jueves, septiembre 5

La muerte de mi abuelo



Mi experiencia más cercana a la muerte me la dio el padre de mi padre. A su hijo lo esperó en cama: respiraba como un fuelle agujerado, haciendo grandes esfuerzos por mantener los ojos encendidos. Tardamos menos de una hora desde la ciudad y, cuando llegamos mi papá, mi hermano menor y yo, intentó un movimiento con su mano izquierda, como si escribiera en el aire. Mi prima, con gran escándalo, le suplicaba no morirse a sus noventa y cinco años. No pude evitar recordarlo en su silla de ruedas, una vez despidiéndome de él en la plaza del pueblo: recibía el viento en la cara con una sonrisa amplia como las raíces de los abetos que rompían las jardineras, testigos de quién sabe o ignora cuánto entre la sombra. Ahora, este mediodía breve de pulmones contraídos, mi padre, mi hermano y yo escuchábamos su voz: una hoja de papel arrugándose con el puño. Sacaron a mi prima que gimoteaba y solo atiné a mirar las paredes amarillas de la habitación manchadas con restos de moscas aplastadas. Mi abuelo abandonó el aire. No mucho después llevaron un ataúd y a su cuerpo, como si todavía estuviera cargado de lastres y pendientes, lo levantamos entre tres para llenar el vacío.

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