sábado, febrero 17

Restaurante brasileño

Mi camisa está hecha jirones. Como si cualquier cosa,
agito al aire un cuchillo con mi mano derecha.
¿Cómo llegó aquí? Es como si estuviera soñando.
Mi camisa costó mil quinientos pesos, aunque
ya casi no me quedaba. Estaba esperando a bajar
un poco de peso porque su color combina
con mis ojos entre verde y amarillos, ocultos
por los lentes de plástico rayados que no atino a suplir
con otros de contacto; no me atrevo a dejar mi rostro
sin marco. Ah, sí, decía: suelto el cuchillo en la mesa
o me obligan a soltarlo y lo permito, aquello, esto
ha llegado demasiado lejos, mi camisa no tiene arreglo,
la gente sorprendida y tal vez adicta al espectáculo.
Los meseros blanden sus varillas de 32 cortes, atentos
al sí de los comensales para atiborrarlos de carne.

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