Sugar atiende al teléfono una estrella ciclada. 3014. Cerebralmente, quiero decir. Querer: verbo ¿intransitivo? Intransigente. Es su madre al otro lado de las ondas verbales, expansivas. Pobre Sugar, tan en su trono; especifica: cada quien su psicosis, o apoteosis. Terrible, temible jump. Desierto. Móvil: una rata mira la escoba dirigirse a su cabeza, sin huir. Hay cosas que no cambian, los siglos están sucios. La soledad es sólida.
domingo, enero 15
jueves, enero 12
La oficina es un caballo blanco como el día
¿Estamos solos en medio del blanco desierto? Paredes, escritorios,
clips, camisas
de fuerza, así
un vómito
mono-tono.
La oficina
cabalga a trote
como un teclado, un caballo blanco de redoblado paso interminable. ¿Estamos
ensillados en el
día que come piedras
y pienso?
Hasta el aire
está acondicionado.
Si dejas de
creer, una abeja extravía el soporífero sabor de su celda…
¿Importa morir
como un bicho aplastado por un cuaderno a rayas? ¿Y si la blancura llama con
esa intensidad que sólo conocemos los coleópteros?
No, no. El
suicidio no es para pronoicos atareados en la astrología,
rogando por que
la muerte pase a segundo plano, a última instancia, en las penúltimas páginas
del balance,
la estrategia.
El plano que
sigo ahora es el que me deslumbra.
lunes, agosto 1
Polvo, ahora
Estoy al borde del cuarto piso, gárgola que medita pólvora: polvo,
ahora. Automatizado, mis razones orbitan como moscas alrededor de mi cuerpo
(simpáticos gusanos anidarán dispuestos a guiñar un ojo a la gorda forense que
partirá mi corazón). Miro a la eternidad como una momia estática en su gesto
trágico detrás del aparador. Como el fantasma que piensa atravesar su primera
pared, trato de reconstruir los cielos rojos que tuve en mis manos, vendándolos
en el hospital de la memoria.
Publicado en el núm. 166 de Punto de Partida, julio de 2011.
miércoles, diciembre 1
En las trampas de la Antártica

Cada día es una invitación a andar inválido como una cuchara chueca. Las pesadillas me remiten a instantes calcinados en la nuca, admoniciones que se petrificaron como hielo en los perejiles del atardecer bajo un cielo raso como un desertor soldadito de plomo. No quisiera ser quejumbroso pero el toldo de las nubes es una feliz plancha de acero que acabará conmigo como con un pingüino soez que ha ido cayendo en todas las trampas de la Antártica.
Poema publicado en Metrópolis núm. 31, enero de 2011.
domingo, octubre 10
Una calle como cualquier otra
Hace 34 años mis papás construyeron su casa en una calle como cualquier otra de la Guadalajara que empezaba a invadir los famosos maizales de la Villa de Zapopan. La colonia Prados de Guadalupe integraba lo mejor de las opciones clasemedieras: familias incipientes comenzaron a poblarla muy poco a poco, sin pretensiones y con un cálido sentido de comunidad.
La casa de mis padres fue la segunda en ser habitada en Arcángelo Corelli, después de la de Doña Mago, una señora mayor que haría de nana para varias generaciones de niños, dándonos siempre a probar sus deliciosos platillos de cocinera profesional.
Era el tiempo en que jugábamos a las escondidas en las casas en obra negra, encantados, policías y ladrones, nos deslizábamos en patines o prendíamos fogatas en los baldíos, antes de enfrascarnos en un futbol que acabaría con muchas ventanas y paciencias.
Los jóvenes que llegaron por primera vez a esa calle con el nombre de este excelente violinista italiano que tanto influyera a Bach y a Händel ahora son abuelos, aunque otros tantos se han mudado o de domicilio o de mundo.
Y es en mi Arcángelo Corelli donde he experimentado un desgaste que entreveo en muchas de las colonias tapatías. Los vecinos ya no procuran saludarse como antes: encerrados en cajas de ladrillo y metal, miran de reojo y evitan establecer algún contacto que les impida su ansiado aislamiento.
La gran mayoría de los enormes pinos que dieron sombra a nuestra infancia han sido talados y los jardines sustituidos por cemento, dejando en su lugar un paisaje desolado. Los autos sobre las banquetas se multiplicaron como por generación espontánea y ni siquiera es posible saber si algún flautista de Hamelín se robó a los niños o permanecen embebidos en la virtualidad de sus X-Box al fondo de sus cuartos.
Ya hasta un horrible casino se apoltronó en la colonia y la Guía Roji ha omitido el nombre de Prados de Guadalupe, como si se tratara de un pueblo fantasma.
En la actualidad sería imposible andar en bicicleta o armar porterías con ladrillos. Ni balones, ni señoras enfadadas, ni postes con pintas de niños que adoraban a ciertas niñas.
Con todo, todavía hay un dejo de esa calidez que permanece en el aire como un recuerdo que la memoria no termina por desechar, como cuando nos reuníamos a media calle para representar nuestras obras de teatro con títeres, cuando algunos vecinos gustaban de ver la vida en ebullición bajo los grandes pinos y de la saludable gritería de los más pequeños.
miércoles, septiembre 29
Escuchar la musiquita
Un argentino librito, El spleen de Boedo, está dedicado por Fabián Casas a los lectores de poesía que no escriben poesía. Él mismo había pasado por un periodo en que fue incapaz de “escuchar la musiquita”.
