domingo, septiembre 11

Juego desastroso

Divirtámonos, al fin que para eso hemos caído
en esta cloaca, entre neuronas envejecidas
y gelatinosas. Es este el gran teatro del que hablé
hace unos días, cuando no te habían enchuecado
la nariz en el baloncesto. Allí, de pie en el lugar
oportuno, esperabas la noticia que te pegó
con fuerza. Así es la realidad, pero en realidad
así es la mala suerte. La tuya se ha prolongado por años
y quizá naciste con ella embarrada en la piel, una mucosa
que te dejó la impronta. Te preguntas si haber nacido
fue una solución: tu mala suerte fue la buena
de algunos que conociste, el equilibrio
para aquellos que tomaron lo que llegaste a perder,
que poco no ha sido, que al parecer nunca es suficiente,
Etrusco. No hay salvavidas reconocible en el aire
que te rodea: la nube del desastre te sigue
a donde corras, como en una caricatura Acme.
Aunque frunzas el ceño, te has convertido en un señuelo
dentro de la jaula de tu habitación, de la que no sales
siquiera a pesar de ti mismo, los zancudos te hallan
atractivo y pierdes gotitas de sangre entre la picazón,
los desvelos pensando en el no futuro, el no lugar
y el no ser más que la almohada sobre tu cama,
el reflejo en la ventana que da al patio, la televisión
apagada y sin reflejos. Es tu espacio el que limita
las fronteras de tu cerebelo, tu lenguaje hecho
de pedacitos de palabras que has juntado
en la calle, palabras que alguien perdió
o ya no necesita. El cansancio es una plaga
que duerme en tu cuello, en tus ojos que rebotan
como pelotitas de hule de un lado al otro
del corredor. Un foco temeroso, los libros
en desorden, la tiranía que serrucha
tus tímpanos a una hora cualquiera. El día
apenas comienza entre las espinas de la palma
amarrada en el patio, junto al bonsái
que milagrosamente no se ha secado,
en la maceta sin una planta, el muro
de ladrillos con la sombra a cuestas. Y sales,
te recuestas en la azotea roja esperando vencer
algo más que el cansancio: nubes intermitentes,
perros, samuráis, dragones te retan y tú dejas
caer los párpados como un cerillo mojado
bajo el cielo intenso.

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