Ya no estoy para dejarme caer entre tornillos que alguien tiró en el
piso antes de irse nadando por la calle sonrojada. Vengo de mirar aparadores en
un supermercado con vidrios de aire, productos que solo podían ser percibidos
por el olfato. Me descubro enérgico y grisáceo todavía, como un diente que
acaba de ser reparado de la caries con una bochornosa capa de material que
pretende parecerse a mí mismo. Cómo se rompen burbujas en el pecho y causan
este ruido de avión que avanza rompiendo las nubes, cuchillo desafinado. Recuerdo entonces: me vi envuelto de metáforas y me
deshice de ellas como de huesos desperdiciados. Una puerta se abre, rechina,
voces de una película llenan el vacío que los grillos no alcanzaron a distorsionar cantándome al oído noche y día, horas y horas estiradas hasta volverse
transparentes, aparentes. Dejo que mi lengua acaricie sin amargura las
palabras, que huya hacia el punto y aparte, que emita sus señales justo antes
de dejarme vencer por las pesadillas.
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