Cuántos de nosotros no hemos escrito una y otra vez poemas (por ejemplo) que no irán más allá de una servilleta, de un archivo de Word en la papelera, un cuaderno de apuntes. Y está bien que ahí se queden, pero también cuántos no han experimentado cómo esa grave, intermitente, sutil o hasta bonachona vocecita interrumpe su transmisión.
Son los largos o cortos o nunca vividos (por algunos) momentos de espera, de incertidumbre y también de fe. No todos los viven igual. Lo cierto es que nadie puede planificar la renovada puesta en marcha de esa maquinita de sonido haciendo de las suyas en los recovecos del cerebro de Broca.
Hay quien descarta de plano volver a ensuciarse las manos de tinta o ensayar su ritmo con el pulso del teclado. De otros se apodera la angustia. Mantras, yoga, limpias, psicoanálisis, lecturas de cartas, sesiones espiritistas, talleres literarios, cursos de cocina se dan de topes con el irreversible paso del tiempo no vivido que describía Ramón Xirau. Tiempo fracasado.
Aunque: lectores somos. La musiquita de otros llena las más veces esa necesidad personal de sintonizar con algo de uno mismo. Aquella asombrada melodía, esa entonación o puesta en escena o atenta consciencia nos la comparte un desconocido a quien de pronto reconocemos, nosotros de múltiples caras y ninguna verdadera, no entonces.
Como si uno hubiera perdido la capacidad de ver a través de las paredes, viajar en el tiempo o correr a la velocidad de la luz. Hasta que los superpoderes regresan. Y con ellos (¿no, Capote?) también el látigo.
N 29 09 10
*
N 29 09 10
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domingo, agosto 8
Sordera
Nunca me había sentido tan alarmado. Desde hace más de un año desconocidos hablan a mi casa preguntando por un tal Carlos Sordo. Yo me llamo Carlos, Carlos Vicente, pero ¿sordo? Soy sumamente distraído, según atestiguan fieles amigos. Y con todo, ¿qué torpeza habré cometido para que me confundan con Carlos Sordo? Cada día levanto el auricular de tres a cuatro veces para aclarar que no soy Carlos Sordo: a las siete de la mañana, a las doce, a las cuatro pe eme y a infortunadas horas de la noche. Me ha dado por contestar con voces distintas en cada ocasión, representar el personaje de la abuelita enferma, el primo pocho, la secretaria congestionada, la señora del aseo, el aguador... Eso, una vez que me resigné y dejé de perder la compostura y de recordar que incluso los desventurados telefonistas tienen madre. Telefonistas. Me han dado sus nombres y me es imposible retenerlos. Los primeros cuatro meses me fueron especialmente alergénicos: hablaban de Banamex y querían que yo fuera Carlos Sordo a como diera lugar. Cuando el hartazgo venció mi paciencia y mi retahíla de voces maltrechas me comenzó a sonar repetitiva, me dirigí a la sucursal del banco más cercana a mi domicilio, allá por Arboledas. Me atendió un gerente de pequeña estatura e inteligencia que se identificó con una tarjeta tachada con pluma y que exhibía el nombre de Sergio Lamas. Mi solicitud de aclaración se enlamó en su escritorio. La segunda vez que fui a su oficina sacó de un cajón mis papeles, los papeles que comprobaban –hasta a mí mismo a esas alturas– que yo no era Carlos Sordo. El hombrecillo marcó un teléfono, saludó con gran efusión a su compadre, se pusieron al corriente de sus flácidas vidas por más de diez minutos mientras yo esperaba sentado en un incómodo banquillo, y luego, por fin, me prometió que borrarían mi teléfono de su sistema. Respiré aliviado. Dos semanas después hablaban de nuevo y ferozmente a mi casa de parte de ese banco que ya ni es nacional ni mexicano. Desesperado, me comuniqué a su programa Queremos Escucharte, aunque de nada sirvió nuestro nutrido envío de mails e identificaciones. Mi línea telefónica fue tomada por asalto, congestionada por el bufete de abogados Milla y Asociados durante un prolongado y accidentado intercambio de pareceres que no nos llevaba a ningún lado. Ellos alegaban que yo era Carlos Sordo. Yo, hacía como que no escuchaba. Pasó medio año más y entonces Temores y Asociados prosiguió con el caso. Hasta hoy parecen estar convencidos de que soy Carlos Sordo. Tantas personas no pueden estar equivocadas.
Publicado en La Zona núm. 14, septiembre de 2010.
miércoles, agosto 4
Una constante en el paisaje
Cuando era chico me gustaba ver cómo los faros encendidos de los autos se reflejaban en los cables eléctricos. Avanzaban por los hilos como pequeñas arañas luminosas y se desvanecían con el tráfico. Parecía como si la electricidad cobrara forma visible. Un efecto óptico absurdo si se piensa, pero a un niño eso no le importa.
Los cables son una constante en el paisaje. Son como redes tendidas de un lado a otro en un mar de ruidos, un compás de pulso arrítmico a lo largo de callejones, barrios, comunidades al margen de la aglomeración metropolitana. Y más allá, se extienden como un complejo entramado de líneas intentando sustituir el horizonte.
En una ciudad azarosa como Guadalajara, con los autos revoloteando como abejas entre avenidas y calles estrechas, casas derruidas, la linealidad de los cables nos da una pauta, un bosquejo de geometría donde reposar los ojos como los zanates que de ahí se cuelgan a observar nuestro revuelto trajín.
