Jueves 7 de marzo
“¡Se llama
Agustín Lara!”, escucho todavía a través de los audífonos a un par de jóvenes
porteños hablar no sin pasión del compositor mexicano al encaminarme por
Reconquista, a mi espalda Corrientes. Agustín Lara. Separo los audífonos de mis
oídos e intento oír algo más, pero la conversación ya es sólo un rumor exaltado
calle abajo, entre pasos rápidos de hombres y mujeres que terminan por
engullirla. No esperaba escuchar este nombre aquí y ahora, en ese cruce o
intersección que va quedando detrás. Me dirijo al departamento en la calle
Viamonte del poeta de Coronel Pringles, Arturo Carrera. Pienso: mi hermana
acaba de grabarme en nuestra carpeta compartida de Dropbox, justo hoy, un
homenaje de Natalia Lafourcade al flaco de oro, el poeta del pueblo. No he
descomprimido siquiera el archivo porque de pronto me sentía culpable de
padecer el síndrome del Jamaicón Villegas, tal como me lo advirtió Luis
Eduardo, un amigo tapatío, poeta y chiva de hueso colorado, pero creo que la
sola mención por un par de adolescentes en Buenos Aires deviene invitación
explícita.
Domingo 10 de marzo
Recorro la
calle de Carranza hacia Honduras. El pasado miércoles también lo hice, salvo
que la vida de Palermo es por completo diferente al término que a media semana.
Esa ocasión los restaurantes hervían de turistas, sentados en mesas que la
marea de la economía había sacado hasta las banquetas. Iba de noche y me
dirigía por invitación de Marina Mariasch a la presentación de una antología de
cuentos eróticos escritos por mujeres. Le daba flojera a ella misma, pero dos
de sus talleristas participaban. Como era predecible, el lugar estaba lleno y a
más no poder de fachas –aunque lindas, muy– en plena socialité. La mayor parte
del público se componía de mujeres, algunas de ellas que llegaban tarde y no
cabían en el salón empezaban a aplaudir al momento, sin saber lo que se había
dicho. Al menos conocí –jazz de fondo de un trío de talentosas– la librería
Eterna Cadencia, con títulos increíbles de Juan Filloy, Arturo Carrera, César
Aira, Alberto Laiseca, Fogwill, Fabián Casas, María Negroni, Jorge Aulicino, Mirta
Rosenberg… menciono los nombres porque quiero regresar a por ellos en cuanto me
sea posible.
Hoy domingo
vuelvo a la carga y me enrolo en una calle repleta de cerrados párpados de
hierro, con tatuajes –las placas que la anarquía pinta en bardas, botes de
basura y fachadas no iban a discriminar a un barrio de lujo como Palermo. Por
todos lados mujeres jóvenes de cabello largo, lacio y ondulante pasean a sus
perritos –pasa una en bicicleta con su can en la canastilla frente a los
manubrios, aumentando con la baba de sus lengüetazos la brisa de la tarde–, son
mujeres que visten blusas sin mangas, shorts de mezclilla que llevan a admirar
sus piernas torneadas y argentinas, mujeres que este fin de semana se ven más
despiertas y contentas que en el subte rutinario, cuando todo mundo mira hacia
abajo, escribe mensajes en sus iPhones, evita mirar incluso su propio reflejo
en las puertas de los trenes que sirven de escaparate al arte urbano.
Sigo por
Honduras, una inercia me impele hacia el lugar de donde vienen estas mujeres,
tal vez las más hermosas que haya visto en cualquier viaje, comparables –quizá
lo digo influenciado porque pasan múltiples en bicicleta– a las de Ámsterdam,
Berlín o Shangai. De pronto me encuentro en la Plaza Julio Cortázar, o Serrano.
Me detengo a oír el bullicio de extranjeros y nacionales –muchos jóvenes– que cruzan por esta glorietita cerrada al tráfico como una naranja recién partida
en dos. Minitas con el cabello recogido en bulto hacia atrás, corto, largo,
lacio, amarillo terso, perlirrojas (el Word señala el adjetivo como erróneo y,
reflexionando, descubro que no). En los puestos callejeros –he aquí mis
reminiscencias de los tianguis mexicanos– se vende fruta de temporada, bolsos,
monos de peluche, remeras –playeras– que allí mismo graban con litografías. Por
cierto que no recuerdo que vendieran un solo libro, siendo que son comunes
fuera de ciertas estaciones del subte kioskos con libros de viejo. Allí mismo
está la calle Jorge Luis Borges: una ciclovía de dos carriles, ida y vuelta, fluye
por una de sus orillas. De nuevo, mujeres hermosas de toda estirpe,
evanescentes ante el sol que desciende con la sutileza de una araña.
Y claro, es
domingo: los gritos de despecho o de celebración por los resultados del futbol
rasgan la serenidad nocturna.
Sábado 9 de marzo
Almuerzo
milanesa, ensalada y jugo de manzana con el chileno Vitoco López y su novia en
un restaurante frente a la estación del Parque Patricios. Todavía no termino
por asimilar la charla que el pasado jueves sostuve con el poeta Arturo
Carrera, una de las más inolvidables en esta ciudad porteña. No he registrado
nada en papel y temo olvidar la descripción de la escena, pero más que nada la
atmósfera vivida. Y mientras me recupero junto a mis amigos de la noche
anterior, de la gastritis que roe, de la lectura de poesía en el segundo piso
de La Libre donde hallé inesperadamente a otro amigo que hacía ocho años no le
miraba, Santiago Vega alias Washington Cucurto, y a otros poetas de la ciudad, las
Quilmes de a dos litros en el primer piso de una librería de San Telmo, el
postrero fernet, en tanto me recupero de la aventura en el bar Los Poetas en
Bolívar al 700 de donde partimos, o del bar en que terminamos cuyo nombre no
recuerdo y donde una chica me presentó a su esposa por lo legal… un adolescente
con la camisa sucia y desabrochada irrumpe en el paisaje, corre despavorido en
dirección nuestra, luego gira, se pierde en la curva. Suenan sirenas de
policía. La calle parece en pausa... una transeúnte se acerca con timidez, se siente
en la obligación de informarnos que el muchacho asaltó en pleno día a la señora
de la verdulería, una anciana a la que apenas le alcanza para comer.
Sale a
colación la muerte de Chávez y la noticia de que tan solo en el sexenio de
Calderón hubo la misma cantidad de desaparecidos en México que en la dictadura
argentina de Videla… Habría que tomar en cuenta los muertos sí reconocidos… Nos
despedimos con abrazos. El lunes temprano Vitoco López y yo iremos al mercado
negro a cambiar dólares. Desciendo a paso lento por la estación amarilla del
parque.

