jueves, marzo 21

Registro


Corrientes fulgura. Aquí y allá, a mi lado, siluetas, bultos, fantasmas bajo los paraguas chorreando plata sucia.

*

En el reflejo de la vidriera de El Palacio de la Pizza, meseros de uniforme blanco se empalman con la fachada del teatro Astros –de un luminoso rosa–, los autobuses que surcan la avenida, las altísimas torres de un templo gótico, agotado en el paisaje.


*

Una imagen sobreviene cuando salgo de la estación Carranza, en mis audífonos Gustavo Ceratti: “Hervidero de palabras… / Toneladas pesan nada / cuando solo escuchas / sin más que pensar”. Una turba de agujas se hacen visibles por los flashazos de los faroles.

*

La lluvia es un boxeador desganado, su sangre transparente huye por los drenajes.


Buenos Aires, 20 de marzo de 2013

martes, marzo 19

La tarde en que hallaron muerta una adolescente del edificio vecino en el barrio de Palermo

El edificio se quedó sin luz, hielo derretido
de la heladera corrió por las junturas
de un piso de mármol negro,
pasaron innumerables mujeres plateadas
en la calle de Paraguay paseando a sus perritos,
las nubes amenazaban con alfiletear
los reflejos en el vidrio de la terraza,
el edificio de atrás, en construcción, era una gran boca
recibiendo tratamiento bajo el cielo anestesiado,
los mosquitos brillaban, un vecino
asomaba el telescopio por una cortina entreabierta
y comía sándwich, la silueta de una mujer
con la pierna recargada en la balaustrada de una azotea
deslizaba la mirada hacia mi ventana a través del vaivén
de seda de un cedro,
los cartoneros merodeaban la hora de los vencidos,
un taxista mencionaba el nombre del nuevo papa por centésima vez
desde que mermó el sol coloreando la tarde
con una nota roja.



domingo, marzo 17

El cardenal Bergoglio gana la Copa del Mundo




En una de las multitudinarias fotos retocadas que se dispersaron por las redes sociales, aparece el cardenal Jorge Bergoglio, hoy Francisco, sosteniendo, en lugar de la característica, la copa del mundial de futbol, con rostro de campeón.

Y no sólo esa foto hace sonreír a más de uno, pero con cierta religiosidad futbolística –que es también patriótica– en Buenos Aires. Otra imagen destaca la trilogía divina del gran Maradona como el padre, Messi como el hijo y Bergoglio como el espíritu santo. Otra más a Maradona vestido de cardenal junto al nuevo papa, tocándole el hombro con la mano de Dios, aquella misma que diera el gol a Argentina frente a la Gran Bretaña que les jugó mal en las Malvinas.

Un comentarista del canal 26 dice al aire:

–Somos los mejores del mundo y nos gusta bromear con ello. A nosotros nos causan mucha gracia estas puntadas, pero he sabido que no a los habitantes de otros países.

Transmiten por la televisión local una entrevista con Abraham Skorka, el rabino amigo de Bergoglio, representante de una de las comunidades más numerosas de judíos en América, radicada en esta ciudad porteña; “el fin del mundo”, diría Bergoglio.

Un taxista se quejaba conmigo amargamente cuando llegué a esta urbe de ocho millones, mientras avanzábamos lentamente a través de la densidad del tráfico:

–Esta escuela que vamos pasando es judía (íbamos en el cruce de las calles Israel y Palestina). Si tú te quieres estacionar en uno de esos lugares sin ser judío, te quitan al instante.

Jorge Bergoglio era ya considerado uno de los hombres más poderosos de la Argentina. Se sabe de sus relaciones tensas con el ex presidente Néstor Kirschner, quien lo consideraba el verdadero poder de la oposición concentrada en un solo hombre, y que la presidenta Cristina evitaba cualquier contacto con él desde 2010.