Sus tejidos penetran lo más íntimo entre las paredes de nuestras casas y hacen girar el plato del microondas para que los ingredientes de la pizza tomen la última forma que gustará el paladar, acondicionan el aire agobiado de mosquitos renuentes, emiten historias fabulosas por la pantalla del televisor, nos empujan a deshoras con su artificiosa luz a esa otra dimensión donde las letras de los libros se transforman antes de desvanecernos en el sueño… en fin, son un tendido neurálgico más que un puñado de cables.
No sólo esquematizan nuestra vista del cielo, cortan las nubes o enmarcan estrellas. Unen puntos dispersos de la ciudad, la dotan de nervios, de sentidos, de riesgos. Son algo así como la otra cara de los túneles que por debajo de nuestros pies bullen de vida y desperdicios.
domingo, junio 20
Elogio de las calles
Una de las sensaciones que me han salido al paso al caminar la ciudad es de extrañeza al ver cómo los nombres de las calles componen una auténtica y en ocasiones no muy memorable red social. Es irónico, por ejemplo, que Hernán Cortés no haya bautizado ninguna calle y que Nuño de Guzmán, su epígono, el conquistador de la Nueva Galicia (de mala recordación por las hordas de indios que masacró con ejemplar crueldad), sí. Lo cierto es que Nuño de Guzmán está fuera de lugar, en la colonia Americana, tan quitado de la pena mientras cruza como si nada con Libertad y La Paz … Ya por el rumbo, cada que deambulo por la Severo Díaz Galindo pienso en este sacerdote que gustaba de las cosas del cielo con un sentido científico y pragmático. No hace mucho se publicó una biografía suya que ha de caer pronto en mis manos. Severo Díaz fue un gran astrónomo de la primera mitad del siglo XX, cuando en efecto las orillas de la ciudad lindaban con esa altiva Minerva que dejó de custodiar la entrada a la “sabia” Guadalajara para mirar las grandes distancias sociales entre los tapatíos, mientras da la espalda a una obra que arquitectos de la Escuela Tapatía como Luis Barragán, Pedro Castellanos o Rafael Urzúa dispersaran por la metrópoli con un estilo que crearía época... ¿Estos arquitectos tendrán calle? No, y en su mayoría son anónimos pero su filosofía del habitar se contagia… Al menos uno de ellos, si no nombra una calle, en cambio –para bien o para mal– marcó la urbe con su cruz de plazas: Ignacio Díaz Morales, el fundador de las carreras de arquitectura de dos universidades y constructor del extemporáneo Expiatorio, etc., etc. Ah, y para alejarnos un poco en el espacio y en el tiempo, no es menos misterioso que en la primaria celebremos con bombos y platillos el desfile triunfal del Ejército Trigarante en tanto la azarosa urbanística relegue a su general Iturbide a calles periféricas de la zona metropolitana, o bien, trasladándonos con velocidad hacia el centro histórico de Guadalajara, a una calle que cuida de no ponerse en el camino ni de Morelos ni de Hidalgo (lo que no resulta con la calle de idéntico nombre en Zapopan, que finalmente se topa de boca con Aldama, una de las cabezas insurgentes que su bando combatió y que, bien sabemos, finalmente compartiera esquina con Hidalgo en la Alhóndiga de Granaditas). El hecho es que, como en un poema de Cavafis, o para mencionar uno más cercano, otro entrañable de Javier Acosta, parece que de vez en vez caminamos la misma calle Hidalgo (por mencionar una omnipresente en México) en ésta o en otra ciudad, en uno o en otro pueblito o en nuestra mente apenas… Es curioso caminar y toparse con calles que nombran a personas de carne y hueso, que respiraron e hicieron otras cosas atribuibles a la especie en los mismos espacios que recorremos ahora con más o menos pericia. Es extraño, es en cierto modo asombroso, que ideologías amigas y enemigas, épocas distantes entre sí, inexplicables ausencias y sintomáticas presencias, se entretejan en una paradójica red social que describe en sus vericuetos nuestras filias y fobias, nuestras visiones antagónicas.
Artículo publicado en La Zona núm. 12, julio de 2010.
sábado, mayo 15
domingo, mayo 2
Domingo en blanco
¿Cuál es la gracia del domingo? Lo esperamos ansiosos en tanto transcurre el espectro de tonalidades durante el resto de los días de la semana. Trabajamos sin casi descanso con tal de respirar su atmósfera liviana, nos imaginamos cubiertos de cobijas hasta el mediodía, acojinados, enervados entre osos de peluche, desayunando chilaquiles en la cama, rebobinando la cinta de viejas películas con el control remoto, mirando la revista que nos llegó por correo, un telegrama u hojeando un libro ligero de ciencia ficción.
Esperamos el domingo como los niños a su postre luego de haber sido obligados a comerse las verduras. Queremos recuperar la energía gastada en las oficinas, insuflar el cuerpo deteriorado por la cruda y la desvelada del sábado, hacer una pausa entre una vida que no termina por realizarse, por sernos real, por idealizarnos, y en la que es difícil siquiera cavar un túnel como otra alternativa de escapatoria en una isla inhabitable.
¿Y todo para qué? Después hay que volver a empezar, hacerse a la idea de que pasada la advenediza gloria del domingo volveremos a ser engendros acelerando, deslizándonos en zigzag entre la bárbara invasión de autos que encorcha las avenidas de la ciudad, primates con traje y corbata enarbolando sus laptops en medio del zoo.
