un escenario
donde ensayan pausas.
una esfera argumenta
recibe telarañas
como gesto de bondad.
Carlos Vicente Castro
Fuera del orden
confinado
entre tus cabellos
de metal ardiente.
ilesa?
en recibirte como a un lagarto
al que sin miedo se le abre la boca
hasta que sus colmillos desdicen la fe
en un papel donde no era conveniente
escribir con tinta china.
que antes fueron pestañas:
tu respiración aguda
no tiene evidencia
del miedo atrapado como una flor amarilla
en las hojas de un libro
abandonado a su suerte
en una tienda de viejo
visitada por niños.
este pensamiento
al que le quemaron
las orillas.
Empecemos por descaminar
lo avanzado entre gritos de tren
y el hombro entumido. No sé si puedo decir
algo que valga el peso muerto de haber llegado
hasta aquí, a esta mesa abollada por alguna
herramienta
no utilizada. Quisiera estar dentro de mis
venas
oxigenando los pulmones, deshaciéndome
de los glóbulos que no me permiten hablar
libremente. Ni el agua sabe
a quietud. Solo escribo esta página
como ejercicio de fluidez en una autopista
cuyos autos arroja el King Kong pixelado de un
sueño
hacia un abismo olvidado al día siguiente.
Una palabra sincera crece desde la vena
cava
hacia el esqueleto, son testigos
las sillas amodorradas en la pared.
Me parece que balbucean.
Mi
padre me lo ha dicho por el celular,
su
dolor no tiene remedio.
Cuando
le operen de la hernia
esperará
lo de su columna y algo más
que
no recuerdo.
No
pretendo ser confesional,
solo
decir sobre la página
que
termino abruptamente la conversación
porque
no deseo
seguir
escuchando, no está en mi naturaleza
tomarle
de la mano como mi sobrina
para
que no choque con las paredes del pasillo
ni
tampoco quitarle los desperfectos a su cuerpo como si fuera
un
saco del que puede despojarse,
dejar
colgado.
Su nombre está incompleto en la puerta,
sale todos los días a las once de la mañana
sonando sus tacones por el piso de lajas
en el patio central,
deja detrás un par de arbolitos
que no han crecido demasiado
a falta de espacio en su cajete.
Ella avanza hacia el estacionamiento
con la decisión de quien se ha liberado
por diez segundos
mientras llega a su auto
abre la puerta, la alarma suena, la apaga
queda un poco de gasolina
menos mal
en el asiento
su máscara.
importa tomar un objeto cualquiera
una impresora un bote de agua vacío
la impresora sin cartucho imaginemos aunque lo tenga
el librero lleno de libros sin libros
la computadora con archivos descompuestos
imaginemos
un hombre sin alma desalmado un fantasma
eso es un hombre sin cartucho como un bote de agua vacío
imaginemos
un hombre en un cuarto solo un libro de letras tachadas
imaginemos una casa sin palabras sin nadie
ni reflejos en sus ventanas sus espejos deformes
una casa es un hombre
imaginemos
un hombre no es una casa
imaginemos
un hombre o una impresora sin cartucho
un bote de agua vacío una computadora trabada
imaginemos
no es que pretenda aniquilarlo
no sé por qué dirige sus pasos hacia fuera
el hombre es una casa cuando quiere
la casa vacía espera
Sale a medianoche del departamento
hacia las vías del tren.
En las raíces de un árbol enorme
la banqueta es un mapa de rupturas.
Una llanta descansa de girar entre hojas secas
y trozos de bolsas de plástico.
Una ventana del edificio
proyecta su tenue luz
de televisión:
la sombra móvil de las ramas
parece la silueta
de una esfinge.
No sabe cómo responder
a su pregunta.
Una bestia espera
en los lingotes de la tarde blanca.
Mina sus huellas apenas aparecen
en los intersticios de caminos privados.
Trasluce el vigor olvidado en vanas travesías
de libélulas pintadas en alas de colibríes famélicos
sobre el cable electrificado de la vecina.
Le han dicho que se trata de esperar,
que todo ─así
sea el hambre de veneno─
es atizar un fuego azul en la madera
de los ojos por si algo aparece
en la duna hueca de latidos,
en el epicentro de la aguja perdida.
Con la rapidez de un zumbido
despide lo que llaman verdad
para sepultarla y que no cause
daño a los escarabajos escondidos
con miedo a ser escudriñados
por otros escarabajos.
Qué fantasmas aletean como ángeles
aturdidos, qué borroso es todo esto
de no salirse de la línea
por temor a que sea visible.
