Tirados. Echados. Salivan. Gruñen. Olisquean. Aúllan.
A lo lejos, a lo cerca. Perros sarnosos, amarillos, incontinentes. Perros huesudos,
pellejones. Perros tuertos, cojos, perros callejeros. Perros a la espera del
bocado en el puesto de tacos. Perras husmeando. Perras en partes. Perras de
otra dimensión. Perras lineales. Perras en duelo. Perras bajo un avión en
marcha. Perros boquiabiertos, en el fango. Perros insidiosos, hipócritas,
pendencieros. Perros mocosos, babeantes, perros imbéciles. Perros borrachos.
Desean la cabeza de puerco en la vitrina, la cabeza en el altar de moscas.
Huelen la porquería, comida echada a perder, desperdicios. Perras hediondas.
Perras chingonas. Perras arracimadas. Colmena de perras. Perras ruidosas.
Perras odiosas. Perras envidiosas. Perras generosas. Perras ausentes,
estiradas, plagiadas. Perras exiliadas. Amoratadas, encarceladas, perseguidas.
Torturadas. Perras de papel. Perros heridos de sarna, sus párpados quemados.
Perros de ladrido sofocado. Los perros aúllan, rascan la tierra, esconden algo.
Perros de hocico apestoso, perros con los colmillos romos. Perros hincados en
la acera, perros apaleados a la salida del mercado. Perros acostados en su
vómito. Perros inmigrantes. Perros sonrientes. Perros aparentes. Perros
pedantes. Perros flacos, cadavéricos, hundidos en el rabo de otro perro. Perros
de uñas negras. Perros de ojos brillantes, perros nublados. Quemados. Perros
ciegos. Feroces, escandalosos, perros en azoteas. Perros caseros, diminutos, de
mordida ansiosa. Perros en los suburbios. Perros asexuados. Perros en celo.
Perros acicalados, cepillados con cerdas aceradas. Perros sin ojo, sin pata,
sin remedio. Perras enjauladas, sin nada que comer. Perras con hambre apostadas
en el polvo. Perras caminantes, perras con los dientes careados, perras sin
pelos en la lengua. Perras altivas, mosca muerta, pendencieras. Perras rajonas,
perras valientes, perras con olor a semen. Perros en rueditas. Perros taquito
de lengua. Perros de alquitrán, perros de plástico, de madera barnizada en
Pátzcuaro. Perros sin dueño, perros en harapos. Siguen a la jauría en celo.
Perros libidinosos, asquerosos, hambrientos. Ojerosos. Perros hilarantes, de
orejas gachas, cola cortada. Perros de larga cola, tiesa de mugre. Perros de
arrabal, perros cuidadores, sin remedio. Calcinados. Pastor alemán en las
calles ideológicas. Huskie de ojos bicolor, bóxer de lengua acicalada. Sin
pedigrí. Perros de su puta madre. Perra madre. Perras con la lengua de fuera.
Perras cansadas de correr tras los autos. Perras amotinadas, cogidas por la
jauría. Perras mordelonas, hirientes, voraces. Perras callejeras, recalcitrantes,
perras indignadas. Perras perras. Perras descolocadas. Perras insistentes,
atrofiadas, perras de la calle. Perras incontinentes, perras iracundas, perras
pacientes. Perras escritoras. Perras. Perros. Perros poetas, perros pintores,
perros fracasados. Perros de feria. Perros saltimbanquis, actores de media
tinta, personajes de relleno. Perros payasos, perros acróbatas. Perritos perdidos,
perritas tristes. Perras con zapatos de tacón y pulsera de fantasía. Perras con
collar de perlas. Perras enlodadas, perras sumergidas hasta el cuello. Perras
en celo. Perras indiferentes. Perras guionistas. Perras escaldadas. Perras
accidentadas, sin frenos, de capa caída. Perras solidarias. Perras tatuadas.
Perros. Perros abusivos, perros puercos. Marranos perros. Inconscientes. Perros
arracimados con las perras. Las perras aúllan. Las perras ladran. Las perras
saben lo que quieren, van al súper, las perras orinan esquinas abandonadas.
Perras enterradas. Perras sepultureras. Desaparecidas. Invisibles. Perras
superfluas, perras yogui. Perras acrobáticas, perras inmersas en sus
pensamientos. Perras amohinadas. Perras nostálgicas, llenas de vacíos, perras
oscuras. Apariciones. Los perros cohabitan. Los perros cohabitan sus recuerdos.
Los perros ladran, husmean. Los perros mean en las paredes manchadas de otros meados. Los perros abalanzan sus colmillos contra alguien que camina su indiferencia. Los perros escurren baba perros congestionados de olores, perros amotinados, perros truculentos, perros paseados en su mierda. Perros de rostro adusto, amargado, de perifoneo. Perros obligados a sonreír por gente con máscaras rotas. Perros colgados de sus correas al huir de sus jaulas. Perros rabiosos: quita la mano, pedalea más recio, piérdete al doblar la esquina infectada. Perras angustiadas, descorazonadas, emotivas. Perras
insensibles. Perra tristeza, perra suerte, perra vida. Perros grises, perros
corrientes, perros de andar estrafalario. Perro tiempo, perro cadáver, perro
puto. Perras agarrotadas, perras racionales. Las perras habitan. Las perras
cohabitan sus recuerdos. Las perras teclean. Perras sexuales. Perras calientes.
Perras olorosas. Perras cursientas. Perras cursis. Perras geniales. Aúllan,
rascan, se sacuden las gotas. Perras laberinto. Perras en espera de cierre.
Perras con punto de vista. Perras sin perspectiva. Perras altaneras. Perras
orgullosas. Perras peligrosas, perras con poder, perras humilladas. A punto de
salir corriendo. De zancada larga. De cola ondulante. Perros autistas,
enmascarados. Perros sin honor, perros olisqueándose el rabo. Perros hediondos.
Club de perras. Las perras aúllan. Perros de hocico anhelante, perros
engusanados. Perros echados en la bruma. Perras mutiladas, miopes, perras ilusionadas.
