domingo, marzo 24

Retazos porteños



Jueves 7 de marzo
“¡Se llama Agustín Lara!”, escucho todavía a través de los audífonos a un par de jóvenes porteños hablar no sin pasión del compositor mexicano al encaminarme por Reconquista, a mi espalda Corrientes. Agustín Lara. Separo los audífonos de mis oídos e intento oír algo más, pero la conversación ya es sólo un rumor exaltado calle abajo, entre pasos rápidos de hombres y mujeres que terminan por engullirla. No esperaba escuchar este nombre aquí y ahora, en ese cruce o intersección que va quedando detrás. Me dirijo al departamento en la calle Viamonte del poeta de Coronel Pringles, Arturo Carrera. Pienso: mi hermana acaba de grabarme en nuestra carpeta compartida de Dropbox, justo hoy, un homenaje de Natalia Lafourcade al flaco de oro, el poeta del pueblo. No he descomprimido siquiera el archivo porque de pronto me sentía culpable de padecer el síndrome del Jamaicón Villegas, tal como me lo advirtió Luis Eduardo, un amigo tapatío, poeta y chiva de hueso colorado, pero creo que la sola mención por un par de adolescentes en Buenos Aires deviene invitación explícita.

Domingo 10 de marzo
Recorro la calle de Carranza hacia Honduras. El pasado miércoles también lo hice, salvo que la vida de Palermo es por completo diferente al término que a media semana. Esa ocasión los restaurantes hervían de turistas, sentados en mesas que la marea de la economía había sacado hasta las banquetas. Iba de noche y me dirigía por invitación de Marina Mariasch a la presentación de una antología de cuentos eróticos escritos por mujeres. Le daba flojera a ella misma, pero dos de sus talleristas participaban. Como era predecible, el lugar estaba lleno y a más no poder de fachas –aunque lindas, muy– en plena socialité. La mayor parte del público se componía de mujeres, algunas de ellas que llegaban tarde y no cabían en el salón empezaban a aplaudir al momento, sin saber lo que se había dicho. Al menos conocí –jazz de fondo de un trío de talentosas– la librería Eterna Cadencia, con títulos increíbles de Juan Filloy, Arturo Carrera, César Aira, Alberto Laiseca, Fogwill, Fabián Casas, María Negroni, Jorge Aulicino, Mirta Rosenberg… menciono los nombres porque quiero regresar a por ellos en cuanto me sea posible.
Hoy domingo vuelvo a la carga y me enrolo en una calle repleta de cerrados párpados de hierro, con tatuajes –las placas que la anarquía pinta en bardas, botes de basura y fachadas no iban a discriminar a un barrio de lujo como Palermo. Por todos lados mujeres jóvenes de cabello largo, lacio y ondulante pasean a sus perritos –pasa una en bicicleta con su can en la canastilla frente a los manubrios, aumentando con la baba de sus lengüetazos la brisa de la tarde–, son mujeres que visten blusas sin mangas, shorts de mezclilla que llevan a admirar sus piernas torneadas y argentinas, mujeres que este fin de semana se ven más despiertas y contentas que en el subte rutinario, cuando todo mundo mira hacia abajo, escribe mensajes en sus iPhones, evita mirar incluso su propio reflejo en las puertas de los trenes que sirven de escaparate al arte urbano.
Sigo por Honduras, una inercia me impele hacia el lugar de donde vienen estas mujeres, tal vez las más hermosas que haya visto en cualquier viaje, comparables –quizá lo digo influenciado porque pasan múltiples en bicicleta– a las de Ámsterdam, Berlín o Shangai. De pronto me encuentro en la Plaza Julio Cortázar, o Serrano. Me detengo a oír el bullicio de extranjeros y nacionales –muchos jóvenes– que cruzan por esta glorietita cerrada al tráfico como una naranja recién partida en dos. Minitas con el cabello recogido en bulto hacia atrás, corto, largo, lacio, amarillo terso, perlirrojas (el Word señala el adjetivo como erróneo y, reflexionando, descubro que no). En los puestos callejeros –he aquí mis reminiscencias de los tianguis mexicanos– se vende fruta de temporada, bolsos, monos de peluche, remeras –playeras– que allí mismo graban con litografías. Por cierto que no recuerdo que vendieran un solo libro, siendo que son comunes fuera de ciertas estaciones del subte kioskos con libros de viejo. Allí mismo está la calle Jorge Luis Borges: una ciclovía de dos carriles, ida y vuelta, fluye por una de sus orillas. De nuevo, mujeres hermosas de toda estirpe, evanescentes ante el sol que desciende con la sutileza de una araña.
Y claro, es domingo: los gritos de despecho o de celebración por los resultados del futbol rasgan la serenidad nocturna.