Llevaba
más de dos semanas levantándome con un golpe de barra en medio de la espalda. No
precisamente una barra de hierro como las que utilizan para hacer zanjas en
jardines pedregosos o de tierra seca y dura. Sino una barra de frío húmedo. Una
barra que había socavado mi espalda al centro y el resto de mi cuerpo como si
mis nervios fueran un cúmulo de cables que alguien jalara con el puño, sin
sacarlo de ahí. Fui descubriendo poco a poco que se trataba de humedad, una
humedad que no podía señalar con el dedo por ser imprecisa, nebulosa, invisible
como el aire hasta que lo pronunciamos. Ahí estaba, causando grietas en mi
cuerpo casi quincuagenario. Apenas uso esta palabra por primera vez y sé que la
década estará impregnada de su idea. Porque ha de tratarse de una idea, al
igual que el rostro cuarteado que miro en el espejo. Adiós a ese cutis suave y
hasta femenino de la juventud. Cuando voy al gimnasio por las mañanas, los
chicos me hablan de usted, de señor, incluso de profesor. Y es que el gimnasio
está en la universidad donde doy clases y además estudio una maestría. La
entrenadora del gimnasio me mira con cierta condescendencia para explicarme una
y otra vez el uso de las máquinas para mi rutina. JALÓN CON POLEA AL FRENTE
ABIERTO AGARRE PRONO. Dos o tres chicos ─se entiende que también las chicas─ están embebidos subiendo escaleras
interminables con una lentitud que no utilizaría para las reales. De hecho, les
he visto tomar el elevador al cuarto o quinto piso en el edificio de Artes. Nos
hemos encontrado en ese espacio cerrado mirándonos furtivamente por el espejo.
O al menos yo lo he hecho: siento curiosidad por los gestos y las actitudes de
las personas que me rodean. Son muy amables conmigo y, si están conversando en
grupo, apagan su conversación una vez que se cierran las puertas y oprimen el
botón con el piso al que ascenderán; es entonces que las miradas de soslayo parpadean
como las lucecitas intermitentes de nuestros celulares con notificaciones todavía
no vistas. Esto de subir escalones en una máquina y usar otra máquina para ir
hacia los pisos superiores del edificio es una situación embarazosa. Nadie
parece darse cuenta de ello. En mi caso, he ido al gimnasio no porque desee
esculpir mi cuerpo como lo hacen algunos chicos. No disimulan ante el espejo
del baño común, sino que se solazan en posar en toalla como si fueran faunos
griegos o pinturas atléticas que lanzaran el disco. Otros al parecer intentan
imitar al conocido lugar común del David de Miguel Ángel, pero con la pantalla
del celular sostenida por uno de sus brazos hercúleos e inmóviles. Su público
dará like a sus marcadas abdominales, quién sabe si con igual o menor
admiración de la que ellos parecen mostrar frente al espejo empañado. Son
jóvenes. Cuando yo lo era, llegué a marcar los músculos ejercitándome en el tae
kwon do, el basquet, la bici y la frenética caminata diaria hacia la parada del
camión. Nunca logré volumen, la intención era otra. Abominaba la idea de
ejercitarme en un gimnasio porque me parecía que esos músculos voluminosos no
servían para nada: ni para patear al contrincante ni para atrapar un balón en
vuelo. Nunca se me ocurrió, mientras jugaba basquet, medirme los bíceps con
cinta ni mucho menos presumirle a nadie mis pantorrillas. Era flaco y correoso.
Algunos de estos chicos compiten entre sí levantando pesas enormes y en el
inter comparten fotos de sus avances en Instagram. He presenciado, en mis
clases al frente de algún grupo de programadores, cómo algunas alumnas se intercambian
con cierto regusto y gracia esas mismas imágenes que he tachado de narcisistas.
Esto me ha hecho pensar que se trata no de un narcisismo individual, no de un
Narciso que se ahogue en un estanque, sino de una red colectiva de narcisismos
ahogados unos en otros. Una flor sobre otra, un montículo de Narcisos contaminando
con su exceso al lago y asfixiándose entre sí. Seguramente este chico que se
toma la selfie medio desnudo ligará a otra chica ─o chico─ con los músculos también esculpidos
con esmero, tendrán una cita y cada uno se excitará con su propio cuerpo. En
fin, igual habrá disfrute, deseo, tacto. Juventud, rebosante. Yo ni siquiera me
atrevo a ponérmeles enfrente. Soy como uno de los intendentes que nunca he notado
sino subrepticiamente en los pasillos: me escurro por los recovecos y, como una
cucaracha prudente, me detengo cuando detecto movimientos para volver a avanzar
en cuanto el barullo se va desvaneciendo. Se supone que estoy allí en busca de
salud, combatiendo la recalcitrante diabetes. Pero en momentos, a solas,
también me descubro supervisando mi silueta en el espejo que recubre toda la
pared poniente del gimnasio, o el mismo espejo empañado que refleja a los
Narcisos. Me pregunto si ya bajé la pancita, si alguien notará los nudos de mis
piernas una vez que me decida a abandonar el pants, cuándo las líneas de mi
abdomen resaltarán de manera que desee compartir el hallazgo en Instagram, para
regocijo propio.