Perros acorralados. Perras. Perra vida. Perro, chingón, malquedado. Perro
cobarde. De risa fácil. Perra engatusada. Perra altanera, perra danzante, perra
ilusión. Perro bocón, perro ridículo. Perro molacho. Perros. Los perros
cohabitan sus recuerdos. Aúllan. A ras de piso. Cantan. Lloriquean. Se rascan
entre sí.
**
En silencio, cada uno con sus pensamientos desmaraña
el camposanto. Mario mira distraídamente la lápida más reciente, repleta de
coronas y todavía con olor a cemento fresco. Se muerde el labio inferior,
intenta dilucidar no sé qué. Nuestros rostros desencajados, expectantes.
Los demás no sabemos decir nada, por eso callamos.
Escuchamos los aullidos de perros callejeros provenientes de adentro o de fuera
de esta ciudad en ruinas, las invisibles cigarras; de improviso, murciélagos se
lanzan de la rama de un roble gigantesco a la cornisa del vestíbulo del
cementerio. Sabemos que las lechuzas rondan porque escuchamos su shhhhhhhht
espeluznante al rozar los faroles de vidrios rotos en su vuelo. El guardia no
ha percibido nuestra presencia. A través de la cortina blanca y mugrosa de su
ventana, se traslucen los resplandores del televisor. El rumor de un programa
de concursos. No creo, de cualquier modo, que su vista predilecta de noche o de
día sean las tumbas resquebrajadas y los pasillos seseantes, más bien invadidos
por las hierbas, las raíces, los pinos resecos y otras tumbas improvisadas en
medio de lo que en algún tiempo fueron pasillos bien alineados.
Mario saca su pañoleta roja y amarilla y se suena la
nariz con estruendo. La coloca de nuevo en su morral estampado de motivos
wirráricas, donde guarda también una navaja callejera con marcas de haber sido
recién afilada, y su preciado tabaco. Toma una hoja de papel arroz, la extiende
sobre un ladrillo desbalagado, echa un puñito de tabaco, enrolla el cigarro y
le pasa la lengua para fijarlo. Tan atento está a su procedimiento que parece
que nada más podría importarle. Es imposible adivinar sus pensamientos. Más
bien podría decirse que trata de exorcizarlos o de mantenerlos ocultos tras la
frente ceñuda y la cabellera aleonada, dispersa y rubia.
Nadie usa los instrumentos. Acaso Eloy echa su aliento
en una armónica con descuido, en lo que más bien parecen quejidos de perros
abandonados. En realidad, el único que sabe tocar la guitarra es Mario y nadie
se atreve a interrumpirlo, mucho menos para que rompa los ruidos de la noche y
la ciudad que él mismo parece contener en su gesto pensativo. Fuma dispersando
el humo de su tabaco bocanada a bocanada. No es que Mario cante tremendamente
bien, pero su voz alcanza a rasgar la oscuridad iluminada por faroles manchados
de sarro. El humo impregna la luz con que riegan las tumbas de los muertos, se
dispersa entre el brillo de los insectos.
Yo no me atrevería a decirle nada en este momento. A
confesarle ni pío. Lo que comenzó como un experimento se volvió pronto un
atolladero psicológico. Una carta puede cambiar el curso de cualquier
acontecimiento. Una carta falsa puede rondar o atraer la verdad oculta. Si no
le hubiera escrito a Azucena con la firma de Mario, nada de esto habría
ocurrido.
**
Los perros ladran. Aúllan. Eso es lo que hacen, lo que
saben hacer. Perros sarnosos, callejeros. Perros inmersos en su acojinada
realidad de sofá en una casa de clase media, perros mínimos y altivos, perros
echados bajo el dintel de la puerta, perros acicalados hasta el aburrimiento.
Perros cínicos, perros acuclillados, perros rondan las azoteas. Ansiosos tras
las sobras en puestos de tacos de dudosa ética. Perros lujuriosos tras de una
perra como latas amarradas a la defensa de un carro nupcial. Perros y perras.
Perras animosas, con los colmillos amenazantes, perras moribundas, perras
fastidiosas ante un paisaje de monótono gris y anuncios de neón intermitente.
**
Perras. Se echan, estornudan, echan tierra con las
patas traseras. Salivan.
**
Lo que no le perdoné a Mario es que se metiera con
Laura, con mi Laura. Que no cualquiera. Mientras Mario conquistaba en la
prepa a chicas de todos tamaños, sabores, colores, alturas y circunferencias,
yo permanecía fiel a un ideal que se había impregnado en mi cabeza y en los
nervios. Solo después averigüé que un tal Petrarca había endiosado a otra
Laura. Se volvió una especie de alma gemela. Pero fue La vida nueva de
Dante la que me la que de veras me influenció: su Beatriz era al poeta lo que
Laura a mí. Que su grupo de amigos del Dolce Stilo Nuovo en pleno siglo XII
italiano considerara que la calidad de su poesía era directamente proporcional
a su nivel enamoramiento, me causó una conmoción. Se me reveló una verdad que
ya me atosigaba desde hacía años: era yo de otra época. Sin embargo, la calidad
de mis poemas dejaba mucho que desear. Todo lo que tenía era esa emoción. Al
menos eso pensaba. No sabría decir, en algún punto, si estaba enamorado de la
idea de estarlo, de mí mismo o de algún ente divino encarnado en el amor tal y
como lo concebían los stilonovistas. Mi enamoramiento continuo era causa de
admiración entre los amigos y las amigas. Me la vivía mirando a Laura en cada
chica que me gustaba. Y cada chica dotaba de cualidades a mi Laura. Laura,
aura. En los recreos miraba a una chica morena ébano, de carnosos labios
infamemente sensuales, llamada Claudia. Y Claudia, esa desconocida a la que
espiaba inadvertido, le dio sangre y color y eros a mi Laura. Le escribí un
primer poema y se lo mostré a Mario: no tardó en responderlo con otro poema
donde mencionaba a Laura como la de Martín Santomé. Seguramente otro cursi,
pensé. Laura lo era todo, era todas y no era ninguna. Era Nadie. Nadie que
estuviera cerca ni lejos. Una mentira.
