domingo, marzo 8

La división del átomo




Vitrubio conoce bien estos menesteres, no los de la sangre,
que se ha secado en el cielo para formar un crepúsculo.
A sabiendas de que su situación en esta historia
no es apocalíptica, ni tampoco puede entablar diálogo
con los clientes ni con el barman, recargado en la barra
se ha dedicado a ser testigo mudo
aunque se trate de su propia vida. Pero si él la ignora,
los otros también lo harán: así de entrenados los tiene,
a sus compinches clones de sí mismo: con cinta scotch cubre sus bocas,
con palabras de magia negra, con tecnología de punta –que no cala.
Sus vidas pasan como el valor del peso frente al dólar.
Él da vueltas, sobreviene, sobrevive y subsana
los remilgos anteriores al momento de su expansión
y posterior contracción: lluvia de oro.
En un instante más pelará un mango, las hebras
se le quedarán entre los dientes: entonces vendrán
esos recuerdos vagos a las neuronas de su cerebelo,
una molestia cuando ya no sirven. Su mente
quedará en blanco y será blanco de ilusiones transparentes,
ahora que ha aprendido a hacerse a un ladito
cuando le da por tomarse una selfie, por usar el viento
como máscara nō. Es fácil para algunos desvanecerse,
pero Vitrubio ha practicado hasta el cansancio el arte
de hacerse pedacitos sin que nadie lo note.

viernes, marzo 6

Los árboles de la oficina

Debe ser que todo está bien,
el guayabo de hojas translúcidas
y el otro árbol con hojas en forma de corazón
del que desconozco el nombre, pero sus flores, dicen,
son primero amarillas y luego cambian a moradas,
caen y alguien las levanta
para que no queden entre las piedras
en el patio de la oficina donde ahora paso el día
desde que el sol despunta y entibia
hasta que no deja rastro en el cielo gris.

jueves, enero 22

Al fondo de la botella verde

Cenizas de un cigarro
que no encendí,
colillas manchadas
con el color de la sangre,
cerillos mojados,
noche asesinada.

viernes, enero 9

Parapente

Este es un ejercicio de escritura producto del desvelo,
para no arrojar, aunque no la haya, la pluma.
Pero tampoco una pluma es una pluma,
no conoció a ningún ave y de todas maneras
se relaciona con el vuelo.
De este modo escribo como si planeara
por la página en parapente, como si me deslizara en el papel
evadiendo águilas, pulsando las corrientes del viento,
orientándome desde cierta altura
con objeto de aterrizar en un terreno plano, o al menos
no caer entre signos de puntuación desesperados.
Este poema no corre riesgos innecesarios, ha de ser por su escritura
hilada al compás de una respiración que impide los nervios,
hay que estar tranquilo en las alturas, uno no sabe lo que escribe
hasta que ha perdido el vuelo
y mira en la cámara lo grabado.
El secreto no está en tener coleccionadas horas entre las nubes,
sino en dominar el despegue
y las complicaciones del aterrizaje.


jueves, diciembre 25

Algo sutil

Mi padre tose en la habitación vecina.
Se escucha el teclado de su computadora,
la interfaz entre los objetos del mundo
y nuestras vidas ineludibles.
La sílaba adquiere en la página brillante
otra materialidad, y el ritmo
sobre las teclas de plástico –no
en las de hierro como aprendí,
integra un ruido suave, un caos sutil
mientras cada uno escribe,
aprende a abandonarse.

miércoles, diciembre 24

sábado, diciembre 13

La visita

En el patio, no alcanzamos a ver un colibrí.
Al asomarse a la ventana mis sobrinas,
ninguna lo detectó. Fue mi padre quien lo dijo.
El colibrí emitió un chirrido que no escuchamos.
Divagó en el limonero,
hizo su aparición invisible
y se fue como llegó.
Las niñas jugaban con su colección de ponys,
mis padres miraban una serie de Kublai Khan,
yo las invitaba a subir a la azotea a contemplar
el cielo espeso, sentados en el piso rojo.

domingo, diciembre 7

Poema aspiracional

Quisiera escribir sobre felicidad.
Una felicidad adolescente, franca, de dientes blancos,
una felicidad sin grietas, ni saudades,
una felicidad de flor, de nube, desfachatada.
Pero sé que este será un mal poema, no saldrá
de lo oscuro, no aprenderá a morir enfermo.
De todas maneras me gustaría la efervescencia
de una felicidad ilimitada, habitual, cercana,
en las inmediaciones de mi habitación, la cocina,
mi cama, en el pasillo que atestigua tantos barruntos
de esquizofrenia. Felicidad hasta que revienten las paredes
del esófago, hasta que no sea más posible envenenarse
con el sol que sale todos los días
como si nunca nada malo pasara.