jueves, agosto 27

El Colegio Cervantes

Si este era un infierno,
para mí se había vuelto simple rutina.
No había salida. Pero otros vivían
cosas peores con los hermanos maristas.
Ya en tercero recuerdo a Chuyín,
un niño de dimensiones asombrosas
y solitario, al que le escupían toda clase
de apodos evocando a las ballenas.
O al Chencho, un chico de ademanes delicados
a quien el Cimarrón perseguía
y le agarraba la verga en el baño.
Yo gastaba los recreos yendo a la biblioteca,
anonadado con el diario del libertador Hidalgo
que pasaba a cuchillo 300 gachupines por noche.
La noticia me llegó una mañana de boca de un amigo
que alucinaba con ser director de cine.
Me dijo sonriendo: “¿Ya sabes qué le pasó a Chuyín?
Se encerró en el baño antes de venir a la escuela
y se pegó un disparo en la cabeza”.
Entonces pensaba mucho en el suicidio
sin atreverme a intentarlo.
Ese mismo día eligieron a los de mejor promedio
para acompañar a Chuyín al cementerio.
Regresaron contándonos cómo tardó horas
en morir en la sala de emergencias.
Yo escribí mi primer poema.
Y las cosas siguieron igual que siempre.


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