viernes, agosto 26

Mirar es fácil


Perros ladran a una hostia colgada de un cielo desteñido, plagado de relámpagos que no terminan por alumbrar la noche esbelta. El ruido de la oscuridad me hace bostezar y salto de página, con todo y una pátina de óxido que se embarra en las yemas de mis dedos. Lo lamo, pensando que puede ser venenoso y tan solo hago un gesto de hastío antes de levantarme y clavarme como una tachuela en las acolchadas neuronas de mi cerebro. Ladridos; un avión despegó para encontrarse solo en este momento, detenido en medio del marco de la puerta. No quiero decir que balbuceo y, lo hago: me doy de topes contra una pared imaginaria, me tapo los oídos para intentar descifrar las redes tendidas por la noche, pero esos motores de propulsión me sacan del ensimismamiento, me sitúan frente a la página electrónica, y abro la boca aspirando todo el silencio imposible rezagado en los febriles rincones de un cuarto que apenas comienza a mirarse a sí mismo luego de un largo ahogamiento.

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