**
Los perros ladran a lo lejos.
**
Cuánto tuvimos que pasar para encontrarnos echados
entre las tumbas.
Eloy empieza a dibujarnos.
Mayra, Martha, Ana Luisa, Azucena.
Martha me dio mi primer beso. Laura. Última noción de
Laura.
**
Bernat de Ventadorn y
Arnaut Daniel.
Me metí en la cabeza de Azucena, una chica de piel
lechosa y ojos azules. Tímida y discorante del entorno. Quizá eso mismo le
atrajo a Mario.
El novio de Ana Luisa era el Tyson.
Nuestro taller literario. El básquet, el voleyball.
Alberto Kabande.
Si para Dante y el resto de sus comparsas del dolce
styl novo su poesía era equivalente al Amor, quiénes éramos nosotros para
criticarlos.
**
Laura, aura.
Escribía en mi Remington.
El poeta se llamaba Edgardo Chávez.
**
No importa que cuente lo mismo una y otra vez. No
importa cuánta circularidad haga de la escritura un laberinto o una esfera
transparente donde se dilucidan a un tiempo todos los tiempos sin
secuencialidad de la historia.
**
Encontré al Chubasco en la presentación de una
editorial estudiantil. En el departamento de estudios literarios, una casa
antigua en Lerdo de Tejada donde solían Carlos y Mario ir al taller de un tal
Raúl Bañuelos. Los escritores me divierten: tan enfrascados en sus ilusiones,
ni saben a qué se enfrentan. Y estudiar Letras, diablos, a quién se le ocurre.
Este tal Chubasco, según supe, era un antiguo músico poeta que se había vuelto
loco, o qué tal vez había decidido darle la espalda al mundillo literario y
musical para atreverse a recorrer su propia ruta bokowskiana. A nosotros nos
parecía un anciano, pero quizá no lo fuera tanto si no por el ritmo que
llevaba. Unas greñas infames, toda una antorcha airada le cubría la cabeza como
un nimbo, un aura de filigranas rubias y sucias, pegosteadas. Había ido a la
presentación del libro de un poeta que había ganado veinte mil premios y que
todo mundo decía que escribía de la madre. El caso es que en cuanto pisé la
casa de Lerdo de Tejada me arrepentí. Revoloteaban poetas por todos lados. Y en
cuanto el lector decía una supuesta mala palabra se escuchaban rumores de
admiración. Tssssss, tsssssss, tsssssss… era ridículo. Estos poetas me colman
la paciencia. Solo me estuve allí un rato porque el Chubasco y sus cuates
llamaron mi atención. Les valía madre el poeta declamador de groserías exitosas,
extasiado con la palabra verga. No se inmutaba el Chubasco. Iba a lo que iba: a
los tragos. Me acerqué a él para hacerme una mejor idea. Había pensado en
llevar a cabo una serie de pinturas sobre personajes carnavalescos, así que me
resultaba absurdo desaprovechar la oportunidad. Sus amigos, dos o tres calcas
de su innato líder, iban tanto o más deshilachados, aunque su charla denotaba
que pertenecían a un clan muy específico de pordioseros cultos. Eran
enciclopedias andantes del rock de los ochenta. El Chubasco era quien más
emocionado estaba al traer a cuento las letras de Syd Barret, con los ojos
desorbitados. Tssssss, carnal, Pink Floyd la rifa machín, ese, pinche wey
compositor, una verga. Solo después pude darme cuenta de que estaba ciego.
**
Felipe Ponche, Alejandro Pata: noche de tragos en el
Tecali, amenaza y prostituto, prostituta con David.
**
Habla Azucena
**
Tal vez los personajes que un día eché al fuego
comiencen a perdonarme, o a renacer como diminutos fénix de las cenizas con las
que llené el patio entre los gritos chillones de mi madre. Lo quemé todo, un
bulto enorme de papeles que había manuscrito cuando regresaba cada noche de la
facultad. Y fue porque me sentía miserable, lo perdí todo, todo, de una manera
insólita, ridícula y vergonzosa. Achaqué mi derrota a esa ansia de vivir que me
consumía, al grado de hacerle caso al imbécil de Edgardo Chávez. El dolor fue
tan grande, tan insoportable, que desgarré los libros del dizque poeta, los
tiré a la basura y convertí en trozos de láminas negras que flotaban en la
atmósfera de la cuadra y las casas vecinas los papeles que había escrito
durante cuatro o cinco años. Se trataba de mi primera y única novela, pero
estaba seguro de que su escritura me había llevado a desear vivir más allá de
mis límites, que aunque resultaban bastante estrechos, me describían. El patio
blanco quedó hecho un fiasco, embadurnado por una nube negra que mi madre me
reclamaba cada que tenía oportunidad. Yo no la pinté en meses, sentía que en
esa mancha todavía permanecían los restos de mi antiguo sentido de la
existencia, de ese escribir y escribirme y reinventarme, de ese aprendizaje que
no lograba cuajar en historias que tuvieran una ilación, pero eran mis
historias, mis errores, mis letras, mi manuscrita. Todo hecho humo, volando
entre los árboles y autos de la colonia, respirado por los vecinos, humo negro
en las paredes blancas, rugosas.
**
Habla Mayra.
