jueves, septiembre 5

Candado hallado en la repisa del cuarto de herramientas de mi padre




Estoy quieto sin estarlo, me abro tan solo mediante una combinación que en este momento incluso para mí es desconocida. Padezco amnesia, o eso creo, o supongo que es la mejor palabra para describir mi estado, ignoro si voluntario. Mis señas, mi engaste, mi opacidad, los números grises de mi mecanismo de apertura –antes blancos–, ciertos golpes o pequeños rayones indelebles me dicen que oculto, si no tiempo, una serie de experiencias que han signado mi estar aquí, en espera. MASTER, dice con letras mayúsculas donde una flecha señala esa fórmula desconocida. AMO, traduzco: palabra ambigua. Mi destino es de apertura, pero también y más que nada de resguardo. Tanto así que me he olvidado de mí mismo. Mi número de serie está intacto: 903258. Provengo de una ciudad de la que no guardo memoria: en Milwaukee fui patentado por la compañía estadounidense Master Lock. No sé cuántas veces he cumplido el mismo ciclo, ese extraño retorno a lo mismo: dejar al descubierto el interior al viento que oxida, y cerrarme para aparentemente proteger un tanque de gas que igual podría explotar en este u otro momento, o sellar las cadenas que guardan la puerta de una propiedad inhabitada. Ni siquiera tengo voz propia, movimiento autónomo, viene de quien sabe girar mi perilla y cerrarme o abrirme con exactitud. De ahí las huellas digitales que opacan mi brillo. ¿Ha sido así mi pasado? ¿Abrirme, cerrarme, ser un dique de contención? ¿Y si quien ha impreso en mí sus huellas alguna vez olvida la combinación numérica que ha establecido para que mi maquinaria funcione como ha sido determinado? 


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