viernes, enero 20

Las tribulaciones de un tapatío en China




Hace algunos años me perdí en Beijing. Es verdad que no es el primer lugar en que me pierdo, que de hecho si no me pierdo en la vida o en cualquier ciudad o esquina, si no demuestro un poco de mínima desorientación, es como si no hubiera salido nunca de casa. Tampoco está de más decir que también en casa me pierdo.
Seguramente mi madre extravió su brújula biológica cuando me gestaba en su panza, o tal vez no sabía lo que hacía, o cruzaba por un momento crítico en su existencia o miraba distraídamente una lúdica película de Mr. Bean. Pero volvamos, si no al punto de partida sí al del vacío donde comenzó la confusión en esa lejana tierra de Confucio.
Era el primer día de mi estancia en China. Llevaba bajo el brazo un librito de Julio Verne, Las tribulaciones de un chino en China que finalmente leí durante el mes que deambulé por tierras orientales, al igual que Kin-Fo, su protagonista. Con sorpresa no sólo mi tren de viaje me llevó por lugares en los que el desfalcado chino puso el pie, sino que los dos estábamos por cumplir 33 años y por una u otra razón, huíamos.
Hacía calor ese verano, a finales de mayo. Y quien sepa un poco del argumento de la novela recordará que Kin-Fo se trasladaba de ciudad en ciudad para evitar que se cumpliera su autoimpuesta sentencia de muerte, que tenía por fecha límite el día de su cumpleaños. El mismo día que cumplo yo, por cierto, el 25 de junio.
Sólo que en mi caso yo no tenía a un asesino profesional tras de mí. Conociéndome, no era necesario. Simplemente seguí mis instintos, platiqué con una joven y linda china en la plaza Tiananmen, que me dio su teléfono y varios consejos en inglés. Cuando menos imaginé, había pasado la hora en que quedé de reunirme con mis compañeros de viaje.
En vano los busqué. Entonces decidí hacer mi propia incursión. Después de todo tenía en el bolsillo la tarjeta del hotel.
Con estupor me di cuenta de que dominar las cinco frases de mi guía del inglés era completamente inútil en China. Experimenté, en carne viva y no sin amargura, el significado del famoso dicho: me hablaban en chino.
Intenté comunicarme con unos guardias que me ignoraron. Fuera de una madre y su hija que hicieron lo imposible por interpretar mis gestos y de unos estudiantes que se apiadaron de mí y marcaron desde su celular infructuosamente, me vi rodeado de la más absoluta incomprensión.
Pero estaba decidido a no dejar pasar mi primer día en ese país fabuloso. El conductor de un gastado taxi-triciclo se acercó a mí y me ofreció –a señas– sus servicios. Como me di cuenta después, recorrimos el hutong, el barrio antiguo, pletórico de callejones irregulares y casas con idolillos de la buena fortuna en sus tejas desvencijadas.
El hombre pedaleaba y sudaba por el esfuerzo pero no dejaba de sonreír con unos enormes dientes amarillos y de platicarme sabrá dios de qué.
Me mostró una casa por dentro, llena de ropa tendida y niños en pelotas que corrían de un lado a otro, y un pequeño museo. Luego se detuvo ante una construcción de piedra más grande que el resto. En la puerta esperaba una mujer de mediana edad, vestida con hanfu, algo así como un kimono, y sandalias.
El conductor se apeó y le habló con reverencia, en voz muy baja. Me hicieron señas de que los siguiera, y lo hice, no sin cierta reserva, listo para echar a correr en cualquier momento. Por dentro había mesas y sillas, aunque ni un alma.
La duela de madera crujía bajo nuestros pasos. Al llegar a una habitación, la mujer le ordenó al conductor que no entrara, al tiempo que me señalaba un banquito al interior.
Por el pasillo apareció un anciano sin un diente, armado con un instrumento de cuerdas. La mujer le sonrió con ojos cómplices y sacó de entre los pliegues de su vestido un pandero con el que acompañó los acordes del viejo. Cantaban con voces destempladas y antiguas.

miércoles, enero 18

Ya que la patria viene a cuento

Ese trapo que ondea en un parque público
ha servido para limpiarse las morusas
después de un gran bocado.

Un patriota hoy
canta mal las rancheras. Y a mí no se me da entonar.
Dime, ¿cuál es tu patria
cuando navegas con bandera ajena?

martes, enero 17

Incursión al Mohave


A Amaranta Caballero

Vagamos por las ruinas de un parque rojo. Con estribillos en los dedos enredados, en los zapatos, decidimos entrar al desierto: un águila y varias mujeres desnudas que flotaban sobre sus motos hacían ver en los muros una plenitud pegajosa. Lo irreal asaltaba, nos cubría la memoria, la engatusaba. El olvido fue el estallido de un diamante que recuperé tras el vidrio sucio del tiempo, bajo la mirada de un anciano que torcía la boca con desprecio. Bebimos el ámbar amargo de la cerveza, la incógnita repetida, la soledad muda de nuestros padres con el corazón despostillado. Todo ocurrió al menos dos veces, como en un sueño oprimido por un sol opaco y aplastante: luego el anciano era otro, un hombre que extendió su mano de boxeador para pedirme unas monedas.