**
Habla Martha
**
Si algo he aprendido es que los escritores son
ladrones consumados. No podía mostrarle a Mario que había escrito un cuento
circular sin que a la semana llegara con su propio cuento, curiosamente mejor
escrito y con el epígrafe tomado de alguno de mis escritos. Robar sin que se
notara, robar a manera de dizque homenaje era la consigna. Mario cargaba en su
morral las hojas impresas –con impresora de punto—de sus más de mil poemas, uno
tras otro, muchos influenciados por Mario Benedetti, de quien había leído sus Inventarios
uno y dos hasta la saciedad. Fue un sábado, luego del taller literario, que nos
desviamos del camino de siempre antes de tomar el camión, filosofando como
buenos peripatéticos, que le leí mi poema a Laura, el primero. Nos habíamos
apostado en un local de venta de autos a mirar corres las luces de los autos
por López Mateos, cuando abrió sus diminutos ojos de ovilla: mi poema hablaba
de una Laura que me había abandonado subiéndose a la 646. Era un residuo de lo
peor del romanticismo. Con todo, Mario calló en ese momento y, a los días, me
llevó su propia versión, una en que mezclaba a mi Laura con la Laura de Martín
Santomé, el personaje de La tregua de Benedetti. En ese momento no preví
lo que sobrevendría de un acto tan en apariencia inocente. Había entablado un
diálogo, sin proponérmelo, con un poeta amigo que respetaba, que consideraba un
maestro que lo había leído todo –sobre todo a Benedetti--, y que por alguna
razón se había enamorado de mi enamoramiento: sí y no, porque pretendía llevar
mi platonismo a la esfera de otra ficción. Publicamos los dos poemas
encontrados en nuestra incipiente revista de la prepa, Vapor. Nadie nos
leyó, o casi nadie, pero así sellamos una correspondencia de autores, si bien
desigual en calidad, de recíprocas influencias.
**
El colmo fue que Mario llegó todavía más lejos,
confundiendo a mi Laura con su esposa. Eso no lo podía permitir, como no
lo habrían hecho ni Dante ni Petrarca. Diablos, pues en qué estaba pensando
Mario, que no era capaz de dilucidar su propia abstracción, que parasitaba mis
obsesiones.
**
Decidí darle una lección.
**
El poeta nos prestó la casa de adobe derruida adonde
llevaba a su amante —una estudiante aspirante a escritora— cuando daba clase en
la universidad. Cierto que a ninguno de nosotros esto nos importaba. Aquel
amorío ya se había hundido en el sopor y el anciano, que era nuestro maestro de
taller, nos había dado las llaves en un arrebato de buena voluntad para que hiciéramos
de ese espacio lo que quisiéramos. Mario las guardó como si se tratara de uno
de esos objetos que recogía de la calle mientras caminábamos entre las
callecitas del centro de la ciudad. La ciudad. Era nuestra obsesión. La ciudad.
Esa y leer páginas de novelistas del boom, y llevar amigas que
terminaban por seguirnos la corriente hasta que huían en el último momento, el
tan esperado, y emborracharnos y escribir en las paredes, en las cabeceras de
las camas, en los techos, en las puertas de metal que distinguían un cuarto del
otro, en el pretil de la cocina, con lo que fuera, tiza de lápiz, tinta Parker,
plumas Pilot, Bic, inclusive espátulas y desarmadores o tachuelas.
Escribíamos por escribir, por endilgarle a los muros letras
que describieran lo que no habíamos vivido, las cosas como hubiéramos querido
que ocurrieran, lo que de verdad había pasado y no éramos capaces de contar de
frente, a nadie, pero sí en esas paredes derruidas de adobe, en esas camas de latón
carcomido, en los azulejos dispuestos en las habitaciones como si fueran fachadas
de exterior. Lo nuestro: experimentar instantes, lo que habíamos soñado y no
recordábamos. Cualquier cosa.
**
Mario salió a la tienda de la esquina, donde una
señora malencarada le vende una cajetilla de Faros. Siempre me llamó la
atención el hombre de gabardina en su portada. Entonces las cajas de cigarros
no tenían que mostrar desagradables escenas de pulmones podridos o ratas vampiro. Podía uno
fumar lo que quisiera sin que la culpa menguara el placer.
**
Esa noche decidimos llevarle serenata a Azucena. Mario
y Eloy llegaron juntos a mi casa, donde ya los esperaba para salir en mi
Rambler clásico del 66 azul metálico. Pasamos por Alejandro, que era mi vecino,
y nos enfilamos a eso de las 11 de la noche pensando en sorprender a la chica
que a esas alturas ya estaría más que dormida. Nos deslizamos por avenida
Vallarta escuchando en casette “Telegrahp Road” de Marc Knouphler hasta que nos
detuvimos frente a una enorme reja blanca y oxidada, de una altura mayor a
nuestras cabezas.
**
No cabíamos por entre los barrotes, por lo que
decidimos ayudarnos para saltar al otro lado. Echamos un último vistazo al
paisaje dormido: era un sueño de piedras resquebrajadas. Eloy, siempre
servicial, echó un vistazo rápido a la calle antes de juntar las manos para
alzar a Mario, que al fin pudo pasar al otro lado no sin rasgarse la camisa con
la punta de una de las rejas del cancel. Entonces levanté a Eloy, que por su
poca altura no estaba tan pesado, y me dispuse a echar el brinco prestando
especial atención a que mis manos sudorosas no resbalaran por el metal. A lo
lejos, como en una especie de eco fantasmagórico —habría dicho Mario— ladraban
los perros.
Alejandro había regresado por los instrumentos para
pasárnoslos al otro lado. Continuamos nuestro camino sin esperarlo, luego nos
alcanzó con una casi sonrisa en la cara. Casi sonrisa porque nadie en ese
momento se habría atrevido a mostrar algún resquicio de contento. Pasamos entre
las hileras de tumbas hasta llegar a la que estaba rodeada de coronas de flores
frescas. La de Azucena, como corroboró Eloy una vez que hizo algunas flores a
un lado. Los azulejos azules y la cruz de cemento todavía olían a fresco.
Recordé cómo, en el Panteón de Belén, de pronto se hallan tumbas con un solo
nombre entre signos de exclamación. En nuestro caso, en el Colonias nuevo pero
no más fresa, a comparación de aquel que databa de los orígenes de la ciudad,
no era una costumbre ni de lejos.
