Me siento tan bien –recalca ausente
el anodino Ícaro–
que no hallo mejor razón para
echarme
en este mullido sofá color nubes. Se
mira la mezclilla
absorto en el trazo regular
que los hilos dibujan en primera
instancia, pero más
en un segundo plano, la trama
oculta bajo el primer movimiento,
que viene a traicionarlo
dándole cuerpo. En este fluir de
conciencia sin ciencia
Ícaro, que nunca ha soltado el vuelo
pues ignora el origen de su nombre,
ha envejecido como un ladrillo más
en la pared
de un jardín tratado con esmero: así
es el hogar,
una hogaza de pan que se endurece en
la mesa,
y que los pájaros desde el patio merodean
hasta que se ha ido
el último en echar espuma por la
boca.
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