viernes, septiembre 11

Norberto Medina

Guiaba las procesiones,
las posadas, daba auténtica vida
a los nacimientos,
adornaba el pequeño templo de Santa Rosa
como si fuera el único de su especie,
rezaba interminables rosarios,
escribía el árbol genealógico
que habrían de quemar mis hermanas
junto a todo lo que fui
en un montículo de muebles y papeles
que humeó frente a mi casa
cuando me dieron por muerto,
pero mi verdadera virtud
esto sí que importaba
era el sentido del humor,
algo difícil de adivinar
en un niño al que su padre obligara
a orar por horas hincado
en un hormiguero,
sosteniendo un par de ladrillos
en cada mano.

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