Me creo capaz de escribir día a día marcando el polvo, a
veces haciéndolo caer con la punta de mi pluma Bic de tinta verde. ¿De qué
color era este muro lleno de telarañas? ¿Con qué transparencia dejaban pasar la
luz estas ventanas biseladas con adornos florales, rotas y manchadas de gotas
de pintura roja? La casa es una heredad, un pasillo lento que se va recorriendo
incluso cuando me quedo de pie frente a la maleza del jardín, las hormigas que
van fragmentando los arbustos. Podría investigar en alguna enciclopedia cómo se
llaman, pero no creo que valga la pena. Qué me importan los nombres de unas
plantas que no los necesitan. El anonimato es su esencia, al menos desde donde
yo lo veo. Y ellas no parecen tener una respuesta al respecto. Ni preguntas. Se
mecen, tiemblan con el viento que de pronto las acaricia como si pasara su mano
por encima, una mano parsimoniosa, carente de la noción del tiempo. o quizá más
bien tan inmersa en el tiempo que solo detectamos su paso por el movimiento de
las hojas ansiosas. Acabo de añadir este adjetivo solo por diversión. Ansiosas,
las plantas. Las plantas que ni si quiera quieren ser nombradas. Que no quieren
nada, ni agua. Que más bien son ajenas a la voluntad mí y de ellas mismas. Solo
están allí. Son, en todo caso, producto de la voluntad de la naturaleza, la
misma que me ha puesto a mí frente a ellas, la misma que me ha dado la
capacidad del lenguaje que enmarca las yerbas del jardín. Pero cuál jardín, si
un jardín es algo cuidado, es precisamente la naturaleza domesticada. Y aquí
corre libre, asediando el limero que quién sabe cómo sobrevive si no creo que
nadie tenga la paciencia de regarlo. Haré algunas anotaciones sobre estos
verdes y amarillos salvajes en mi cuaderno, y las acompañaré con estas hojitas
carcomidas por gusanos, esta flor blanca de olor a miel. Ya veremos si regreso
algún día a este espacio en la pared apretujado por otras palabras. A las hojas
de mi cuaderno que parecen paredes llenas de polvo y telarañas.
***
No puedo negar el dolor, no estoy capacitado. No crean que
me refiero a un dolor abstracto, sino a aquella vez que un caballo me pateó en
la rodilla izquierda. Íbamos corriendo los primos por la calle Pedro Valdez en Cocula,
de la casa de mi abuelita María a la sempiterna tienda de la esquina, pasando
por el billar, donde varios caballos alazanes esperaban a ser montados de nuevo.
La patada fue la de mi primo al pasar corriendo, al caballo, y a mí me tocó la
venganza. Nunca nada me ha dolido tanto en la vida. Y eso que ya tengo 21. Nada,
nada se le compara: quería arrancarme la pierna y arrojarla lo más distante
posible, donde el dolor se escuchara a lo lejos. Los otros dolores son algo
bien distinto. Por ejemplo, sé recibir golpes. Más bien, estoy acostumbrado a
ellos. Desde pequeño, sacar malas calificaciones era motivo para ver la trayectoria
hiperbólica que seguía el fajo hasta mi cara. Había estilo en eso. Pero yo resistía:
mantenía mis calificaciones igual, retando a los consabidos gritos y magulladuras
de lo que percibía entonces como mi cuerpo de metal. En eso se transformaba y
entonces ya solo era cosa de ir a recomponerlo. Los golpes sonaban en el hueco,
porque que yo sepa ningún muñeco de lata tiene un órgano que irrigue sangre,
podría oxidar el armatoste entero. Pero hablaba del dolor más grande: sí, fue
contra mi rodilla y no tuve oportunidad de convertirme en hojalata a tiempo.
