jueves, julio 2

Trabajar es inhumano

Ruido de agua que resbala, paredes blancas,
peces de colores escondidos entre las piedras
de la fuente en el patio de atrás,
las pantallas alineadas sobre los escritorios
como una arboleda que antecede al cementerio,
esta conexión lentísima a internet.
También hay mujeres a mi alrededor, sobre todo.
Con palabras acompañan horas de vencimientos,
alegrías como olas insuficientes.
Hoy una de ellas me regaló una conchita blanca,
despostillada, de Cancún. Y este hecho pequeñísimo
es más grande de lo que pudiera suponerse.
El fragmento de una playa que no he conocido,
un resto de vida que aporta memoria al trozo de mesa
que me toca –sin tocarme de verdad.
En su interior resplandece un arcoíris de nácar.
En su interior estoy absorto como un insecto
en el muro de Facebook.
Un día llegará que me acostumbre a esta vida con caparazón
o despierte de un mal sueño
convertido en escarabajo.
Un día, caerán llamas sobre la ciudad y seré ceniza
del dinero.


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