lunes, noviembre 7

Casas vecinas

Apenas si he visto dos o tres veces
a mis vecinos de al lado.
Ignoro cuántos son, no siempre
aparecen las mismas caras.
Si estudiantes o una familia.
Ayer un hipster de espléndida barba
insistente nos miró desde su cochera
—a mis hermanos, a mí—
y de pronto fue engullido
por la puerta hambrienta de su casa.
Esa misma que, solitaria e inundada,
un día lloró de agotamiento
a través de los muros.
Salté a la azotea, desahogué su canal
de tierra y hojas secas —aunque
el daño ya estaba hecho.

miércoles, noviembre 2

Camino a la oficina

Todos los días lo mismo. Las calles quebradas, el edificio que has visto alzarse desde sus cimientos, cuando las grúas eran apenas un destello contra el sol sobre una estructura gris. Vas y miras autos apostados en la banqueta de López Mateos: algunos que no esperan y están a punto de sacrificarte por pasar la calle y estorbarles en su fuga. Vas, caminas aprisa por llegar temprano a firmar tu llegada en la oficina. Hoy tomaste dos rutas para asegurarte una mañana sin disturbios. El cielo empieza a ser un lujo en esta ciudad que sabe cómo destruirse.

martes, octubre 11

Escuchaba a Bob Dylan


Son las 3:21 pm y eres medianamente feliz;
el cielo ha estado azul granate, ayer igual.
Piensas en ella que piensa en ti como en un sobreviviente:
a ella, a ti, a la Isla Navidad donde se hundieron.
Y no hay sino nubes en trocitos, técnicamente
un cielo de azoteas desamparadas, cables telefónicos
y cierta melancolía de polvo se percibe.
Mientas tanto, la armónica en tus audífonos
hace lo posible por ganar protagonismo.

domingo, septiembre 11

Juego desastroso

Divirtámonos, al fin que para eso hemos caído
en esta cloaca, entre neuronas envejecidas
y gelatinosas. Es este el gran teatro del que hablé
hace unos días, cuando no te habían enchuecado
la nariz en el baloncesto. Allí, de pie en el lugar
oportuno, esperabas la noticia que te pegó
con fuerza. Así es la realidad, pero en realidad
así es la mala suerte. La tuya se ha prolongado por años
y quizá naciste con ella embarrada en la piel, una mucosa
que te dejó la impronta. Te preguntas si haber nacido
fue una solución: tu mala suerte fue la buena
de algunos que conociste, el equilibrio
para aquellos que tomaron lo que llegaste a perder,
que poco no ha sido, que al parecer nunca es suficiente,
Etrusco. No hay salvavidas reconocible en el aire
que te rodea: la nube del desastre te sigue
a donde corras, como en una caricatura Acme.
Aunque frunzas el ceño, te has convertido en un señuelo
dentro de la jaula de tu habitación, de la que no sales
siquiera a pesar de ti mismo, los zancudos te hallan
atractivo y pierdes gotitas de sangre entre la picazón,
los desvelos pensando en el no futuro, el no lugar
y el no ser más que la almohada sobre tu cama,
el reflejo en la ventana que da al patio, la televisión
apagada y sin reflejos. Es tu espacio el que limita
las fronteras de tu cerebelo, tu lenguaje hecho
de pedacitos de palabras que has juntado
en la calle, palabras que alguien perdió
o ya no necesita. El cansancio es una plaga
que duerme en tu cuello, en tus ojos que rebotan
como pelotitas de hule de un lado al otro
del corredor. Un foco temeroso, los libros
en desorden, la tiranía que serrucha
tus tímpanos a una hora cualquiera. El día
apenas comienza entre las espinas de la palma
amarrada en el patio, junto al bonsái
que milagrosamente no se ha secado,
en la maceta sin una planta, el muro
de ladrillos con la sombra a cuestas. Y sales,
te recuestas en la azotea roja esperando vencer
algo más que el cansancio: nubes intermitentes,
perros samuráis, dragones en zapatillas te retan y tú dejas
caer los párpados como un cerillo apagado
en los restos de una botella.

sábado, agosto 27

Fiesta

La mueca de tu sonrisa no alcanza
a formularse en la alegre tarde
que salta y salpica sangre.

Interferencia

Una multitud grita el día en mis oídos.
Extraño el sentido del humor.
La risa, la franqueza iluminada.
No la transparencia, sino este ligero resplandor
al que no puedo mirar sin tener al instante
que bajar la vista.

viernes, agosto 26

Emergencia

Si una hoja como la de la bugambilia
que ahora mismo
está fijada en mi mente
cayera, el caos contenido
se desbordaría a niveles inimaginables.
Es como si un hilo de araña sostuviera
esta conurbación entera.
Pienso en una salida, solo espero la señal
que me permita estar a salvo
de la transparencia.


Un instante antes


Ya no estoy para dejarme caer entre tornillos que alguien tiró en el piso antes de irse nadando por la calle sonrojada. Vengo de mirar aparadores en un supermercado con vidrios de aire, productos que solo podían ser percibidos por el olfato. Me descubro enérgico y grisáceo todavía, como un diente que acaba de ser reparado de la caries con una bochornosa capa de material que pretende parecerse a mí mismo. Cómo se rompen burbujas en el pecho y causan este ruido de avión que avanza rompiendo las nubes, cuchillo desafinado. Recuerdo entonces: me vi envuelto de metáforas y me deshice de ellas como de huesos desperdiciados. Una puerta se abre, rechina, voces de una película llenan el vacío que los grillos no alcanzaron a distorsionar cantándome al oído noche y día, horas y horas estiradas hasta volverse transparentes, aparentes. Dejo que mi lengua acaricie sin amargura las palabras, que huya hacia el punto y aparte, que emita sus señales justo antes de dejarme vencer por las pesadillas.