***
De lo dado a lo que arrebatamos,
de lo articulado con lengua de fuego
a lo que el juego nos articula,
de lo saboreado con la sangre
al saber que se extingue circulando.
Mamá masculla sus maldiciones
en la otra habitación, ha apagado la tele
pensando que está sola
y mientras esculca los cajones
dispersa murmullos al viento en
resistencia.
Oigo cómo le vienen a la memoria
asuntos pestíferos, cómo sale de su boca
el bestiario de un libro de horror.
Mi madre ahoga sus palabras
como municiones en un blanco de feria,
es su momento de golpear lo que la ha
golpeado,
de estropear el día
como si lo apaleara con una escoba
para respirar su polvo.
No estoy en condición de negarle este
placer
de revivir lo olvidado como si saqueara una
tumba,
de tachar la noche con más noche.
Sus palabras rondan como aguijones
mientras abre y cierra las puertas del
clóset
donde le aguarda un monstruo de cien ojos
al que intenta
forzar por el desagüe
del lavabo.
La palabra fantasma
recibe a los muertos recientes.
Caminar suena como un crujir
de huesos expuestos a los elementos:
la mano de la oscuridad
busca en una bolsa
dulces envenenados.
Tus ojos son puntos suspensivos,
alguien los abandonó en una mesa
junto a un par
de dados, a sabiendas
de que nada es dado, sino
lo que no merecemos.
Es en momentos como este
cuando huyes
hacia un bosque de hojalata.
Bodegas
30 bolsas
transparentes
cajas, una de esta
otra de esta
una limonada
dos limonadas
cuatro limonadas
sobre la mesa
es el inventario
ah, el cliente
como él
la quiera
la caja
lo que contiene
ah, y comprar
una máquina
para medir
lo blanco, lo negro
una y otra vez
cajas
Aquí estoy, inmerso en la línea punteada
que trazan las hormigas desde el manzano,
suben por los ladrillos huecos del muro
hasta perderse en otra casa, de la que no se oye
sino el gallinero: se huele, se adivina.
De allí vienen las hormigas y allí regresan
una a una, con sus trozos de amarillos
que no significarían nada si no fueran
una continua demolición.
Aquí, pienso: el transcurso agobiado de las tardes
no ha sido suficiente, los días
no roban algo de mí poco a poco,
no detento más derecho que este manzano
o el ciruelo de más allá, el arbusto de café.
Contemplo el pequeño huerto,
agradecido por los muchos hijos
salidos de Petra como de un hormiguero
para roer el mundo, o al menos
este caserío tenso como una pistola,
este jardín donde el canto de los gallos
está a punto de suceder,
donde mi sangre camina.
Me han dicho que dios con esta
pesa
sube, baja, da tonificación
a la realidad de la puerta sin
cerradura,
la que juega con anuncios de
ánimes
en la pantalla móvil del
Streaming
esperando. Pero qué sé yo de
dios,
solo que quizá quiere colgarse
del vivir vedado a sus ojos sin
Pantone,
los dedos sin cortes. Quizá sea
su manera de ser menos abstracto
enlodarse de frases sueltas
que dan otro significado a lo que
nos toca
con su lengua bífida.
Quizá dios también sea
proceso del fracaso.
Dabas el agua agridulce y ácida
con amarillos y verdes rugosos
al jardín donde la música
era jugar a las escondidas.
Esas fibras o gotas sólidas
─legañas
del que despierta
si se abre en dorados─
al reventar
aguijoneaban la lengua, el sabor atónito
del día que se olvida.
De pronto: una ráfaga seca
o te quebraron las piernas los gusanos
y tus hojas apiñadas como hormigas muertas
son el signo de algo pasado subido a tus dedos
como dicen va perdiéndote la cicuta,
medusa
petrificada.
Escuchar las plantas es para mí
florecer sin la tecnología
que me abruma
a ciertas horas
contagiadas de gripe imaginaria.
En la televisión recorto hierbas, soles
contritos, detrito
y me parece tan real
esta pesadilla de la que aún no me entero.
Soy espectro entre figuras cromáticas, no hay sillón ni cama
ni escritorio con sus llagas extendidas.
Voy tejiéndome a la historia
como un insecto que inmerso en la pantalla
piensa estar al filo de una bugambilia.
Los relámpagos en la ventana de un
cuarto de azotea
balbucean lo que va a ocurrir
pero no saben que a mí los videojuegos
no me alcanzan, ni Super Mario
con sus herramientas para hacer de la mañana
un cúmulo de Cladosporium a todo color.
