sábado, febrero 3

Hola, me llamo Carlos Vicente

y soy adicto a los diccionarios. Me da pena decirlo en público desde que en una ocasión –ah, los tiempos de la preparatoria– la novia de un amigo se escandalizó ante mi entusiasmo por abrir el libro y buscar palabras con gesto de satisfacción mientras descansábamos sobre el pasto húmedo en el Parque de las Estrellas. Nunca más volví a mostrarle a nadie mi mal hábito, y cada vez que tenía la necesidad vehemente de sacar de su escondite mi Larousse ilustrado de pastas azules, volteaba en todas direcciones para cerciorarme de que nadie era testigo de cómo recorría la yema del índice por entre la traslúcida página de arroz para hallar, por ejemplo, la palabra bifurcado. Esta palabra fue una herencia directa de El jardín de los senderos… de Borges. Es más, acuso a Borges de ser el culpable, el verdadero, de esa manía que no he podido erradicar ni aunque haya conseguido ser aceptado en este grupo de Adictos al Diccionario. Sé que algunos de ustedes suelen indagar vocablos de corte científico como corolario, segmentación o fisionomía. Otros se embelesan con tocino, almendra, alcachofa. A mí me apasionan aquellos que nunca antes he escuchado ni leído y considero un reto menor, si bien no por ello menos valioso, pronunciarlos frente a los niños esperando que no lo perciban sino como juego, que mi charla sea producto de la naturalidad y el desparpajo. Desparpajo es una de mis palabras predilectas. También predilectas. Y a rajatabla. Otras que no me dejan dormir desde hace años de solo repetírmelas y saborear su efecto evanescente han sido devenir y cohabitar. No habitar, sino cohabitar. Incluso escribí un poema en el MS-DOS de mi computadora 286 con esa palabreja: “al amanecer ellos cohabitan sus recuerdos”. Entonces todavía admiraba la rancia belleza de la poesía y hasta me obsesionaba con la musiquita interna que despierta la psique cuando proliferan los ritmos y las vibraciones de las cuerdas vocales al decir, pronunciar, poner en entredicho ciertas sonoridades. Eso ya carece de interés para mí. La poesía va y viene, pero las palabras… el Larousse azul de más de mil seiscientas páginas y términos en múltiples e insuficientes géneros y modalidades ocupa un lugar de mayor categoría en mi librero que la Biblia, el objeto de culto que en la familia recibe a diario las cálidas caricias de una veladora y la devota custodia de imágenes cándidas. Si lo supieran los maristas con los que estudié, alzarían el grito al cielo. Cielos... recuerdo otro de mis desaciertos vitales, consecuencia de los malhadados concursos de la secundaria: la ortografía. Qué angustia esperar año con año el veredicto de una academia colonialista y monárquica, aun y cuando me declaro ferviente demócrata, seguidor del revolucionario Sarmiento en cuanto a libertades del lenguaje, mientras abomino del pesado Bello que tanta desavenencia ha causado con su ortodoxia (una palabra en serio que ortopédica) a nuestra sintaxis. Pero he tomado fuerzas de la debilidad y la vergüenza para hablarles a ustedes por primera vez en décadas de la perniciosa costumbre que aqueja a cuantos nos hemos reunido después de tantas horas y días de ansiedad. Lo repito sin ambajes: soy adicto a leer palabras en el diccionario, al olor de su tinta impregnada en el papel e incluso a las serifas o palos secos de su tipografía, y se me llena de sangre el corazón cuando recorro los fonemas silabeando al derecho y al revés con lentitud de ánfora o de babosa o de nube o de burócrata sus texturas microscópicas. Por cierto, ya que algunos de entre nosotros han compartido generosos sus propios y perversos giros de la lengua, no veo por qué ocultarles que de vez en cuando, de adolescente, hojeaba furtivo la Biblia para detenerme ante el hallazgo: sustantivos excéntricos, presas fáciles para el diccionario. Nefilim, jeremiadas, fariseos. Nada como paladear, conjeturar con sus imposibles desinencias (otra palabra sugestiva, tanto como la palabra sugestiva). Lo digo en confianza. Imagino que en este momento quisieran consultar su María Moliner, su Clave o incluso su Wordreference en el celular. Quizá no se atrevan porque estamos aquí para sanar nuestra enfermedad. Pero créanme cuando les advierto de esas finas modulaciones de significado que distinguen a ciertas palabras subversivas, como acechar y asechar. Se sonríen, lo sé, porque comprenden de qué les hablo.

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