El domingo es la suma de todos los colores del espectro (un espectro, un fantasma de verdad): blanco, un inmenso estar en blanco, un monólogo interminable, infinito, consecutivo, un repetido y lineal blanco que nos rodea y nos oprime, nos enferma mientras nos adherimos a él como camaleones.
Artículo publicado en La Zona núm. 11, junio de 2010.
sábado, mayo 1
Caminar: palabra por palabra
Confieso que a mí mismo me hartan aquellos que no escriben sino del mismo acto de escribir. Después de todo uno siempre regresa los pasos para ver cómo llegó a adoptar ese oficio no pocas veces grato pero también agujereado de ingratitudes. Bueno, es un decir, también las desavenencias aportan un sano ingrediente malsano a ese cohabitar con la página de papel o electrónica que refleja una blancura difícil de soportar. No siempre se está listo para enfrentar el silencio -verlo reflejado, enmarcado, limitado, concentrado en una pantalla.
Hace muchos meses que no escribo, así que por lo pronto a mí me parece por completo natural empezar a juntar líneas preguntándome por qué no he tasajeado con palabras la insoportablemente blanca página electrónica. Resulta que uno no quiere repetirse pero cuando toma el teclado finalmente pareciera también retomar el hilo que dejó pendiente cuando decidió no continuar caminando en círculos.
Caminar es la clave: el ritmo empuja a darse cuenta de que el vacío es sólo una catapulta para continuar caminando, generando otros vacíos, avanzando hacia quién sabe qué caminos ya conocidos, reconociéndolos. Si avanzamos por un camino ya transitado no lo hacemos con la misma conciencia, no percibimos las mismas cosas (puede que sí las cosas mismas) ni aquello que nos sorprendió a primera vista nos gobierna con la misma intensidad: la intensidad está en los detalles no apercibidos antes, los que hallamos al evitar mirar donde ya la mirada atendió a su asombro -incluso ante la ya tan recorrida palabra "asombro", rolléndola como a un hueso.
Dante Alleghieri -lo aprendí de Franc Ducros- creó en su Divina Comedia un ritmo métrico basándose en el caminar, y así, caminando, recorrió la totalidad del universo.
Letra a letra, palabra por palabra, aunque el universo se ha extendido al infinito, sin echar un pie por delante del otro, sin dirigir un dedo y otro al teclado, no hay manera de vivenciar la selva de estrellas que van apareciendo conforme nos adentramos a observar la pequeña e intransigente Vía Láctea al fondo de la página. Si el vacío nos impele.
jueves, marzo 11
La música de la palabra como un acto de fe
Me considero un hombre de fe en el sentido más antirreligioso, y lo refrendo en el cotidiano ir y venir de los días: hay algo en nuestro interior que se expresa mejor de lo que nosotros podemos hacerlo, pese a nosotros, a las capas de ideas que se hayan fosilizado en las neuronas. No poca angustia me ha sobrevenido al pensar en este presente en que cohabito –otra palabra singular– con las cosas que me rodean, cosas que dejan de serlo para convertirse en sombras, formas, en esta laptop en la que escribo y por la que escucho el traqueteo de mis dedos… las cosas adquieren una forma independiente de mí aun cuando existen finalmente como pensamiento. Saberse nada a comparación de aquello que se expresa desde el interior, digamos, más íntimo, es lo que predispone al fluir de la consciencia, del ritmo, la música de la palabra.
M 11 03 10
*
M 11 03 10
*
domingo, enero 10
Dos horas de tren (Abdellatif Laâbi)
Deux heures de train
En deux heures de train
je repasse le film de ma vie
Deux minutes par année en moyenne
Une demi-heure pour l'enfance
une autre pour la prison
L'amour, les livres, l'errance
se partagent le reste
La main de ma compagne
fond peu à peu dans la mienne
et sa tête sur mon épaule
est aussi légère qu'une colombe
A notre arrivée
j'aurai la cinquantaine
et il me restera à vivre
une heure environ.
Dos horas de tren
En dos horas de tren
repaso la película de mi vida
dos minutos por año en promedio
media hora para la infancia
y otra para la prisión
El amor, los libros, la errancia
se reparten el resto,
La mano de mi compañera
se funde poco a poco en la mía
y su cabeza sobre mi hombro
es ligera como una paloma
A nuestra llegada
tendré la cincuentena
y me quedará por vivir
alrededor de una hora.
[Traducción mía]
lunes, diciembre 21
Collage desde las 5
Tarde de ánimes. Una película con Megan Fox, palomitas, pan con leche. En los bolsillos de su abrigo de lana negra, unas galletas dietéticas ya blandas, un encendedor casi nuevo y pañuelos con los que se limpió la nariz. En los rincones de la sala, morusas de pan, tortillas quemadas, fotos de un extraño. Dibujos de pintores que publicaron en la revista de los amigos. Un cuento de Arthur Machen para antes de intentar dormir. Los grillos raspan el aire.
N 21 12 09
*
N 21 12 09
*
jueves, julio 30
Metrópolis gana una beca nacional

La hoja de poesía Metrópolis se hizo acreedora a la beca nacional “Edmundo Valadés” para revistas independientes otorgada por el Fonca Conaculta en su emisión 2009-2010, cuyo monto asciende a los 100 mil pesos.
Actualmente Metrópolis es subsidiada por la Universidad de Guadalajara y el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes.