Cuando supe de la noticia era el primer día de frío otoñal en la ciudad, miércoles, alrededor de las seis de la tarde. Tomaba refresco con una amiga en un café situado en diagonal al Congreso, justo donde termina la avenida Entre Ríos y comienza Yrigoyen. Le llamaron por celular a Anita para darle la noticia:

–¿En serio? ¿Ganó Bergoglio? ¿Pero cómo puedes decir que eso es bueno para la Argentina? Yo creo todo lo contrario. –Su expresión es de suma sorpresa. Cuelga para no dejarme esperando, y como si continuara la conversación telefónica, ahora conmigo, me explica:

–El nuevo papa es el cardenal de Buenos Aires. Mi amiga cree que es una buena noticia, pero es conservador. Y a mí me cae muy bien Cristina, es mi ídolo. Soy peronista.

–¿Y en qué consiste ser peronista?  –pregunto.

–Mmm, eso sería muy difícil de explicar, es muy complejo.

Anita me habló con pelos y señales de la historia argentina, donde son ineludibles los sufrimientos por las dictaduras.

Se leía en la prensa que los sermones del cardenal Bergoglio le causaron un distanciamiento considerable con la cúpula política del país. Atacó la corrupción desde el púlpito con energía, aunque también se opuso a la legalización del matrimonio gay en el país.

En el canal 26 entrevistaron al ex embajador argentino en el Vaticano. Zanja el periodista la cuestión, pregunta si Jorge Bergoglio entregó al gobierno de Videla a dos de sus jesuitas para que los torturaran. El cardenal, que era reacio a las entrevistas, en una ocasión lo negó diciendo que, al contrario, los había ayudado. El ex embajador responde:

–¿Le puedo decir algo sin que se moleste, a usted que es un profesional?

–Sí, por supuesto.

–No nos metamos en esas estupideces.

–¿Pero es verdad lo que dicen?

–No lo sé. Pero debemos ver hacia el futuro. Tenemos un papa argentino, ¿ves?

No hubo otra noticia en la televisión más que la vida personal del nuevo papa al que los argentinos no podían, por costumbre, llamar Francisco I. Que si era hincha del San Lorenzo, que si de niño vivió en el barrio de Flores, y una anciana orgullosa en el primer plano mencionaba cómo Jorge le había enviado una carta diciendo que si no se casaba con ella se iría de cura.

Y es el cardenal que tomaba el subte para ir a su Catedral, el que daba misa a los cartoneros en el barrio de la Constitución, el que prefería a los pobres y se había hecho su anillo sacerdotal con el oro que fundió con las pocas joyas de sus padres.

Toda emotividad son las noticias. Sólo una mancha del tamaño de un esférico en el campo de la política nacional causa inquietud, un tumor que si es maligno podría devorarlo todo.

Al siguiente día de los festejos, frente a la Plaza de Mayo y la Casa Rosada donde la presidenta tiene sus oficinas, la prensa de todo el mundo usaba de telón de fondo las columnas de la fachada catedralicia de estilo neoclásico decimonónico. Las comentaristas se peinaban con la mano y esperaban a que el productor les diera permiso de hablar.

En las escaleras de entrada a la Catedral y a los costados, algunos mendigos se cubrían con mantas del frío incipiente, hacían improvisadas casitas de campaña y, azorados, huían de los molestos periodistas que intentaban rascar alguna toma del paisaje una vez que la celebración había llegado a su fin. Las tomas del día después, como si esperaran que los ancianos, niños que vendían estampitas de la Virgen entre vagones, las mujeres en traje sastre y los deportistas volvieran a repetir la toma en que regresan de la Catedral como de un partido de futbol.

Un grupo de turistas alemanas se toma fotos en la Plaza de Mayo, las vallas negras detrás de ellas, con la Casa Rosada de fondo, tienen pintas con frases como: “¿A QUIÉN PROTEGEN ESTAS VALLAS SI LOS MUERTOS SON DEL PUEBLO?”.

