viernes, abril 12

A otra cosa




En un cielo más claro esto podría ser leche,
leche específicamente de vaca, aunque dicen que la de cabra
es más fácil de digerir. La de cabra, cabrón, Diletante.
No me vengas con cuentos, con manteles largos,
ayuna dinero
y abastécete el ánimo cencerro.
Por una pistola turca te doy un pambazo,
una melodía áurea, un analgésico para sobrevivir
cualquier idea. Hazme caso. Sísifo, las almas blancas
a fuerza de homenajes
de los asesinos puestos en serie
como patitos de feria
como estrellas pop refabricadas
como inocentes polvitos que van a ser aspirados
fueron y nunca volvieron porque ya no eran
las mismas, navegaban las calles cual zombies
nostálgicos de carne humana.
Los títulos nobiliarios son lo de menos, al menos tú emerges
del cerebro de Vitrubio para aclararle un par de dudas
y poco te importa parecerte a él, a sus obscenas
encomiendas. Si por ti fuera tomarías el control,
cambiarías de canal.

Salen de donde menos se les espera



Como un misterio de almejas que se te escapa
una torcedura del tobillo,
gangrenas tu estupor, estúpido autodidacta,
Vitrubio, aguamiel, miel con agua
lo que dices arrebatado por un derecho poco claro a encajar
las uñas donde la picardía te lo permite y unos cuantos dólares
a las autoridades sanitarias.
Mira que cuesta trabajo creer, pero sobre nada creerte a ti, crearte
de los remolidos remolinos de respiraciones yóguicas
que hace la musa, ahora que ha abandonado a las otras
en el gimnasio de pilates como pilas mortuorias, pilotes
o zopilotes engarzados a un olor que los atrae con su gravedad.
Eso te acarrea enemistarte con tus congéneres,
la que lleva la égida para celebrar el imaginario colectivo.
Fantasmas, sólo eso, Vitrubio, sábanas colgadas
como espantapájaros que todavía te conmueven
sin moverse sino por un viento desnatado, sin cara
ni arrepentimiento. Y no hay por qué, allí estaban colgadas
de los lazos por pericos que apretaban la mandíbula. ¿Estás
cuerdo, Vitrubio?
Holgazán, en la mira te tienen.

jueves, abril 11

Se lo ha dicho tantas veces



Vitrubio encuentra en Sísifo la perfecta calca
de un oligarca. Oligarca, sí. Esa palabra ha querido recalcar.
Oligarca. Pareciera que le causa cierto placer efímero
dibujar la palabra en los labios cerrados como ostras,
como quien no quiere la cosa, y tose.
Te he dicho que eso que cuelga del techo no son billetes
de lotería, ni saliva gastada en tantos discursos por políticos
rabiosos. No. He dicho no, y. No. Todo y después
de engendrar pasos sin rumbo por entre las vías
también sin rumbo. Al menos no conocido por ti,
al menos no hechas para que tú encuentres tu rumbo, Sísifo.
A lo largo y ancho de los rieles corren ratas
con dubitaciones kierkegaardianas. OK, eso fue la otra noche
cuando dormir era un sueño, ¿sabes?,
desenfunda Vitrubio, y añade
dos o tres aspiradas de humo blanco a su Viceroy
como si hubiera encontrado
una idea para pontificar.




No hay más remedio


Qué se le va a hacer. Anda Vitrubio por coordenadas de la nada, anonadado
entre cinco paredes turcas. En el filo de la escalera
su frente ha encontrado la razón de ser
de todo filo. En fila, hila sus pareceres
en un cielo de símbolos con poco para aportar,
apenas dos o tres caicos duros como cerebros ideológicos
sobre un césped
raído. Pero veamos, la memoria no siempre se le da,
tiene él que esforzarse por calcular en su agenda
lo incalculable, por ejemplo cuántos pasos se ahorra
con un taxi a la casa de su amiga aunque haya perdido
el domicilio. Seamos progresistas, me dice con altivez
de granadero. No, no quiero darle a beber de esta pocilga,
esta cruda guerra de hormigas en la conciencia de un cerdo
que abre la garganta para escupir sangre. Míranos aquí, Vitrubio
los boletos del viaje cercenados, como casinos
solitarios, en una esquina de triste entrecejo.