De periodicidad mensual, Metrópolis consta de un tiraje de 2 mil ejemplares distribuidos gratuitamente en centros universitarios y culturales tanto de Guadalajara como de Querétaro.
En sus páginas ha publicado poesía contemporánea latinoamericana, estadounidense y europea, principalmente. Ha incluido traducciones del rumano, polaco, alemán, italiano, portugués, francés e inglés.
Su propósito es conectar a los lectores de Guadalajara y Querétaro con la poesía contemporánea de su ciudad, de México y cualquier lugar del mundo.
Al mismo tiempo, Metrópolis conjuga con la poesía una propuesta visual distintiva, ya que en cada número colaboran como invitados tanto un diseñador como un artista plástico diferentes.
Metrópolis se publicó por primera vez en abril de 2008. Carlos Vicente Castro es su editor y el consejo editorial está conformado por Timo Berger, Ángel Ortuño, Eduardo Padilla, Sergio Ernesto Ríos y Alejandro Tarrab.
El encargado de la plástica es Carlos Maldonado, mientras que Liliana Castro, Uriel Martínez y Hugo Rocha están al frente del consejo de diseño.
Su página web es: www.revista-metropolis.com
Una liga: http://www.informador.com.mx/cultura/2009/125198/6/la-revista-metropolis-gana-la-beca-nacional-edmundo-valades.htm
viernes, julio 24
Dos poemas míos traducidos al alemán: Latinlog.de
Mein Königreich ist von den Geiern gefressen worden
an einem sonnigen, von Zahlen vergifteten Tag. Ich
floh im Unterhemd durch Wüsten, die mir unendlich
schienen, heimgesucht
von Beduinen voller Groll, die mich aufnehmen
und mir ein armseliges Dromedar geben würden, um mich ihnen anzuschließen
am Ende ihrer Karawane.
Zusammen haben wir schon bessere Reiche überfallen
als meins es war
doch, der Ehre halber, verblieben wir bei keinem.
–––
Die Sanduhr, die er als Geschenk bekommen hatte
von dem phlegmatischen und furchtlosen Kapitän, überwachte das Abflauen
der grauen Windbö, in die sich
das immer abstrakter werdende Ufer
seiner Insel gerade verwandelte. Er hatte Freitag dabei und verabschiedete sich
von einer tiefen Einsamkeit, bis dahin unerschütterlich, ein unbekanntes
Meisterwerk, das in seiner Erinnerung in Brand gesetzt werden
müsste, jener Frenhofer* in seinen letzten Tagen, der Maler
auf dem obersten Gipfel der Kunst, wenn es sein Wunsch war
wie ein Späher zu lauern, hoch oben auf einem Mast hinter ihm,
auf ein Etwas, kaum weniger als wahr
für den Rest seines Lebens
bereits ohne das, was er selbst sein sollte, und das verloren ging
in der Grenzenlosigkeit einer Nacht ohne Sterne und Worte
oder Dämonen.
Mi reino fue comido por los buitres
un día de sol envenenado de números. Yo
huí en camisa por desiertos que parecían
infinitos, infestados
de beduinos rencorosos que me
aceptarían dándome un penoso dromedario para seguirlos
al final de su caravana.
Hemos asaltado juntos reinos mejores
de lo que fue el mío
y, por honor, no nos hemos quedado con ninguno.
–––
El reloj de arena que había recibido como regalo
del flemático e impertérrito capitán, monitoreaba en la disminución
la racha gris en que se iba convirtiendo
la orilla cada vez más abstracta
de su isla. Llevaba a Viernes consigo y se despedía
de una soledad profunda, hasta entonces inquebrantable, una obra
maestra desconocida, a la que habría que prender fuego
en su memoria, tal Frenhofer en el último instante, el pintor
del mayor límite en el arte, si su deseo era
atisbar como el gaviero encumbrado en un mástil a sus espaldas,
un algo poco menos que verdadero
en el resto de su vida
ya sin eso que debía ser él mismo y que se perdía
en la inmensidad de una noche sin estrellas ni palabras
o demonios.
an einem sonnigen, von Zahlen vergifteten Tag. Ich
floh im Unterhemd durch Wüsten, die mir unendlich
schienen, heimgesucht
von Beduinen voller Groll, die mich aufnehmen
und mir ein armseliges Dromedar geben würden, um mich ihnen anzuschließen
am Ende ihrer Karawane.
Zusammen haben wir schon bessere Reiche überfallen
als meins es war
doch, der Ehre halber, verblieben wir bei keinem.
–––
Die Sanduhr, die er als Geschenk bekommen hatte
von dem phlegmatischen und furchtlosen Kapitän, überwachte das Abflauen
der grauen Windbö, in die sich
das immer abstrakter werdende Ufer
seiner Insel gerade verwandelte. Er hatte Freitag dabei und verabschiedete sich
von einer tiefen Einsamkeit, bis dahin unerschütterlich, ein unbekanntes
Meisterwerk, das in seiner Erinnerung in Brand gesetzt werden
müsste, jener Frenhofer* in seinen letzten Tagen, der Maler
auf dem obersten Gipfel der Kunst, wenn es sein Wunsch war
wie ein Späher zu lauern, hoch oben auf einem Mast hinter ihm,
auf ein Etwas, kaum weniger als wahr
für den Rest seines Lebens
bereits ohne das, was er selbst sein sollte, und das verloren ging
in der Grenzenlosigkeit einer Nacht ohne Sterne und Worte
oder Dämonen.