Otra pinta en el suelo de la Plaza de Mayo, casi para llegar a la Catedral, en la esquina con Rivadavia, dice: “Fuera la Iglesia pedófila”. Las turistas se abrazan y parecen hablar sobre las camionetas de televisoras que cubren la acera.

Me acerco a la Catedral y veo a unos vendedores de broches con la estampa de Francisco –las tablas que las sostienen están forradas por “remeras” (playeras) de la selección argentina. Compro unos cuatro, con descuento, para mi mamá y mis tías en Cocula. De pronto un joven con una cámara de video me dice “Perdón” y noto por su sonrisa de logro que mi transacción ha sido para él la toma de la noche. Después los vendedores posan y muestran la variedad de broches, entre los que sobresalen los del papa argentino, enmarcados por un círculo azul cielo.

Regreso a casa por la línea verde D, la estación Catedral, entre porteños que atestan el tren, con una expresión de fastidio. Quién sabe si en ese momento, al balancearse los vagones en una curva, les llegue a uno que otro alguna imagen como ráfaga, algún recuerdo del ahora Francisco, el papa argentino, sentado y distraído en uno de esos asientos donde alguien hojea un libro, se sumerge en la música de sus audífonos o consulta entre apretones el mensaje de una novia en su iPhone.


Crónica publicada en El Informador (http://www.informador.com.mx/suplementos/2013/444812/6/el-cardenal-bergoglio-gana-la-copa-del-mundo.htm)