lunes, enero 16

Insomnio


Las pastillas se disuelven en tu saliva, impregnan tu sangre con una tintura comprada a hora pico en una tienda de sanguijuelas, el cambio de piel es imposible en esta oficina repleta de gángsters: putillas del rubor rosado, vírgenes como Adela, fusilados y contrabandistas con falda de corte inglés o corbatas de terciopelo azul. Finges no saber nada de los alacranes en el elevador. Las ratas que carcomieron la base de los escritorios fueron una mala inversión en la bolsa. Ese que firma un cheque rubrica su epitafio.

domingo, enero 15

Zapping



Sugar atiende al teléfono una estrella ciclada. 3014. Cerebralmente, quiero decir. Querer: verbo ¿intransitivo? Intransigente. Es su madre al otro lado de las ondas verbales, expansivas. Pobre Sugar, tan en su trono; especifica: cada quien su psicosis, o apoteosis. Terrible, temible jump. Desierto. Móvil: una rata mira la escoba dirigirse a su cabeza, sin huir. Hay cosas que no cambian, los siglos están sucios. La soledad es sólida.

jueves, enero 12

La oficina es un caballo blanco como el día



¿Estamos solos en medio del blanco desierto? Paredes, escritorios,
clips, camisas de fuerza, así
un vómito mono-tono.
La oficina
cabalga a trote como un teclado, un caballo blanco de redoblado paso interminable. ¿Estamos
ensillados en el día que come piedras
y pienso?

Hasta el aire está acondicionado.

Si dejas de creer, una abeja extravía el soporífero sabor de su celda…

¿Importa morir como un bicho aplastado por un cuaderno a rayas? ¿Y si la blancura llama con esa intensidad que sólo conocemos los coleópteros?

No, no. El suicidio no es para pronoicos atareados en la astrología,
rogando por que la muerte pase a segundo plano, a última instancia, en las penúltimas páginas
del balance,
la estrategia.

El plano que sigo ahora es el que me deslumbra.

lunes, agosto 1

Polvo, ahora



Estoy al borde del cuarto piso, gárgola que medita pólvora: polvo, ahora. Automatizado, mis razones orbitan como moscas alrededor de mi cuerpo (simpáticos gusanos anidarán dispuestos a guiñar un ojo a la gorda forense que partirá mi corazón). Miro a la eternidad como una momia estática en su gesto trágico detrás del aparador. Como el fantasma que piensa atravesar su primera pared, trato de reconstruir los cielos rojos que tuve en mis manos, vendándolos en el hospital de la memoria.


Publicado en el núm. 166 de Punto de Partida, julio de 2011.

miércoles, diciembre 1

En las trampas de la Antártica


Cada día es una invitación a andar inválido como una cuchara chueca. Las pesadillas me remiten a instantes calcinados en la nuca, admoniciones que se petrificaron como hielo en los perejiles del atardecer bajo un cielo raso como un desertor soldadito de plomo. No quisiera ser quejumbroso pero el toldo de las nubes es una feliz plancha de acero que acabará conmigo como con un pingüino soez que ha ido cayendo en todas las trampas de la Antártica.


Poema publicado en Metrópolis núm. 31, enero de 2011.

domingo, octubre 10

Una calle como cualquier otra

Hace 34 años mis papás construyeron su casa en una calle como cualquier otra de la Guadalajara que empezaba a invadir los famosos maizales de la Villa de Zapopan. La colonia Prados de Guadalupe integraba lo mejor de las opciones clasemedieras: familias incipientes comenzaron a poblarla muy poco a poco, sin pretensiones y con un cálido sentido de comunidad.
La casa de mis padres fue la segunda en ser habitada en Arcángelo Corelli, después de la de Doña Mago, una señora mayor que haría de nana para varias generaciones de niños, dándonos siempre a probar sus deliciosos platillos de cocinera profesional.
Era el tiempo en que jugábamos a las escondidas en las casas en obra negra, encantados, policías y ladrones, nos deslizábamos en patines o prendíamos fogatas en los baldíos, antes de enfrascarnos en un futbol que acabaría con muchas ventanas y paciencias.
Los jóvenes que llegaron por primera vez a esa calle con el nombre de este excelente violinista italiano que tanto influyera a Bach y a Händel ahora son abuelos, aunque otros tantos se han mudado o de domicilio o de mundo.
Y es en mi Arcángelo Corelli donde he experimentado un desgaste que entreveo en muchas de las colonias tapatías. Los vecinos ya no procuran saludarse como antes: encerrados en cajas de ladrillo y metal, miran de reojo y evitan establecer algún contacto que les impida su ansiado aislamiento.
La gran mayoría de los enormes pinos que dieron sombra a nuestra infancia han sido talados y los jardines sustituidos por cemento, dejando en su lugar un paisaje desolado. Los autos sobre las banquetas se multiplicaron como por generación espontánea y ni siquiera es posible saber si algún flautista de Hamelín se robó a los niños o permanecen embebidos en la virtualidad de sus X-Box al fondo de sus cuartos.
Ya hasta un horrible casino se apoltronó en la colonia y la Guía Roji ha omitido el nombre de Prados de Guadalupe, como si se tratara de un pueblo fantasma.
En la actualidad sería imposible andar en bicicleta o armar porterías con ladrillos. Ni balones, ni señoras enfadadas, ni postes con pintas de niños que adoraban a ciertas niñas.
Con todo, todavía hay un dejo de esa calidez que permanece en el aire como un recuerdo que la memoria no termina por desechar, como cuando nos reuníamos a media calle para representar nuestras obras de teatro con títeres, cuando algunos vecinos gustaban de ver la vida en ebullición bajo los grandes pinos y de la saludable gritería de los más pequeños.