Guiaba las procesiones,
las
posadas, daba auténtica vida
a
los nacimientos,
adornaba el pequeño templo de Santa Rosa
adornaba el pequeño templo de Santa Rosa
como
si fuera el único de su especie,
rezaba
interminables rosarios,
escribía el árbol genealógico
que habrían de quemar mis hermanas
junto a todo lo que fui
en un montículo de muebles y papeles
que humeó frente a mi casa
cuando me dieron por muerto,
pero mi verdadera virtud
–esto sí que importaba–
que habrían de quemar mis hermanas
junto a todo lo que fui
en un montículo de muebles y papeles
que humeó frente a mi casa
cuando me dieron por muerto,
pero mi verdadera virtud
–esto sí que importaba–
era el sentido del humor,
algo
difícil de adivinar
en
un niño al que su padre obligara
a
orar por horas hincado
en un hormiguero,
sosteniendo un par de ladrillos
sosteniendo un par de ladrillos
en cada mano.
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