Sábado 9 de marzo
Almuerzo milanesa, ensalada y jugo de manzana con el chileno Vitoco López y su novia en un restaurante frente a la estación del Parque Patricios. Todavía no termino por asimilar la charla que el pasado jueves sostuve con el poeta Arturo Carrera, una de las más inolvidables en esta ciudad porteña. No he registrado nada en papel y temo olvidar la descripción de la escena, pero más que nada la atmósfera vivida. Y mientras me recupero junto a mis amigos de la noche anterior, de la gastritis que roe, de la lectura de poesía en el segundo piso de La Libre donde hallé inesperadamente a otro amigo que hacía ocho años no le miraba, Santiago Vega alias Washington Cucurto, y a otros poetas de la ciudad, las Quilmes de a dos litros en el primer piso de una librería de San Telmo, el postrero fernet, en tanto me recupero de la aventura en el bar Los Poetas en Bolívar al 700 de donde partimos, o del bar en que terminamos cuyo nombre no recuerdo y donde una chica me presentó a su esposa por lo legal… un adolescente con la camisa sucia y desabrochada irrumpe en el paisaje, corre despavorido en dirección nuestra, luego gira, se pierde en la curva. Suenan sirenas de policía. La calle parece en pausa... una transeúnte se acerca con timidez, se siente en la obligación de informarnos que el muchacho asaltó en pleno día a la señora de la verdulería, una anciana a la que apenas le alcanza para comer.
Sale a colación la muerte de Chávez y la noticia de que tan solo en el sexenio de Calderón hubo la misma cantidad de desaparecidos en México que en la dictadura argentina de Videla… Habría que tomar en cuenta los muertos sí reconocidos… Nos despedimos con abrazos. El lunes temprano Vitoco López y yo iremos al mercado negro a cambiar dólares. Desciendo a paso lento por la estación amarilla del parque.

Entre prensas y chapitas en el barrio Balvanera


Carta de Facebook a una amiga en Guadalajara
para Adriana Navarro

No sé cómo comenzar a describirte cómo me ha ido en Buenos Aires. Tengo ya una semana aquí y sería difícil revivir las distintas experiencias que me repito por la noche para no olvidar, o que medio describo en mi diario, a sabiendas de que muchos detalles me evaden. La terraza del departamento que alquilo en el barrio de Palermo, la calle Paraguay casi esquina con Carranza, enmarca las ramas de un cedro que no puedo dejar de contemplar y me tranquiliza. Cubre toda mi visión hacia el patio trasero del edificio mientras bebo abundante café y te escribo.
He estado paseando sin rumbo preestablecido por las calles de Baires (poco a poco me gano el derecho a llamarla así), acostándome tardísimo, durmiendo bastante y leyendo. Conseguí en un par de librerías de viejo de la avenida Corrientes unos relatos sobre viajes de Eugenio Montale, “Fuera de casa”; una novelita de José Bianco, “Las ratas”, que espero terminar hoy antes de ir en la noche por unas cervezas, y “El dueño del átomo” de Ramón Gómez de la Serna, un libro que me costó 20 pesos argentinos, con un aspecto que añeja, en el mejor de los sentidos, un título con pretensiones de actualidad: de color ámbar sucio, olor penetrante –firma el exlibris con letra manuscrita y sepia un tal Antonio en 1952.
También he visto a algunos amigos, entre ellos al poeta Daniel Durand. Para darte una idea de lo que hace, te transcribo de su libro “Ruta de la inversión” un poema entrañable que publicó en una revista tapatía que conoces:

Luz y oscuridad

Llego, entro, prendo la luz de la cocina
y sorprendo a las hormigas coloradas
puliendo los platos y cargando
todos los restos de comida.
No me molestan, pero mentalmente
las advierto sobre la superpoblación:
hasta ahora el ecosistema se mantiene.
Sin embargo, si consigo trabajo,
comeré más, vendrán amigos y mujeres,
habrá más restos, ustedes crecerán
y tendré que echar insecticida.
Sólo esta pobreza puede mantenernos
delicadamente unidos.