(übertragen von Sarah Otter und Timo Berger)
Mi reino fue comido por los buitres
un día de sol envenenado de números. Yo
huí en camisa por desiertos que parecían
infinitos, infestados
de beduinos rencorosos que me
aceptarían dándome un penoso dromedario para seguirlos
al final de su caravana.
Hemos asaltado juntos reinos mejores
de lo que fue el mío
y, por honor, no nos hemos quedado con ninguno.
–––
El reloj de arena que había recibido como regalo
del flemático e impertérrito capitán, monitoreaba en la disminución
la racha gris en que se iba convirtiendo
la orilla cada vez más abstracta
de su isla. Llevaba a Viernes consigo y se despedía
de una soledad profunda, hasta entonces inquebrantable, una obra
maestra desconocida, a la que habría que prender fuego
en su memoria, tal Frenhofer en el último instante, el pintor
del mayor límite en el arte, si su deseo era
atisbar como el gaviero encumbrado en un mástil a sus espaldas,
un algo poco menos que verdadero
en el resto de su vida
ya sin eso que debía ser él mismo y que se perdía
en la inmensidad de una noche sin estrellas ni palabras
o demonios.
*
Frenhofer ist die Hauptfigur in Honoré de Balzacs Erzählung »Das
unbekannte Meisterwerk«. Dem Maler Frenhofer gelingt es, ein
vollkommene Bild einer Frau anzufertigen – das er jedoch niemand zeigen
will.
Carlos Vicente Castro wurde 1975 in Guadalajara,
Mexiko, geboren. Er ist Autor der Gedichtbände »Raíces temporales«
(Paraíso Perdido, 2000) und »Carcoma« (Paraíso Perdido-Écrit des Forges,
2006). Seine Gedichte erschienen außerdem in den Anthologien »Anuario
de poesía mexicana« 2004 (FCE, 2005) und »Un orbe más ancho. 40 poetas
jóvenes (1971-1983)« (UNAM, 2005). Außerdem wurde seine Arbeit mit dem
Stipendium des Fondo Nacional para la Cultura y las Artes in der
Kategorie »Junge Dichter« augezeichnet. Er betreibt das Weblog dootri.
domingo, junio 28
Ya circula Luces intermitentes. Nueve poetas recientes de Alemania
Monika Rinck, Tom Schulz, René Hamann,
Ron Winkler, Björn Kuhligk, Nikola Richter,
Uljana Wolf, Nora Bossong, Ann Cotten
Luces Intermitentes
Nueve poetas recientes de Alemania
Traducciones
Timo Berger, Silvana Franzetti, Nicolás Gelormini,
Ariel Magnus, Rery Maldonado, Cecilia Pavón y Susana Romano
Selección y prefacio
Timo Berger
Edición
Timo Berger
Carlos Vicente Castro

Señales de emergencia
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Los tiempos que corren –extraños, es verdad– suscitan nuevas maneras de entender la poesía, de releerla, nos plantean como lectores la capacidad de atender a otras formas inusitadas de las imágenes, del ritmo y en suma a una experiencia de las palabras que proviene de una nueva visión de mundo o, para decirlo con un término alemán, Weltanschauung.
Como cada nueva época, la actual ha irrumpido en la historia armada con un lenguaje emergente –o variados lenguajes originales, lo hemos aprendido asistiendo de manera siempre reiterada a los funerales de la modernidad.
El idioma alemán ha sido un eje importante en el transcurrir de la poesía occidental, y como al final de todo trayecto, si es que hay un final, la generación de poetas más reciente de Alemania se ha convertido en una punzante referencia para los receptores de poesía más allá de la página escrita.
Ya en el lecho de su agonía, Johann Wolfgang von Goethe, el gran pontífice de la poesía alemana, pedía a su nuera que abriera las cortinas para que entrara más luz a su habitación. Si trasladamos la anécdota al terreno de las alegorías, nos asombraría percibir cómo los poetas alemanes del siglo XXI han respondido –o correspondido– a la petición del romántico genial.
La presente antología tiene su origen en una muestra de cinco poetas de Alemania editada por Timo Berger en Argentina en 2006, sólo que, a diferencia de Devolver el fuego, abarca un espectro de visión más amplio tanto en la cantidad de los autores incluidos como en la de los poemas.
Nueve poetas coinciden al emitir desde la orilla del devenir cotidiano sus señales de emergencia: Monika Rinck, Tom Schulz, René Hamann, Ron Winkler, Björn Kuhligk, Nikola Richter, Uljana Wolf, Nora Bossong y Ann Cotten, en una edición preparada en primer lugar para lectores mexicanos.
Algunos de los seleccionados ya eran conocidos en su país en 2006 por su constante actividad cultural: hoy, en palabras de Timo Berger, la mayoría son actores fundamentales de la escena artística alemana.
Luces intermitentes pretende que el lector se atreva a conocer las nuevas voces de la poesía alemana con el celo de cualquier curioso que baja la velocidad para observar de cerca el accidente.
