glorieta de los desaparecidos, las desaparecidas de este mundo que se ha entregado al peor postor. Eso digo ahora, pero si mis amigos supieran que todavía pienso cómo podría borronear esta realidad e inventarme otra trama donde mis movimientos no fueran lo que imagino.

 

*

viernes, julio 28



Acusaron a un poema
leído entre cervezas
de acartonado.

Un poema de cartón:
me agrada,
es reciclable.


jueves, julio 20

Los árboles

¿Qué dicen los árboles?
Por más que he intentado
escuchar sus balbuceos
con mis oídos ruidosos,
termino por recargarme en uno de ellos
llamado ailanto, o ceiba, o naranjo.
Me llaman con las claves extrañas
que lleva el viento en sus manos roñosas,
con sus hojas que me rozan un hombro
o se clavan en una espina
de sus propias ramas o ajenas.
O al menos yo presiento que me llaman
y no sé si todo ocurre dentro de mí,
como el espacio y el tiempo.
No hay nada que agregar al lenguaje
de los árboles enfermos.


miércoles, julio 19

HBO+

En busca de una serie
tropiezo con Gregory House.
Patina por el pasillo
como un niño
pensando en otra cosa.
Los dos caemos,
mi boca besa el piso.
El doctor me da una palmada
en el hombro
desde el que se apalanca
para incorporarse:
me deja tirado,
como a un automóvil
con la marcha
averiada.


lunes, julio 10

Escribo

No tengo cuidado de mí,
me importa nada si me rasuro,
si mi barba tiene un crecimiento volcánico
o se vuelca en breves retoños
que apenas asoman curiosos
son decapitados.


Soy el amo de la idea.


domingo, julio 9

Como fantasmas escabullidos de mis sienes

Una mula de hoja de maíz
me mira como si quisiera
saber qué estoy pensando.
Un venado aúlla sin cuernos,
un venado de flores y de peyote y de vacíos
pequeñitos
que ya se fueron en mi mente a un sitio
al que posiblemente no regresaré a menos
de que sea necesario.
El camino del venado no es mi camino.
Tampoco el silencio del robot
que desde el lugar donde debiera haber un corazón
lanza luces amarillas.
Ni el del tren que ya no avanza
porque se caería del librero.
Quizá esté más cerca de ese gordo de tinta
que agoniza mientras lo miran los perros,
babean.
Estoy atrapado entre libros
y sillas.


sábado, julio 8

Si me enseñaras qué es el verde claro…

Estaría dispuesto a socavar mis relojes
tirando de una cuerda
hasta que caigan árboles secos,
pasionarias, el animal destripado en la carretera
donde mi voz tartamudea
al paso de rayas intermitentes.
Si me enseñaras a no ensañarme con el verde,
a liberar el acelerador
y olvidar que un auto contra el abismo
es un héroe incompleto.
Si me enseñaras a sacudirme el peltre
de la ropa, la pólvora de los dedos,
las ranas que saltan por las nubes
a punto de llover biznagas.
Si me enseñaras a transformar
el pan en la misa de las gallinas
que corren alrededor de una serpiente.
Si me enseñaras a descubrir
lo que sobra debajo de la lengua
cuando se está callado tanto tiempo
por hablar sólo con los árboles
mientras amarillean limones
y es tan fácil tocarlos para que caigan
con un pequeño ruido como de pasos
que no van a ninguna parte.
Si me enseñaras a convertir el agua de Jamaica
en el olor del vino con sus violetas
al centro de mi frente.
Si me enseñaras a volver atrás, al tiempo
de las raíces abrazadas con fervor a una piedra,
a un ave lenta, a los restos de una vaca
que alguna vez miró el lienzo de piedra
como si no pensara
más que en automóviles.