que este oscuro pensamiento
que ha hecho nido
en mi cerebro
en mi cerebro
sin apenas percibirlo,
se haga tan pequeño
se haga tan pequeño
que termine atascado
en un cuajo luminoso,
agitando sin remedio
sus delicados pies.
Un cuarto con películas y libros tirados,
ropa, toallas, la televisión encendida
sin nadie que la vea o le preste mayor atención,
tan solo ahí para regalar su ruido, otro distinto
al que vibra en los tímpanos, el patio
detrás de la cortina también ignorado
y con tanto por ofrecer, con plumas
de tórtola y sangre al pie de las macetas.