Sábado 23 de marzo
Fui esta
noche a cenar pizza con Fernando Domínguez. De pronto el solo registro de los
hechos en sucesión me da una flojera terrible, unas ganas tamaño Imperio de
hacer rodar días como cabezas enemigas. Fernando es un director de cine
incipiente. Y lo digo así no por hacer menos su labor, pues su única película
filmada hasta el momento es un derroche de visión original y sabiduría
plástica.
Puedo apreciar
de nuestro encuentro, desde que subí a su auto, su descripción de la escena
poética del Buenos Aires de los noventa. Y su entusiasmo me entusiasma, se me
contagia de puro ir vadeando a otros autos por Santa Fe y pescar lo más posible
nombres y situaciones. Nombres: Juan Desiderio, Martín Gambarotta, Alejandro
Rubio, Daniel Durand, Fabián Casas… Washington Cucurto llegó después, con
fuerza metálica.
Y más, en
realidad fueron muchos más, para dar una idea de la vida de estos muchachos que
no estaban más interesados en las drogas que en la poesía o liarse a golpes. Poemas
recitados para un público temporal, nunca consignados, poemas que
desaparecieron con el tiempo como eslabones perdidos de una trama de la que
conocemos aquello que persistió pero que fue parte de algo más, una serie de
voces en eclosión.
Quizá lo
más valioso, a nivel vida, intensidad literaria, sea este conocimiento de todo
lo que siempre ignoraré, y muchos más, de una generación que partió en dos la
percepción de una escritura marginal como es la poesía, esa irrupción de actitudes
rebeldes a ser presas del registro.
Domingo 24 de marzo
Ayer, antes
de salir, limpié la cocina hasta el pulimiento. Dormí a las seis de la mañana,
leyendo a Giannuzzi, a Merini, a Gambarotta. En desorden, a intervalos. Miré distraído
alguna serie televisiva, cené los frijoles –alubias- que cociné con cierto
orgullo de neófito.
Levantón tardío.
Mastiqué en un restaurante infame y caro el peor vacío de mi historia argentina.
Pensé en redimir mi paladar y caminé más allá de la estación Palermo por Santa
Fe a La Niña de Oro: probé el preparado de café de la casa, con cognac y
chantillí. Nada mal. En el camino había conseguido dos extremos ideológicos:
Página 12 y Clarín. Los devoré para quitarme el mal sabor de boca que persistía
en esa tarde.
Viernes 22 de marzo
Asistí a
una lectura de múltiples voces organizada por Embalse, un movimiento de jóvenes
mayoritariamente de los ochenta. Cadencias, registros de la ciudad y de vidas
personales, cotidianidades. Estaban en venta libros de Vox, la colección
Chapita… Fiesta, música, en el patio de una casa antigua acondicionada para el
encuentro. No cabíamos. Allí poetas como Mariano Blatt, Paula Peyseré, Matías
Heer (aunque no sé si llegó él), Mercedes Halfon, Vitoco López. El público… sentados
en el piso, de pie, bebiendo, escuchando. En las fotos de la memoria en fb no
aparezco, lo que contribuye a sospecharme un espectro presente desde el armado de
la lectura y que abandonara el lugar sin apenas algún signo de materialidad. Me
siento virtual, esquivo. Ya no sé si regalé Metrópolis y boletos de Poesía en Tránsito, compré libros, charlé, bebí y dispuse el
oído, cené hamburguesa con Vitoco en un puesto peruano del Once. ¿Algo
queda?
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