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Carlos Vicente Castro
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Acerca de la poesía alemana reciente
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La presente selección de poemas no pretende ofrecer una mirada abarcadora del panorama de la lírica alemana actual. Es una instantánea: el intento de abrir una ventanilla y trazar algunas líneas en un campo simbólico particular que, a su vez, evidencia ciertas grietas que atraviesan la cultura alemana de hoy. Debido a limitaciones de espacio, opté por presentar –ante la alternativa de incluir uno o dos poemas de una veintena de poetas– una muestra extensa de nueve vates destacados de los últimos años. Los seleccionados –que participan frecuentemente en recitales, figuran como colaboradores de revistas literarias o actúan como gestores culturales– aglutinan de algún modo las tendencias literarias actuales en Alemania.
Más allá de estas aclaraciones, se trata de una selección personal. No puedo ni quiero disimular gustos (o disgustos) a la hora de elegir los textos. En las elecciones está presente mi condición de partícipe menor de la escena de la poesía reciente berlinesa e inclusive mi mirada formada en el intercambio con la poesía latinoamericana. Así, leí los textos pensando en un posible lector latinoamericano y traté de evitar la inclusión de poemas demasiado localistas que respondieran específicamente al contexto alemán. Por otro lado, creo que los nueve poetas elegidos realmente merecen ser leídos en México y en el mundo hispanohablante en su totalidad.
Más allá de estas aclaraciones, se trata de una selección personal. No puedo ni quiero disimular gustos (o disgustos) a la hora de elegir los textos. En las elecciones está presente mi condición de partícipe menor de la escena de la poesía reciente berlinesa e inclusive mi mirada formada en el intercambio con la poesía latinoamericana. Así, leí los textos pensando en un posible lector latinoamericano y traté de evitar la inclusión de poemas demasiado localistas que respondieran específicamente al contexto alemán. Por otro lado, creo que los nueve poetas elegidos realmente merecen ser leídos en México y en el mundo hispanohablante en su totalidad.
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Timo Berger
viernes, junio 12
Publicidad cero
La crisis económica puso a la "industria" a caminar con un pie, y el del H1N1 ha terminado por hacer resbaladizo el piso. Los copys --como les llaman en Guanatos a esta mezcla de redactor publicitario y corrector--, que no generan riqueza (nunca me compré un auto nuevo), son los primeros en atorarse en la puerta abierta de par en par al huir con la estampida.
Recorte de personal, le llaman como si fuera una tarea escolar, o escolástica: las empresas más fuertes redujeron su presupuesto más del 50 por ciento y tomaron otras medidas preventivas o extremas, una especie de Popeye sin espinacas haciendo ejercicio de brazos entre las mandíbulas de un cocodrilo -la lengua como caminadora fija a alta velocidad. Como era de esperarse, editar la revista interna de la agencia era un lujo imposible de sostener, así que fui uno de los candidatos más fuertes para echar a volar.
Extraño ese estira y afloja que me significaba idear nuevas frases fáciles. Pero qué hacer, el microbús de la cotidianidad sigue en marcha pese a todo y más vale no quedarse atorados en un alto inesperado.
Al frilanceo, a escribir libros que otros firmarán (otra vez), a corregir libros de la tonta academia, a hacerla de espectro volátil para pagar la renta.
Punto final al dilema publicitario.
N 12 06 09
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Recorte de personal, le llaman como si fuera una tarea escolar, o escolástica: las empresas más fuertes redujeron su presupuesto más del 50 por ciento y tomaron otras medidas preventivas o extremas, una especie de Popeye sin espinacas haciendo ejercicio de brazos entre las mandíbulas de un cocodrilo -la lengua como caminadora fija a alta velocidad. Como era de esperarse, editar la revista interna de la agencia era un lujo imposible de sostener, así que fui uno de los candidatos más fuertes para echar a volar.
Extraño ese estira y afloja que me significaba idear nuevas frases fáciles. Pero qué hacer, el microbús de la cotidianidad sigue en marcha pese a todo y más vale no quedarse atorados en un alto inesperado.
Al frilanceo, a escribir libros que otros firmarán (otra vez), a corregir libros de la tonta academia, a hacerla de espectro volátil para pagar la renta.
Punto final al dilema publicitario.
N 12 06 09
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jueves, abril 23
Mi vida se ha convertido en una historieta
No es que uno no crea en lo que hace. La publicidad ha ido gustándome poco a poquito, ha logrado que me interese en algunos efectos lingüísticos que más adelante podría aplicar a la escritura de poemas. Aquí se les llama creativos a los que no necesariamente aportan las ideas, más bien las modifican o de plano las calcan. Tiene su mérito estar informado... de lo que hizo otro. O sea que no siempre son tan creativos. Reactivo es un adjetivo que aunque no me entusiasma me gustaría más para el efecto. En realidad uno que otro u otra es más bien, según las variables, creadivo o creadiva, dependiendo de su autocomplacencia.
Hay en publicidad varios fenómenos dignos de estudio. Uno de ellos, por ejemplo, es que siempre se busca un efecto concreto en el espectador, un "beneficio único a comunicar".
Ser publicista es saber hacer negocios, hacerle creer al destinatario que elevará su status quo al volante de tal o tal coche, convencerlo de que debe tirar aquella lámpara vieja y sustituirla por una más moderna e insensible ... La publicidad es, ¿manipulación? No, no precisamente. Eso depende de los receptores, que ni son tontos ni tendrían por qué seguir las migajas que les prometen librarse del laberinto, lo que se les dice que hagan.
