las nubes son mamparas.
La flor del engaño
abre un claro
con los dedos
y pasa, ilumina.
el movimiento inocuo del rey en el
tablero
la fruta podrida en el pretil sin que nadie la guarde o la tire
la luz que traspasa la cortina y se vuelve azul
el que se deshace de sus ideas en celofán blanco
el que respira hondo antes de convertirse en el ruido de un motor al
encenderse
el que con la boca reseca recuerda pasos de baile
un rostro desfasado al imprimir en el mismo lado de la hoja
un tornillo suelto que vibra al acelerar
los dados cayendo de la mesa hasta que los detienen con el pie
la pregunta que se quiebra
lo visto en un espejo ajeno
la noche en una terraza donde la luz artificial oculta el jardín
una hormiga instalada en los intersticios del cerebro de broca
un par de zapatos que rechinan al dar vueltas de un lado a otro de la casa
el reflejo en el cuchillo que alguien acerca al estómago y formalmente indica este
es un asalto
la charla a deshoras en un auto con las luces de la cabina encendidas para
buscar algo debajo del asiento
la raíz cuadrada de dos
Cabeza abajo, las cosas
presentan su desafío: o me fío
o las dejo con sus códigos en clave
decir disparates porque no entiendo.
No me conmueven, no son
principio que pueda tocar,
se vuelven en mi contra si las persigo
como a formas separadas de materia.
Cosas: hagan algo, estiren sus átomos
o aprendan de las motas de polvo,
sean lo que duele y trajina, se alegra
como ahora mismo en su papel
de libros tocados por libros,
cuerdas flojas en una guitarra.
Con ustedes, avión transformer,
jarroncito kintsugi, me detengo
a saber qué sienten
o a no sentir si esto les ocurre.
Las cerezas son amargas en los dientes blandos
de las neuronas
duras. El egoísmo
de una hermana que le sirve a otra
hermana, pero a nadie más
se desliza con las ruedas
de un cielo más claro cuando nubla.
Lo que cruje es el espacio que no cabe
en mi tiempo. Cada quien
da
lo que no merece: sangre de gato,
córnea
sin equilibrio.
No existo fuera de estos muros familiares,
de la ventana abierta en mi ojo con láser
no para ver el mundo, para que vaya hacia mí
con sus haces de luz que dan forma a ideas,
a estas sospechas por la finalidad de la
madera,
de los trazos, las superficies, las líneas que
ocultan puntos
y se hacen reales en el subespacio del pensamiento.
Quisiera decirme programado, y resulta extraño
que cierta palabra quepa en aquella llena de
lógica:
programar se conjuga
como amar. Quizá esta sea la señal, la clave
cuyo secreto guardaré como a un clavo corroído
en la armazón de mi sistema
abandonado a esta condena de decidir
una cosa o la otra, una cosa
o la otra.
Ha esta taza roja bebido
como quien algo mira escribir
en una terraza ajena a los grillos.
Una taza que con el pretexto del incendio
enciende su espejo repetido y respira
como un mantel fatigado.
Las botellas de cerveza
le echan en cara sus 85 calorías
o que tire los dados
al atrapasueños.
En las cuchillas del bambú
el rojo abre camino, va
hacia el sistema de símbolos,
la oscuridad del jardín origami.
Aunque nadie lo sepa
agita la jaula de los gatos
en ventanas de sigilo.
Observa lo que haces: cuida
las huellas amarillas
hacia el infarto del trueno.
Su lengua artificial
sabe del saber y el sopor, contempla
ruido de líneas en la mano.
Por algo se ha desprendido
tu ojo como de un limonero
cuando lo sacuden.
Si en la vasija los elementos faltan,
la sangre de las sombras móviles
ajusta cuentas con su contrario:
altercado de tenedores.
Vuelves a intrigar espasmos
de alumbre,
te vacías de grillos
que se saben perdidos,
interrogaciones se oscurecen
en la taza del café frío,
los sustantivos pierden bordes,
los dados deciden no decidir sin hambre.
Ya lo dijo Empédocles: el amor
une a los disímiles.
Se mastica oro como la mierda,
aquel dios de máscaras,
fantasma de lo múltiple.
Ese agravio no facilita el retrato a las termitas.
¿De dónde la migración
en espiral?
No escuché pájaros en
los párpados de la mañana,
no aletearon rumbo al pino que rasga con sus piñas
la silueta en la ventana, ni tampoco voló ninguno
a punto de arrollarlo con la llanta del auto, tampoco
pisé alguno sin querer en la universidad confundiéndolo
con el cemento que apenas si recuerda su origen de aire,
nada de alas se estrellaron contra la puerta de vidrio ni miré
ninguna película con pájaros asesinos ni pacifistas,
no tomé un pájaro asustado en mis manos ni me pregunté
por su instinto de libertad o por qué no ha sido
atrapado entre las cortinas beige de la sala,
no hubo pájaros clavados en mi sueño ni nadie
tiró imanes para pájaros en la banqueta,
tampoco topé con el más sabio de su especie
ni hojeé libros con ilustraciones de pájaros exitosos,
con fotografías aéreas o símbolos del vuelo, no busqué ni hallé
restos de pájaros ni plumas enfermas o cantos quebrados o
silbidos azules, en este poema no hay
pájaros.
Como el colchón abandonado en la calle
luego de una inundación,
en mí las ratas han hallado nido
a la medida de sus necesidades.
Oigo sus chillidos resplandecientes de vida,
vida que saltará por las ramas
y se cubrirá de las indiscreciones
de la gente en el café.
Son las cosas que suceden costillas adentro.
Ah, y además debo confesar que alucino,
estoy casi seguro de que las cucarachas no recorren
mis brazos o me hacen caricias en el cuello:
son falsas como un político
en busca de su candidatura en el partido.
Yo no sé hacia dónde voy ni por qué estoy aquí,
se lo he preguntado a los paisajes
abandonados en la carretera.
Lo cierto es que no quiero irme,
prefiero la esquizofrenia
Si me perdí en una isla de juguete
ustedes perdonarán, me ausento del mundo
cada vez que un trencito aparece
con su silbido frente a mí.
El recuerdo es frío:
una paleta de vainilla cubierta
de chocolate
en la placita del pueblo.
He sido un monstruo:
lo digo sin tapujos.
He estado ansioso por separarme
de mi sombra de metal.
Soy un monstruo famélico,
un ogro metido a pepenador
de huracanes que eché a perder.
He sido un monstruo desde que recuerdo
haber ido a la biblioteca y hojear el Principito.
He sido un monstruo para quienes han fijado
sus colmillos en mí.
He sido un monstruo con palabras de fétido aliento
pero palabras al fin.
He sido un monstruo colosalmente pequeño.
Me miro frente al espejo manchado
y pienso que lo haré mejor esta vez
aunque ningún sobreviviente
se la tome en serio.
Mi
madre lava los platos
y
trapea la cocina; mi padre
hace
cuentas en su estudio.
Cuando esto ya no ocurra,
¿quién hará el balance
de sumas y restas?
¿quién mirará
la vida escurrir
como el agua sucia del trapeador?
A punto de morir a palos
caí en un hondo pulsar de pupilas
borrosas. A punto, casi.
Y la verdad no metí las manos
para defenderme. No soy. No soy
un héroe. Y ya no tengo a quién
salvar, más que objetos.
Son mi codicia, los segundos
asegurados en la caja fuerte
que podría volverse caja negra.
El aire golpea con insidia las ventanas
temblorosas de la avenida infame.
Mi enemigo está en unas células
y en otras todavía no. Poco a poco
me
va sustituyendo.