Yo no sostengo que debiéramos guardar
lo que nos mancha la yema de los dedos
y podría matarnos, lo cierto es que
los hongos me son indiferentes
hasta que reprograman los buenos días por haber leído
un libro del que se alimentan y entonces
ya forman parte de los sucesos
que siguen.
Si el aire sostiene cuando lo ignoras
¿por qué patear la piedra
que no se ha dado cuenta?
Enhebré las manecillas del reloj
al ritmo
de venas apaciguadas
por si acaso me quedo sin la cabeza de flamingo
desbalagada por el librero
entre una sucesión de páginas muertas
que no saben si resistir
o liberarse a la inercia
del ruido.
Son tus bigotes los que
tiemblan
cuando el padre toca el claxon
y la chica que es un alce
se asoma por los hoyitos
de sus ojos como por una máscara
para recordarte
que no importa lo que piense el caballero
con mallas
al importunar el palo de escoba
ni el padre a punto de atropellarla
sino su forma de mirarte
cuando un bote de basura se estrella
una y otra vez
contra tu cara.
Quién eres cuando confundes
los
brillos en la ventana
con la grasa de manos infantiles
Al paso las raíces
ya no se acuerdan de tu ritmo
tocas cortezas como a fantasmas
la lluvia desdibuja en los charcos
muros que nunca volverán
La banqueta huele a sangre
como
si alguna vez la peste
devolviera preguntas
Caminas en una dirección
no sabes si atinada
el azar no cabe en la rutina
es
cosa de insectos
Las ventanas regresan la sospecha
alguien saluda
la
claridad
engulle todo a tus espaldas.
Sin mi papá no eres una sombra
que quiera alcanzar con sus pliegues
el tablero de ajedrez dibujado con ladrillos.
Tienes otra vida, una que, pese a las apariencias,
no se deja absorber por la gravedad,
una que se guarda en los bolsillos
notas de súper hechas puño.
No tienes que escuchar,
dinero y llaves no te faltan
y por ahora simplemente meditas.
Escucho “Tom's Diner”,
la versión de AnnenMayKantereit
y Giant Rooks
en esta oscuridad espesa
donde las gatas se pierden
para atrapar serpientes grises
con delicados hexágonos en la piel.
Juegan y las abandonan medio muertas
para que uno acabe con ellas,
son su tributo a la casa.
No parpadea la luz del celular
ni se mueve la cámara de video,
nada sorprende, a no ser
una inoportuna
Annie Lennox que canta
“Sweet Dreams”.
Has
cambiado tantas veces y en el fondo
eres
la misma: nos acompañaste
a
mí y a mis hermanos por las junturas
que
hallábamos en las banquetas
jugando
a no pisar el pasto,
en
los partidos de futbol con los amigos
que
me encomendaban cuidar la portería
por
mis patadas de tae kwon do.
Estuviste
allí, botella de vidrio con sangre negra
cuando
los vecinos rompieron nuestro teatro de títeres,
cuando
salíamos de la ciudad sin pensar en el regreso.
Ahora,
entre tus pequeños cambios
te
anuncias sin azúcar. ¿A quién engañas?
Alguna
trampa estás haciendo
como
la vez en que afirmabas curarlo todo
y
no fue cierto.
el movimiento inocuo del rey en el
tablero
la fruta podrida en el pretil sin que nadie la guarde o la tire
la luz que traspasa la cortina y se vuelve azul
el que se deshace de sus ideas en celofán blanco
el que respira hondo antes de convertirse en el ruido de un motor al
encenderse
el que con la boca reseca recuerda pasos de baile
un rostro desfasado al imprimir en el mismo lado de la hoja
un tornillo suelto que vibra al acelerar
los dados cayendo de la mesa hasta que los detienen con el pie
la pregunta que se quiebra
lo visto en un espejo ajeno
la noche en una terraza donde la luz artificial oculta el jardín
una hormiga instalada en los intersticios del cerebro de broca
un par de zapatos que rechinan al dar vueltas de un lado a otro de la casa
el reflejo en el cuchillo que alguien acerca al estómago y formalmente indica este
es un asalto
la charla a deshoras en un auto con las luces de la cabina encendidas para
buscar algo debajo del asiento
la raíz cuadrada de dos
Sería bueno
que te embarques,
que el
filo de la frontera te parta
de un
tajo: entonces ya no llamarías
a destiempo
para preguntar
si tu
flor de plagio ha llegado ilesa.
Atente a
la radiación del círculo
que has
destruido: pon un pie en la ruta
de
quienes no ignoran
cómo saliste
del hormiguero,
bot
ante una pregunta obvia.