Mario parecía pensativo. Su cabello rubio oscuro
dejado al garete, con bien planeado desenfado, le daba un cierto aire de músico
romántico. Un Beethoven sin el gesto adusto, más bien amohinado, con una
tristeza seca. Eloy, el pintor de entre nosotros, parecía extrañado, con un
dejo de curiosidad mal ocultaba en un rostro moreno y pícaro. Caminaba con
tanta seguridad, un tanto forzada, que apelmazaba el polvo del camino con las
suelas de sus botas industriales. Alejandro, que iba siguiendo sus huellas, nos
alcanzó corriendo con la guitarra y la armónica. Yo me sentía como un
observador, un tanto ajeno al desparpajo romanticoide. La noche anterior
habíamos bebido hasta la resaca en La Fuente. Ante el primer apagón de luces
que nos invitaba a la retirada, les propuse acompañar a Mario en su despedida
de una forma un tanto más próxima, les planteé el reto mientras jugábamos
póquer…….. Me interesaba –he de decirlo– constatar hasta dónde podía Mario
llegar para despedirse de la chica a la que prácticamente había asediado
durante los últimos semestres de la prepa. No era fácil, lo imagino.
**
Quizá deba relatar una anécdota sencilla. Una en la
que no me vea tentado a fingir quien no soy. Donde no pueda ser un personaje,
ni estar consciente de no serlo.
**
Las paredes donde escribo en letra pequeñita, lo más
pequeñita posible, y con lapicera, de pronto se desmoronan por el salitre o,
simple, por ser de adobe. Es una casa antigua, remozada tantas veces que mis
disque líneas no son lineales, se van acomodando a las grietas, a los sutiles
desniveles que han ido dejando los rastros de brocha o de yeso. Escribo para
llenar un espacio que quizá en segundos se desmorone, o quizá alguien más
escriba sobre la misma superficie, dormido, semidormido, con los párpados
cerrados, a oscuras, sin darse cuenta de las letras insignificantes como
patitas de insectos. Eso somos, insectos de vida corta pensando que nuestra
estancia aquí durará para siempre. Pero algún día, noche, tarde esto se
desmoronará como nuestros recuerdos, nuestras ansias de pertenecer a un tiempo
imposible de retener con el deseo. Ah, sí. Una anécdota. De pronto me pierdo al
dejar ir mis dedos lentos, buscando la precisión en la letra de molde, como si
de verdad alguien fuera a tener curiosidad o a desgastar su vista adivinando,
reconstruyendo estos mini jeroglíficos. Diablos, qué anécdota. La anécdota es
seguir aquí, derrochando carbón de la lapicera, pretendiendo sacar algo de
donde nada hay. Hay letras, espacios, resquicios, tachaduras, borrones. Esa es
tu anécdota. Cuéntatela. Léela en voz alta si puedes.
**
Me gustaría pensar que el trabajo estará pronto terminado,
pero no será así. He ambicionado más de la cuenta, con mi pequeña lengua
afilada en cuántas derrotas.
**
Carlos era un fantoche. Se creía demasiado desde que
escribió un largo poema al que llamaba “Última noción de Laura”. Se trataba de
una interminable letanía de diez o quince páginas en las que daba rienda suelta
a su esquizofrenia. Laura era, al mismo tiempo, su ideal femenino, pero también
él mismo. Era su aura. Cada vez que conocía a una nueva chica que le gustara,
la agregaba a su panteón idílico. Eso era fastidioso y a un tiempo enternecedor
de lo ingenuo que resultaba. Qué puedo decir. Algunos de sus escritos me
impulsaron a pintar algunas imágenes a las que les tengo aprecio. Eso no quita
que bobalicona cara de Carlos, todo un cobarde en la vida, se me impusiera como
un vaso a punto de caerse. Fuera del gusto de ver cómo se rompe, cómo sus
cristales afilados se dispersan en el piso, qué cortan, la ingenuidad es así de
detestable.
**
El Chubasco.
Lazarillo de Tormes
Faulkner
José Agustín: De perfil,
teatro, contracultura
Gustavo Sáinz: Gazapo,
Obsesivos días circulares
Carlos Fuentes: La ciudad
más transparente, Aura
Mario Vargas Llosa: La
ciudad y los perros
Parménides García
Saldaña: Pasto verde
Los folkloristas
Petrarca
**
Tal vez sea petulante de
mi parte afirmarme en la posición de que, bajo este manto de la tarde, del sol
que empieza a dar la espalda —sin esperar traición alguna— soy capaz de
escribir. Mi único testigo es un farol blanco que se yergue en el patio donde
muchas palabras se hallan deslavadas. El patio. Aquí fue donde, en una de esas
fiestas que comenzaban por la tarde y no terminaban sino a la mañana siguiente,
descubrí a Martha. Me gustaría mejor decir que a Laura, pero en Laura estaba
presente cualquier mujer distante y desconocida. Laura ¿era una idea? En fin,
Martha bebía un vodka tonic recargada en la pared con intermitentes zonas
cubiertas de musgo. Acababa de escribir algunas palabras que en ese momento se
me antojaron rimbombantes: “al amanecer ellos cohabitan los recuerdos”. El
alejandrino no me sorprendió del todo, sino cuando vi que colocaba la
característica C:/ de la programación MS-2 que en ese 1996 ya estaba en su
versión 486 para quienes no podíamos disponer de una Pentium. Martha vestía
mallas negras, con algunas roturas que dejaban ver la piel blanca y lisa de sus
piernas torneadas. No medía más de 1.65, cabello largo y ondulado, tirando a
rojo, labios carnosos, sí, lo bastante como para imantar mi atención y
acercarme a interrumpir su acto de creación rodeado de gente desinteresada. Le
toqué el hombro con la mano izquierda, ofreciéndole más vodka. En un primer
momento me ignoró, siguió escribiendo como si estuviera atenta a una serie de
televisión, a las páginas de un cómic. Se me ocurrió mirar su mano deslizándose
por la pared. Una vez que puso el punto final, me miró de reojo, detuvo un
momento sus pensamientos y, haciendo un mohín con los labios brillantes, me
interpeló arqueando las cejas. Sus pestañas largas parecían las de una muñeca
de porcelana. La que apareció ante mi mente miraba el infinito de un espejo
sentada en una inmóvil mecedora. Ah, ah, me desvío. Ese era el efecto de sus
ojos verde aceituna, te llevaban siempre a otro lado —como constaté más
adelante— y su nariz arremangada, solo un poquito, lo suficiente como para
darle un aire pícaro que iba bien con su sonrisa, un tanto distorsionada por
morderse el labio inferior con los dientes superiores.
