Aunque cerraras los ojos en Ámsterdam
y los abrieras ajeno en una habitación vecina
de esta ciudad que te piensa mientras la observas,
lo que importa es dónde estás, no lo que has abandonado.
Enciende la televisión —aunque no la haya—
conspira en este cuarto austero de hotel, piérdete
entre los caseríos ruinosos de Lisboa.
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