Fui al departamento de Daniel porque me convidó a cenar, allá por La Rioja y Venezuela. Aunque de origen provinciano –en Argentina, a diferencia de México, el adjetivo “provinciano” no suele usarse en tono despectivo por los de la capital–, en Concordia en el 64, pero al parecer vive desde hace mucho en Buenos Aires. Como es mi costumbre, me perdí un poco antes de llegar a su depa, así que pude deambular y observar las fachadas antiguas del barrio –entre papeles tirados, cáscaras de fruta y bolsas de plástico–, rodear algún par de hombres en harapos sentados con desparpajo en el suelo, botella en mano y cargando un diálogo contra seres imaginarios frente al hospital. Curiosamente, el kiosko-locutorio desde el que le hablé por teléfono para orientarme estaba justo frente a su domicilio.
Una vez traspasando la reja de la entrada –tomé una foto a sus detalles afrancesados– para llegar al departamento de Daniel hay que atravesar un pasillo largo, de unos veinte metros, tipo túnel del subte pero más estrecho, subir unas escaleras y toparse, en el rellano que sirve de pequeño vestíbulo, con una enorme prensadora de libros. Ya eso empieza a decir mucho de un poeta que se ha dedicado a publicar títulos memorables sin tener que tocar las puertas de ninguna editorial comercial.
Conversamos sobre sus impresiones de poetas argentinos y sobre México, de cómo lee tanto a amigos como a enemigos, y la gran cantidad de becas que hay en nuestro país para los artistas, algo muy poco común en el sur. Ah, y me dio un dato que no debe olvidárseme: acaba de publicar aquí Miguel Ángel Petrecca una antología de poetas chinos contemporáneos que he de conseguir a toda costa. El mismo Daniel ha estudiado algo de chino, y por cierto que hay chinos por dondequiera, haciendo negocios –de cualquier modo, lo que más abunda en su barrio de Balvanera son peruanos y paraguayos.
Bajamos al kiosko de enfrente para comprar unas Quilmes de a litro y en las noticias aparece la efigie del presidente venezolano Hugo Chávez. Daniel me pregunta:
–¿Sabías que había muerto? Yo apenas me entero.
Apenas si nos miramos, guardamos silencio por cinco segundos, pagamos y subimos a cenar.
Le conté entonces de mi viaje a China, de cómo me extravié en el Hupong o barrio antiguo, y él me habló de que uno de los poetas que más lo han emocionado, además de Wang Wei y Li Po, es Tu Fu, de allá por el año 800, a quien intentó traducir enfrascándose en una empresa poco redituable con un grupo de comensales dispuestos a identificar caracteres extraños en el océano infinito del diccionario –en dos o tres sesiones lograron descifrar cinco ideogramas de un verso. El resultado, a la larga: esa antología de poetas chinos contemporáneos preparada por uno de sus amigos y de la que platiqué más atrás, “Un país de metal”. Daniel tiene una excelente memoria sincrónica: sitúa los poetas que admira respecto al tiempo en que vivieron, estableciendo fronteras temporales entre ellos y en contraste con la actualidad. No suele leer novelas.
Como parte de las Ediciones del Diego que hace este poeta, leí hace años un libro pequeñito, “La zanjita” de Juan Desiderio. Ahora –me comenta mientras bebemos unas Quilmes de dos litros y un ceviche peruano que daría hasta para otro par de invitados– se dedica a su colección Chapita. No está de más contarte la curiosa forma que le llevó a llamarla así. Resulta que los argentinos llaman chapita a lo que en México conocemos como corcholata, y en una ocasión cierta chapita se coló en la máquina y quedó prensada en la portada de un libro. A Daniel y a sus talleristas les encantó, y así inició una colección singular con gran variedad de chapitas en sus portadas.
Me dice –en tanto miro las distintas máquinas de prensa antiguas dispersas en rincones estratégicos de su depa, una vasta colección de tipografías de madera y de metal, impresoras y lingotes de prensa– que no sale a ningún lado, es un ermitaño que sólo recibe visitas de vez en vez. Le agrada hacerse cargo del proceso editorial de principio a fin, desde la escritura o su revisión hasta el armado final a mano y la distribución entre allegados. Así pasaron un par de horas, hasta que salimos a la azotea que sirve de terraza a su depa, fumamos, miramos las estrellas –Daniel es un gran conocedor de constelaciones– y recordé que debía regresar antes de que la ruta 41 dejara de pasar.
No hubo más remedio, al final tomé en La Rioja un taxi a Palermo y dormí como lirón apenas cayó mi cabeza sobre la almohada.


Crónica publicada en El Informador:

http://www.informador.com.mx/suplementos/2013/453908/6/entre-prensas-y-chapitas-en-el-barrio-balvanera.htm

jueves, marzo 21

Registro


Corrientes fulgura. Aquí y allá, a mi lado, siluetas, bultos, fantasmas bajo los paraguas chorreando plata sucia.

*

En el reflejo de la vidriera de El Palacio de la Pizza, meseros de uniforme blanco se empalman con la fachada del teatro Astros –de un luminoso rosa–, los autobuses que surcan la avenida, las altísimas torres de un templo gótico, agotado en el paisaje.


*

Una imagen sobreviene cuando salgo de la estación Carranza, en mis audífonos Gustavo Ceratti: “Hervidero de palabras… / Toneladas pesan nada / cuando solo escuchas / sin más que pensar”. Una turba de agujas se hacen visibles por los flashazos de los faroles.

*

La lluvia es un boxeador desganado, su sangre transparente huye por los drenajes.


Buenos Aires, 20 de marzo de 2013

martes, marzo 19

La tarde en que hallaron muerta una adolescente del edificio vecino en el barrio de Palermo

El edificio se quedó sin luz, hielo derretido
de la heladera corrió por las junturas
de un piso de mármol negro,
pasaron innumerables mujeres plateadas
en la calle de Paraguay paseando a sus perritos,
las nubes amenazaban con alfiletear
los reflejos en el vidrio de la terraza,
el edificio de atrás, en construcción, era una gran boca
recibiendo tratamiento bajo el cielo anestesiado,
los mosquitos brillaban, un vecino
asomaba el telescopio por una cortina entreabierta
y comía sándwich, la silueta de una mujer
con la pierna recargada en la balaustrada de una azotea
deslizaba la mirada hacia mi ventana a través del vaivén
de seda de un cedro,
los cartoneros merodeaban la hora de los vencidos,
un taxista mencionaba el nombre del nuevo papa por centésima vez
desde que mermó el sol coloreando la tarde
con una nota roja.



domingo, marzo 17

El cardenal Bergoglio gana la Copa del Mundo




En una de las multitudinarias fotos retocadas que se dispersaron por las redes sociales, aparece el cardenal Jorge Bergoglio, hoy Francisco, sosteniendo, en lugar de la característica, la copa del mundial de futbol, con rostro de campeón.

Y no sólo esa foto hace sonreír a más de uno, pero con cierta religiosidad futbolística –que es también patriótica– en Buenos Aires. Otra imagen destaca la trilogía divina del gran Maradona como el padre, Messi como el hijo y Bergoglio como el espíritu santo. Otra más a Maradona vestido de cardenal junto al nuevo papa, tocándole el hombro con la mano de Dios, aquella misma que diera el gol a Argentina frente a la Gran Bretaña que les jugó mal en las Malvinas.

Un comentarista del canal 26 dice al aire:

–Somos los mejores del mundo y nos gusta bromear con ello. A nosotros nos causan mucha gracia estas puntadas, pero he sabido que no a los habitantes de otros países.

Transmiten por la televisión local una entrevista con Abraham Skorka, el rabino amigo de Bergoglio, representante de una de las comunidades más numerosas de judíos en América, radicada en esta ciudad porteña; “el fin del mundo”, diría Bergoglio.

Un taxista se quejaba conmigo amargamente cuando llegué a esta urbe de ocho millones, mientras avanzábamos lentamente a través de la densidad del tráfico:

–Esta escuela que vamos pasando es judía (íbamos en el cruce de las calles Israel y Palestina). Si tú te quieres estacionar en uno de esos lugares sin ser judío, te quitan al instante.

Jorge Bergoglio era ya considerado uno de los hombres más poderosos de la Argentina. Se sabe de sus relaciones tensas con el ex presidente Néstor Kirschner, quien lo consideraba el verdadero poder de la oposición concentrada en un solo hombre, y que la presidenta Cristina evitaba cualquier contacto con él desde 2010.