—¿Qué quieres, tarado?
¿No ves que estoy ocupada?
La admiración se
resquebrajó de pronto. Me sentí como un imbécil, pero me repuse.
—Nada, es que me llamaron
la atención tus versos. O sea, veo que son comandos que el MS-DOS no acepta.
—¿Y a ti qué te importa?
—Me parecen geniales.
Estás usando la anáfora como no lo había visto antes.
—¿Ana qué?
—Que utilizas un recurso
poético muy antiguo, pero aquí es diferente.
—Aunque así fuera, no lo
escribí para que lo leyeras.
—Es imposible no hacerlo
si está en la pared.
—Pronto va a llover y se
desintegrará, o se llenará de moho.
—De cualquier manera, soy
tu primer lector, y quizá el último.
—¿Crees que eso a mí me
importa?
—Sé que te importa.
—No, para nada. Si quiera
escribir algo que perdurara no lo haría sobre esta pintura que ya empieza a
descascararse. Mucho menos en una pared de lodo que el salitre puede joder de
un momento a otro.
—Y aquí estamos. Te leí.
—O quizá eres un
personaje que inventé para no sentirme sola.
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Mayra y su vagina
lacerante. Bailarina. Atrevida: hacía el amor frente a todos sin inmutarse.
Coleccionaba insectos.
**
Se apeó en sus piernas,
haciendo coincidir el sexo con el suyo.
Las tetas mejor formadas
que había visto o palpado. Hizo que se las tomara con las dos manos y las
sacudiera dirigiéndolas en direcciones opuestas. Temblaron como gelatinas
firmes bajo su sonrisa ansiosa.
**
Amontonados, tirados unos sobre otros, con el torso y la
quijada colgantes de una lápida, de un promontorio con yerbas salvajes. Allí
estaban, aullando, rascándose las tripas, con los cogotes ardiendo por el
mezcal de mala cepa. Borrachos, drogados hasta por los dientes, goteando saliva
a la tierra de huesos, de polvo ancestral. No podían evitarlo. Se habían
congregado para despedir a Azucena. Mario acariciaba una corona de
cempasúchiles con los callos y las largas uñas de su mano derecha. La suavidad
de las flores le llevaba a no pensar en nada. Había cantado toda la noche. No
importaba qué. De hecho, nadie lo escuchaba, cada uno bufaba sus propias
muertes para acendrar la pérdida.
**
No era fácil hablar del poeta. Al principio todos le habían
dirigido su admiración, luego se desmoronaron decepcionados. Al poeta no le
importaba sino cogerse a una de sus alumnas en letras. O al menos eso le
gustaba aparentar. Una tía suya le había prestado su casa cerca del panteón de
Mezquitán. Y ahora que la chica se había graduado y abandonado por buscarse un
futuro con un empresario textil, el poeta se la pasaba llorando por cuanta
lectura de poemas le salía al paso. Ese al que admiras tanto es un chilletas,
me decía Eloy desencantado de los poetas y sus dramas. A Eloy le fastidiaba
incluso el tono cursi que Edgardo Chávez, el poeta y desde ahora el Chilletas,
dispersaba en libros y cantinas. Lo único que les interesaba era la casa.
Después de todo, ya no la necesitaría.
**
El Chilletas nos dio paso libre a la casa de adobe de su tía
en Mezquitán. Todavía estábamos en el último semestre de la Guadalupe Zuno.
Limpiamos la casa de todas las maneras posibles para que despejara los malos
olores. Hicimos un ritual con sahumerio, barrimos, trapeamos, la llenamos de
hierbas medicinales y aromáticas hasta que quedamos satisfechos. Las grietas
sobresalían del adobe, las puertas de metal crujían por el óxido, las ventanas
rotas, pero de igual modo apreciamos la vida por lo que era y nos dedicamos a
beber y a fumar mota. Alejandro, que tenía un amigo ingeniero, cultivó una
plantita de mariguana en el clóset alimentada por un complejo sistema de luz y
agua. Estábamos a fin de siglo e
ignorábamos qué modas vendrían después. Este era nuestro momento. Gracias,
Chilletas.
**
Deseaba asestarle a Mario una bofetada con guante
blanco, al cabo sucio, en su cara fingiente. No me la podía creer que estuviera
de enamoradizo. Y todo por una carta ridículamente cursi que le escribí a
Azucena con su nombre. Esto de hacer poemas, cuentitos y cualquier otra falacia
en nombre de otro nos venía del poeta de La ciudad y los perros. A mí en
particular me encantó unir y desunir parejas. Incluso, en la prepa, uno al que
le decían el Tyson me pagó con protección porque le escribiera un poema a su
novia. Y de veras que necesitaba quién me hiciera el paro con unos weyes que la
habían tomado en mi contra cuando mi hermano salió con la exnovia de uno de
ellos, otro tipejo mamalón de gimnasio. Se apellidaba Soltero. ¡Obvio que debía
de quedarse solo con ese nombre! Cuando mi hermano, que era dos años más
grande, salió de la prepa, me dejó a merced de esta pandilla de bravucones del
salón de al lado. No es que no supiera defenderme, pues practiqué tae kwon do
durante seis años, sino que no había quién me hiciera el paro cuando querían
vengarse conmigo montoneándome. Además, siempre había peleado con vatos de mi
propia complexión, mediado por las reglas de torneos y acolchonado con parapeto
ante los golpes. El caso es que el Tyson no peleaba, no lo necesitaba. Con su
gran estatura y sus voluminosos músculos, no tenía que hacerlo. Acepté sin más
su protección y le di un poema que de hecho ya había escrito para su novia Ana
Luisa. Viéndolo en perspectiva, calculé que más valía sacrificar mis
sentimientos por la chica que aumentar mis enemistades. Mario terminó saliendo
con Isabel, la exnovia de Soltero; de hecho, con su explícito permiso. Lo veía
como inofensivo. Luego los tres coincidíamos en el Parque de las Estrellas al
salir los sábados de la prepa.
