domingo, mayo 8

El empalador de moscas

Mi abuelito Fortunato las mata con una liga,
apunta y las alas quedan libres, van cayendo
mientras una pequeña mancha roja 
se imprime en la pared.
Parece admirar a detalle el milagro de su vuelo:
las examina y, como aquel que ama la precisión,
desbarata todo rastro de vida en ellas.
Mi primo Alfonso hizo una larga lista de las formas
en que ha sido capaz de atraparlas:
utiliza cada recurso a su alcance, no deja morir
ninguna idea.
Solo es la excepción este indeciso lunar negro
que se pasea como retándole –ahora duerme–
por la blanca manga de su camisa.


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