Cuando supe de la noticia era el primer día de frío otoñal en la ciudad, miércoles, alrededor de las seis de la tarde. Tomaba refresco con una amiga en un café situado en diagonal al Congreso, justo donde termina la avenida Entre Ríos y comienza Yrigoyen. Le llamaron por celular a Anita para darle la noticia:

–¿En serio? ¿Ganó Bergoglio? ¿Pero cómo puedes decir que eso es bueno para la Argentina? Yo creo todo lo contrario. –Su expresión es de suma sorpresa. Cuelga para no dejarme esperando, y como si continuara la conversación telefónica, ahora conmigo, me explica:

–El nuevo papa es el cardenal de Buenos Aires. Mi amiga cree que es una buena noticia, pero es conservador. Y a mí me cae muy bien Cristina, es mi ídolo. Soy peronista.

–¿Y en qué consiste ser peronista?  –pregunto.

–Mmm, eso sería muy difícil de explicar, es muy complejo.

Anita me habló con pelos y señales de la historia argentina, donde son ineludibles los sufrimientos por las dictaduras.

Se leía en la prensa que los sermones del cardenal Bergoglio le causaron un distanciamiento considerable con la cúpula política del país. Atacó la corrupción desde el púlpito con energía, aunque también se opuso a la legalización del matrimonio gay en el país.

En el canal 26 entrevistaron al ex embajador argentino en el Vaticano. Zanja el periodista la cuestión, pregunta si Jorge Bergoglio entregó al gobierno de Videla a dos de sus jesuitas para que los torturaran. El cardenal, que era reacio a las entrevistas, en una ocasión lo negó diciendo que, al contrario, los había ayudado. El ex embajador responde:

–¿Le puedo decir algo sin que se moleste, a usted que es un profesional?

–Sí, por supuesto.

–No nos metamos en esas estupideces.

–¿Pero es verdad lo que dicen?

–No lo sé. Pero debemos ver hacia el futuro. Tenemos un papa argentino, ¿ves?

No hubo otra noticia en la televisión más que la vida personal del nuevo papa al que los argentinos no podían, por costumbre, llamar Francisco I. Que si era hincha del San Lorenzo, que si de niño vivió en el barrio de Flores, y una anciana orgullosa en el primer plano mencionaba cómo Jorge le había enviado una carta diciendo que si no se casaba con ella se iría de cura.

Y es el cardenal que tomaba el subte para ir a su Catedral, el que daba misa a los cartoneros en el barrio de la Constitución, el que prefería a los pobres y se había hecho su anillo sacerdotal con el oro que fundió con las pocas joyas de sus padres.

Toda emotividad son las noticias. Sólo una mancha del tamaño de un esférico en el campo de la política nacional causa inquietud, un tumor que si es maligno podría devorarlo todo.

Al siguiente día de los festejos, frente a la Plaza de Mayo y la Casa Rosada donde la presidenta tiene sus oficinas, la prensa de todo el mundo usaba de telón de fondo las columnas de la fachada catedralicia de estilo neoclásico decimonónico. Las comentaristas se peinaban con la mano y esperaban a que el productor les diera permiso de hablar.

En las escaleras de entrada a la Catedral y a los costados, algunos mendigos se cubrían con mantas del frío incipiente, hacían improvisadas casitas de campaña y, azorados, huían de los molestos periodistas que intentaban rascar alguna toma del paisaje una vez que la celebración había llegado a su fin. Las tomas del día después, como si esperaran que los ancianos, niños que vendían estampitas de la Virgen entre vagones, las mujeres en traje sastre y los deportistas volvieran a repetir la toma en que regresan de la Catedral como de un partido de futbol.

Un grupo de turistas alemanas se toma fotos en la Plaza de Mayo, las vallas negras detrás de ellas, con la Casa Rosada de fondo, tienen pintas con frases como: “¿A QUIÉN PROTEGEN ESTAS VALLAS SI LOS MUERTOS SON DEL PUEBLO?”.

Otra pinta en el suelo de la Plaza de Mayo, casi para llegar a la Catedral, en la esquina con Rivadavia, dice: “Fuera la Iglesia pedófila”. Las turistas se abrazan y parecen hablar sobre las camionetas de televisoras que cubren la acera.