Seré claro,
ya que estás en pedacitos:
no regreses
con la fortuna entre los dientes,
no vengas
a hacer mella en la armadura de aire.
Sé el papeleo
de los primeros días,
piérdete.
Pasa desapercibido
lo confuso de la luna.
No es intención de un objeto
o de otro, enredarse
en símbolos prohibidos
aunque se complementen.
Quisiera desaprender
como una lagartija disecada
en el cereal del desayuno.
No lo repitas.
Y es que, cabeza abajo, las cosas
presentan su desafío: o me fío
o las dejo con sus códigos en clave
decir disparates porque no entiendo.
Y no me conmueven porque no son
principio de nada que pueda tocar
con la mente en claro, el sentido oscuro:
se vuelven en mi contra si las persigo
como las formas que son separadas
de su materia en esto que llaman alma.
Pero qué dice el alma de las cosas
que las mueve o las estanca en su inercia,
qué dice si se abandonan a su gravedad,
tan serias que resultan, tan en su mundo
esquivo, de pensamientos impenetrables.
Cosas: hagan algo, estiren sus átomos
o aprendan de las motas de polvo,
que o son alma o la mueven, sean
más que su materia, algo como principio
que duele y trajina, que se alegra
como ahora mismo en su papel
de libros recargados en libros, guitarra
de juguete llena de polvo, vaso
de plástico con alma de agua.
Y yo, con ustedes, bote de basura,
televisión apagada, impresora,
me detengo a saber qué se siente,
o a no sentir si así les pasa.
Las cerezas son amargas en los dientes blandos
de las neuronas
duras. El egoísmo
de una hermana que le sirve a otra
hermana, pero a nadie más
se desliza con las ruedas
de un cielo más claro cuando nubla.
Lo que cruje es el espacio que no cabe
en mi tiempo. Cada quien
da
lo que no merece: sangre de gato,
córnea
sin equilibrio.
No existo fuera de estos muros familiares,
de la ventana abierta en mi ojo con láser
no para ver el mundo, para que vaya hacia mí
con sus haces de luz que dan forma a ideas,
a estas sospechas por la finalidad de la
madera,
de los trazos, las superficies, las líneas que
ocultan puntos
y se hacen reales en el subespacio del pensamiento.
Quisiera decirme programado, y resulta extraño
que cierta palabra quepa en aquella llena de
lógica:
programar se conjuga
como amar. Quizá esta sea la señal, la clave
cuyo secreto guardaré como a un clavo corroído
en la armazón de mi sistema
abandonado a esta condena de decidir
una cosa o la otra, una cosa
o la otra.
Ha esta taza roja bebido
como quien algo mira escribir
en una terraza ajena a los grillos.
Una taza que con el pretexto del incendio
enciende su espejo repetido y respira
como un mantel fatigado.
Las botellas de cerveza
le echan en cara sus 85 calorías
o que tire los dados
al atrapasueños.
En las cuchillas del bambú
el rojo abre camino, va
hacia el sistema de símbolos,
la oscuridad del jardín origami.
Aunque nadie lo sepa
agita la jaula de los gatos
en ventanas de sigilo.
Observa lo que haces: cuida
las huellas amarillas
hacia el infarto del trueno.
Su lengua artificial
sabe del saber y el sopor, contempla
ruido de líneas en la mano.
Por algo se ha desprendido
tu ojo como de un limonero
cuando lo sacuden.
Si en la vasija los elementos faltan,
la sangre de las sombras móviles
ajusta cuentas con su contrario:
altercado de tenedores.
Vuelves a intrigar espasmos
de alumbre,
te vacías de grillos
que se saben perdidos,
interrogaciones se oscurecen
en la taza del café frío,
los sustantivos pierden bordes,
los dados deciden no decidir sin hambre.
Ya lo dijo Empédocles: el amor
une a los disímiles.
Se mastica oro como la mierda,
aquel dios de máscaras,
fantasma de lo múltiple.
Ese agravio no facilita el retrato a las termitas.
¿De dónde la migración
en espiral?
