lunes, agosto 31

Insomnio y autores

El ejercicio es escribir. Sinceramente, no es que no tenga ganas de hacerlo, estoy cansado. Necesito fuerza mental. Caigo de sueño, de agotamiento. Una tortícolis debida a este cansancio amenaza en la base de mi cuello, del lado izquierdo. Hice ejercicios en el baño para estirar los músculos involucrados, basándome en un tutorial que capté de una youtuber en internet. Que alguien se dedique a esto, qué maravilla. ¿Podría un poeta lograr tantos likes en Youtube que ya no le fuera necesario trabajar con un horario fijo? Algo se liberó en mi cuello, la angustia que ataca cuando uno no ha dormido bien. ¿Y por qué razón? Por ver series. Leer algunos poemas aquí y allá: poemas que forman parte de mi estar aquí y ahora. He disfrutado conocer a Dulce María Loynaz, con esas sus metáforas poco comunes y extraordinarias. El recurso a la metáfora no muere, sólo la repetición mecánica de impulsos energéticos iniciales. He de darle otra oportunidad a Huidobro, que en otra época me hizo abril los ojos y la boca llenos de asombro. Ciertos nombres son un golpe de aire benévolo en el rostro: Nicanor Parra, Gonzalo Rojas. Me detuve un tanto en Lezama Lima, Roberto Fernández Retamar, Gabriel Zaid, José Emilio Pacheco. Czeslaw Milosz. No todo me gusta de todos. Algunos poemas no me interesan o francamente me aburren. Pero cuando encuentro que uno tiene filo... Dejo de escribir en este momento. Tengo sueño. Quisiera que mi subconsciente recordara estos poemas y me los transmitiera mientras duermo en la oficina. Sólo que... no puedo dormir en la oficina. Tendré que esperar.

Nota 31 08 15

*

sábado, agosto 29

Arquitecto

No sé qué decir de Noé, no así a quemarropa:
es un hombre común y a la vez fuera
de lo que uno ve todos los días.
Nadie sabe realmente qué piensa,
hacia dónde, qué está construyendo
sin tener que mencionarlo.
Está allí cuando es necesario,
lo que es ya un decir.
Una presencia sin la cual
muchas de las cosas que han sucedido
no habrían tomado su lugar en el mundo.

viernes, agosto 28

Los años maravillosos


Para Alex

Sorteábamos los juegos peligrosos de las combis
en la ruta 629 para ir al San Juan de Dios
por unos tenis Reebok, unos Levi’s
o el nuevo disco de Def Leppard en la Casa Lemus
de Plaza México. Oíamos en casette
una selección que había preparado
otro amigo con la misión de guiarme
por los círculos infernales del heavy metal
pasando por Mötley Crüe, Guns N’ Roses, Led Zeppelin,
Motörhead, Warrant y hasta Bryan Adams.
Como íbamos a la escuela por las tardes,
Alex hacía omelettes para desayunar y de pronto corría
a deslizarse en el pasillo con Welcome to the Jungle,
tocando las cuerdas de un instrumento
que un segundo antes había sido escoba.
A veces íbamos a fiestas caseras y lo memorable:
el Daddy O’ pletórico de luces, las chicas en minifalda,
Personal Jesus hasta borrarlo todo, la barra libre.
Leíamos Aura, Pedro Páramo, La ciudad y los perros
y creíamos que nunca terminarían
Los años maravillosos ni Indiana Jones.
El rito comenzaba al caminar por las calles
y baldíos de Prados Guadalupe
hasta más allá de La Estancia y de vuelta bajo un cielo
para el que éramos simple polvo de estrellas,
como ya nos lo había mostrado Carl Sagan.
Incluso el silencio contaba.