Me acerco a la Catedral y veo a unos vendedores de broches con la estampa de Francisco –las tablas que las sostienen están forradas por “remeras” (playeras) de la selección argentina. Compro unos cuatro, con descuento, para mi mamá y mis tías en Cocula. De pronto un joven con una cámara de video me dice “Perdón” y noto por su sonrisa de logro que mi transacción ha sido para él la toma de la noche. Después los vendedores posan y muestran la variedad de broches, entre los que sobresalen los del papa argentino, enmarcados por un círculo azul cielo.

Regreso a casa por la línea verde D, la estación Catedral, entre porteños que atestan el tren, con una expresión de fastidio. Quién sabe si en ese momento, al balancearse los vagones en una curva, les llegue a uno que otro alguna imagen como ráfaga, algún recuerdo del ahora Francisco, el papa argentino, sentado y distraído en uno de esos asientos donde alguien hojea un libro, se sumerge en la música de sus audífonos o consulta entre apretones el mensaje de una novia en su iPhone.


Crónica publicada en El Informador (http://www.informador.com.mx/suplementos/2013/444812/6/el-cardenal-bergoglio-gana-la-copa-del-mundo.htm)

viernes, marzo 15

Guía para perderse en la ciudad


Me encamino por calles que pasan a velocidad, ráfagas de arquitecturas desgastadas, pintarrajeadas; fachadas, portones y canteras de gamas azules y grises, amarillos desganados, motivos de lejano resplandor art déco, a bordo de la ruta 29. Cuando partí de la parada, señalada con un letrero de lámina que sobresalía un metro de la banqueta como pequeño árbol maltrecho, con una lista de todos los cruces de calles escritos a mano en el follaje de su tablero, estaba sorprendido de que hubiera servicio de transporte a esas horas, y además ignoraba que iba en la dirección equivocada.
Los trenes del subte habían ya lamido con sus ruedas las últimas vías de la jornada y no quedaba más remedio que buscar otra alternativa si deseaba seguir bebiendo whisky nacional en una mesa del bar Orsai, escuchando la lectura de poetas y narradores. Sobre todo, soportando al merolico que se hacía el gracioso y rifaba cepillos para bolear en los intermedios si algún incauto se había atrevido a participar escribiendo la misma frase dos veces y entregando uno de los papeles al embaucador… al presentador. De entre los ganadores, una de sus citas me llamó la atención, provenía del Aleph borgiano: “…para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil”.
Apenas era mi segunda noche en Buenos Aires. La primera la pasé descansando del viaje y habituándome a mi nuevo departamento de un ambiente en Palermo, a una cuadra de avenida Santa Fe. Marina Mariasch, una poeta y quien me alquiló el inmueble valiéndose del agradecible recurso de cobrarme lo mismo que costaba otro departamento en el Barrio Norte, decidió enviarme por correo las invitaciones de Facebook a dos eventos consecutivos.
A la del miércoles, la fecha de mi llegada, preferí declinar. Pero el jueves 28, en un mes de febrero que omitía el número 29, me encontraba más que dispuesto, recuperado. Además, el joven poeta chileno Víctor López Zumelzu, a quien no había visto nunca, pero había ya colaborado en la revista literaria que edito en México e incluso formaba parte del consejo consultivo, leería fragmentos de su libro “Guía para perderse en la ciudad”.
Entonces me di cuenta de que no tenía manera de tomar el subte porque olvidé cambiar algunos dólares en el aeropuerto, como me aconsejara un amigo director de cine, Fernando Domínguez, quien había prometido llevarme el fin de semana a venderlos todos al mercado negro. Me confié tanto que ahora estaba inmovilizado, dependiente de la tarjeta de crédito… lo que no funciona en absoluto si lo que se necesita es andar en metro.
La señora del expendio de junto al edificio me sugirió cambiar dólares en el súper de chinos que se encontraba a media cuadra, sobre Paraguay –la misma calle de mi edificio-. El día anterior ya había abastecido allí la alacena básica pagando con mi tarjeta de débito porque no aceptan las de crédito. De hecho, Marina me lo había recomendado por ser más barato y ofrecer lo mismo. De cualquier modo, a mí me pareció carísimo. Tuve que escoger pequeñas porciones de alimento y aún así la cuenta era exorbitante.
