viernes, agosto 21

El juego


Nos citamos en un restaurante casi al aire libre.
Sus hombres lo resguardan
apostados a lo largo del parque.
Charlamos de temas comunes a amigos
desde los ocho años: le pregunto por sus hijos
en lo que llegan el periodista y el arquitecto.
Poco después me muestra en la pantalla del celular
cómo un narco va cortando las extremidades de un anciano
con un hacha, filmándolo en el campo.
Desvío la vista, no puedo ver hasta el final.
Tampoco otro video donde le amarran a un individuo
una carga entera de dinamita: regreso el aparato
con esto que meses más tarde
terminará siendo noticia.
Uno de los comensales de la mesa vecina
me mira con odio, parece retarme, y pienso que quizá
ha visto la pistola en el cinturón de Charly,
a sus muchachos que se asoman de vez en vez.
Al mencionar a los 43, discutimos:
lo escucho pero no puedo creer lo que me dice,
nos gritamos y sabiendo que no nos pondremos de acuerdo,
respiramos, nos calmamos: uno de los uniformados
me mira con sorpresa, como preguntándose por qué
el comandante es tan benevolente conmigo.
Eso mismo sucedía cuando de adolescentes
jugábamos futbol en la unidad deportiva.
Yo era el que nunca entendía cómo patear el balón,
mientras los amigos me adiestraban por horas
frente a la portería, sin resultados evidentes.

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