No escuché pájaros en
los párpados de la mañana,
no aletearon rumbo al pino que rasga con sus piñas
la silueta en la ventana, ni tampoco voló ninguno
a punto de arrollarlo con la llanta del auto, tampoco
pisé alguno sin querer en la universidad confundiéndolo
con el cemento que apenas si recuerda su origen de aire,
nada de alas se estrellaron contra la puerta de vidrio ni miré
ninguna película con pájaros asesinos ni pacifistas,
no tomé un pájaro asustado en mis manos ni me pregunté
por su instinto de libertad o por qué no ha sido
atrapado entre las cortinas beige de la sala,
no hubo pájaros clavados en mi sueño ni nadie
tiró imanes para pájaros en la banqueta,
tampoco topé con el más sabio de su especie
ni hojeé libros con ilustraciones de pájaros exitosos,
con fotografías aéreas o símbolos del vuelo, no busqué ni hallé
restos de pájaros ni plumas enfermas o cantos quebrados o
silbidos azules, en este poema no hay
pájaros.
Como el colchón abandonado en la calle
luego de una inundación,
en mí las ratas han hallado nido
a la medida de sus necesidades.
Oigo sus chillidos resplandecientes de vida,
vida que saltará por las ramas
y se cubrirá de las indiscreciones
de la gente en el café.
Son las cosas que suceden costillas adentro.
Ah, y además debo confesar que alucino,
estoy casi seguro de que las cucarachas no recorren
mis brazos o me hacen caricias en el cuello:
son falsas como un político
en busca de su candidatura en el partido.
Yo no sé hacia dónde voy ni por qué estoy aquí,
se lo he preguntado a los paisajes
abandonados en la carretera.
Lo cierto es que no quiero irme,
prefiero la esquizofrenia
Si me perdí en una isla de juguete
ustedes perdonarán, me ausento del mundo
cada vez que un trencito aparece
con su silbido frente a mí.
El recuerdo es frío:
una paleta de vainilla cubierta
de chocolate
en la placita del pueblo.
He sido un monstruo:
lo digo sin tapujos.
He estado ansioso por separarme
de mi sombra de metal.
Soy un monstruo famélico,
un ogro metido a pepenador
de huracanes que eché a perder.
He sido un monstruo desde que recuerdo
haber ido a la biblioteca y hojear el Principito.
He sido un monstruo para quienes han fijado
sus colmillos en mí.
He sido un monstruo con palabras de fétido aliento
pero palabras al fin.
He sido un monstruo colosalmente pequeño.
Me miro frente al espejo manchado
y pienso que lo haré mejor esta vez
aunque ningún sobreviviente
se la tome en serio.
Cuando
los padres de los amigos mueren
uno piensa más lento.
Mi madre barre el pasillo luego
de lavar los platos y trapear la cocina;
mi padre se recuesta y enciende
el televisor en su habitación.
Cuando esto ya no ocurra,
¿quién mirará la vida escurrir
como el agua sucia del trapeador?
¿A dónde iré cuando sus presencias
sean sólo la referencia de un videoálbum
proyectado en la pantalla?
Escribo porque sí, aunque yo
podría abandonarlos primero.
Esto puede pasar, como todo pasa.
A punto de morir a palos
caí en un hondo pulsar de pupilas
borrosas. A punto, casi.
Y la verdad no metí las manos
para defenderme. No soy. No soy
un héroe. Y ya no tengo a quién
salvar, más que objetos.
Son mi codicia, los segundos
asegurados en la caja fuerte
que podría volverse caja negra.
El aire golpea con insidia las ventanas
temblorosas de la avenida infame.
Mi enemigo está en unas células
y en otras todavía no. Poco a poco
me
va sustituyendo.
Desde que tiró
del hilo de este su títere fabricado
con favor de las estrellas
la gente pensó que de verdad hablaba,
que ando sobre mis pies
y ahora sé que no, que alguien más
movía mi boca y me empujaba a recorrer las calles
de la ciudad humeante donde se reflejaban
las suelas de mis mocasines que nunca
tocaban el piso. No es que fuera liviano
sino que él me sostenía como lo hace con el vapor
y ahora que he perdido su soplo vital, esa farsa salivosa
ando desperdigado, con los miembros en el suelo
y todo porque tropecé con los hilos y me di cuenta
de que alguien más me alzaba como el viento
a la pluma de una paloma enferma, contando
mis historias antiheroicas y soltando la ceniza de su cigarro
para ver si fuego salía de mis fibras
o al menos me daba cuenta de que algo
invisible se reía a mis espaldas, o allá arriba.
