La noche empieza
a ronronear, a hacerse la difícil
bajo una
luna
de sórdidos
quilates, presagio
de abuelita
educada en las artes de salvaguardar el pudor
de su Blancanieves
tirada en la mesa, desnuda
con una
manzana en el hocico.
A mil cien
pies de altura las azoteas se ven tan bobamente
dispuestas,
igual
estoy
aterrado como un cocodrilo de zoológico
ante un
niño. Heme aquí, contrario a la oscuridad
como una
envoltura plateada de Beldent sin azúcar
con sabor a manzana.
con sabor a manzana.