viernes, marzo 15

Guía para perderse en la ciudad


Me encamino por calles que pasan a velocidad, ráfagas de arquitecturas desgastadas, pintarrajeadas; fachadas, portones y canteras de gamas azules y grises, amarillos desganados, motivos de lejano resplandor art déco, a bordo de la ruta 29. Cuando partí de la parada, señalada con un letrero de lámina que sobresalía un metro de la banqueta como pequeño árbol maltrecho, con una lista de todos los cruces de calles escritos a mano en el follaje de su tablero, estaba sorprendido de que hubiera servicio de transporte a esas horas, y además ignoraba que iba en la dirección equivocada.
Los trenes del subte habían ya lamido con sus ruedas las últimas vías de la jornada y no quedaba más remedio que buscar otra alternativa si deseaba seguir bebiendo whisky nacional en una mesa del bar Orsai, escuchando la lectura de poetas y narradores. Sobre todo, soportando al merolico que se hacía el gracioso y rifaba cepillos para bolear en los intermedios si algún incauto se había atrevido a participar escribiendo la misma frase dos veces y entregando uno de los papeles al embaucador… al presentador. De entre los ganadores, una de sus citas me llamó la atención, provenía del Aleph borgiano: “…para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil”.
Apenas era mi segunda noche en Buenos Aires. La primera la pasé descansando del viaje y habituándome a mi nuevo departamento de un ambiente en Palermo, a una cuadra de avenida Santa Fe. Marina Mariasch, una poeta y quien me alquiló el inmueble valiéndose del agradecible recurso de cobrarme lo mismo que costaba otro departamento en el Barrio Norte, decidió enviarme por correo las invitaciones de Facebook a dos eventos consecutivos.
A la del miércoles, la fecha de mi llegada, preferí declinar. Pero el jueves 28, en un mes de febrero que omitía el número 29, me encontraba más que dispuesto, recuperado. Además, el joven poeta chileno Víctor López Zumelzu, a quien no había visto nunca, pero había ya colaborado en la revista literaria que edito en México e incluso formaba parte del consejo consultivo, leería fragmentos de su libro “Guía para perderse en la ciudad”.
Entonces me di cuenta de que no tenía manera de tomar el subte porque olvidé cambiar algunos dólares en el aeropuerto, como me aconsejara un amigo director de cine, Fernando Domínguez, quien había prometido llevarme el fin de semana a venderlos todos al mercado negro. Me confié tanto que ahora estaba inmovilizado, dependiente de la tarjeta de crédito… lo que no funciona en absoluto si lo que se necesita es andar en metro.
La señora del expendio de junto al edificio me sugirió cambiar dólares en el súper de chinos que se encontraba a media cuadra, sobre Paraguay –la misma calle de mi edificio-. El día anterior ya había abastecido allí la alacena básica pagando con mi tarjeta de débito porque no aceptan las de crédito. De hecho, Marina me lo había recomendado por ser más barato y ofrecer lo mismo. De cualquier modo, a mí me pareció carísimo. Tuve que escoger pequeñas porciones de alimento y aún así la cuenta era exorbitante.
En fin que decidí cambiar dólares por pesos argentinos en el súper y quedé absorto cuando no me aceptaron ningún billete menor a los cien dólares –no podía reunir siquiera la cantidad con billetes de a veinte–, pero todavía más cuando un joven de corta estatura y músculos remarcados que intercambiaba palabras en chino con la cajera se negó a aceptar el billete de cien dólares que yo le extendía ya que, aseguraba, en China costaba mucho menos un billete con el retrato pequeño de Franklin que los más nuevos con la calva cabeza del mismo personaje a mayor escala. No pude hacerlo entrar en razón, y al fin regresé a mi depa en busca de un Franklin con la papada ampliada y cabello más escaso.