El vidrio de la mesa circular de hierro con florituras, el
vidrio de la mesa blanca refleja mi rostro que se ha ajado, que es mejor
reflejado a visto con nitidez. Me he declarado en
bancarrota. Mis arrugas, mi piel vaciada de la vivacidad que no hace mucho
dibujaba en mi rostro una sonrisa de sol, de llamarada solar, en este momento
se centra en la arruga dubitativa del entrecejo y se convierte en piedra fría. Te
contemplo como entonces, con tus cabellos negros y brillantes transcurriendo
hacia tus hombros y tu espalda morena clara. Claridad es lo que había en las pupilas
de tus ojos que parecían temblar como charcos tocados por las notas de una leve
llovizna de mercurio. Te extraño, quisiera salirme del cuerpo aprovechando los
orificios de mis poros, como un vapor que se alzara por entre las azoteas y
recorriera la ciudad polvosa y llena de odio y de rencores y de gritos de
desesperación ahogados en los autos y las gargantas. Te extraño. Si esa
cuestión del multiverso fuera factible, me tocó ser esa versión de mí en la
fragmentación, en el fracaso de lo uno que se deshace con un simple manotazo. Me
ha tocado en la habitación de este enfermo de segundos con prisa
insistir en las llagas del techo, en sus nervaduras que forman sombras
chinescas. Insistir en ver, sólo ver como a través de un caleidoscopio de
cristales transparentes. He vuelto al principio, pero no como era en ese tiempo,
sino como un hombre que ha perdido cabello, ideas, destellos. Estoy atrapado en
este cuerpo que venera el paso de los días en lugar de atraparlos y hacerlos
boquear hasta asfixiarlos y tragárselos como una ballena adormilada, con tan
sólo abrir la boca. Estoy como tirado en la orilla de la cama, embarrada la
cara de melancolías que se me pegaron mientras venía conduciendo a casa con los
dedos artríticos, robóticos, sobre el volante como si sostuviera un timón de
mentiras. Esto es llegar al sitio donde mis mayores estuvieron, donde rieron y
hablaban de enfermedades aparatosas y ruines, donde contaban chistes y fumaban
o bebían sin percatarse de que las estrellas brillaban igual que siempre tras
el resplandor de la ciudad y que sus cuerpos ocuparían ya no espacio compacto
sino dispersado en las raíces de los pinos en el cementerio o en el aire que
los demás dejan entrar por sus pulmones, sin saber que ese polvo es palabras y
quizá hasta astillas de tinta y de música que vibraron en labios insurgentes. Quisiera
que este vidrio circular reflejara un retrato falso, algo así como el comprado
en un supermercado o aquel que se escondió bajo la piel y ya no pudo salir.
Estoy acostada en el suelo, con los pies descalzos sobre la
cama. La sangre me circula mejor así, o al menos eso dice mi maestra de yoga. Mis
pies blancos y rosados en las plantas, suaves y chiquitos. Estoy pensando en
salir corriendo de lo aburrida que me miro en el espejo que deforma mi cabeza,
la crece hasta que alcanza la figura de una sandía. Sandía. San Día. Eso demuestra
lo aburrida que me encuentro, enferma crónica de mis propios pensamientos, que
como electrones se disparan hacia todas direcciones. Este es un juego de
palabras, este no. Eso es lo que me aterra: ser tan sólo palabras, un montón de
sonidos articulados en un idioma con once siglos de vida. Un idioma redundante.
No es el idioma del Dante, pero circula por mis células, atraviesa sus paredes.
Estoy recostada, con la nuca echada hacia atrás en el piso frío. Hacia atrás,
como el ademán de alguien amenazado por los dientes de un perro, de un tejón. Si
tuviera rabia esta pose sería natural, tensa como un vecino entrometido que no
puede dormir si no me ve recostarme entre los reflejos de mi ventana abierta. El
vecino es un buen hombre, nos vigila a todos con la dedicación de quien realiza
su oficio al extremo del detalle. Un vecino puede ser una hoja escrita con
tinta invisible, que aparece sólo porque siente la tensión del fuego, la
posibilidad de las cenizas. Un vecino es una corbata mal anudada, un trozo de
tela que robó el alambrado al pasar. Estoy recostada con los ojos abiertos como
dos latas de sardina vacías. Y el olor que desprende mi cuerpo me recuerda que no
guardé el caldo de pollo y que las moscas se debaten entre su irresistible aura
pútrida y mis orines y mi mierda y mi sangre revueltos en el mármol blanco que
compré en la avenida de los Niños Héroes cuando construían a mi gusto el
departamento, según prometía el anuncio en internet. La que termina o comienza
en la glorieta de los desaparecidos, las desaparecidas de este mundo que se ha
entregado al peor postor. Eso digo ahora, pero si mis amigos supieran que
todavía pienso cómo podría borronear esta realidad e inventarme otra trama
donde mis movimientos no fueran lo que imagino.
*