En fin que decidí cambiar dólares por pesos argentinos en el súper y quedé absorto cuando no me aceptaron ningún billete menor a los cien dólares –no podía reunir siquiera la cantidad con billetes de a veinte–, pero todavía más cuando un joven de corta estatura y músculos remarcados que intercambiaba palabras en chino con la cajera se negó a aceptar el billete de cien dólares que yo le extendía ya que, aseguraba, en China costaba mucho menos un billete con el retrato pequeño de Franklin que los más nuevos con la calva cabeza del mismo personaje a mayor escala. No pude hacerlo entrar en razón, y al fin regresé a mi depa en busca de un Franklin con la papada ampliada y cabello más escaso.
Llegué tarde a la lectura en el bar Orsai, en el 471 de Humberto Primo, aunque apenas empezaba. Creí distinguir a Víctor y me acerqué a saludarlo. Al poco ya estábamos brindando, conversando sobre amigos en común. Entre otras cosas, me advirtió que tuviera mucho cuidado de mencionar a ciertos poetas frente a otros, pues si en el 2000 habían sido amigos, ahora no podían ni verse a las caras. Además, era mejor omitir el hecho de que asistiría al taller de Arturo Carrera o al de Daniel Durand, no fuera que, como solía ocurrir en esta ciudad, me tomaran por un principiante.
–Las cosas –decía Víctor– no son como en México o en Chile, aquí no te toman en serio si vas a un taller, o luego se ponen celosos de que estés con tal o cual y no con ellos. Mejor di simplemente que vienes con beca de escritor.
Cuando le mencioné que entre otros vería a Matías Capelli, escritor con una prosa muy cercana a la fuerza expresiva de poetas como Martín Gambarotta, extrañado me dijo que los poetas en Buenos Aires no tenían mucho contacto con los narradores. Eran un mundo alterno, incombinable.
El merolico presentador alardeaba en el escenario de una gracia que a mí más bien me parecía que le hacía falta. Ya no recuerdo de qué, pues como el mismo Borges ha dicho, el olvido nos trabaja.
Víctor y yo hablamos del toluqueño Sergio Ernesto Ríos, de sus interminables juergas cuando estuvo en 2008 en Buenos Aires y luego en Santiago de Chile, de cómo la novia de Víctor los corrió de su depa a las tres semanas y tuvieron que hospedarse en casa de sus padres, que todavía preguntaban por Sergio; hablamos sobre uno de los grandes poetas chilenos, con tan sólo dos libros, Diego Maquieira, y uno de mis predilectos; del mexicano Julián Herbert y su nueva novela “Canción de tumba” y del chileno Héctor Hernández Montecinos, avecindado en Colima y con quien había bebido hacía tres días en Guadalajara, durante mi despedida en Los Molachos, las antiguas Escaleras.
Salieron a la conversación Timo Berger y el encuentro de poetas latinoamericanos Latinale organizado por él y Rike Bolte en Berlín, el encuentro de poetas Salida al Mar en 2005 en Buenos Aires, en el que tanto Vitoco como yo estuvimos sin conocernos; charlamos de cómo la última mesa –y memorable– de lectura había sido en la Iglesia de los Marineros Finlandeses, aquella vez en que compartí lectura con otro de mis poetas entrañables, Fabián Casas. Y de la obra de otros latinoamericanos que también estuvieron: Washington Cucurto, Miguel Ildefonso, Germán Carrasco, Gladys González, Roxana Crisólogo, Douglas Diéguez…
Una mesera con cuerpo de bailarina nos servía los tragos. Incluso nos platicó que había viajado para participar en una presentación de ballet a Ciudad Juárez, pero no había podido salir del hotel un solo día por razones de seguridad.
En todo esto pensaba cuando el autobús paró y el chofer se dirigió a mí señalándome que habíamos llegado al final del trayecto, a la última parada, nada menos que en el barrio de la Boca, uno de los más temibles para andar de noche, o a cualquier hora. El autor de “Guía para perderse en la ciudad” me había enviado en la dirección contraria a mi destino. Habíamos bebido, comido pizza y mirado a mujeres de risa fresca deambular entre la penumbra levemente iluminada del barrio de San Telmo en Buenos Aires, a las tres de la mañana. Nadie podía esperar demasiada lucidez. Y con todo, mientras hojeaba el libro de Víctor en el autobús, ya de regreso, gracias a que por piedad el conductor no me exigió monedas que no tenía, ahora sí rumbo a Palermo, me dije que tal vez había seguido la ruta correcta, que al fin y al cabo perderme siempre había sido mucho más entretenido.


Crónica publicada en El Informador (www.informador.com.mx/suplementos/2013/443121/6/guia-para-perderse-en-la-ciudad.htm)