Llegué tarde a la lectura en el bar Orsai, en el 471 de Humberto Primo, aunque apenas empezaba. Creí distinguir a Víctor y me acerqué a saludarlo. Al poco ya estábamos brindando, conversando sobre amigos en común. Entre otras cosas, me advirtió que tuviera mucho cuidado de mencionar a ciertos poetas frente a otros, pues si en el 2000 habían sido amigos, ahora no podían ni verse a las caras. Además, era mejor omitir el hecho de que asistiría al taller de Arturo Carrera o al de Daniel Durand, no fuera que, como solía ocurrir en esta ciudad, me tomaran por un principiante.
–Las cosas –decía Víctor– no son como en México o en Chile, aquí no te toman en serio si vas a un taller, o luego se ponen celosos de que estés con tal o cual y no con ellos. Mejor di simplemente que vienes con beca de escritor.
Cuando le mencioné que entre otros vería a Matías Capelli, escritor con una prosa muy cercana a la fuerza expresiva de poetas como Martín Gambarotta, extrañado me dijo que los poetas en Buenos Aires no tenían mucho contacto con los narradores. Eran un mundo alterno, incombinable.
El merolico presentador alardeaba en el escenario de una gracia que a mí más bien me parecía que le hacía falta. Ya no recuerdo de qué, pues como el mismo Borges ha dicho, el olvido nos trabaja.
Víctor y yo hablamos del toluqueño Sergio Ernesto Ríos, de sus interminables juergas cuando estuvo en 2008 en Buenos Aires y luego en Santiago de Chile, de cómo la novia de Víctor los corrió de su depa a las tres semanas y tuvieron que hospedarse en casa de sus padres, que todavía preguntaban por Sergio; hablamos sobre uno de los grandes poetas chilenos, con tan sólo dos libros, Diego Maquieira, y uno de mis predilectos; del mexicano Julián Herbert y su nueva novela “Canción de tumba” y del chileno Héctor Hernández Montecinos, avecindado en Colima y con quien había bebido hacía tres días en Guadalajara, durante mi despedida en Los Molachos, las antiguas Escaleras.
Salieron a la conversación Timo Berger y el encuentro de poetas latinoamericanos Latinale organizado por él y Rike Bolte en Berlín, el encuentro de poetas Salida al Mar en 2005 en Buenos Aires, en el que tanto Vitoco como yo estuvimos sin conocernos; charlamos de cómo la última mesa –y memorable– de lectura había sido en la Iglesia de los Marineros Finlandeses, aquella vez en que compartí lectura con otro de mis poetas entrañables, Fabián Casas. Y de la obra de otros latinoamericanos que también estuvieron: Washington Cucurto, Miguel Ildefonso, Germán Carrasco, Gladys González, Roxana Crisólogo, Douglas Diéguez…
Una mesera con cuerpo de bailarina nos servía los tragos. Incluso nos platicó que había viajado para participar en una presentación de ballet a Ciudad Juárez, pero no había podido salir del hotel un solo día por razones de seguridad.
En todo esto pensaba cuando el autobús paró y el chofer se dirigió a mí señalándome que habíamos llegado al final del trayecto, a la última parada, nada menos que en el barrio de la Boca, uno de los más temibles para andar de noche, o a cualquier hora. El autor de “Guía para perderse en la ciudad” me había enviado en la dirección contraria a mi destino. Habíamos bebido, comido pizza y mirado a mujeres de risa fresca deambular entre la penumbra levemente iluminada del barrio de San Telmo en Buenos Aires, a las tres de la mañana. Nadie podía esperar demasiada lucidez. Y con todo, mientras hojeaba el libro de Víctor en el autobús, ya de regreso, gracias a que por piedad el conductor no me exigió monedas que no tenía, ahora sí rumbo a Palermo, me dije que tal vez había seguido la ruta correcta, que al fin y al cabo perderme siempre había sido mucho más entretenido.


