martes, julio 4

Final fingido


Hace un momento, mientras veía la TV, se desmoronaba el mundo. Ahora el reflejo de mis libros en la ventana se mezcla con la palma seca del patio y los ladrillos color naranja al fondo. De reojo, divisaba el azul intenso y recordaba a mi amigo fulminado. No quiero escribir como un muerto, aunque lo esté. Y no puedo dejar de escribir aunque sea un insecto. El rectángulo de la ventana está enmarcado por la cortina raída, gris y térmica. Balbuceo los golpes que recibí hace dos días contra el piso de cemento resbaladizo, cuando me dirigía a por dinero. Caí de bruces en la avenida más transitada de la ciudad, y no me levanté hasta que decidí abandonar el dolor en los huesos: trozo de carne desarticulado, me arrastré para salir del tráfico inmóvil. Sin embargo no deseo ser realista, ni tampoco dramatizar y mucho menos escenificar mi caída, esta en particular. Se hizo de noche, lo fui observando con el filo del ojo, en tanto otros muertos aparecían en el rectángulo de la pantalla, atrapados en su encuadre. Zombies dirigidos a distancia por un dispositivo que irradiaba nanotecnología (¿qué hace una mancha sobre la avenida?) Si por mí fuera, hace mucho habitaría el rectángulo del iPad con palabras automatizadas, antes de tropezar con el punto final.

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