Ya ni se les sugiere qué deben comprar, se les muestra cómo el producto forma parte de sus historias de vida. En ese contar historias está el arte, o bien, contar historias da resultados hoy como antes, porque las historias nos recuerdan nuestra propia sucesión de hechos cotidianos y triviales y por eso irrepetibles, por lo que el mejor publicista ha de ser también un excelente narrador y por tanto un buen observador de la vida, del arte, de todo. Ser, en el caso mejor, como algunos dirían, un sibarita. Un viajero a la dimensión desconocida del otro. Todo mientras su propia vida no se convierta en historieta. (Aunque, pensándolo bien, no suena mal la idea.)
N 23 04 09
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Hay en publicidad varios fenómenos dignos de estudio. Uno de ellos, por ejemplo, es que siempre se busca un efecto concreto en el espectador, un "beneficio único a comunicar".
Ser publicista es saber hacer negocios, hacerle creer al destinatario que elevará su status quo al volante de tal o tal coche, convencerlo de que debe tirar aquella lámpara vieja y sustituirla por una más moderna e insensible ... La publicidad es, ¿manipulación? No, no precisamente. Eso depende de los receptores, que ni son tontos ni tendrían por qué seguir las migajas que les prometen librarse del laberinto, lo que se les dice que hagan.
Ya ni se les sugiere qué deben comprar, se les muestra cómo el producto forma parte de sus historias de vida. En ese contar historias está el arte, o bien, contar historias da resultados hoy como antes, porque las historias nos recuerdan nuestra propia sucesión de hechos cotidianos y triviales y por eso irrepetibles, por lo que el mejor publicista ha de ser también un excelente narrador y por tanto un buen observador de la vida, del arte, de todo. Ser, en el caso mejor, como algunos dirían, un sibarita. Un viajero a la dimensión desconocida del otro. Todo mientras su propia vida no se convierta en historieta. (Aunque, pensándolo bien, no suena mal la idea.)
N 23 04 09
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viernes, marzo 13
Metrópolis, hoja de poesía (reseña)
Leer poemas no en libros ni en revistas, no en suplementos culturales ni en páginas de internet, sino en hojas, en meras hojas impresas, casi siempre gratuitas, muchas veces ni siquiera dobladas y en todo caso volantes, o sea libérrimas y ligeras, es tanto como exponerse al estado más profundo y auténtico de la poesía escrita, que no es antigua ni moderna, que no está de moda ni podría no estarlo. Me refiero a la pobreza, que va más allá de la simple austeridad y el rigor y que no es, desde luego, sinónimo de miseria. Y es que, si la poesía es “inmortal y pobre”, como ya dejó escrito Borges, las hojas de poemas vienen a confirmarlo de modo natural, burlando sin altanería los códigos del mercado y entregándose a su lector más allá de la caducidad y la obsolescencia de la prensa periódica y de prácticamente todos los libros de la historia, que viven para el presente y con él se desvanecen.
Metrópolis, hoja de poemas dirigida en Guadalajara por el poeta Carlos Vicente Castro, llegó a su número 8 este mes de febrero. Cuatro poetas mexicanos (de Tepic, Guadalajara, Querétaro y la capital del país) comparten los pliegues de la publicación con otros tantos poetas de Argentina, Panamá, Rumania y España, respectivamente. Pero el interés de Metrópolis radica en la variedad estilística y emocional de los poemas que agrupa, no en la nacionalidad o procedencia de sus colaboradores.
Podría temerse que, por ser la poesía un género tan minoritario y el espacio de una hoja tan restringido, Metrópolis diera cuenta nada más de los intereses de un grupo, con sus pasiones y aversiones, renunciando con ello a la diversidad literaria. No es así: de la uniformidad aparente del yo poético a la dislocación e interpenetración de los numerosos discursos del orbe, de la exploración a tientas de la memoria y la identidad a la reproducción del habla cotidiana, los pocos y breves poemas de cada número de Metrópolis acaban resultando incontables y extensos. Camaleónica en el diseño, que varía entrega por entrega, esta hoja es poca, muy poquita cosa, y en esa brevedad y escasez cultiva los grandes y abiertos espacios de la poesía original y de la traducción, de la poesía llamada “joven” y de la que ya no lo es tanto, de la gravedad y el juego.
Luis Vicente de Aguinaga
Metrópolis, hoja de poemas dirigida en Guadalajara por el poeta Carlos Vicente Castro, llegó a su número 8 este mes de febrero. Cuatro poetas mexicanos (de Tepic, Guadalajara, Querétaro y la capital del país) comparten los pliegues de la publicación con otros tantos poetas de Argentina, Panamá, Rumania y España, respectivamente. Pero el interés de Metrópolis radica en la variedad estilística y emocional de los poemas que agrupa, no en la nacionalidad o procedencia de sus colaboradores.
Podría temerse que, por ser la poesía un género tan minoritario y el espacio de una hoja tan restringido, Metrópolis diera cuenta nada más de los intereses de un grupo, con sus pasiones y aversiones, renunciando con ello a la diversidad literaria. No es así: de la uniformidad aparente del yo poético a la dislocación e interpenetración de los numerosos discursos del orbe, de la exploración a tientas de la memoria y la identidad a la reproducción del habla cotidiana, los pocos y breves poemas de cada número de Metrópolis acaban resultando incontables y extensos. Camaleónica en el diseño, que varía entrega por entrega, esta hoja es poca, muy poquita cosa, y en esa brevedad y escasez cultiva los grandes y abiertos espacios de la poesía original y de la traducción, de la poesía llamada “joven” y de la que ya no lo es tanto, de la gravedad y el juego.
Luis Vicente de Aguinaga