Crónica publicada en El Informador (www.informador.com.mx/suplementos/2013/443121/6/guia-para-perderse-en-la-ciudad.htm)

Noche de viernes en Buenos Aires



Es raro no salir del depa un viernes por la noche, más cuando se está en una ciudad extraña, extranjera, aunque sea uno el extranjero. Alex, mi amigo periodista desde hace treinta años –cuando ninguno de los dos ostentábamos ningún título profesional y nos enfocábamos en cultivar la extranjería entre otros adolescentes y los incomprensibles adultos– me escribió a mediodía desde su iPod, en medio de un viento frío que se colaba entre los árboles del parque Colomos tapatío, que viajar era como ser un náufrago.
Nunca había escuchado esta idea. Si es común, ni enterado. Lo cierto es que la noción del náufrago debe ser cuando menos familiar para quienes avistábamos a Robinson Crusoe en un filme de fines de los sesenta protagonizado por Hugo Stiglitz y dirigido por René Cardona Jr.– amén de la inolvidable aventura en forma de diario con la que Daniel Defoe llenara interminables tardes de relectura–, los fines de semana en que Televisa dejaba de lado las telenovelas y los programas del Chavo, un filme que sigue en su plástica muy de cerca a otro de 1954 que, para mi asombro, dirigió Luis Buñuel. De esa textura visual debe venir mi gran aprecio por los mapas antiguos, sus colores terrosos, sepia, los dibujos de sus fronteras informes, como trozos de masa estirados por un rodillo caprichoso.
La curiosidad me mueve más y busco en Youtube el diálogo con el que el Robinson da inicio a su relato:
“…mi cabeza pronto empezó a albergar la idea de abandonar Inglaterra, de ver el mundo. Y así, contra la voluntad y los designios de mi padre, solté amarras y me embarqué. No se equivocó mi padre al profetizar mi desgracia, pues no mucho tiempo después, navegando por África, por la latitud 12° 18’, para comprar esclavos negros y vendérselos luego a los terratenientes de Brasil, una violenta tempestad azotó nuestro barco, empujándonos hacia el oeste, lejos de las frecuentadas rutas comerciales.”
Puedo imaginar a Luis Buñuel repitiéndose lentamente estas palabras, mascullándolas y luego alzando el tono, verificando el guion que daría lugar a una plástica que sin mucha entelequia traspasaría las fronteras de la pantalla grande, a color en un tiempo en que era novedad, para instalarse en tantas imaginaciones infantiles. O de adultos con cierto espíritu aventurero.
Robinson viene a ser un tipo de viajero que termina por enfrentarse a una realidad que lo sobrepasa. Su gran desgracia consistió en un inicio en no ver el mundo tal y como lo tenía planeado, ser expulsado de las cosas del mundo hacia una isla que resultó ser él mismo: el viajero, en lugar de recorrer la Tierra, los mares, dio de tope contra su propio mundo interior.
La desgracia profetizada por su padre termina por ser una bendición, hasta que una mano ajena lo saca de su ensimismamiento y lo devuelve a la sociedad de la que provino. Nunca nada será igual, se ha visto a sí mismo, ha vencido zonas salvajes de su psique, que ignoraba, y ha civilizado a otras, las que parecían indomables, antropófagas.
Y pensar que hoy es viernes. Un día indómito, si hago caso a las risas y gritos que vienen de los antros cercanos, de los depas vecinos, la calle Paraguay.
En esta ocasión, a diferencia de otros viajes, como el que hice a Guatemala –en camioneta, rodando por el sur mexicano–, hoy no huyo de nada. He venido al encuentro de una ciudad y me he topado conmigo mismo, así, de golpe.
Tal vez por esa razón cuando Alex asoció el naufragio con el viaje, no dejó de rondarme la inquietud. Hace tres días que arribé a Buenos Aires, he salido a cazar algunos paisajes, a comerciar dólares, a atisbar los alrededores de Palermo, la zona de la que zarparé día a día, y no había caído en la cuenta de que antes de fabricarme una imagen de turista –con la guía de El País en mano, ya todo olvidado– necesito naufragar en mi propia isla, en mi yo –esa dimensión desconocida al estilo del Rod Serling de los sesenta.
Pero tiendo a encerrarme en mi departamento. Al menos por ahora. Como si llenara las bodegas antes de levar el ancla, planeo lo que desayunaré, cenaré, veo algo de mala televisión, escucho a Lou Red porque me lo contagió un autor argentino invadido por sus ritmos mientras escribía su novela “Frío en Alaska”, leo a Nooteboom y me maravillo. Voy ajustando las dimensiones de mi espacio a mi muy personal sentido de la orientación, descubro mi ethos de viajero que no viaja.
Y no es que quiera permanecer estático, es que siento que no he dejado de moverme, que dentro de mí ideas y sobresaltos que estaban contenidos emergen y hacen que tienda a un cierto carácter meditativo, más allá de consignar fachadas de casas de otro tiempo, parques en la oscuridad desde un reflejo del autobús, botes de basura anclados en calles desiertas, monumentos de personajes famosos y cementerios llenos de nombres que significan más dentro de libros.
¿Qué hago aquí? De pronto tengo que hacerme cargo no sólo de mis pensamientos, de las necesidades más inmediatas, y me doy cuenta de que había olvidado cómo cocinar con cierta demora y oportunidad, del placer que entraña hallar en la pobreza de los ingredientes un platillo que seguro no se repetirá.
Atrás, personas que amo, silencio en mi cerebro o me son indiferentes. ¿Y delante? Crusoe construyó una cerca para proteger sus bienes –los restos del espléndido barco esclavista– antes de explorar la selva en la que había caído. Yo, menos audaz, que no he tenido miedo a viajar sino a encontrarme conmigo mismo, descubro que no importa qué pasillo de museo o avenida histórica recorra, la maravilla está en estar, tal como lo concibe Xirau, o Cees Nooteboom en su “Viaje a Surinam”: desde la perspectiva del ojo del huracán –en esa quietud envuelta por el movimiento y el caos.


Crónica publicada en la revista virtual Cooltour (http://www.cooltour.com.mx/objeto/rutas-Noche_de_viernes_en_Buenos_Aires/0)

viernes, febrero 15

Ruido blanco

Odios y adioses intrincados.

No hay paz en la vecindad

del pez ahogado

en el pensamiento.

Insiste la enfermedad

en llamarse amiga.

Ignorancia de la flor

en la garganta o cielo.