Perros ladran a una hostia colgada de un cielo desteñido, plagado
de relámpagos que no terminan por alumbrar la noche esbelta. El ruido de la
oscuridad me hace bostezar y salto de página, con todo y una pátina de óxido
que se embarra en las yemas de mis dedos. Lo lamo, pensando que puede ser
venenoso y tan solo hago un gesto de hastío antes de levantarme y clavarme como
una tachuela en las acolchadas neuronas de mi cerebro. Ladridos; un avión despegó para encontrarse solo en este momento, detenido en medio del marco de
la puerta. No quiero decir que balbuceo y, lo hago: me doy de topes contra una
pared imaginaria, me tapo los oídos para intentar descifrar las redes tendidas por la noche, pero esos
motores de propulsión me sacan del ensimismamiento, me sitúan frente a la página
electrónica. Abro la boca aspirando el silencio rezagado en los rincones de un cuarto que apenas comienza a
mirarse a sí mismo luego de un largo ahogamiento.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario