domingo, junio 15

Los barrotes en la ventana impiden mirar las nubes

Hay también manchas de pintura roja, rayas
dibujadas por un trapo mugriento, pantalones tendidos,
la casita de muñecas de las niñas, una barda limítrofe.
Estos retazos de cielo me recuerdan el paisaje junto a ti:
una sensación de no haber estado, de desperdicio,
como aquellas varillas de colores para hacer pompas
que ya no sirvieron porque el champú se dispersó en el auto
y el resto lo vaciaste al resumidero.

viernes, junio 13

Certeza volátil



Tal vez en esta ocasión llegue a estar muerto,
se dice en voz baja, quedita, Sísifo,
apenas regresando de su rutina de no hacer nada.
Estar muerto ha de ser como mirar interminables post
en Facebook, dar likes a diestra, siniestro,
entorpecido de años y divisiones: el sol dividido
de la luna en cuarto menguante,
el mar dividido del cielo que hoy es un infierno
colmado de pequeños detalles,
la rubia asesina dividida de su arma
por un olvido estratégico: la víctima termina por gustar
del papel opuesto. Sísifo apostaría a estar muerto:
los órganos entumecidos, los nervios tensos
como cuerdas de bandoneón: desearía hacer música
pero nada más le sale un silencio desafinado,
al finado.

Para qué ponerse cómodos

Plagio, desenredas tus cuerdas vocales
mientras piensas que en las batallas clónicas
un láser dividió en dos tu brazo
y tus ganas de alcanzar
un vaso de agua sin artificios.
El universo se expande en una gota de agua,
tu propio universo
hecho de depósitos de hierro, zinc,
revistas para adultos,
novelas policiacas,
paraísos de rubia
a ratos asesina.
Y ahora lanzas al aire
un sol emergente,
a imagen y semejanza
de la incertidumbre.


miércoles, junio 11

Esquizofrenia fallida



De ti mismo te desprendes para subir a tu propio Everest
imaginario; cargas en tu espalda los libros
con que te cubrirás del frío. Plagio, en tu respiración
mórbida se cuelan insectos efervescentes:
tu doble llegó a la cima hace días
y tú apenas comienzas a tiritar.

martes, junio 10

Lo dice el nombre



Me siento tan bien –recalca ausente el anodino Ícaro–
que no hallo mejor razón para echarme
en este mullido sofá color nubes. Se mira la mezclilla
absorto en el trazo regular
que los hilos dibujan en primera instancia, pero más
en un segundo plano, la trama
oculta bajo el primer movimiento, que viene a traicionarlo
dándole cuerpo. En este fluir de conciencia sin ciencia
Ícaro, que nunca ha soltado el vuelo
pues ignora el origen de su nombre,
ha envejecido como un ladrillo más en la pared
de un jardín tratado con esmero: así es el hogar,
una hogaza de pan que se endurece en la mesa,
y que los pájaros desde el patio merodean hasta que se ha ido
el último en echar espuma por la boca.