**
Edgardo Chávez, un ladino en apariencia mujeriego que
gusta de ligar chicos adolescentes amantes de la poesía, a quienes les dedica
en secreto sus poemas.
**
La fachada exhibe largas grietas que van de lado a
lado. Parecen una telaraña telúrica cubriendo la casa de adobe que nos
prestaron entonces por el panteón de Mezquitán. El Chilletas, diría Eloy. Me
sorprendo cuando mi copia de la llave original abre la puerta negra de metal
con los cristales rotos. El olor a abandonado, a humedad, es asfixiante, apenas
aliviado por los orificios en los vidrios biselados de las ventanas.
Apenas entro y piso unos papeles tirados. Los junto,
pensando en recuperar algo de lo que todavía pueda rescatarse. Papeles
amarillos, papeles mordidos por el fuego, papeles con letra pequeñita o
manuscrita y alargada, papeles escritos con tinta sepia. Como la que gustaba de
cargar Mario en su pluma fuente. Papeles escritos a lápiz, con varias de sus
líneas ya ilegibles. Y no solo papeles. El latón de la cama principal está
rayado con tinta verde y violeta. Las palabras recorren la cabecera, las
láminas dorsales y se instalan, sedentarias, en la piecera. Siguen, huyen de la
cama para continuar en las paredes. En las paredes se apiñan el moho y las
palabras. Y no solo palabras. Un mural con perros de varias razas, en
posiciones graciosas unos, trágicas otros, todavía alcanza a percibirse,
deslavado, detrás de la puerta principal. Nada se salva, todo está cubierto de
escritura. Escritura blanca, entre manchas de agua de lluvia, de café o de vino
tinto. Las sábanas tienen bordadas palabras. toda la casa está repleta de
frases truncas, los cajones desbordan cartapacios que hacen las veces de
diarios, de apuntes. Frases inconexas, palabras invisibles. Reúno lo que puedo.
Tomo fotos y, recuerdo. Algunas palabras son mías, historias que intentaré
rescatar. Pero solo algunas. Ahí donde solo garabateé algunos signos, alguien
más completó una historia, suya o ficticia, quien sabe. El tiempo no sabe perdonar,
ni tampoco los elementos naturales que han hecho de esta casa un campo de
guerra sin guerra. Un lento desvanecerse. El enjarre del techo, también repleto
de tinta de todos colores, se ha caído en parte. Trozos de historias en pedazos
de enjarre. Hay polvo por todas partes, polvo y palabras. Me pregunto si de
veras aquí ocurrió algo alguna vez o la casa es otra ficción en mi memoria.
**
José Asunción pidió a su doctor que le señalara
el lugar del corazón, el mismo que gracias a la exactitud médica recibió un
balazo poco después. La razón: había perdido sus manuscritos en un naufragio
del buque Amérique, que cruzó el Atlántico para llegar al puerto de Cartagena.
Silva hubiera quedado satisfecho si él se ahogaba y sus manuscritos se salvaban.
No creyó en recuperar, en reescribir. En volver a tener el mismo rapto de
inspiración, por más engañosa que fuese. La inspiración, ese insecto impune al que acusan de hablar por boca de otros. José
Asunción Silva murió por una causa
perdida. Una ilusión que, después de todo, creyó a pies juntillas. Si se
hubiera sobrepuesto a la decepción, seguramente los raptos de genialidad
habrían hecho de él un hombre capaz de saludar las madrugadas, comer espléndidamente, dar paseos por la naturaleza. Es decir, habría hallado la alegría que sus médicos le recetaban ante su melancólico andar a oscuras, aguijoneado por las sombras. O al menos, habría vivido para constatar que el fracaso era el ritornelo de la cuna a la sepultura, día a día, con la fe perdida de a poco, como un viejo animal que se dirige
a la muerte. En cambio, honró a ese órgano incansable, del tamaño de un puño, como su propio puño oprimido contra su suerte. Su última inspiración: unir, en una metáfora, plomo, velocidad y sangre. Pegar en el blanco de la
idolatría. Alguien camina esta noche por la calle Asunsión Silva,unos con presunción, otros arqueando el labio inferior ante el olvido, la desmemoria. ¿Y este quién es? Alguien camina por la calle Asunción Silva en Bogotá, en la Ciudad de México, en Madrid. En Buenos Aires, en Montevideo, en São Paulo. Alguien come un sándwich en el parque Asunción Silva, se le cae una rodaja de jitomate en el pasto húmedo y no piensa en el rojo carmesí del corazón explotado de este poema que fue un poeta que fue un balazo de sombra. Una sombra alargada que camina con otra sombra. Una calle iluminada por un farol intermitente.
**
No hay por qué desperdiciar una buena idea. Díganselo
a Carlos, que tal vez nunca tuvo ninguna y de pronto apareció como el mayor de
los traidores. Si eras mi amigo, maestro. ¿Cómo pudiste hacerme eso? Éramos
compadres, casi hermanos. Y todo por tu ambición de ser escritor. ¿Por qué no
experimentaste en ti mismo?
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Mayra coleccionaba insectos. Vivía en los suburbios de
la ciudad, en El Palomar, en una época en que el tráfico era regular y la única
preocupación era la distancia. Pero también la salvación. Era como vivir en el
bosque. Daba rienda suelta a su gusto por cazar mariposas, grillos,
escarabajos, hormigas, avispas y todo ser minúsculo que se interpusiera en su
camino o que de principio le huyera. Tenía un don especial para echar a perder
las cosas, para secar flores, para coleccionar lo que sonara a putrefacto, lo
que oliera. La conocimos en el taller de la prepa que coordinaba nuestra
maestra Elisa Ontiveros. Elisa nos había mostrado que la poesía se hallaba en
lugares que ni pensábamos. En las letras de Charly García (Éxtasis), en
las de La Maldita Vecindad (Kumbala), en el piso del patio. Sí. Resulta
que se le ocurrió que imprimiéramos una rudimentaria revista fotocopiada a la
que tituló Vapor. La llenamos de cursilerías pseudoeróticas,
ensoñaciones y gritos de auxilio que pedían más lecturas y menos derroche
emocional. Quizá fuera Mario el más ducho en las artes de la escritura, pero
estaba viciado por su admiración a Benedetti. Le ilusionaba escribir su propio Inventario.
Tan decidido estaba, que tan solo en quinto semestre (dos delante de mí) ya
había superado el poema mil. Cargaba un legajo con todos sus manuscritos
impresos y corregidos en tinta sepia. No pasó desapercibido para la observante
Mayra, quien le coqueteó desde el primer sábado del taller. Mayra tenía una verruga en el rostro que no pareció molestarle a Mario. Eso sí, unas nalgas y unas
tetas que la congraciaban con el mundo. Lo sé porque alguna vez pude palparlas,
pero esa es otra historia. Mayra desplegó todo su encanto con Mario, quien unos
días después la llevó a la casa de adobe que comenzábamos a hacer nuestra. Allí
tuvieron sus escarceos –una palabra adorada por Mario–, los mismos que le llevaron
a quejarse de su vagina lacerante. Así lo dijo Mario y nos pareció
gracioso en el momento, sin detenernos un momento a pensar en su evidente impericia con las vaginas. Obvio que Mayra tendría su propia queja, pero no se la diría a
ninguno de nosotros. La chica era toda una coleccionista, como nos dimos cuenta
tiempo después.
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Mario me agrada. Es flaquito, con el pelo rubio todo
alborotado y además es escritor. Carga siempre un cuaderno con sus cuentos y
poemas. Tiene muchos. Luego se le ve en el recreo corrigiéndolos. Cualquiera
diría que es un pasado, pero a mí me gusta. Sus ojitos pequeños son incisivos.
Si no fuera por sus lentes, sentiría que me clavan el aguijón en la cara. Se
parece a una mantis. Además, es bromista, no como su amigo Carlos, todo pedante
y apretujado. Diría que Carlos es una cochinilla. De esas que se cierran sobre
sí en cuanto detectan una amenaza. Su larga nariz ganchuda resta a sus ojos
bonitos, escondidos también tras de los lentes y sus chinos voluminosos. Son un
par de amigos simpáticos, hacen buen par. Los vi por primera vez cuando fueron
al salón a reclutar gente para el taller literario de los sábados. Me emocionó
desde el primer momento. Ahí conocí a Ana Luisa y también llamé para que
asistiera a una antigua amiga que tuvo que pausar la prepa por no sé qué cosa:
Martha. De pronto éramos más mujeres en el taller. Seguro que estos nerds no se
la esperaban.
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Cuando conocí
a Carlos me pareció buen tipo. Cursaba dos semestres debajo de mí en la prepa. Era
uno de esos rezagados y solitarios que querían encajar pero que al final aceptaban
su soledad en los recreos. Es decir, era como yo. Lo vi por primera vez en el
grupo religioso que se reunía los sábados. Ahí desfilaron un sinfín de
inadaptados con buenas intenciones. Carlos tenía uno de esos rostros nobles que
te hacen pensar que de verdad hay gente con el aura limpia. Una nariz ganchuda
y enorme le hacía sobresalir por entre el grupo. Entre su nariz, sus grandes
orejas, su cuerpo flaco y su seriedad a toda prueba, las chicas le rehuían. En cambio,
su amigo Alex atraía por su simpatía la presencia de las chicas. Tal vez por
eso Carlos lo había invitado. Hacían un contraste exquisito. A mí no me iba
mal. Andaba con una chica y con otra, aunque confieso que buscaba aquellas que
también fueran un poco retraídas. No me importaba que Celia, por ejemplo, estuviera
pasada de peso. Pronto descubrí que el calor humano vale más que la soledad. La
abandoné porque me gritaba de lado a lado del patio de la prepa: ¡¡¡Maaaaaaariiiiiiiiooooooooooo!!!,
y no andaba yo para esas exposiciones ni burlas de los cuates. Mientras anduve
con ella y otras por el estilo en realidad deseaba estar con Azucena, la chica
más hermosa de mi clase. Buscaba cualquier pretexto para acercármele, se reía
de mis chistes, por más bobos que fueran, y le parecía simpático hablar con un
escritor como yo. Desplegaba mis lecturas comuna pedantería, como ella misma me
dijo, graciosa. Si alguien tenía vocación para escribir ese era yo. Carlos
también escribía. Me llamó la atención que, quitando todo su velo de cursilería,
en el fondo tenía talento, cierta sensibilidad. De hecho, yo era el del talento
que aprendía de su sensibilidad y él era el sensible que aprendía de mi
talento. Quizá este era un bobo pensamiento para etiquetarnos que nada decía de
la realidad de las cosas, pero de momento quise explicarnos con esa fórmula. Así
empezamos a amistar. En el grupo religioso también estaban Andrés, Memo,
Cinthia, Laura y otros fenómenos. Como tenía lógica, Carlos y yo terminamos
siendo amigos fenómenos. Yo hablaba y hablaba, mientras que él permanecía
callado, como estudiándolos a todos antes de proferir palabra. Luego me cansé
del grupo religioso y los gritos de Celia. Fue cuando se me ocurrió fundar el
taller literario.
Al primero que se lo propuse fue a Carlos. De inmediato abrió
los ojos emocionado y se unió a mí en la cruzada de ir de salón en salón
invitando a quienes quisieran hacer versos o cuentos. La maestra que nos
acompañó fue Elisa, la hija de nuestro venerado maestro de filosofía, Polo Ontiveros. Elisa era una chica alta, lacia, de
labios gruesos, estudiaba letras y esgrimía una muy liberal idea de la vida y la literatura. Es
decir, nos deslumbró. No podía haber nadie mejor para guiar a mochos como Carlos y yo, él criado
en colegio marista y yo en salesiano. El primer sábado del taller
concurrieron siete chicas que nos dejaron escurriendo baba. Eran hermosas, y por su manera de vestir, despejadas de prejuicios. Estábamos sorprendidos, nos preguntábamos por qué no habíamos tomado antes la iniciativa. Después se unieron Miguel y el Morro, dos chicos que concurrían a estos sábados imprevisibles de manera intermitente.
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